Los que somos hijos de emigrantes, los que hemos vivido algún tiempo en otro país, los que hemos convivido con gentes que nos brindaron su acogida, los que tenemos familia, siempre seguimos atentamente el curso de los acontecimientos que allí suceden. Hasta nos duelen muchas cosas, que en cierto modo son nuestras, pues ni el tiempo ni la distancia han podido borrarlas.
Venezuela fue tierra de promisión para miles de canarios y de peninsulares que llegaron allí con lo puesto, buscando trabajo, queriendo ganarse la vida legalmente. Se aventuraron. Desafiaron circunstancias adversas y contribuyeron a levantar aquel país, donde echaron raíces, donde fueron aceptados y entendidos.
Allá se vive ahora una extraña y singular revolución. La encabeza un militar golpista. La revolución degenera en un régimen totalitario. La decepción de mucha gente, la desilusión de inmigrantes que se apresuran a retornar, el desespero de personas que ven cómo hasta lo más elemental se desmorona.
Aquí hay un testimonio revelador frente a una propuesta de la diputada Iris Varela, en un Parlamento donde no existe oposición, para despojar de la nacionalidad venezolana a quienes, oriundos de otras latitudes, no están de acuerdo con el régimen político actual. Se trata de un ciudadano español dolido que, pese a todo, proclama públicamente su amor a la Venezuela que le acogió. Por su interés, y para comprender mejor lo que ocurre en la país hermano, lo reproducimos íntegramente:
"He visto con asombro su propuesta ante la Asamblea Nacional, para quitarle la nacionalidad a un grupo de venezolanos nacidos en otras tierras y que no están de acuerdo con el régimen actual. Pues bien déjeme echarle mi cuento:
El 19 de agosto de 1954, desembarqué junto con mis padres y 6 hermanos del Américo Vespuccio, barco en el cual zarpamos 12 días antes desde el puerto de Barcelona, España, país donde nací y que conste sin mi permiso ni autorización, pues como Ud. debería saber, nadie escoge ni el sitio, ni la fecha ni el hogar de su nacimiento. Pero sepa que me siento muy orgulloso de mis raíces, de mis antepasados, todos, gente honesta, trabajadora, con arraigados principios morales y honorables.
A los dos días de llegar a Venezuela, continuamos el viaje hacia la isla de Margarita,donde mi padre había conseguido trabajo. En Porlamar, transcurrieron mis años de infancia, allí, bajo la dictadura de Pérez Jiménez, terminé la primaria y comencé el bachillerato, aprendí a tocar cuatro, a comer empanadas de queso y cazón, pastel de chucho, carite, arepas y casabe, conocí el Retablo de las Maravillas, el béisbol, Conticinio y Dama Antañona, el galerón y la geografía e historia de mi nueva patria. Conocí un pedacito del país y también supe lo que era una dictadura.
Para el año 1958, cuando me imagino que hablaba con acento margariteño trasladaron a mi padre a la ciudad de Mérida, en el viaje venía otro miembro de la familia, mi hermano menor nacido en Porlamar.
Aquí en Mérida, donde resido desde esa fecha, terminé el bachillerato, me gradué de ingeniero en la ULA, me enamoré, me case con una caraqueña, he tenido dos hijas y dos hijos, tres caraqueños y un merideño, una es médico, otra odontólogo, un Ingeniero, y el cuarto está terminando su carrera en la ULA.
Aquí le tomé gusto a los valses, al joropo, al pisillo de chiguire, a la arepa andina, al Quinteto Contrapunto, a Serenata Guayanesa, a la chicha andina, a los pastelitos de carne o de queso, a Morella Muñoz, a Simón Díaz, al queso ahumado, a Freddy Reyna y a Carlos Reyna, al vals Amelia a Chelique, a Rosa Virginia y Maria Teresa, a los aguinaldos, a Alírio Díaz, al cuatro que practico desde 1956, y a Fúlgida Luna, al papelón con limón, y al pastel de morrocoy, al hervido de gallina y a la Pisca andina, a una puesta de sol en Juan Griego o la satisfacción de haber ascendido 6 veces al Pico Bolívar.
Conozco el país, desde Guanare hasta Elorza, desde Santa Elena de Uairén hasta Manzanillo, desde Tucupita hasta San Antonio del Táchira, desde el cabo de San Román hasta Puerto Ayacucho, desde Los Testigos hasta Los Roques. He navegado el Apure, dormido en Bruzual, desayunado en Achaguas y almorzado en San Fernando.
Este año cumplo 50 años en Venezuela, no me acuerdo cuando me hice venezolano, pero por mi cedula que empieza por 3 millones Ud. lo puede suponer. Yo sí escogí vivir aquí, yo sí escogí mi país y déjeme decirle que lo quiero con toda mi alma y por ello deseo fervientemente que este régimen termine de la mejor manera posible, para que tengamos una vida mejor, sin odios ni venganzas como las que Ud. propone.
Si por oponerme a este régimen Ud. decidiera quitarme la nacionalidad, seguro que gracias a la injusticia que impera actualmente Ud. Podrá quitarme un papel, un pasaporte, mi cédula, pero nunca, óigalo bien, nunca me quitará 50 años de vida. ¿Cómo me quitará mi infancia, juventud y madurez que la viví aquí, como me quitara mi familia, mis 11 sobrinos venezolanos, mis 6 sobrinos nietos, mis cuñados y cuñadas criollos por muchas generaciones, mi gusto por una arepa bien resuelta o una cachapa con queso de mano preparada en un tarantín a orilla de carretera.
Nunca me quitará mi pasión por la música venezolana, por el cuatro y la guitarra, por Andrés Eloy, Rómulo Gallegos, Uslar Pietri o Aquiles Nazoa. Poder visitar la tumba de mi padre que nunca regresó. Mi orgullo por las tres promociones de ingenieros civiles que llevan mi nombre, ni los miles de ingenieros que he ayudado a formar a través de 35 años como profesor de la ULA.
No diputada, lo más que hará es quitarme un papel, pero jamás, téngalo por seguro, jamás, ni siquiera muerto, podrá quitarme mi amor por Venezuela, que si a ver vamos es mas mía que suya porque yo he vivido en ella más que Ud. He construido y Ud con su resentimiento y su odio sólo aporta miseria y destrucción.
Y aunque le duela me despido con un:
Su compatriota y lástima que no pueda decir amigo:
Eduardo Jáuregui".
Sin desperdicio, ¿verdad?