Nos conocimos el día de
su toma de posesión como presidente del Cabildo Insular de Tenerife, en 1999.
Unos días antes, habíamos accedido a la alcaldía del Puerto de la Cruz, después
de ganar por mayoría.
-Te lo has ganado a
pulso. Tenemos que hablar, el Puerto merece un relanzamiento.
Fueron las palabras con
las que emplazó una etapa en la que éramos conscientes de la importancia del
apoyo del Cabildo. Una etapa en la que ambos nos dispensamos respeto y afecto.
Y en la que, desde las respectivas instituciones, impulsamos actuaciones y
puesta en marcha de servicios públicos de interés mutuo.
La política tinerfeña lloró
ayer el fallecimiento de Ricardo Melchior Navarro. Contaba 78 años. Permaneció
en el cargo hasta 2013, cuando fue sustituido por Carlos Alonso, también de
Coalición Canaria. Había sido senador por la isla y presidente de la Autoridad
Portuaria. De formación germánica, era ingeniero industrial por la Universidad
de Navarra. Bajo su mandato se desarrollaron proyectos relacionados con las
energías renovables, como la consolidación del Instituto Tecnológico de
Energías Renovables o infraestructuras de movilidad como el tranvía de
Tenerife, puesto en marcha en 2007.
Con Ricardo Melchior y
un grupo de técnicos, entre los que estaba Raimundo Baroja Rieu, ingeniero
civil y estructural por la universidad de Sheffield (Reino Unido), se fraguó el
traslado del antiguo Casino Taoro -próximamente será inaugurado el nuevo gran
hotel- al complejo turístico ‘Costa Martiánez’, en la “Isla del Lago”, cuando
ya los números eran cada vez más acuciantes y era precisa una alternativa si es
que se quería salvar el emplazamiento y que el casino, inaugurado en 1979 por
José Miguel Galván y Francisco Afonso, siguiera cualificando la oferta
socioturística portuense.
Se intentó. Fue precisa
una generosa inversión cuya mayor parte corría por cuenta del Cabildo. Se
inició la negociación colectiva con el personal. Se pensó en un sistema de
traslado colectivo que pasaría por los hoteles. Y en acondicionar adecuadamente
los paseos interiores del complejo hasta ganar la accesibilidad a “Isla del
Lago”. Lo dicho: se intentó, pero no hubo suerte. La tipología urbanística
tampoco facilitaba las cosas. Cuando repasamos los primeros balances de
rendimiento, se comprobó que aquello no resultaba. Después, surgió la opción de
‘solo máquinas’ y unas pocas mesas en el antiguo Lido San Telmo, de más fácil
acceso desde el comienzo de la avenida Colón y la remodelada plaza de los Reyes
Católicos. Pero ya desconocemos la evolución del negocio.
Por supuesto, afrontamos
conjuntamente convenios de cooperación e iniciativas que hicieron viables
prestaciones y realizaciones de interés general, entre ellas una sede provisional para el museo Westerdhal, en la Casa de la Aduana, junto al refugio pesquero. Melchior mostró interés
personal en que cristalizaran y siempre procuraba destacar la aportación que el
Puerto de la Cruz había hecho para el desarrollo de la isla, especialmente en
el plano sociohistórico.
También coincidimos en
algún viaje de intercambio turístico, carnavalero o promocional y en la
apertura de congresos de muy distintas materias. En esas citas imperó siempre
el respeto. Los dos sabíamos a quienes representábamos. De ahí, la tolerancia
que practicamos mutuamente sin necesidad de magnificarla.
Cuando años después la
confiamos nuestra intención de abandonar la política activa, respondió muy
explícito:
-Es tu determinación
pero aún puedes prestar servicios útiles. Piénsalo.
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