¿Qué habrá sido de los mercados?
¿Y de las primas de riesgo?
¿Y de las agencias de calificación?
¿Y de los indignados?
Ya no están, ya no influyen, ya no son recurrentes...
... fruto del propósito de contar cosas y comunicar, de seguir ejerciendo el oficio, de estar en contacto con la gente.
Escribe Jesús que le apetecía, nuevamente, recuperar metros y esquemas fijos. Y como también quería evocar “el divertido ejercicio de escandir versos en nuestra época de alumnos”, ha alumbrado una nueva criatura en forma de multitud de cosas que van o siguen unas detrás de otras (en realidad, eso es una recua) con la frescura de los versos que tan bien se le dan, hasta que “Higa”, la agrupación folklórica a la que tanto debe, según su propia confesión, los musicaliza y los pasea, de isla en isla, para deleite de quien sabe apreciar que en cosas de folklore aún quedan muchas cosas por descubrir: “Con las malagueñas/ yo tiendo la mano/ a mis siete islas/ a mi pueblo hermano”.
Dijo José María Estévez Méndez, Chema, el ex alumno, prologuista y presentador de la obra, que los versos navegan por la obra en constante movimiento y sólo hay que echar una segunda lectura de cualquiera de las composiciones para percibir la capacidad de observación de Jesús en cualquier paisaje geográfico, en cualquier ambiente humano y costumbrista desde donde brotan los academicismos estróficos contenidos en “Recua verseada”, un nuevo título que Jesús Manuel Hernández García añade a la que ya es larga colección bibliográfica.
Chema estuvo atinado en el acto de presentación, celebrado en la sala ‘Francisco Abrante’, de La Perdoma, donde la noche que amenazaba tormenta se guardó el buen sabor de un alumbramiento entrañable y solidario, al que Francisco Linares, edil orotavense, aportó el toque estimulante de la producción cultural, pese a la contracción económica que nos tiene a mal traer, y en el que el “Higa” no solo sintonizó con los versos del autor sino que transmitió al público las buenas vibraciones de un trabajo perseverante y esmerado que luce con los alardes justos de instrumentos, voces y danzas. Hasta Fuerteventura saltaron con su nombre propio: “Por Maxorata está Higa/ y una berlina cantamos/ el verso que siempre siga/ y con baile acompañamos”.
Que Jesús Hernández sigue sin saber estarse quieto, son sus mismas palabras, lo prueba “Recua verseada”. Esa vena poética ya la destilaba en multitud de entregas de su polifacética actividad y era como una especie de espina que había que sacar. Es difícil en tiempos como los que corren, cuando la sensibilidad mengua a borbotones. Pero él se atreve -¡esa osadía, maestro!- y logra los excelentes resultados de una edición -bien ilustrada por Marianella Aguirre, por cierto- que se leerá con fruición porque hay figuras poéticas con las que identificarse.
Cuando Chema Estévez aludió a Manuel Machado en su intervención, estaba retratando el genuino sentimiento de cualquier afán poético popular: claro que hay que procurar que las coplas vayan al pueblo, que éste las haga suyas, la mejor manera de inmortalizarlas, de prolongarlas, de subirlas a la recua para que siga girando sin parar y generando otras nuevas. Aunque dejen las coplas de pertenecer a su autor “para ser de los demás”, para ganar eternidad, claro que sí.
Demostrado que Jesús, en plena forma, tiene de todo menos aburrimiento, los versos que animaron la noche perdomera tienden a perdurar entre el público amante de estas cosas y el que hasta profano puede confesarse. Lo proclama en la siguiente estrofa:
“Mis coplas vienen y van/ son mecidas por el viento/ y por los aires están/ pregonando lo que siento”.
Alertan en una red social -uno de los escasos aspectos positivos que caracterizan el quehacer de los portuenses en los últimos meses, con proliferación de sitios y activa participación: al menos no estamos indolentes del todo- de la muerte de unas cuantas palmeras en la ladera de Martiánez, un precioso paraje natural, metido en plena geografía urbana, un lujo sin duda para los naturalistas. Y mucho más apreciable todavía si estuviera cuidado.
Hay algunas postales y fotografías antiguas que plasman un verdor resplandeciente, dando color a una singular formación rocosa que se extiende desde la calzada de El Tope hasta el límite del término municipal por el este. Las gráficas favorecen la licencia para la nostalgia. Pero también para lamentarse de haber ido perdiendo un recurso natural extraordinario del que andaba enamorado el sabio Telesforo Bravo que nos ilustraba siempre con sus conocimientos del lugar y nos advirtió, en su día, que la geomorfología se veía constantemente amenazada, por el peso que soportaba y las fisuras internas, tal fue así que nos indicó personalmente que los anclajes de un teleférico adosados a la parte superior del acantilado difícilmente resistirían el desgaste de la presión y el uso mecánico. Desaconsejaba, en ese sentido, la instalación, independientemente de otros impactos.
