Hay desiertos
informativos, que no son únicamente municipios sin periódicos, radios o
redacciones. Se trata de comunidades en las que la ciudadanía carece de una cobertura
suficiente y continuada sobre decisiones municipales, servicios públicos,
economía local, medio ambiente, cultura o asuntos de la vida cotidiana. Una
carencia que limita la capacidad de conocer lo que ocurre en el entorno,
participar en la vida pública, exigir responsabilidades y construir un relato
compartido del territorio.
Sobre esta conclusión ha
trabajado María José Ufarte Ruiz, profesional integrada en la Red
Iberoamericana de Investigación en
Periodismo a Inteligencia Artificial (Iberperia). Ha estudiado precisamente la
incorporación de la Inteligencia Artificial (IA) a las redacciones
periodísticas mediante tareas como la automatización de textos, la
transcripción de entrevistas, el resumen de documentos, la traducción de
contenidos o la personalización de su distribución. Ella misma se pregunta si
estas herramientas pueden reducir uno de los problemas menos visibles del
sistema informativo, como es la falta de información regular, relevante y
verificada sobre lo que ocurre en el entorno más próximo de muchos ciudadanos.
En dos libros
recientemente publicados, la profesora Ufarte, trabajando sobre la base de 388
encuestas en 113 municipios de intensa y extrema despoblación de Castilla-La
Mancha y 14 entrevistas a periodistas, responsables de innovación,
profesionales del ámbito tecnológico y académicos, conoce con esmerada y
meticulosa prolijidad los hábitos informativos de la ciudadanía, identifica las
principales carencias del ecosistema mediático y valora el papel que puede
desempeñar la tecnología en contextos rurales.
El caso es que los
resultados mostraron que la IA puede ser útil en territorios con una cobertura
informativa débil. En redacciones pequeñas, los sistemas de aprendizaje
automático pueden ayudar a seguir boletines oficiales, actas municipales,
convocatorias, indicadores económicos o agendas locales, además de detectar
zonas poco cubiertas, generar alertas y facilitar tareas como la transcripción,
la traducción o la elaboración de primeras versiones de noticias. Para María
José Ufarte, su principal aportación es ampliar la capacidad de observar
territorios que hoy apenas entran en la agenda de los medios y liberar tiempo
para tareas que requieren contexto, criterio y conocimiento del territorio.
Entre sus apreciaciones,
esta oportunidad tiene un límite decisivo, porque automatizar la cobertura no
equivale a reconstruir comunidad. “La información local -escribe- necesita
contexto, memoria, conocimiento de los actores, diversidad de fuentes y
capacidad para interpretar conflictos, como ejemplifica la trayectoria de David
Simon en The Baltimore Sun”. La conclusión es clara: sin ese
conocimiento, una noticia puede ser correcta y, sin embargo, resultar
irrelevante para la comunidad a la que supuestamente sirve.
¿Qué propone Ufarte? Lo
deja claro en IA contra los desiertos informativos. Oportunidad, límites y
condiciones para no automatizar la ausencia, uno de los dos libros
apuntados, plantea cinco condiciones. Las
detallamos:
“La primera pasa por
mantener la supervisión editorial. La segunda exige transparencia para que la
audiencia conozca cuándo y con qué finalidad se han utilizado procesos
automatizados. La tercera se refiere a la trazabilidad de las fuentes, de modo
que toda información pueda ser identificada y verificada. La cuarta obliga a
evaluar el impacto territorial de estas herramientas, atendiendo a la
diversidad de fuentes, la continuidad de la cobertura, la presencia de voces no
institucionales, la representación de municipios pequeños y la utilidad social.
La quinta es la rendición de cuentas, porque cuando el sistema falla, amplifica
sesgos o deteriora la calidad informativa, la responsabilidad sigue siendo del
medio”.
De ello se desprende una
idea menos tecnológica de lo que podría parecer. El valor de la IA está en
ayudar a que el periodismo llegue donde hoy llega poco o llega tarde. Puede
detectar vacíos de cobertura, ordenar datos dispersos y asumir tareas
rutinarias. Lo que no puede hacer es escuchar a una comunidad, comprender sus
tensiones, ganarse la confianza de sus fuentes o decidir qué asuntos son
realmente relevantes para quienes viven allí.
“Por eso -escribe Ufarte
Ruiz a modo de conclusión- conviene cambiar la forma en que evaluamos estas
tecnologías. En lugar de medir el potencial de la IA por la cantidad de
contenido que puede producir, conviene valorar su capacidad para hacer visibles
territorios desatendidos, cubrir necesidades informativas y reforzar el derecho
de la ciudadanía a recibir información de proximidad. Si su valor se mide solo
en términos de eficiencia, corremos el riesgo de automatizar la ausencia. Si se
mide también en calidad, pluralidad, responsabilidad y presencia territorial,
la IA puede convertirse en una herramienta útil para combatirla”.