Hay que recordar a Alfonso García Ramos. Ayer hubo una ocasión pintiparada. Porque se llevó a cabo la conmemoración del Día de las Letras Canarias (21 de febrero), una convocatoria anual del Gobierno de Canarias, apta para brindar por el reconocimiento de la vida y obra de las figuras más relevantes de la literatura archipielágica. Y la edición del presente año está dedicada al que fuera sobresaliente escritor, periodista, gestor cultural y político que brilló por su compromiso social e insular.
Alfonso fue el segundo director, en el
vespertino ‘La Tarde’ (el otro fue el canónigo realejero José Siverio Pérez, en
Radio Popular de Tenerife) bajo cuyas indicaciones dimos nuestros primeros
pasos profesionales.
Alfonso García Ramos
(Tenerife 1930-1980), en efecto, una figura clave en la renovación de la
narrativa canaria contemporánea y en la defensa de las libertades y la cultura
durante varias décadas del siglo XX, siempre presente en la memoria de muchos
ciudadanos, sea cual fuere su condición social, recibiò un primer reconocimiento institucional en
el Espacio La Granja de la capital tinerfeña.
Del Alfonso director de La
Tarde, recordamos, claro, su sorna y su vozarrón, desplegado en aquella
flamante redacción de la recién estrenada sede del vespertino en la calle
Suárez Guerra. Su espontaneidad vibraba cada vez que aparecía por allí alguno
de los personajes que pululaban en las vías y rincones santacruceros. Cuando
sucedió a Víctor Zurita Soler, todos fuimos conscientes de que se iniciaba una
nueva etapa en la historia del periódico, cuyos cincuenta y cinco años
(1927-1982) fueron espléndidamente condensados por el profesor José Luis
Zurita, nieto de aquél, con el subtítulo ‘El ocaso de la prensa vespertina en
España’.
García Ramos corregía
textos y teletipos, le podía a las primeras pruebas, titulaba, retitulaba, atendía
el teléfono, ordenaba pases a talleres, firmaba facturas, rechazaba fotos por
defectuosas o mal reveladas, inquiría sobre la marcha a redactores y
colaboradores que venían de algún acto o traían algún original con expectativa
de publicación, apremiaba la entrega de textos a medida que se avecinaba la
hora del cierre, recibía a cargos públicos… en fin, lo que se dice un auténtico
director, capaz de hacer muchas y variadas cosas a la vez.
En una ocasión, nos llamó
la atención. En una crónica del partido del Tenerife, escribimos que Molina
(defensa central expeditivo y contundente) “siempre juega bien”. Nos hizo ver
que alguna vez fallaría, un mal despeje, vamos o una entrega fallida a los
volantes. Nos hizo ver que el fútbol no debe ir de máximos.
En otra, ponderó con un
lacónico “está muy bien dividida” una entrevista que hicimos al literato y
diplomático nicaragüense, Luis Felipe Ibarra Mayorga, alojado en el Puerto de
la Cruz y que, con su visado, fue publicada en última página. Y en otra, nos
pidió que cerciorarámos el título de la primera novela de Mario Vargas Llosa,
‘La ciudad y los perros’ que había comenzado a escribir en Madrid.
Explicaba con pasión las
interioridades de ‘Guad’, publicada en 1971. Por ello nos acercamos a sus
páginas. Como años más tarde, a las de ‘Tristeza sobre un caballo blanco’,
donde narra las peripecias familiares. Hasta que llegó su candidatura a la
presidencia del Cabildo Insular, ya en 1979.
La propuesta de la
Fundación Tamaimos, dedicada al fomento de la cultura e identidad canaria, de
conmemorar el Día de las Letras Canarias, es un acierto. Es un acto de justicia
honrar la memoria de García Ramos.