Es probable que alguien se
pregunte si la poesía puede sanar un mundo herido.
O que estamos ante una
interpretación catastrofista, casi una visión apocalíptica de la vida.
En Cien poemas para un
mundo herido, título del libro autoeditado y que ayer presentamos en el Castillo San Felipe, del Puerto de la Cruz, el autor,
Chema Muñoz reúne un centenar de sentimientos a través de una voz poética
directa, intensa y profundamente humana. Nos apresuramos a decir que Muñoz
indaga en planteamientos universales, algunos de rabiosa actualidad, como la
injusticia social, la guerra, el amor, la familia, la soledad, la tecnología,
la naturaleza, la libertad, la memoria y la esperanza.
En este ejercicio literario,
no tan aislado, cada poema es una llamada a la conciencia, un acto de
resistencia frente a la indiferencia y una defensa de la dignidad humana.
Quédense con este término, dignidad, porque eso es lo que quiere sublimar el
poeta. Por ello, este no es un libro
para leer con prisa. Es una obra para sentir, subrayar y volver a ella una y
otra vez. Un poemario que transforma el dolor en belleza y la reflexión en
esperanza.
“Lágrimas entre las algas, la culpa es del trazo
frío,
del beso que no nació, del que divide un latido
que se aleja hacia el hastío,
del que desde lejos firma sin sentir ningún complejo,
del que hace que una lágrima se vuelva saliva amarga
y la vida lo haga viejo”.
Escribe en “Elegía para un niño
en la frontera”.
Si buscas una poesía comprometida, contemporánea y capaz de emocionar, este libro será un compañero imprescindible, ideal para lectores de poesía social, poesía contemporánea, poesía filosófica y literatura comprometida.
Cien poemas para un mundo
herido es una colección que oferta una reflexión sobre la
realidad de nuestro tiempo a través de una poesía granada, comprometida y a la
vez, esperanzada. Está escrita con un lenguaje cercano y una profunda
sensibilidad, la que ya acreditó el autor el autor en anteriores entregas.
En el “Canto para los que aún
creen”,
“Aún quedan
manos abiertas
en mitad del desaliento,
aún hay quien siembra futuro
sin saber si verá el fruto”.
Ponderemos
las sugerencias para detenerse en medio del ruido cotidiano a descubrir que la
poesía sigue siendo una herramienta capaz de denunciar, emocionar y sanar. En
síntesis, una obra indispensable para quienes buscan versos con alma,
pensamiento y una mirada comprometida con la vida.
La ha escrito Chema Muñoz de
quien esbozamos algunos retazos biográficos. José Manuel ‘Chema’ Muñoz García
nació en Ciudad Real en 1951. Comienza a escribir desde muy joven sumándose su
poesía a la corriente de poesía alternativa, posmodernista, descriptiva a veces
y sin embargo estética. De ruptura con la rima clásica, Muñoz da más valor al
sentido crítico que al color y la belleza que se puede esperar de su poesía.
Dibuja en sus versos, escenas de historia nunca vistas, algo ‘machadiano’ en
algunas de sus manifestaciones.
A la sombra de poetas como
Lorca, Hernández, García Cabrera, Carlos Pinto Grote, Arturo Macanti y Pérez
Minik usa a Santa Cruz de Tenerife como trampolín definitivo para su trabajo
poético publicando en “Café Literario” “Recados del silencio “y “Ojalá te sea
dulce”.
De la mano del Ayuntamiento
de La Orotava, publica “Versos que nacen” y el poemario “Maldito pasajero”.
Finalista en el Primer Premio de Poesía y Periodismo “General Gutiérrez” con el
poema “A sangre y fuego”. En palabras de Carlos Pinto Grote, “Chema Muñoz
constituye en sus poemas un mundo que llega al corazón de quien lo escucha y al
alma de todos”.
El artista afincado en la
isla fue galardonado con el premio ‘Tabaiba de Oro’ a la mejor letra para
canción inédita con el tema “Niños” así como Mención de Honor a los poemas “En
la plaza” y “Te imagino”. Participó junto al escritor y poeta Rafael Guillén en
el V Encuentro Nacional Poético Islas Canarias, y paralelamente tomó parte
activa en la presentación de la “Revista Literaria Transparencia”.
