Hay muchas formas de debilitar el periodismo, alguna de ellas
bastante visible como fue la que pudimos seguir mientras se desarrollaban los
sucesos de Ceuta. Es el turno de los vándalos, de los energúmenos, de los
fanáticos fundamentalistas y de los antidemócratas. Otras son más sofisticadas y sutiles. Boicot
publicitario, prohibiciones expresas de coberturas, asignación de redactores a
otros frentes informativos. Es la hora de las influencias, de los juegos de
poder, de las advertencias de los consejeros. Del ‘haz lo que te indican porque
estamos en peligro todos’ (sic).
Ahí surge la denominada ‘captura de los medios’, entendida como
el proceso por el que gobiernos, élites económicas,
propietarios, reguladores o grandes plataformas condicionan la independencia
editorial sin recurrir necesariamente a la censura directa. El
caso es que se ha convertido en una amenaza para la confianza pública en el
periodismo.
El informe The Architecture of Media
Capture. Typologies, Global Patterns, and the Tech Threat,
publicado el pasado mes de abril por el ‘Media and Journalism Research Center
(MJRC)’ y firmado por Marius Dragomir, sostiene
que esta forma de control altera lo que los ciudadanos ven, escuchan y acaban
creyendo, y debilita las condiciones necesarias para una información fiable,
diversa y capaz de fiscalizar al poder.
Dragomir define la captura mediática como
una situación en la que buena parte o la totalidad de las instituciones
informativas funcionan dentro de un cartel político-empresarial que controla y
manipula el flujo de información para proteger su acceso a recursos
públicos. A diferencia de la censura
clásica, la captura no siempre cierra medios ni prohíbe publicar. Mantiene la
apariencia de pluralismo, con cabeceras, televisiones, portales o plataformas
en funcionamiento, pero reduce la posibilidad de que el periodismo cuestione de
forma efectiva a quienes concentran poder político, económico o tecnológico.
El estudio, según publica Laboratorio de
Periodismo.org, señala que los sistemas capturados pueden conservar decenas
o centenares de medios, pero pierden la capacidad de producir periodismo con
autonomía real. El problema, según el informe, no es solo cuántos medios
existen, sino si esos medios pueden investigar, contrastar, priorizar asuntos
incómodos y ofrecer a la ciudadanía una información no subordinada a los
intereses de quienes controlan su financiación, su propiedad, su regulación o
su distribución.
La tesis central del trabajo es que la captura mediática se
ha convertido en una de las crisis de gobernanza del siglo XXI. Dragomir
sostiene que las amenazas contemporáneas a la libertad de prensa ya no proceden
solo de la censura abierta o del monopolio estatal de los medios, sino de
mecanismos más difíciles de detectar, como reguladores sometidos a intereses
políticos, medios públicos convertidos en instrumentos gubernamentales,
publicidad estatal asignada de forma discriminatoria, propietarios alineados
con el poder, dependencia económica de plataformas tecnológicas y acuerdos de
financiación que condicionan la autonomía editorial.
El informe identifica cuatro mecanismos
principales de captura.
-El
primero es el control de los reguladores, que permite premiar o castigar a
medios mediante licencias, frecuencias, sanciones o decisiones administrativas.
-El segundo es la
subordinación de los medios públicos, cuya credibilidad institucional puede
convertirse en una herramienta de propaganda si sus órganos de gobierno y sus
nombramientos quedan bajo control político.
-El tercero es el uso de
la financiación estatal como instrumento de disciplina, sobre todo mediante
publicidad pública, subvenciones o contratos asignados de forma opaca.
-El cuarto es la toma de
propiedad de medios por parte de oligarcas, grupos empresariales o sociedades
interpuestas cuyas decisiones editoriales responden a intereses políticos más
que comerciales.
Como hemos anticipado, el informe vincula
de forma directa la captura mediática con la pérdida de credibilidad del
periodismo. La confianza pública se resiente
cuando la ciudadanía percibe que los medios no actúan como fiscalizadores del
poder, sino como piezas de una estructura de intereses políticos, económicos o
tecnológicos. El estudio advierte de que una democracia
necesita ciudadanos capaces de formarse juicios sobre asuntos públicos y que
esos juicios solo pueden construirse sobre información fiable, diversa y no
orientada sistemáticamente a los intereses de quienes controlan su producción y
distribución.
La captura opera, según Dragomir, como una
forma nueva de censura. No se basa siempre en impedir que una noticia se
publique, sino en modificar qué temas se consideran prioritarios, qué
investigaciones reciben recursos, qué historias se minimizan, qué voces quedan
fuera y qué asuntos se presentan como irrelevantes. El resultado es un periodismo que puede seguir siendo formalmente
libre, pero que queda condicionado en su capacidad de revelar hechos incómodos
o de sostener la rendición de cuentas.
El problema no es el giro ideológico ni la tendenciosidad
sistémica. Los valores esenciales se ven
directamente amenzados y afectados. Es la democracia lo que está en juego. El
estudio plantea que la recuperación de la confianza en el periodismo no puede
apoyarse solo en declaraciones éticas o campañas de reputación. Requiere
condiciones estructurales que protejan la independencia: reguladores autónomos,
medios públicos blindados frente al control partidista, criterios transparentes
para la asignación de fondos públicos, normas de transparencia sobre la
propiedad, mecanismos de financiación que reduzcan la dependencia de un único
patrocinador y relaciones directas entre medios y lectores.
Dragomir defiende que la respuesta a la captura no pasa por
eliminar el apoyo público al periodismo, sino por democratizarlo. Fijarse bien
en la alternativa: democratizar. El informe propone sustituir
los flujos discrecionales y políticamente gestionados por mecanismos
transparentes, reglados e independientes que sostengan la infraestructura
periodística sin convertirla en dependiente del poder. También señala la
necesidad de fortalecer la educación periodística, los estándares profesionales
y la capacidad de resistencia de las organizaciones informativas.
El informe -se lee en LaboratoriodePeriodismo.org-
concluye que la captura de los
medios afecta a algo más que a la viabilidad económica de las empresas
periodísticas o a las condiciones laborales de los periodistas. El fenómeno
compromete las condiciones básicas de la vida democrática, porque limita el
acceso de la ciudadanía a información fiable, diversa y capaz de fiscalizar a
quienes toman decisiones públicas o concentran poder económico. La credibilidad
del periodismo, según se desprende del análisis, depende de que los medios
puedan demostrar independencia no solo en sus principios editoriales, sino
también en sus estructuras de propiedad, financiación, distribución y
gobernanza.
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