No será fácil enhebrar las ideas de esta
columna al socaire de las vivencias de la conmemoración de la festividad de la
Virgen del Carmen en el Puerto de la Cruz el pasado martes, la 105 procesión
terrestre-marítima, si no están mal las cuentas, desde que el cura Antolín
Fernández, párroco de la Peña de Francia, allá por 1921, impulsara la
iniciativa luego convertida en tradición, al considerar inapropiado que los
pescadores y marinos portuenses tuviesen que celebrar la fiesta de su patrona
en Los Realejos. El cura Antolín hizo todo lo que estuvo a su alcance para que
procesionaran las imágenes de la Virgen del Carmen (del Buen Paso) y de San
Pedro González Telmol, no solo por las calles del pueblo sino por su litoral a
bordo de las embarcaciones existentes. Esa fue, según se estima, la singular primera
procesión que cumplía, decimos, ciento cinco años.
Dando por asumida la dificultad y
respetando las creencias y las modalidades de diversión de cada quien, allí
vibró, en un área que tiene tanto de entrañable como de paisaje urbano
aniquilado y subsistencia con respiración asistida, una mezcolanza de
religiosidad primitiva, de fervor divertido y bullanguero que se abona a lo
lúdico haciendo que trasnochen los insultos y los desórdenes de no hace muchos
años, cuando la celebración rozaba -¿rozaba?- la anarquía y el descontrol que
solo cedía, ya bajo la luna de julio, cuando las calendas, las gargantas y el
cansancio físico iban causando mella.
Es la hora de sublimar los sentimientos,
el fervor y la identificación, como tratamos de explicar ante las pantallas de
RadioTelevisión Canaria, con mensajes de Venezuela, Costa Rica y México
repletos de nostalgia, evocadores de niñez y juventud, de los lares familiares
y de las tradiciones más firmes que se resisten a evaporarse, aunque no se
cultiven, como ya se encargara de contradecir Juan Pérez Delgado, el célebre
dramaturgo y poeta lagunero de original sobrenombre, Nijota, citado en la
narración: “¡Puerto de la Cruz! Pueblo cosmopolita, amado. Por todo lo que he
dicho y por lo que he callado. Tengo mi corazón a tus gracias abierto. ¡Tengo
mis ilusiones ancladas en el Puerto!”
Era una mezcla de todo eso y la que las
circunstancias quisieron agregar otro factor de tensión para completar la
estampa surrealista: desde pantallas de televisión que daban a las calles, por
donde circulaban miles y miles de ciudadanos, de toda condición social, locales
y llegados desde muy distintas
latitudes, para respirar la atmósfera envolvente del fútbol televisado: España,
ante Francia, disputándose un puesto en la final mundial de New York.
Hasta la cantante icodense Fabiola
Socas, desde el balcón donde cantan cada año a la Virgen, se entusiasmó y elevó
sus brazos uniéndose al festejo de celebración cuando el grito universal del
fútbol eclosionó en aquel punto de la orilla atlántica, por donde entró la
Ilustración y ahora, algunos siglos después, despertaba el alborozo de tanta
gente que aguardaba la embarcación y participaba del doble gozo. Su imagen, al
mar; y su seleccionado nacional, camino de la final. Tony Acedo desgranaba sus
sevillanas sin reproches al terminar la faena y un mayestático Santiago Melián
puso a prueba por enésima vez sus delicadas cuerdas para emocionar al personal
y cualificar la festividad. Que se lo digan a Alexis Hernández, narrador
intenso y apasionado de la misma.
Fue la tarde en que fusionaron fiesta y
religión, cuando sublimaron los sentimientos, sí. Esos que solo se entienden
cuando los fornidos brazos de los cargadores -siempre acreedores de vítores-
elevan la inigualable imagen de Ángel Acosta sobre la falúa, el pueblo grita
“¡No pasa nada, la Virgen está embarcada!” y un irrepetible chisporroteante
juego de agua de mar anuncia la navegación por el litoral.
Cualquiera se hubiera apuntado a la
fusión. Por algo la imagen entró en el templo a las tres de la madrugada.