Vivimos -sufrimos- una época de desencanto. La guerra -la enésima
guerra- se va cobrando vidas y recursos. A los señores de la guerra, a los
jerifaltes inescrupulosos, les da igual. Ellos son conscientes de que todos
perdemos. Bueno, ellos quizá un poco menos. La humanidad se destroza a sí
misma. Bombardea, estalla, cuanto menos quede, mejor. Y a este paso, quedará
poco. Como que ya planean -en Gaza, por ejemplo- urbanizaciones y resorts de
lujo. Para disfrutar, se permiten insertar paisajes idílicos en los reclamos
promocionales. Codiciosos es un piropo. Maldita sea la barbarie.
El problema es que todas las eras del desencanto generan su propia
sátira. Y entonces, cuando la confianza se erosiona, como escribía días pasados
el ensayista, poeta y catedrático de Literatura por la universidad de Granada,
Luis García Montero, “la política deja de ser vista como instrumento de
convivencia y pasa a ser caricaturizada como un oficio menor”.
Es ahí donde se desata la confusión. Las bombas, la munición, los
drones y el fuego de las guerras, la destrucción, en suma, adquiere ese nivel
de desconcierto y escepticismo que te hacer mover la cabeza, mirar al vacío,
pensar en hijos y nietos y rumiar que no hay solución. Que el juicio final está
cada vez más cerca. Aquella confusión se va agigantando y en nuestro país,
entre informaciones de conflictos bélicos, las lides electorales, las
descalificaciones nuestras de cada día y las negociaciones para repartirse el
poder, incentiva la cultura política basada en la confusión.
El diagnóstico lo hace eñ mismo García Montero. Y es bastante
certero: “El populismo -dice- confunde la
libertad con el desprecio a la política, algo que no solo anima a la
abstención, o a la mala fama de los representantes públicos, sino que llega
incluso a identificar la rebeldía con el autoritarismo. Los partidarios de la
antipolítica ofrecen su prepotencia como una ética de la insumisión. Así que
todo se confunde”,
El cúmulo de circunstancias que
incide en el desprestigio de la política -el que esté libre de pecado, que
arroje la primera piedra- va haciendo cada vez más irrespirable el ambiente. Un
descrédito al galope tendido, el empleo sistemático e impune de la mentira en
muchos discursos -los incumplimientos
programáticos se han convertido en pecados políticos veniales- y otros
intereses perversos que también afectan al universo mediático, hacen que el
sistema se tambalee. Cierto que gobernar no es un ejercicio de pureza
monástica. Al contrario, es administrar tensiones reales en sociedades
plurales. También es verdad que la ingenuidad no construye estabilidad y que la
rigidez no produce acuerdos.
Por eso, hay que defender siempre el
respeto, la convivencia y la tolerancia. Respeto, sobre todo, a la
Constitución, al Estado de derecho y las reglas de juego. Respeto a los
acuerdos y a la justicia social. Ahora vienen algunos a reescribir la historia,
a anular conquistas sociales, a modificar culturas y a introducir hábitos o
medidas que, en el fondo, son retrocesos.
El nuevo orden mundial, o así lo
llaman, no puede ser eso. Salvo que se acepte, sin más, la ley del más fuerte.
En nuestro país y en cualquier lado. El desencanto solo alimenta la barbarie. Y
la prepotencia de la que se alardea es el pórtico de la antipolítica.
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