Ha habido intentos de recuperar la zona, de rehabilitarla. Se han sucedido a lo largo de los últimos años. De hecho, en los mandatos 1995-99 y 1999-2003 se llevaron a cabo desde el Ayuntamiento algunas actuaciones que resultaron insuficientes por falta de mantenimiento y de continuidad. La figura de la escuela-taller tenía sus atractivos pero la magnitud de lo que se pretendía exigía otras herramientas y planteamientos multidisciplinares que tuvieran que ver con la bilogía, la botánica, la geología y la etnografía. Hasta las formulaciones teóricas estaban bien hechas. Muchos valores, sí, guardan los pliegues de las paredes basálticas y los senderos frondosos. La ladera palideció, se fue quedando sin vegetación, cobrando una realidad agreste e inhóspita. Las sequías han contribuido a su presente depauperado y casi desértico. Es otro doliente reflejo de la decadencia del municipio.
El caso es que las palmeras, según puede verse en fotografías, se mueren. Es, además, una lenta agonía. Como si fueran transmitiendo unas a otras sus penurias y su incapacidad para sobrevivir.
Pero somos los humanos los que hacemos poco, o nada, por frenar ese proceso mortecino. Faltan voluntad y sensibilidad. Como con tantas otras cosas, no nos identificamos con este bien natural, no hacemos nuestra causa que merecería mejores afanes, otra dedicación, más recursos y otra respuesta.
Quizá esa alerta desde una red social sirva para algo. Pero no esperen sus promotores una reacción extraordinaria de las instituciones públicas. Y ojalá nos equivoquemos. Pero, al menos, que insistan y que hagan llegar por ejemplo su desesperada apelación al Consorcio de Rehabilitación Turística, por si puede incluir en su plan de acciones una que favorezca la rehabilitación de este espacio natural.
Ganaría la ciudad. Una ciudad que, durante años, antes de la Agenda Local 21, de la Declaración de Aalborg y de otras iniciativas medioambientalistas, a las que se adhirió, ya lucía un Festival Internacional de Cine Ecológico y de la Naturaleza.
Qué paradoja.
Nada impidió al Partido Popular tomar la calle en varias ocasiones en la legislatura anterior. Ni manifestarse junto a cardenales, obispos, religiosos y partidarios de determinados y respetables conceptos y modelos de vida. Hasta el presidente de esa formación política, entonces cabeza visible de la oposición, se ufanó de motivar, movilizar y llenar vías y plazas para que el derechío mediático se explayara bien transmitiendo en directo bien inflando al día siguiente las cifras de asistencia o participación. Fueron felices entonces.
¿Y ahora? ¿Esperaban la dirección y las filas conservadoras que la gente no reaccionara o se mostrara indolente con sus medidas gubernamentales? Ya estarán comprobando que hasta las organizaciones obreras católicas empiezan a rebelarse contra la mismísima reforma laboral, esa que ha hecho sonreír sólo a los empresarios, hasta el punto de que monseñor Rouco ha desplegado la desautorización de algún documento en el que, fíjense ustedes qué pecado, se anima “a defender el trabajo con derechos”. O será por esto otro: animan a “participar en las iniciativas y movilizaciones que se convoquen por parte de las organizaciones eclesiales, sociales y sindicales”.
O sea, que hasta los menos sospechosos recelan, discrepan y desean exteriorizar su malestar. Normal. La crisis financiera mundial que desde mayo de 2008 se lleva por delante todo lo que trinque, gobiernos y políticos incluidos, está siendo muy costosa y el partido gubernamental, que era consciente de su alcance, sabe que ahora tiene que aguantar. Tiene el colchón de su generosa mayoría parlamentaria y autonómica, el apoyo de los poderes fácticos concurrentes y el no menos significativo respaldo -qué bonito es gobernar con los medios a favor- de un amplio espectro de comunicación que no se conforma con jalear las bondades -hasta ahora, escasas- sino que atribuye sin reservas las culpas y responsabilidades de cualquier desnaturalización del malestar social a quienes, aún lamiéndose las heridas de sus serios reveses electorales, acreditan querer hacer una oposición responsable, constructiva y leal, tal como se ha visto en política antiterrorista, exterior o de defensa, sin dejar de citar el apoyo proclamado para defender en los foros correspondientes la flexibilización en el cumplimiento de reducción del déficit público o la mismísima anunciada enmienda a la totalidad a la reforma laboral; sí, sí: esa misma que no gusta al catolicismo trabajador, ya ven.
