Es difícil no encontrar entre los profesionales o las personas que hemos tenido que utilizar micrófonos en actos públicos, debates y programas radiotelevisivos a alguien que no se haya extralimitado una vez haya sido dicha la última palabra o la convocatoria pudiera darse por concluida. Entiéndase por extralimitación una propina, algún añadido o alguna expresión dicha a posteriori y que fue nítidamente percibida por el auditorio o por la audiencia.
También está la modalidad más reciente: no ha empezado el acto o el programa y al estar los micrófonos abiertos pues se escucha perfectamente cualquier locución por muy quedo, por muy baja voz que se haya empleado.
El caso más reciente de Mariano Rajoy, pillado in fraganti antes de empezar una reunión de dirigentes de su partido a cuenta del “coñazo” del desfile militar del Día Nacional de España, pone en evidencia la necesidad de andarse con la máxima cautela cada vez que haya micrófonos (coloquialmente, entre políticos y personajes públicos, “alcachofas”) por los alrededores.
No es que el vocablo utilizado sea extremadamente grave pero dicho por el presidente del Partido Popular y jefe de la oposición es absolutamente inapropiado. Curiosamente: salieron en defensa de Rajoy, minimizando el impacto y restando importancia, algunos intelectuales y algunos escritores que, en efecto, demostraron su poco amor a las paradas militares.
Hombre, que sea Rajoy quien, en un alarde de sinceridad, dijera (se le escapara) lo que de verdad sentía, llama la atención. Y el daño, una vez reproducida la palabreja por los más diversos canales, y aceptada como sinónimo de hastío, de plomizo, de difícilmente aguantable, el daño -decía- ya es irreversible.
Bien es verdad que no está solo, que hay antecedentes. Recordarán aquel “¡Vaya peñazo que les he soltado!”, dicho por Aznar, siendo presidente del Gobierno, después de una intervención que duró más de una hora. No menos trascendente fue “la caña que hay que dar”, entrecruzada de Iñaki Gabilondo y José Luis Rodríguez Zapatero al término de una entrevista electoral en “Cuatro” televisión. Y también alcanzó relieve la recomendación de Miguel Sebastián al mismo ZP sobre contenidos presupuestarios: “Esto, en dos tardes, te lo explico”.
Aunque para tacos gloriosos, aquel de Federico Trillo presidiendo un pleno de las Cortes. Aquel “¡Manda güevos!”, con el que zanjó alguna posición rara de sus señorías, dio la vuelta al planeta político y mediático. Y el diputado y ex ministro ya carga para los restos con su exclamación.
(Si me lo permiten, pues ya saben que no se debe hablar de uno mismo: hace muchos años, presentado un festival de variedades en Garachico, sucedió un episodio similar. Menos mal que no hubo expresión malsonante. Era un desfile de trajes de época. La joven portuense que llevaba el de moda zíngara estaba tan nerviosa que se ‘clavó’ en el centro del escenario, sin caminar y sin acercarse a la pasarela, por donde debía transitar. Aquellos segundos se hicieron largos, larguísimos y como no había manera de desbloquear la situación, se me escapó: “¡Sigue muchacha, baja ya!”. Todos los presentes que se habían dado cuenta del trance y escucharon sonrieron abiertamente).
En fin, surge el dilema del título. ¿Son los micrófonos unos traicioneros, independientemente de los descuidos de quienes los controlan y de quienes los usan? O por el contrario, ¿son locuciones como las señaladas el fruto de unas incontinencias que no saben ni de luces rojas ni de manejos técnicos a distancia?
Por si acaso, los protagonistas deben tomar buena nota, no sea que, por una causa o por otra, reediten algún exceso verbal, de esos que, en sus bocas, suena mal, aunque luego se justifique el caso diciendo que son de carne y hueso, como cualquier mortal malhablado.
(Uno, por si acaso, ya anda precavido desde aquel episodio de Garachico).
P.S.- Un fenomenal complemento para esta entrada después de redacta y publicada en el número de noviembre de la revista TANGENTES. Lo encuentras pinchando en el siguiente enlace de la cadena SER.
"http://www.cadenaser.com/player_mini.html?xref=20081119csrcsr_14.Aes"
miércoles, 19 de noviembre de 2008
domingo, 9 de noviembre de 2008
PASAR A LA ACCION
Ya están realizados todos los diagnósticos, luego se trata de pasar a la acción. En los primeros, por cierto, es difícil encontrar tantas coincidencias. Después serán modulables y discutibles las prioridades, pero hay una convergencia notable. Y es ahí, en la acción, donde surgen las trabas, las inhibiciones, las maniobras, los bloqueos…, en fin, la mano negra esa que nunca se ve, que nadie puede probar que existe, pero que está, y que no es un recurso manido para echar la culpa a otros para utilizarla como subterfugio a las incapacidades.
Esa última convocatoria de agentes, empresarios y profesionales del sector turístico en la ciudad -una vez más, los trabajadores han vuelto a enmudecer o interpretar el papel de ausentes, como si la cosa no fuera con ellos; algún día tendrán que despertar y darse cuenta de lo que se juegan- no ha sido muy diferente de otras anteriores en las que análisis lúcidos contrastaron con experiencias de otras latitudes y críticas más o menos explícitas, más o menos interesadas.
