La cruda realidad de la tierra
que habitamos ensombreció y liquidó hasta aquel eslógan, ‘qué suerte vivir
aquí’ ¿recuerdan?, porque no es afortunado, desde luego, seguir contaminando el
litoral con un más que imperfecto sistema de vertido de aguas y sustancias
residuales para el que no hay sensibilidad ni voluntad política, a sabiendas de
que es un servicio público que hay que prestar y pagar (un suponer) cuando esté
a plenitud de funcionamiento, mientras los efectos sobre la salud de los
usuarios y bañistas y la propia oferta turística van al galope, aunque no lo
notemos.
Va muriendo la naturaleza, ese
bien preciado que no nos hemos cansado de exprimir, sin corresponder
debidamente a su cuidado y protección. “Hace años que es deprimente vivir
rodeados de mar y no poderte bañar con seguridad”, escribe la polifacética
Graciliana Montelongo Amador, al borde del desespero, viendo pasar el tiempo
sin que lleguen, por parte de quien corresponda, la soluciones, perdidas a
menudo en esos vericuetos interadministrativos (por cierto, treinta entidades
incumplen la evaluación de Transparencia y otras dieciocho la suspenden),
cuando no en los jeroglíficos políticos que sirven para entretenerse, cada
quien con sus razones y sus incompetencias, pero no para desatar los nudos y
atender, por consiguiente, las demandas de la población, ya descreída al
máximo. No, no es una suerte vivir aquí. En algunas playas de determinadas
islas se habla ya de contaminación fecal y en otras se pide licencia de
apertura de chiringuito… o lo que surja, por seguir un renglón con lenguaje
publicitario. ¡Ah! la movilidad, sí: más coches que habitantes en algunos
municipios y la red de transporte público, pendiente de mejoras para facilitar
aquélla.
Porque sales con intenciones de
un paseo agradable o distendido y te encuentras pintadas o graffitis hasta en
la Rambla de Castro, para desespero de excursionistas y del mismísimo Isidro
Felipe Acosta, el naturalista realejero que mejor la plasmó en sus creaciones
fotográficas. Porque la isla sigue llena de rabo de gato y vallas publicitarias
que aumentan a diario, señales claras de ausencia de mantenimiento o de
abandono de huertas para hacer frente a plagas salvajes y de cómodos ingresos
pues es más sencillo instalar publicidad que sembrar y cultivar.
La suerte sería contrastar
comportamientos cívicos y disponer de recursos que nos hagan ver que formamos
parte de un cuerpo social avanzado, con sus problemas, de acuerdo, y hasta con
carencias, pero en el que los actores se esfuerzan para estar a la altura de
las exigencias colectivas. Pero la cruda realidad es otra, esa en la que parece
que avanzamos o somos capaces de superar retos y adversidades pero los rectores
de las dos universidades públicas, ayer mismo, confesaban su decepción porque
la financiación que les propone el Gobierno autónomo es claramente
insuficiente.
Aprietan los calores y ya velan
armas quienes aguardan la cita electoral del año próximo. Fiestas por doquier.
Litoral contaminado… ya saben. ¿Con qué nos desayunaremos esta vez?