sábado, 3 de octubre de 2020

SANTA CRUZ DE LA PALMA, 'MOLTO VIVACE'

La política local no debería mutar tanto ni a tanta velocidad. Como lo prueban esos cambios de alianzas para la gobernabilidad en pocos meses, bien con censuras bien con rupturas posteriores, poniendo de relieves que en los acuerdos primen los subjetivismos que conllevan apetencias, expuestas a maniobras y caprichos que, a su vez, producen cambios bruscos e inesperados en los que, por supuesto, coherencias ideológicas importan poco y saltan por los aires.


Hablamos de La Palma, naturalmente, donde el ayuntamiento de su capital ha vuelto a ser escenario de una de esas pugnas insondables que solo encuentran explicación en los personalismos enfrentados y, si nos apuran, en esa visión alicorta del usufructo del poder. En las elecciones locales de 2019, ganó el PSOE pero el acuerdo entre el Partido Popular (PP) y Coalición Canaria (CC) dio la alcaldía al conservador Juan José Cabrera. La entente se ha quebrado en fechas próximas pasadas y la gobernabilidad se basa ahora en un entendimiento entre populares y socialistas. Estos, por cierto, en principio no querían y después desobedecieron directrices de los órganos de dirección del partido para terminar aceptando compartir el gobierno local. Todo ello, por cierto, molto vivace, desde el cese –según se ha dicho- con polítonos de ‘whatsapp’ para los ediles de Coalición Canaria, a los acuerdos con apretones de manos y sin documento escrito (que se sepa) entre los componentes del nuevo ejecutivo municipal.


Y ya está, que diría Zidane. Cierto que en la peculiar política palmera PP y CC nunca se entendieron del todo. Recelaron. Y como para el PSOE los nacionalistas están más para allá que para acá (ustedes y los palmeros entienden), pues el acercamiento entre populares y socialistas, aunque en las campañas electorales se tiren los trastos y todo lo que haga falta, es un hecho constatable. El adversario común de unos y otros es el nacionalinsularismo.


Los políticos deberían tener en cuenta todas estas circunstancias antes de dar estos saltos o quedar a merced de los vaivenes que ellos mismos promueven e impulsan. Se ha comprobado que la desafección, ese rechazo creciente hacia la política, viene dado no solo por la mala gestión, las censuras irracionales, la corrupción y los enfrentamientos a insulto tendido, sino por los comportamientos incoherentes y contradictorios, por los individualismos y los caprichos que para nada tienen en cuenta estrategias de partido a medio o largo plazo sino otro tipo de intereses. Deben valorar los políticos que la gente se ha ido cansando, que merma su credibilidad y que se van concatenando factores que no ayudan a que las generaciones más jóvenes, las del relevo, se interesen por la política o sean capaces de acercarse a ella con ideas nuevas, con un espíritu de renovación capaz de transmitir un mensaje distinto. ¿Recuerdan que, no hace mucho, se hablaba de la ‘nueva política’? ¿Qué fue de ella, dónde está? Todos estos hechos, incluso reiterativos, contribuyen a la desazón y a la desafección. 

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