Aguantar y tolerar que afeen su conducta y sus decisiones del pasado. ¿O es que ya no nos acordamos del voto en contra de los populares de aquella durísima batería de medidas que en mayo de hace dos años impidió que España fuera intervenida como ya lo habían sido Grecia, Irlanda y Portugal? Paradójicamente, entonces, los grupos parlamentarios nacionalistas antepusieron el interés de España y el reajuste fue aprobado por los pelos. La democracia es eso: aguantar y tolerar. Y aportar soluciones -¿no era este término uno de los eslóganes de campaña?-, que para eso se recibe el mandato de las urnas. Incluidos, los votos prestados.
Nacido en 1915 en el Puerto de la Cruz, Domingo Tomás Hernández Bethencourt sintió desde temprana edad la llamada de la interpretación. A los cinco años, en compañía de sus padres y un hermano mayor, viajó a California. Su formación en el ámbito del teatro le fue acercando a círculos cinematográficos: se convirtió en un artista. Su nombre: Tom Hernández.
Le conocimos a finales de los setenta, en uno de los viajes a su localidad natal. Le gustaba pasear y conversar con amigos en la plaza del Charco. Hablaba un español macarrónico, al cabo de tantos años en los Estados Unidos. Lo puso de manifiesto cuando intervino en el acto de inauguración del cine ‘Timanfaya’, invitado por sus propietarios: agradeció vivamente al matrimonio “Perrggy and Terrgge” (Pedro González y Teresa Cruz) su gesto e hizo un breve y apresurado recorrido de su trayectoria artística.
El fue quien descubrió a Raquel Welch, inicialmente conocida como Raquel Tejada, aquella imponente y deslumbrante mujer -a la que llamaron “El cuerpo”- que rodara, allá por 1966, en Las Cañadas del Teide y en el Llano de Ucanca, escenas de la película “Hace un millón de años”. La animó después de haber sido seleccionada reina en una feria hípica. Vaya si acertó. Hablaba de Raquel con verdadero sentido de la amistad, profesada durante muchos años.
Un enamorado de la historia local, Bernardo Cabo Ramón, reserva a Tom Hernández una destacada glosa en su sitio digital “Puerto de la Cruz: sus gentes y sus cosas”, en la que consigna las apariciones del actor en películas tanto de producción española como norteamericana y de otras nacionalidades. Recuerdo haber visto en un par de ocasiones uno de los títulos en que intervino, “Los comancheros” (1961), donde interpreta el papel de crupier.
Otras películas en las que apareció: “Comenzó con un beso” (1959), “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” (1961) y “Vacaciones en Acapulco” (1963). Varios papeles también en series televisivas de grata recordación como “Laramie”, “Caravana”, “El virginiano” y “Daniel Boone”.
En su entrada dedicada al actor portuense, Bernardo Cabo Ramón relata cómo Tom Hernández fue seleccionado en la Feria del Condado de San Diego para un espectáculo de doma clásica y encarnar la imagen promocional de la convocatoria. Ahí surge el personaje de don Diego, inspirado en hechos reales protagonizados por Diego de Alvarado. Se convirtió en todo un símbolo, en la proyección de la feria durante muchos años, tal es así que se conserva una estatua suya de dieciséis pies en el acceso principal del recinto que perpetúa su recuerdo.
De sus estancias en el Puerto de la Cruz, ya en los años ochenta, se plasma una anécdota. Conversaba en vísperas de la festividad de Epifanía con Antonio Ortiz Hernández, entonces concejal de Turismo y Fiestas, cuando le dijo en aquel castellano macarrónico que resultaba gracioso:
-Antonio, no comprendo. En Norteamerica, viene Papá Noël y cada niño o cada persona tiene un regalo. Aquí se celebran el 24 de diciembre y los Reyes Magos y a casi todo el mundo le parece poco un solo obsequio. Por eso se ve a tanta gente comprando. Pero no lo entiendo. Eso es un consumo incontrolado. Y una mala costumbre.
Tenía toda la razón, claro.
Este portuense, que en eso y en otras cosas se anticipó a su tiempo, que descubrió a Raquel Welch y al que se sigue recordando en San Diego, falleció en Los Ángeles el 2 de junio de 1984.