Quienes nos siguen habitualmente, saben que no somos defensores a
ultranza de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España. Ni siquiera hemos
ponderado su modo de dirigir el partido y tampoco es que juguemos a favor
cuando la ocasión propicie algún planteamiento victimista. Tiene cualidades
políticas que el tiempo y otra visión no tan condicionada de su gestión al
frente del ejecutivo se encargarán de ponderar.
“Pedro Sánchez, hijo de puta” se ha escuchado a coro en varias
manifestaciones. Seguro que en algunas tertulias se ha utilizado también como
recurso. Desde ya, decimos que nadie, en el ejercicio de su cargo público, y
menos un dignatario por muy mal que se crea que lo hace, merece una locución de
ese calibre que hasta hace pocos años creíamos reservada a los espectadores más
furibundos de un espectáculo deportivo para expresar su desacuerdo o protesta
por una determinación arbitral o de los jueces. Se puso de moda -da igual
cuando- y ahora ya se utiliza hasta en desfiles patrióticos -no habla muy bien
la práctica de quienes profieren- o en concentraciones ante las sedes de alguna
organización política que durante un tiempo recibían el malestar en forma de pintada
o graffiti que, aún siendo visible, los propios o los servicios municipales se
encargaban de borrar y adecentar. En algunas localidades, por cierto, el estilo
gráfico se convirtió en un elemento de fácil descubrimiento para la autoría.
El asunto ha recobrado alguna vigencia pues pese a estar en
verano, hay episodios que lo refrescan. Por ejemplo, el escritor Juan del Val,
ganador del premio Planeta, dotado con un millón de euros, con su novela ‘Vera,
una historia de amor’, ha publicado un video en su perfil oficial de Instagram
en el que critica que se entonen -¿no será demasiado obsequioso el
término?- los cánticos “Pedro Sánchez, hijo de puta”.
Estaba de vacaciones el escritor, pero no se ha resistido a
publicar el vídeo para comentar estos casos que “le indignan muchísimo: Se está
haciendo últimamente mucho en corridas de toros, en partidos de fútbol, en
conciertos... En cualquier sitio público”.
Del Val no es sospechoso de ser un adulón o un palmero del presidente del Gobierno. Al revés, ha reconocido que no tiene una buena opinión del dignatario español como siempre ha expresado libremente en espacios televisivos que frecuenta como ‘El Hormiguero’: "Mi opinión personal es que Pedro Sánchez es el peor presidente de la democracia, con él ha peligrado más que con ningún otro la separación de poderes, creo que ha intentado de una manera lamentable copar todas las instituciones públicas".
Pero de inmediato reconoce que estamos ante algo más que una desconsideración. Es un irrespeto palpable, en cualquier escenario: "¿No nos damos cuenta de lo enormemente dañino que es este comentario para la convivencia entre todos? Aparte de ser, perdonadme, una enorme catetada", ha defendido, avisando de que quien se moleste por su opinión puede dejar de seguirle en redes sociales. El escritor insiste a título personal que su manifestación se puede compartir o no, pero esa locución cantada y acompasada, entre un montón de gente, “emprobrece mucho como país y nos define muy bien”.
Añade Del Val que estamos ante una falta de respeto a la democracia. "Te guste o no te guste, es algo que tenemos que entender si tenemos un sentido democrático. A los presidentes se les quita en las urnas, critícale todo lo que tú quieras criticarle, me parece fenomenal, como si no te gusta otro o quien sea, pero no se puede faltar el respeto en un coro".Lo tristemente cierto es que el insulto se ha instalado como rutina perversa en la sociedad española actual. De la mañana a la noche, a través de diversos medios de comunicación, una cascada de palabras gruesas y afirmaciones ofensivas y descalificantes nos inunda día tras día, con cualquier pretexto y casi total impunidad. Ante tan injustificada marea, el escritor y periodista Juan Cruz Ruiz nos ofreció hace años un manifiesto titulado ‘Contra el insulto’ en el que proponía tomar conciencia del problema y contribuir a barrer de la escena pública el insulto como recurso habitual. El paisano y maestro se esfuerza en ese libro en desentrañar los mecanismos que han propiciado que el lenguaje de las injurias se generalice.