-Ante el micrófono, hay
que ser como eres, sin imposturas. Pero hay que respetarlo siempre. Esa es la
primera lección.
De las primeras que
recibíamos entonces, allá por los años sesenta del pasado siglo, cuando
alevines aprendices de la representación teatral, incursionábamos en las galas
lírico-musicales -que así se decía entonces- y llenábamos el tiempo que no
dedicábamos a los libros y al estudio con ensayos, gestos y repeticiones en
galerías y estancias de viejas casonas. Eran los tiempos (un dos,
probamos, ¿se acuerdan?) en que había
que buscarse la vida para poder ensayar, confeccionar los decorados, trasladar
los bártulos y los rudimentarios equipos… ahora, seguro que hay una mayor
laxitud y estarán mejor distribuidas las logísticas respectivas.
Respeto al micrófono.
Son de notable ponderación quienes teniendo que dirigirse a audiencias
audiovisuales o a públicos presenciales, tragan el nudo, dicen para sus
adentros <vamos allá> y afrontan su cometido con voz más o menos
enfática, según la ocasión. Un ilustre periodista colombiano, Luis Carlos
Rodríguez Peralta, escribía recientemente que “hemos permitido que el micrófono
se convierta en un escenario para la fama y no para el conocimiento. Porque
hemos aceptado que el ‘rating’ mande más que el criterio. Porque muchos colegas
prefieren acomodarse al sistema antes que defender la esencia del oficio”.
Entonces, la conclusión es clara: si el micrófono se convierte en un juguete
para la popularidad o la fama, el periodismo -por ceñirnos a quienes se mueven
en sus coordenadas- deja de ser un servicio público.
Luego surgen las
apreciaciones. Para algunos, quienes se ponen ante el micrófono y acreditan
prudencia, resultan cansinos; en tanto que los incontinentes se convierten en
referentes. Algunas redes sociales han parido auténticas vedettes del ‘selfie’,
porque han dado un empujón de narcisismo para creérnoslo definitivamente. El
caso es que la gran comunicación, la que comprendía la responsabilidad social
de estar delante de un micrófono, parece haberse pervertido, No extrañe que en
esta pérdida de valores, algunos hasta celebren tal extravío de rumbo. Será que
se nos va estropeando el sentido del gusto. Por lo menos, se nos está
atrofiando.
El micrófono es una
herramienta de trabajo. Sirve para conversar, para grabar un testimonio, para
transmitir, para relatar, para arengar, para modular… Hay que respetarla, desde
luego. Hay mucho ruido alrededor, por lo que es importante saberla manejar. Con
mesura, con tacto, con tino. La serenidad y la templanza hay que acreditarlas a
la hora de dirigirse a un auditorio o conscientes de que al otro lado de la
pantalla o del receptor hay que gente que escucha y procesa el mensaje. Si está
bien transmitido, desde el respeto invocado, se está en la dirección correcta.