miércoles, 29 de abril de 2026

Un enemigo invisible para la infancia

 

La Agencia Europea de Medio Ambiente (EEA) ha publicado un informe que advierte que más de quinientos mil niños y niñas en Europa presentan dificultades de lectura a causa del ruido del transporte (coches, trenes y aviones), y que alrededor de sesenta mil muestran problemas de comportamiento relacionados con esta exposición continua al ruido.

En España son cerca de ochenta mil en la afectación lectora y nueve mil en el comportamiento, sobre todo en entornos urbanos y debido principalmente al tráfico rodado. Las cifras, en realidad, son mayores, ya que solo se ha estudiado una parte de las infraestructuras europeas.

¿Por qué el ruido ambiental afecta a la capacidad lectora?, esta es la pregunta. Según el informe,  leer es una actividad que requiere mantener la atención, comprender, recordar y no perder el hilo. Si el ruido es constante, hace que los niños se distraigan y tengan que volver a empezar. Esto genera también un sobreesfuerzo en su cerebro. Si además hablamos de niños muy pequeños, es necesario que distingan bien los sonidos para consolidar el vocabulario y la comprensión.

El ruido pues se convierte en un enemigo invisible. Los padres y las personas que están al cuidado de menores deben tenerlo muy presente. De acuerdo en que hay que aprender a leer con ruido. Pero también a comportarse.

Jesús Alba Fernández, catedrático  de Física Aplicada, especializado en Acústica, de la Universitat Politécnica de Valencia, miembro voluntario de la Sociedad Española de Acústica (SEA), es autor de una interesante trabajo sobre el particular publicado en el digital The Conversation en el que desmenuza cómo afecta el ruido en la infancia va más allá de su aprendizaje. Como ha demostrado el estudio europeo, afecta a su comportamiento. No estamos hablando de que sean unos “maleducados”, ni mucho menos: se trata de la respuesta del cuerpo a un ambiente hostil. Un entorno ruidoso genera inquietud y dificultad para estar quieto, y mantiene al cuerpo en un estado de alerta constante, lo que hace más complicado seguir normas o concentrarse. Hay que tener claro que los niños no son el problema: es la respuesta natural del cuerpo al entorno.

De hecho, escribe Alba, hay diferencias entre lo que ocurre en las ciudades y en los ámbitos rurales. En las ciudades, según el Informe SICA o de Población Expuesta, entre el 40 % y el 60 % de los centros educativos están cerca de carreteras, vías de tren o rutas de aviones. Aulas con ventanas cerradas todo el día, docentes que tienen que alzar la voz, niños y niñas que se distraen con cada camión o moto y patios rodeados de ruido de tráfico forman parte del día a día. En los pueblos pequeños o zonas menos transitadas la exposición es menor: hay más espacios de calma y el impacto global es más bajo.

El informe de la EEA también plantea acciones a realizar, ya que este problema, a diferencia de otros, sí es evitable. Se pueden tomar medidas en el entorno: reducir la velocidad del tráfico cerca de las escuelas, colocar pantallas acústicas o vegetación, mejorar el asfalto o alejar las rutas de paso intenso de vehículos de los centros educativos.

Otra posibilidad es llevar a cabo mejoras en los colegios: aumentar el aislamiento acústico, reubicar aulas más sensibles, proteger los patios escolares o introducir criterios acústicos en reformas y nuevas escuelas.

También las asociaciones como las AMPA son clave. Las familias deben poner el problema sobre la mesa y dejar claro que está en juego la salud y la educación de nuestras hijas e hijos.

La concienciación también es importante. De hecho, desde la Sociedad Española de Acústica se realiza una campaña en torno al Día Internacional de Concienciación sobre el Ruido, que se conmemora hoy. El lema “Vive sin ruido, vive mejor” habla de proteger a los niños y niñas, su aprendizaje, su bienestar emocional y sus oportunidades de futuro.

 

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