En una de las primeras conversaciones que desde la madrugada del
jueves mantenemos con el compañero Gustavo Armas, tratando de hacer un
seguimiento de los terribles seísmos en Venezuela, coincidíamos en una
apreciación de las imágenes: ¿dónde está el Ejército, donde la Guardia
Nacional? Eran las primeras pruebas de la tragedia, los derrumbes, los
escombros, los amasijos, la destrucción, las ruinas… Pero allí no veíamos a
miembros de las Fuerzas Armadas apellidadas también Bolivarianas. Han tenido
que pasar horas y días para que las emergencias y los rescates tuvieran activa
participación militar, como otras tantas veces en situaciones de este tipo.
Alguna explicación habrá, desde luego, para esa ausencia que
habrá sido suplida luego, esperemos que con creces, como exige la magnitud de
la tragedia que llegó inopinadamente, de acuerdo, pero pareciera que con todo
preparado para multiplicar los efectos de la devastación.
Los dos terremotos que sacudieron a
Venezuela al atardecer de la festividad de San Juan no solo movieron la corteza
terrestre. Sacudieron también la fragilidad de un país que lleva unos
veintiséis años viendo derrumbarse, poco a poco, mucho antes de que cayera el
primer edificio. Un terremoto no
distingue ideologías. No pregunta por partidos políticos. No vota. Pero sí
encuentra lo que los seres humanos hemos construido… o destruido.
Algunos estudios señalan que Caracas parecía experimentar movimientos destructivos aproximadamente
cada cincuenta o sesenta años —como el terremoto de 1967, que marcó a toda una
generación— y terremotos verdaderamente catastróficos alrededor de cada dos
siglos, como el devastador sismo del Jueves Santo de 1812.
Mientras se recuerda la historia y
los estudios, una frase sencilla y al
mismo tiempo escalofriante envolvía el pensamiento de miles de
venezolanos:
-Nos tocó esta vez.
Y para ello había que estar mejor
preparados. Sólo basta comparar los registros de las repercusiones de temblores
en otras zonas del mundo. No es que la sismología permita predecir fechas pero
es una cuestión de prevención -en todos los órdenes- de civismo y hasta de
cultura. La naturaleza, cierto, no
funciona como un reloj pero ya Bolívar revelaba su estimulante rebeldía cuando
palpaba sobre los escombros las consecuencias del terremoto de 1812.
Y justamente por eso duele más.
Porque durante esos más de doscientos
años, hubo que haber construido ciudades y edificaciones más resistentes,
instituciones más sólidas, planes de emergencia mejor preparados y una cultura
permanente de prevención.
En cambio, el terremoto encontró un país exhausto.
Durante décadas, Venezuela tuvo
instituciones capaces de responder a emergencias con daños de evaluación casi
imposible. O eso era lo que se publicaba. Gustavo Armas lo comentaba con
admiración cuando entraba en la redacción y descansaba sus cámaras. Había protocolos,
mantenimiento, planes de contingencia, hospitales que funcionaban, cuerpos de
rescate dotados e infraestructura relativamente sólida. Hoy, después de más de
un cuarto de siglo de deterioro sistemático, la naturaleza encontró un país
mucho más vulnerable de lo que debía ser. Antes, golpes de Estado, dictaduras,
frágiles democracias, libertades a veces mal protegidas, nacionalización del petróleo, hampa, alternancias en el
poder y hasta una revolución a la que algunos osaron calificar bonita.
Pero hay algo aún más doloroso: el terremoto ocurrió en el peor momento
imaginable.
No porque existan buenos momentos
para una tragedia de esta magnitud, sino porque Venezuela ya vivía una
emergencia humanitaria antes de que la tierra decidiera recordarnos su fuerza. La tierra cansada. Millones de venezolanos necesitaban ayuda humanitaria antes del primer temblor;
ahora esa necesidad se multiplica.
Los hospitales llegan debilitados, por no decir en el piso,
después de años sin inversión. Las ambulancias son insuficientes. Los servicios
públicos apenas sobreviven. El suministro de agua ya era precario antes de que
se rompieran las tuberías. La electricidad ya fallaba antes de que colapsaran
nuevas líneas. Las carreteras ya estaban heridas antes de abrirse nuevas
grietas.
Cuando todo funciona mal, cualquier emergencia se multiplica.
Seguro.
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