Muñoz proclamó en la Edad
del mar (Punto Rojo Libros S.L.), hace ahora ocho años, su voluntad de
trasladarnos al encuentro de esas palabras, ideas, deseos, intenciones que
quedan a veces en el pensamiento y no encontramos, a pesar de estar unidos todos
en el mismo concepto de las cosas, o muy cerca de estar en la misma sintonía
unos de otros. “Sé que es difícil -decía- acercarse a todos con el éxito de la
posesión de la verdad, porque la verdad es subjetiva, particular, y la verdad
es siempre por ende la nuestra, aunque esa sea una experiencia de miles como
nosotros. Si en aquel poemario se adivinaba una lucha interna entre el antes,
el presente y lo que puede llegar a ser el futuro que preocupa a todos, una
lucha entre los pulmones, el egoísmo, la cobardía, el amor y la siempre
pregunta del célebre “quienes somos”: ¿Por qué de toda esta existencia, y ¿Dónde
queda el comienzo de todo?; en este otro madura la búsqueda incesante para
enfatizar ante el universo conflictivo, plagado de amenazas e incomprensiones,
de contenciosos entre el cielo y el mar y de susceptibilidades heridas a veces
por nimiedades.
Aceptemos, con la lectura, la
invitación del autor. Es una puerta abierta a la reflexión sobre la realidad de
nuestro tiempo a través de cien poemas llenos de emoción, compromiso y
esperanza. El dolor y la belleza son elementos implícitos en la inspiración del
escritor que va desgranando con soltura.
En efecto, cada poema es una
llamada a la conciencia, un paso para detenerse en medio del ruido cotidiano
para descubrir que la poesía sigue siendo una herramienta capaz de denunciar,
emocionar y sanar. La obra, así, se convierte en indispensable para quienes
buscan versos con alma, pensamiento y una mirada comprometida con la vida.
Tiene razón Chema Muñoz cuando en el prólogo, también de
su autoría, señala que “un mundo herido no
necesita silencio, necesita conciencia y palabras que no teman decir la verdad”. Esa es la razón de ser de su escritura, de este
nuevo libro en el que trata de hacer sentir su poesía sin necesidad de
aposiciones ni de explicaciones y sin pretensiones de respuestas definitivas.
Ese es otro factor llamativo de los textos de Muñoz que transpiran, ante todo,
libertad, deseos de vivir y de transmitir sus vivencias y sus sentimientos.
He aquí una síntesis, extraída
de uno de los cien poemas titulado significativamente “La tierra herida”:
“Se secan manos antiguas,
se agrieta el surco del pan;
la lluvia llega tarde y el bosque aprende a arder,
los campos miran al cielo esperando su perdón
pero las semillas dudan si vale la pena brotar.
Hemos cambiado raíces por pantallas,
mares por plástico, montañas por cifras en ascenso;
hemos firmado contratos con el humo del corazón,
hemos llamado progreso a la prisa sin memoria,
y crecimiento al consumo sin un interés común.
Y, sin embargo, la tierra insiste,
como madre que no renuncia al hijo torpe,
insiste en cada naciente primavera,
en cada árbol que rompe el asfalto;
insiste en el latido verde
sobreviviendo a la devastación.
En cada brote verde hay una súplica,
en cada especie perdida un silencioso fundamento,
los glaciares se retiran poco a poco,
los océanos suben su discurso siempre en contra;
porque la naturaleza no debate, responde.
No somos dueños del barro que pisamos,
somos huéspedes breves de esta trama
que hiere la casa que lo alberga
y llama a su destino al frio invierno,
y cuando la factura llegue sin aviso,
no habrá tecnología que negocie con la vida;
la tierra no se venga de sequias, pero tampoco olvida”.
La tierra
insiste, vale; pero no debe ser un consuelo o un refugio más o menos bien
pertrechado. Claro que la tierra no olvida. Hace bien Chema Muñoz en
recordárnoslo. Porque el tiempo no borra ni se excluye pues los retos de
supervivencia y convivencia hay que afrontarlos con decisión, al socaire de
lecturas como ésta que recomendamos.
“El barro pesa, la esperanza vuela,
el barro entierra, se sufren las perdidas,
cada gesto pequeño, cada palabra que no se olvida,
es un canto que desafía la indiferencia de los poderosos”.
Iluminando la “Eterna vigilia”. Y exclamando en el supremo “Canto a la
libertad”:
“Libertad, oh palabra de granito,
nombre de flor con el pulso de
una estrella,
eres el centro de mi último
grito,
la única luz, mi primer paso y
mi huella”.
¡Adelante, Chema!