viernes, 19 de junio de 2026

Y la democracia, sufriendo

 

Algo lejanos quedan ya los tiempos en que una organización política -puede que de otro carácter también- exigía que cualquier solicitud de ingreso viniera acompañada de la firma de dos o tres avalistas, una forma -principalmente durante la advenediza democracia- de fiscalizar mínimamente las incorporaciones de gente llegada de otras localidades y era cuasi perfecta desconocida en los ámbitos o círculos en donde iba a cohabitar. Poco que ver la identificación o desafección con aquel desaparecido Movimiento cuyo carácter constaba -puede decirse que para los restos- en los registros o archivos de aquel sustrato político preconstitucional.

Aquel “requisito” -y no queda más remedio que entrecomillar el término- se fue flexibilizando hasta prácticamente desaparecer. Se partía de un principio: afiliarse a una organización política era un acto volitivo de una persona mayor edad, se supone que consciente, identificada con los módulos de participación y con postulados programáticos, dispuesta a asumir reglamentos y resoluciones disciplinarias con mayor o menor formación política y con desigual bagaje ideológico. Los partidos necesitaban incrementar sus censos de afiliados. Algunos, a la vista de que la filiación era más bien un freno, crearon la figura del simpatizante, que era un modo de integrarse pero más blando o moderado: se trataba de captar pero sin presionar o exigir. La regulación intrapartidaria de la participación era variable y nunca quedó muy clara a efectos jurídicos. No es que los aparatos de dirección miraran para otro lado pero, ciertamente, se descuidaron, al menos en la organización socialista que es, para nosotros, la más conocida.

Importaba sumar, casi a cualquier precio. Claro, la política ha generado, por muy distintas causas, tal nivel de desafección y de comodidad individual elusiva de responsabilidades que propiciar medidas para intentar congregar a personas que reúnan los requisitos exigibles parecen mecanismos de disuasión.

Pero la gran verdad es que algo tendrán que hacer las direcciones de todos los niveles con tal de superar los evidentes riesgos que supone incorporar a filas a personas que han revelado comportamientos abstrusos e inaceptables, especialmente desde el ángulo ético y no digamos cuando incurren en comisiones delictivas. A las mismas -respetemos, por supuesto, la presunción de inocencia- les da igual actuar con tal de aprovecharse, se prevalen de posiciones relevantes en administraciones públicas para influir o aprovecharse, carecen de escrúpulos. Y por supuesto, no son conscientes del enorme daño que causan a la organización a la que un día accedieron se supone que con la intención de ser útiles e interactuar en beneficio de la colectividad. Habrán comprobado lo fácil que es la generalización injusta y lo pronto que prende un juicio de valor negativo para todos los que decidieron abrazar un ideal político por un comportamiento inapropiado de tres o cuatro los garbanzos negros, que dicen- que no responde a lo que debe aguardarse. Así, esa creencia cada vez más extendida, enriquecerse, aprovecharse en el ejercicio de las políticas públicas. Así, desmoralización, cansancio, rechazo, descrédito, desafección, repulsión…

Y la democracia, sufriendo.  

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