Las circunstancias quisieron que
coincidiéramos en el espacio de RadioTelevisión Canaria (RTVC), ‘Buenos días,
Canarias’, durante el que se transmitía la llegada de un cayuco al puerto de La
Restinga, en El Hierro, hace poco más de un año. El imprevisible final tenía
reservada la carta de la zozobra de la embarcación que, según se supo con
posterioridad, procedía de Guinea Conakry, a más de dos mil kilómetros del
enclave herreño, con unas ciento cincuenta personas a bordo.
Estábamos en plena conexión. Fue una
experiencia singular, de esas que se viven con una intensidad fuera de lo
común, en vivo y en directo, como suele repetirse hasta en los ‘spots’
promocionales ya en desuso. Pasaban los minutos, la tensión fue creciendo, el
cayuco había volcado, cuando ya tocaba los diques del pequeño embarcadero…, a
duras penas, con la imagen reflejada en las pantallas interiores, mientras se
sobresaltaba -sin que apenas se notara- la ilación del relato de la periodista
presentadora y coordinadora, Pilar Rumeu, consciente de la gravedad de la
situación y con mucho temple, mascándose la tragedia indeseada, la impotencia
en la distancia pero también allí en el Mar de las Calmas, donde gritos,
brazos, saltos, lamentos y movimientos a la desesperada convergían en una
precipitada y apurada operación de salvamento y rescate, en la que participaban
no solo los operarios de Salvamento Marítimo, una unidad Salvamar, sino también
voluntarios, cruzrojistas y miembros de clubes de buceo (Si alguien aún dudaba
de lo que es la solidaridad activa, allí pudo comprobar cómo los resortes, en
tratándose de vidas humanas, funcionaron con diligencia).
Se entrecortaba, como es natural, el relato
de Eduardo Pulido, redactor de RTVC, y el desespero de los noes de su cámara,
Maribel Armas, desbordados ambos ante el suceso cuya magnitud aún se
desconocía. Se sabía que ellos estaban allí, que su testimonio era de una gran
trascendencia periodística y mediática, que eran notarios afectados por el
dolor y la impotencia. Juani Brito, la directora del programa, se movió con su
destreza habitual, ultimando esos detalles que, inapreciables, son de gran
valor sobre todo en los directos. Y aquel era uno de primerísimo orden. Porque ante
todo, fueron periodistas: lo que veían y contaban iba a ser imagen de portada,
eran las secuencias de aquello que debían visionar las autoridades y
representantes institucionales que se reunían por enésima vez en el lugar de
los hechos, en busca de una solución exenta de peligros y de riesgos, una
solución a esa tragedia humana que no distingue entre hombres, mujeres y niños,
embarazadas y nadadores que apenas flotan o de hecho no saben y que, según se
supo, se cobró en La Restinga siete víctimas más. Eran las imágenes y el
desespero que debían ver esos comisionados y si alguien las pasa a las
autoridades de los países africanos y a las mafias traficantes de seres
humanos, aunque dudemos de su dolor, mejor; a ver si las conciencias impulsan
otras medidas pues una cosa es intentarlo, a la desesperada, en busca de la
tierra de promisión, y otra muy distinta, jugarse la vida.
Murieron en la orilla, al cabo de más de dos
mil kilómetros de su partida. Su travesía solo sirvió para eso: para morir. Qué
cruel y qué triste. La experiencia, a nuestros años, también marcó. Y hoy, con
el Papa León XIV por estos lares, tan cerca del escenario del drama, merece ser
recordada.
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