Recuerdo una, en el mandato 1999-2003, que culminó hasta con una declaración de los participantes. La “Declaración del Taoro”, se titulaba, en alusión al lugar de las jornadas, todo una manifestación de intenciones y de proyección futura en el propósito de revitalizar el destino turístico. “Demasiado literaria”, fue la crítica posterior de un empresario.
Ahora, como entonces, buena voluntad, buenos deseos, necesidades expuestas, los ya viejos males, objetivos apremiantes, iniciativas que teóricamente apenas admiten discusión… lo dicho, un elevado grado de coincidencia, tal que puede resumirse en la frase hecha que condena a entenderse a las administraciones públicas y al sector privado.
Se trata de incursionar, de abrir nuevos caminos, de emprender. Las glorias pasadas, esas golondrinas que no volverán, sólo son un utilitarismo nostálgico. Está bien que se aproveche la experiencia y la madurez pero ya no sirven exclusivamente para creer con ellas volverán los buenos tiempos, las vacas gordas.
Por consiguiente, así las cosas, hay que pasar a la acción. Hay que ejecutar. El empresariado que reclama liderazgo político debe corresponder con valentía y capacidad de riesgo. Los gobernantes de cada ciclo, pese a las tenazas normativas, están obligados a tener visión de futuro y ésta debe plasmarse en decisiones pragmáticas.
Porque la gente, la de aquí, la de los pueblos vecinos, la de la comarca y de la isla entera, quiere ver cosas, quiere que algo se mueva para motivarse, para identificarse, para hacerlo suyo, para hacer el seguimiento y para, en definitiva, recobrar la esperanza, para tener algo que lucir y de lo que enorgullecerse.
Hay un gesto, el de las manos unidas de los participantes fotografiadas al final de la convocatoria, que debe ser todo un estímulo pensando en el porvenir. Está todo dicho con respecto a la realidad. Luego ahora hay que escribir el futuro con pruebas físicas que sean fruto del intelecto, de la destreza y del ejercicio constante. Saben además que no hay tiempo que perder.
De los resultados, de la acción pues, dependerán las lecturas futuras de la foto.
Esa última convocatoria de agentes, empresarios y profesionales del sector turístico en la ciudad -una vez más, los trabajadores han vuelto a enmudecer o interpretar el papel de ausentes, como si la cosa no fuera con ellos; algún día tendrán que despertar y darse cuenta de lo que se juegan- no ha sido muy diferente de otras anteriores en las que análisis lúcidos contrastaron con experiencias de otras latitudes y críticas más o menos explícitas, más o menos interesadas.
Recuerdo una, en el mandato 1999-2003, que culminó hasta con una declaración de los participantes. La “Declaración del Taoro”, se titulaba, en alusión al lugar de las jornadas, todo una manifestación de intenciones y de proyección futura en el propósito de revitalizar el destino turístico. “Demasiado literaria”, fue la crítica posterior de un empresario.
Ahora, como entonces, buena voluntad, buenos deseos, necesidades expuestas, los ya viejos males, objetivos apremiantes, iniciativas que teóricamente apenas admiten discusión… lo dicho, un elevado grado de coincidencia, tal que puede resumirse en la frase hecha que condena a entenderse a las administraciones públicas y al sector privado.
Se trata de incursionar, de abrir nuevos caminos, de emprender. Las glorias pasadas, esas golondrinas que no volverán, sólo son un utilitarismo nostálgico. Está bien que se aproveche la experiencia y la madurez pero ya no sirven exclusivamente para creer con ellas volverán los buenos tiempos, las vacas gordas.
Por consiguiente, así las cosas, hay que pasar a la acción. Hay que ejecutar. El empresariado que reclama liderazgo político debe corresponder con valentía y capacidad de riesgo. Los gobernantes de cada ciclo, pese a las tenazas normativas, están obligados a tener visión de futuro y ésta debe plasmarse en decisiones pragmáticas.
Porque la gente, la de aquí, la de los pueblos vecinos, la de la comarca y de la isla entera, quiere ver cosas, quiere que algo se mueva para motivarse, para identificarse, para hacerlo suyo, para hacer el seguimiento y para, en definitiva, recobrar la esperanza, para tener algo que lucir y de lo que enorgullecerse.
Hay un gesto, el de las manos unidas de los participantes fotografiadas al final de la convocatoria, que debe ser todo un estímulo pensando en el porvenir. Está todo dicho con respecto a la realidad. Luego ahora hay que escribir el futuro con pruebas físicas que sean fruto del intelecto, de la destreza y del ejercicio constante. Saben además que no hay tiempo que perder.
De los resultados, de la acción pues, dependerán las lecturas futuras de la foto.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
DIOS BENDIGA A AMERICA
Ha ganando Obama. ¿Para qué adjetivar la victoria? Era la esperada, era la deseada. El sueño de Luther King, hecho realidad. En la televisión hay hombres blancos y negros, hay mujeres blancas y negras con lágrimas en los ojos. El yanki vivía un hecho histórico. Porque ésto sí que es un hecho histórico.
