Salvador Pérez,
entrañable y respetable compañero, el gran Paladín, seudónimo que empleó
en aquellos inolvidables tiempos del periodismo deportivo airelibresco, se
despide con una documentada carta como presidente de la Fundación Canaria
Carlos Salvador y Beatriz, los nombres de sus hijos, víctimas de trágicos
accidentes de tráfico. Una Fundación que ha llegado a la meta, “a pesar de la
vida en contra”, como dice en su texto Pérez.
Carlos Salvador
fue licenciado en Filología Hispánica, bibliotecario, escritor… Su hermana
Beatriz, licenciada en Psicología, máster en Recursos Humanos, idiomas… Eran
donantes de sangres y de órganos. De Carlos Salvador fueron aprovechadas
diecisiete partes de su cuerpo. Con sus pulmones, por cierto, se realizó en un
hospital de Córdoba, el primer trasplante simultáneo a dos receptores. Es bueno
recordar sus libros póstumos: Dioses para cinco minutos, prologado por
Eduardo Haro Tecglen; Retrato de un viejo prematuro, con un llamativo
texto de Alfonso González Jerez y Duelos del extranjero ilimitable, que
prologó Juan Cruz Ruiz.
Carlos Salvador
soñaba con “la adolescencia que tendré a los ochenta años”, por eso, “lo único
que me preocupa del pasado es que pueda ser futuro”, dos frases de su escritura
fresca, del hombre que “escribía mañana”. Junto a su hermana, y junto a sus padres
ejemplares, Salvador y Aurora, trabajaron por la educación y la cultura,
ayudando a quienes más lo necesitan. Ese fue siempre su camino, el que
transitaron con humildad y modestia, con ganas de ayudar y con afán de ser útiles.
La Fundación, a
punto de cumplir veinte años, será recordada por resultar una iniciativa. No ha
sido estéril su camino pues ha servido para algo más que mantener encendida la
llama de la nostalgia. Para llevar a cabo acciones que cruzaron los caminos de Perú
y Paraguay, de La Guancha y de las islas. Ha servido para sobrellevar el dolor
de una tragedia y de una ausencia. Para estimular las ayudas al estudio como
fue la convocatoria de doce ediciones, distribuidas entre alumnos de las ocho
islas Canarias atendiendo a criterios de la crisis económica, los índices de
paro y los menores recursos dedicados a la enseñanza pública.
Entre tanta
desazón y tanta pobredumbre, identificadas con el comportamiento aprovechado,
perverso y presuntamente delictivo de algunos servidores públicos, Salvador y
Aurora, Aurora y Salvador, la Fundación, sus loables y constructivas
finalidades, el comportamiento y el desempeño transparente, el ejemplo que nos
dejan, son todo un estímulo para contrastar que la vida tiene otra cara, que no
debe estar oculta, precisamente, sino todo lo contrario: debe ser exaltada como
se merece. Como se merece la pequeña gran historia de quienes la han
protagonizado pensando en los demás.
Porque hay
causas, como ha sido la de la Fundación Canaria Carlos Salvador y Beatriz que
ahora se extingue, acreedoras de respeto y reconocimiento.
Gracias,
sencillamente, gracias.
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