domingo, 1 de febrero de 2026

Adiós a Ricardo Melchior

 

Nos conocimos el día de su toma de posesión como presidente del Cabildo Insular de Tenerife, en 1999. Unos días antes, habíamos accedido a la alcaldía del Puerto de la Cruz, después de ganar por  mayoría.

-Te lo has ganado a pulso. Tenemos que hablar, el Puerto merece un relanzamiento.

Fueron las palabras con las que emplazó una etapa en la que éramos conscientes de la importancia del apoyo del Cabildo. Una etapa en la que ambos nos dispensamos respeto y afecto. Y en la que, desde las respectivas instituciones, impulsamos actuaciones y puesta en marcha de servicios públicos de interés mutuo.

La política tinerfeña lloró ayer el fallecimiento de Ricardo Melchior Navarro. Contaba 78 años. Permaneció en el cargo hasta 2013, cuando fue sustituido por Carlos Alonso, también de Coalición Canaria. Había sido senador por la isla y presidente de la Autoridad Portuaria. De formación germánica, era ingeniero industrial por la Universidad de Navarra.  Bajo su mandato se desarrollaron proyectos relacionados con las energías renovables, como la consolidación del Instituto Tecnológico de Energías Renovables o infraestructuras de movilidad como el tranvía de Tenerife, puesto en marcha en 2007.

Con Ricardo Melchior y un grupo de técnicos, entre los que estaba Raimundo Baroja Rieu, ingeniero civil y estructural por la universidad de Sheffield (Reino Unido), se fraguó el traslado del antiguo Casino Taoro -próximamente será inaugurado el nuevo gran hotel- al complejo turístico ‘Costa Martiánez’, en la “Isla del Lago”, cuando ya los números eran cada vez más acuciantes y era precisa una alternativa si es que se quería salvar el emplazamiento y que el casino, inaugurado en 1979 por José Miguel Galván y Francisco Afonso, siguiera cualificando la oferta socioturística portuense.

Se intentó. Fue precisa una generosa inversión cuya mayor parte corría por cuenta del Cabildo. Se inició la negociación colectiva con el personal. Se pensó en un sistema de traslado colectivo que pasaría por los hoteles. Y en acondicionar adecuadamente los paseos interiores del complejo hasta ganar la accesibilidad a “Isla del Lago”. Lo dicho: se intentó, pero no hubo suerte. La tipología urbanística tampoco facilitaba las cosas. Cuando repasamos los primeros balances de rendimiento, se comprobó que aquello no resultaba. Después, surgió la opción de ‘solo máquinas’ y unas pocas mesas en el antiguo Lido San Telmo, de más fácil acceso desde el comienzo de la avenida Colón y la remodelada plaza de los Reyes Católicos. Pero ya desconocemos la evolución del negocio.

Por supuesto, afrontamos conjuntamente convenios de cooperación e iniciativas que hicieron viables prestaciones y realizaciones de interés general, entre ellas una sede provisional para el museo Westerdhal, en la Casa de la Aduana, junto al refugio pesquero. Melchior mostró interés personal en que cristalizaran y siempre procuraba destacar la aportación que el Puerto de la Cruz había hecho para el desarrollo de la isla, especialmente en el plano sociohistórico.

También coincidimos en algún viaje de intercambio turístico, carnavalero o promocional y en la apertura de congresos de muy distintas materias. En esas citas imperó siempre el respeto. Los dos sabíamos a quienes representábamos. De ahí, la tolerancia que practicamos mutuamente sin necesidad de magnificarla.

Cuando años después la confiamos nuestra intención de abandonar la política activa, respondió muy explícito:

-Es tu determinación pero aún puedes prestar servicios útiles. Piénsalo.

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