El repaso vespertino de la actualidad en los digitales nos sitúa
ante el fallecimiento en Madrid, a los 90 años, de José Legrá, uno de los
grandes nombres del pugilismo mundial, en la categoría del peso peso pluma, a quien tuvimos oportunidad de tratar en la década de los sesenta y
setenta del siglo pasado, cuando hacíamos deportes en Radio Popular de Tenerife
y en el periódico La Tarde.
Legrá tuvo vínculos amistosos con la familia Rodríguez López, en
La Gomera; con Antonio Salgado Pérez, una de las mejores plumas de la crónica
boxística hispana; con el siempre admirado Juan Albornoz ‘Sombrita’ y con otros
muchos amantes del pugilismo en la isla. Un deportista que simbolizó el salto
internacional del boxeo español con títulos europeos y mundiales que le
convirtieron en un notable ídolo popular en plena época franquista.
Escribimos sobre Legrá en varias ocasiones. En abril de 2020,
por ejemplo, cuando la pandemia de COVID-19 causaba estragos en la población
española con cifras de muertos que asustaban. El boxeador estuvo internado en
el hospital Gómez-Ulla, de Madrid, donde fue dado de alta tras un proceso de
cuarentena y ser considerado paciente de alto riesgo. Pasó a su domicilio. Lo
supimos, se lo transmititmos a Salgado. Una alegría. Seguro que habrá ganado el
combate de su vida, le dijimos.
Legrá había sido
noticia allá por el mes de febrero de aquel años, cuando en la localidad
madrileña de Navalcarnero fue presentado un libro centrado en su figura
titulado Arte en el cuadrilátero (Círculo Rojo), del que es autor
Benjamín Hernández, con prólogo y epílogo respectivamente firmados por dos
periodistas de postín, Alfredo Relaño y Jesús Álvarez. En la sede de ‘Sasegur’,
donde tuvo lugar el acto y donde hay un modesto museo dedicado a su memoria,
Legrá reconoció que el mejor momento que recuerda de su carrera había sido el
de su primer campeonato continental conquistado en Madrid frente al francés
Yves Desmarets.
Legrá, nacido en
Baracoa (Cuba) llegó a España en 1963, “alto y enjuto como un fakir”, según
definiera uno de los más atentos seguidores de su trayectoria, el periodista
tinerfeño Antonio Salgado Pérez (Ansalpe). Legrá se encariñó con la isla porque
le recordaba su Cuba natal. Se afincó, entrenó a fondo, hizo amistad con Juan
Albornoz ‘Sombrita’ y ganó los nueve combates que disputó entre nosotros. Solo
hizo un nulo con Kid Tano en Las Palmas de Gran Canaria.
Mediados los
años sesenta ya era un ídolo. Una carrera fulgurante: en un año llegó a
disputar veinticuatro peleas. Le ganó al francés Yves Desmarets, en Madrid, el
título europeo. Después, el Campeonato del Mundo, conquistado en País de Gales,
KO técnico en el quinto asalto, frente a Howard Winstone. Fue la célebre velada
transmitida por Televisión Española en que,al término del combate, el maestro
Matías Prats se subió al ring para cantar, junto al púgil, la canción “¡La, la,
la!”, que unas fechas antes, interpretada por Massiel, permitió a España ganar
su primer Festival de Eurovisión. Españolismo por doquier.
A su regreso, se
produjo la memorable anécdota que ya hemos contado: Antonio Salgado le preguntó
para el vespertino La Tarde qué sensación le había invadido al ser
recibido por Francisco Franco, jefe del Estado en el régimen anterior: “¡Qué
honor!”. Los lectores se encontraron con un titular bien distinto: “¡Qué
horror!”. Vaya trance. Don Víctor Zurita era el director del periódico, todavía
confeccionado con el sistema de linotipias de plomo. Pidió el original
mecanografiado. El periodista había escrito bien. ¿Qué pasó? Un error de
alguien. De los duendes inexistentes.
Legrá,
popularmente conocido como el ‘Puma de Baracoa’ (así le había bautizado el
crítico y gran escritor malagueño Manuel Alcántara), retuvo el título hasta que
lo perdió en Brasil ante Edder Jofré. Su estrella empezó a declinar y poco
después decidió retirarse. “Subí a un ring por un vaso de leche y un plátano y
llegué a tener en la mano trece millones de pesetas”, le confesó a Salgado por
aquel entonces, cuando ya almacenaba las vivencias de su memoria. Dice Ansalpe
que fue siempre muy generoso, ahorrador y desprendido, sobre todo con sus
compatriotas. Tuvo depositados en los bancos ochenta millones de pesetas.
Un estilista, un
artista en el ring. Se había ganado la simpatía de los aficionados por su
sonrisa y por sus juegos de piernas, por sus bailes o por sus bicicletas. Un
filigranista de contundente pegada. Rapidez, agilidad y reflejos eran sus
fuertes. En noviembre de 1973, cayó derribado en el primer asalto por Alexis
Argüello. Fue su última contienda.
Le entrevistamos
varias veces. En una de ellas, ya campeón del mundo, después de haber publicado
su libro Golpe bajo (Ediciones S.A.), estuvo presente en Radio Popular
de Tenerife, donde durante siete años hicimos ininterrumpidamente el programa
“Radio Deportes”. Nos dedicó en directo un piropo que contamos ahora por
primera vez:
-Lo que me
admira es que llevamos aquí media hora, me has preguntado por todo, nombres y
combates, y no has manejado un papel. Dios te conserve la memoria.
Los Rodríguez
López fueron algo más que unos mentores para el campeón Legrá. Allá en Tecina
(La Gomera) entrenaba, bajo la mano experta y siempre atenta de Kid Tunero. En
cierta ocasión, tras la conquista de un título, se desplazó a la isla en una
avioneta de aquella familia. Revela Salgado que ese día vio blanco (¡había
cambiado de piel!) a Legrá después de un bache sufrido por el aparato de un
montón de metros, una turbulencia, que le dejó también sin habla.
José Legrá
superó su cuarentena y su internamiento. A sus 77 años ha ganado el combate de
su vida. Y bien que nos alegramos. “Me siento afortunadamente bien por esos
reconocimientos. Con los buenos amigos y las buenas personas que tengo a mi
alrededor ya es suficiente”, fueron sus palabras al terminar aquel acto de
Navalcarnero. Es probable que las repitiera al salir del hospital.
Le recordaremos
siempre.
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