viernes, 24 de abril de 2026

Vaya con el catedrático

 

Un diputado de la ultraderecha rampante que cree que España vuelve a ser suya, José María Sánchez García, protagonizó días pasados uno de esos episodios que no solo merman la credibilidad política sino que ponen de relieve que cuando no se tienen y no se respetan o no se practican los más elementales cánones de civismo y educación es natural que cunda el desapego y se acentúe la tendencia a enjuiciar o valorar los comportamientos públicos de los representantes institucionales. La socorrida frase de todos son iguales. Cuando no es así…

Resultó que el diputado Sánchez, con antecedentes poco edificantes durante su actuación parlamentaria, ya había sido llamado al orden por la presidencia del Congreso cuando subió al estrado para, primero, increpar a una letrada -si es que les da igual-; y luego, encararse sin reserva y en actitud desafiante con el vicepresidente primero de la cámara, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que en aquelos momentos ejercía la presidencia. Si no fuera por qué, se diría que era como una situación prebuscada o deseada, como si no importara un mañana, como si se fomentara el cuanto peor, mejor. Y váyanse el decoro, el respeto y el prestigio a freír ‘pugnetas’. Cronistas parlamentarios han llegado a escribir que no se ha visto nada parecido en la democracia española desde su reinstauración. Las mismas voces indican que es una imagen nefasta y que no se puede dejar pasar un episodio tan inaudito y reprobable, algo que no debe repetirse, sencillamente. Esas imágenes de algaradas y puñetazos o mandobles desde los escaños o desde las bancadas de otros parlamentos que tanto hemos reprobado no son deseables desde ningún ángulo.

El diputado ultra -¿o es centrista-liberal, como algunos se esfuerzan en confundir acaso porque se avergüencen de ser reconocidos o adscritos a ese radicalismo político?- abogado, catedrático y juez en excedencia pone al desnudo, con su conducta, que no ha aprendido o no ha asumido del todo las nociones de democracia que, sumando episodios de parecida naturaleza de aquí y de allá, es la que sufre y sigue debilitándose, por muchos reglamentos internos que ahora se endurezcan con ánimo corrector y preventivo. El estupor de los diputados y de la ciudadanía en general, incluso la más alejada de la política, ante el incremento de la polarización y de la conflictividad, cuando es un hecho constatado que la brusquedad y la violencia pueden saltar en cualquier momento, se justifica por sí mismo.

‌A la ultraderecha y sus satélites les disgusta la democracia y lucha contra ella. Se aprovechan de sus debilidades e imperfecciones.   Cuando surgieron Podemos y sus confluencias, se habló de partidos antisistema que, más o menos veladamente, venían a romper esquemas, usos y costumbrismo político. Ahora, cuando la polarización es una realidad y en sectores de la sociedad palpitan el encono, la desinformación y sus derivados, las amenazas y las descalificaciones injuriosas van cobrando cuerpo hasta reflejar un cierto desprecio a los consensos mínimos de la convivencia y, en definitiva, a la institucionalidad. Son otros los que galopan al antisistema.

Menudo problema para el Partido Popular (PP): aliarse con una formación política cuya hostilidad a los usos democráticos es evidente.

No hay comentarios: