sábado, 11 de abril de 2026

UNA FUNDACIÓN QUE SE EXTINGUE, UNA OBRA PERDURABLE

 

Salvador Pérez, entrañable y respetable compañero, el gran Paladín, seudónimo que empleó en aquellos inolvidables tiempos del periodismo deportivo airelibresco, se despide con una documentada carta como presidente de la Fundación Canaria Carlos Salvador y Beatriz, los nombres de sus hijos, víctimas de trágicos accidentes de tráfico. Una Fundación que ha llegado a la meta, “a pesar de la vida en contra”, como dice en su texto Pérez.

 Carlos Salvador fue licenciado en Filología Hispánica, bibliotecario, escritor… Su hermana Beatriz, licenciada en Psicología, máster en Recursos Humanos, idiomas… Eran donantes de sangres y de órganos. De Carlos Salvador fueron aprovechadas diecisiete partes de su cuerpo. Con sus pulmones, por cierto, se realizó en un hospital de Córdoba, el primer trasplante simultáneo a dos receptores. Es bueno recordar sus libros póstumos: Dioses para cinco minutos, prologado por Eduardo Haro Tecglen; Retrato de un viejo prematuro, con un llamativo texto de Alfonso González Jerez y Duelos del extranjero ilimitable, que prologó Juan Cruz Ruiz.

 Carlos Salvador soñaba con “la adolescencia que tendré a los ochenta años”, por eso, “lo único que me preocupa del pasado es que pueda ser futuro”, dos frases de su escritura fresca, del hombre que “escribía mañana”. Junto a su hermana, y junto a sus padres ejemplares, Salvador y Aurora, trabajaron por la educación y la cultura, ayudando a quienes más lo necesitan. Ese fue siempre su camino, el que transitaron con humildad y modestia, con ganas de ayudar y con afán de ser  útiles.

 La Fundación, a punto de cumplir veinte años, será recordada por resultar una iniciativa. No ha sido estéril su camino pues ha servido para algo más que mantener encendida la llama de la nostalgia. Para llevar a cabo acciones que cruzaron los caminos de Perú y Paraguay, de La Guancha y de las islas. Ha servido para sobrellevar el dolor de una tragedia y de una ausencia. Para estimular las ayudas al estudio como fue la convocatoria de doce ediciones, distribuidas entre alumnos de las ocho islas Canarias atendiendo a criterios de la crisis económica, los índices de paro y los menores recursos dedicados a la enseñanza pública.

 Entre tanta desazón y tanta pobredumbre, identificadas con el comportamiento aprovechado, perverso y presuntamente delictivo de algunos servidores públicos, Salvador y Aurora, Aurora y Salvador, la Fundación, sus loables y constructivas finalidades, el comportamiento y el desempeño transparente, el ejemplo que nos dejan, son todo un estímulo para contrastar que la vida tiene otra cara, que no debe estar oculta, precisamente, sino todo lo contrario: debe ser exaltada como se merece. Como se merece la pequeña gran historia de quienes la han protagonizado pensando en los demás.

Porque hay causas, como ha sido la de la Fundación Canaria Carlos Salvador y Beatriz que ahora se extingue, acreedoras de respeto y reconocimiento.

Gracias, sencillamente, gracias.

    

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