Ni estábamos en el
estadio ni veíamos el partido en televisión. Solo las repeticiones posteriores.
El lance es terrible. Con eso basta. ¿Para qué recrearse con la salida hasta el
círculo central, la pierna a los pectorales del atacante, el choque… para qué?
Ha sido todo tan horripilante, con ese resultado, que ejercer de comentarista
al cabo de tantos años para glosar esta fatalidad, aún sin apagarse el dolor de
los testimonios que circulan atropellados, torpes o lúcidos, es un ejercicio
complicado. Es más, nunca hubo antecedentes -solo aquel desgraciado combate de
boxeo (febrero 1978) que narrábamos en directo entre el canario Francis y el
almeriense Juan Jesús Rubio Melero con una fatal evolución posterior de éste en
el centro hospitalario- de sucesos trágicos durante el oficio.
Es difícil, en medio de
la conmoción, hallar huecos para la racionalidad. Está todo tan fresco, Jesús
de Miguel, que procesarlo cuesta lo indecible. Es como si nos hubiéramos puesto
todos de acuerdo papara decir que esto no ha ocurrido. Pero aún así, hasta la
unanimidad no sirve: el dolor, cuando reflexionemos, nos devolverá la cruda
realidad. Con sus lágrimas, con su impotencia, con los eternos porqués que
nos atosigan. Tú, en tu papel modesto sin ser un gregario; tú, que abrazaste de
albiazul, hasta un ascenso de categoría.
Circunstancias al margen,
esta reacción popular, este dolor compartido que ya recorre los graderíos del
Heliodoro es el llanto de un pueblo que hace muy poco no lo pudo evitar para
dar el último adiós a uno de sus baluartes balompédicos, Alberto Molina. Queda
el consuelo de saber que granjeaste el aprecio de una afición fiel que ha
sufrido mucho en distintas épocas pero no estaba preparada para un trance como
éste.
Por eso, no sobra apelar
a la reflexión, a digerir esta prueba de madurez que deja a un pueblo conmovido
pero no exangüe. Reflexión acompañada de entereza, que el balón rueda que te
rueda y aún quedan muchos giros hasta culminar la competición. En poder y saber
reponerse está la clave. Apelaremos a tu memoria.
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