Llamó cuando leyó la referencia de la publicación de aquel libro suyo presentado al mediodía de un domingo en la Villa y Puerto, en la plaza de Arriba, “Recordando el pasado de Garachico”, dedicado íntegramente a glosar la alcaldía de Lorenzo Dorta García (1969-1987). La ex rectora de la Universidad de La Laguna, Marisa Tejedor, tuvo a su cargo la intervención principal. Debió ser la última vez que nos vimos y hablamos en persona; luego contactos telefónicos, preguntas por amigos comunes y apreciaciones sobre los acontecimientos que se sucedían en nuestros respectivos pueblos.
Carlos Acosta García, docente, escritor y periodista nonagenario, nos dijo adiós otro domingo cuando San Roque se pasea en romería y la alegría se desborda. Su última romería. Cuando sabíamos de algún acto en Garachico, Carlos estaba allí. Con eso bastaba para estar seguros de una constancia fiel y equilibrada (Aún recordamos un festival de variedades que presentamos, en tiempos de juventud formando parte del Cima Club, en las escalinatas de la plaza, cuando se nos escapó por el micrófono la orden de continuar a una de las señoritas que exhibía un modelo de moda zíngara y que se había quedado estancada en el escenario. O cuando en una noche gélida, años después, introdujíamos en La Caleta de Interián, en víspera de San Andrés, al ilustre biólogo Carmelo García Cabrera, fundador del Laboratorio Oceanográfico de Canarias). Carlos Estaba allí.
De sus datos biográficos entresacamos que en 1971 fue distinguido por el Ministerio de Educación y Ciencia con la Orden de Alfonso X el Sabio, categoría de Cruz. Era miembro de número de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, del Instituto de Estudios Canarios adscrito a la Universidad de La Laguna y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
A lo largo de los años publicó treinta y cuatro libros, de los cuales treinta y uno versan sobre hechos y personajes garachiquenses. Galardonado con varios premios periodísticos y literarios, intervino como pregonero y mantenedor de celebraciones festeras de numerosas localidades tinerfeñas.
No pudo encontrar Acosta mejor introducción para aquella obra que estas líneas del que fuera Premio Nacional de Literatura, Enrique Azcoaga Ibas: “A la hora de soñar ya tengo un nuevo pueblo, denominado Garachico, donde la vida sabe a empeño viejo”. Porque la definición, en efecto, condensa los afanes de una población, su lucha contra los elementos, sus anhelos para superar la lejanía, su vocación americanista (sin olvidarse de Génova, de Tavira, sur de Portugal, y de Madeira), su apego a la cultura, su gratitud y su solidaridad. Carlos atesoraba todas esas cualidades; es más, ha sido el puntual cronista de muchas de ellas, como lo probaba aquel libro en el que se relata una alcaldía que Lorenzo Dorta García desempeñó, en el período apuntado, con la dedicación propia de las personas que aman a su pueblo sin reservas. Se trata de un relato muy bien documentado, doscientas páginas, que engloba artículos e informaciones aparecidos en la prensa insular entre el 22 de septiembre de 1969 y el 30 de junio de 1987. Van acompañados de una prolífica selección fotográfica que permiten rememorar la intensa actividad institucional y pública de aquellos años.
En fin, aquel era otro documento para referenciar un período muy concreto de la historia de Garachico, que está plagada de eso, de empeño y de amor por la obra bien hecha. Cuenta Gabriela Gulisserian, en las páginas de Diario de Avisos, que la noticia de su fallecimiento se conoció con el Santo entrando a la parroquia y al finalizar la eucaristía, la procesión hizo una parada frente a su casa en la calle Pérez Zamora. Allí, el párroco de Garachico, Marcos García, hizo pública la noticia y le dedicó un rezo.
Además,
Mar Gutiérrez, actriz y vecina del municipio, deleitó a los presentes con uno
de los poemas que dejó marcado Carlos Acosta en las fiestas, sobre todo en los
momentos de la pandemia de la Covid-19 en los que las celebraciones no estaban
permitidas.
"Haya
o no haya romería, te seguiremos queriendo como el primer día”, le dedicó a San
Roque, palabras con las que se despidió al historiados del municipio con el
propio santo en la fachada de su casa.
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