Un diputado de
la ultraderecha rampante que cree que España vuelve a ser suya, José María
Sánchez García, protagonizó días pasados uno de esos episodios que no solo
merman la credibilidad política sino que ponen de relieve que cuando no se
tienen y no se respetan o no se practican los más elementales cánones de
civismo y educación es natural que cunda el desapego y se acentúe la tendencia
a enjuiciar o valorar los comportamientos públicos de los representantes
institucionales. La socorrida frase de todos son iguales. Cuando no es así…
Resultó que el
diputado Sánchez, con antecedentes poco edificantes durante su actuación
parlamentaria, ya había sido llamado al orden por la presidencia del Congreso
cuando subió al estrado para, primero, increpar a una letrada -si es que les da
igual-; y luego, encararse sin reserva y en actitud desafiante con el
vicepresidente primero de la cámara, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que en
aquelos momentos ejercía la presidencia. Si no fuera por qué, se diría que era
como una situación prebuscada o deseada, como si no importara un mañana, como
si se fomentara el cuanto peor, mejor. Y váyanse el decoro, el respeto y el
prestigio a freír ‘pugnetas’. Cronistas parlamentarios han llegado a escribir
que no se ha visto nada parecido en la democracia española desde su
reinstauración. Las mismas voces indican que es una imagen nefasta y que no se
puede dejar pasar un episodio tan inaudito y reprobable, algo que no debe
repetirse, sencillamente. Esas imágenes de algaradas y puñetazos o mandobles
desde los escaños o desde las bancadas de otros parlamentos que tanto hemos
reprobado no son deseables desde ningún ángulo.
El diputado
ultra -¿o es centrista-liberal, como algunos se esfuerzan en confundir acaso
porque se avergüencen de ser reconocidos o adscritos a ese radicalismo político?-
abogado, catedrático y juez en excedencia pone al desnudo, con su conducta, que
no ha aprendido o no ha asumido del todo las nociones de democracia que,
sumando episodios de parecida naturaleza de aquí y de allá, es la que sufre y
sigue debilitándose, por muchos reglamentos internos que ahora se endurezcan
con ánimo corrector y preventivo. El estupor de los diputados y de la
ciudadanía en general, incluso la más alejada de la política, ante el incremento
de la polarización y de la conflictividad, cuando es un hecho constatado que la
brusquedad y la violencia pueden saltar en cualquier momento, se justifica por
sí mismo.
A la ultraderecha y sus satélites les disgusta la democracia y
lucha contra ella. Se aprovechan de sus debilidades e imperfecciones. Cuando surgieron Podemos y sus confluencias,
se habló de partidos antisistema que, más o menos veladamente, venían a romper
esquemas, usos y costumbrismo político. Ahora, cuando la polarización es una
realidad y en sectores de la sociedad palpitan el encono, la desinformación y
sus derivados, las amenazas y las descalificaciones injuriosas van cobrando
cuerpo hasta reflejar un cierto desprecio a los consensos mínimos de la
convivencia y, en definitiva, a la institucionalidad. Son otros los que galopan
al antisistema.
Menudo problema para el Partido Popular (PP): aliarse con una
formación política cuya hostilidad a los usos democráticos es evidente.
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