Ha ganado Obama, la gran esperanza negra. Al menos hoy, siquiera un solo día, la elección del nuevo presidente de los Estados Unidos eclipsará las noticias, las malas noticias de la recesión económica, allí y en todo el mundo. Obama concentra tantas esperanzas, alimenta tantas expectativas en unos momentos tan delicados de la historia contemporánea, que el halo de frustración es inevitable.
El perdedor, en Vietnam y en esta cita electoral, John McCain, hizo un discurso memorable reconociendo los méritos del rival y se puso incondicionalmente a su lado. También había lágrimas en las filas republicanas, las mismas que estarán repudiando a Bush, el gran ausente, ese sí que el gran derrotado. Se ha completado la estela de gobernantes que se embarcaron en aquella locura de Irak, por cierto.
'God bless America', Dios bendiga a América, en esta nueva era que se inicia con un triunfo individual arrollador, en España sólo comparable con el que protagonizó Felipe González en 1982. Los pueblos, en democracia, escriben la historia con proyección de futuro, lo hacen con ganas de pasar la página y escribir otra nueva desde la confianza que recobran y depositan en alguien que les conduzca.
El siglo XXI ya tiene su gran hito: un ciudadano negro en la sede presidencial del país más poderoso de la Tierra. Esto se anima.
Ha ganado Obama, la gran esperanza negra. Al menos hoy, siquiera un solo día, la elección del nuevo presidente de los Estados Unidos eclipsará las noticias, las malas noticias de la recesión económica, allí y en todo el mundo. Obama concentra tantas esperanzas, alimenta tantas expectativas en unos momentos tan delicados de la historia contemporánea, que el halo de frustración es inevitable.
El perdedor, en Vietnam y en esta cita electoral, John McCain, hizo un discurso memorable reconociendo los méritos del rival y se puso incondicionalmente a su lado. También había lágrimas en las filas republicanas, las mismas que estarán repudiando a Bush, el gran ausente, ese sí que el gran derrotado. Se ha completado la estela de gobernantes que se embarcaron en aquella locura de Irak, por cierto.
'God bless America', Dios bendiga a América, en esta nueva era que se inicia con un triunfo individual arrollador, en España sólo comparable con el que protagonizó Felipe González en 1982. Los pueblos, en democracia, escriben la historia con proyección de futuro, lo hacen con ganas de pasar la página y escribir otra nueva desde la confianza que recobran y depositan en alguien que les conduzca.
El siglo XXI ya tiene su gran hito: un ciudadano negro en la sede presidencial del país más poderoso de la Tierra. Esto se anima.
lunes, 3 de noviembre de 2008
LA EMPANADA
La empanada de Coalición Canaria, antes y después de su congreso, está alcanzando niveles de incertidumbre como no se conocen en su joven historia de organización política. Precisamente, porque esa historia está directamente vinculada al ejercicio del poder político, la descomposición, ahora mismo, no es mayor.
En la noche electoral de mayo del pasado año, el Paulino Rivero derrotado pero con su seguro triunfador presidencial garantizado desde antes de comenzar la campaña, felicitaba a Mariano Rajoy, “el ganador de estas elecciones”, decía sin reparar en que ni era cierta la afirmación ni el presidente popular se había presentado a alcalde de su pueblo. Rivero, ahora, entre la frustración y el dolor, es decir, sin palabras de congratulación, ha seguido correspondiendo a Rajoy después de que éste, hasta en un par de ocasiones y con el fantasma de la ruptura en Navarra sobrevolando las borrascas archipielágicas, haya advertido de lo que son veleidades y devaneos independentistas de su socio de gobierno, consagrados ni más ni menos que en la primera y principal de las citas de una organización política democrática, su congreso.
Terminar éste y rebrotar la confusión fue todo uno. A desalambrar, o sea, a matizar, a puntualizar, a refutar… Apenas habían transcurrido cuarenta y ocho horas, el barullo era de tal calibre que algunos cargos públicos de CC se pasaban y transmitían la pregunta: ¿Cómo terminará todo esto? La cuestión revela que en un partido político acostumbrado a moverse en el filo de la navaja y a sobrellevar las situaciones más insospechadas los hechos empiezan a desbordar y las respuestas ven sensiblemente mermada la credibilidad.
El problema quedó al desnudo con meridiana claridad: caminar tanto tiempo sin sustrato ni sustento ideológico, sólo el ánimo acomodaticio ante el poder que siempre toca -al menos hasta que se modifique el sistema electoral-, en algún punto habría de concluir.
Ahí surgen las contradicciones: que si vuelta a los insularismos, que si las guerras de familias, que si se evaporan algunos apoyos empresariales. Hasta la factura de cierto apoyo periodístico en esa aventura filoindependentista, de menos sustrato todavía, empieza a ser cuestionada.
Así, Claudina Morales tuvo que estrenarse interpretando una gaviota en Madrid, donde Rajoy remarcaba su discrepancia, el vicepresidente Soria recibía instrucciones -que no se rompa el pacto, por favor que no se rompa- y en algún foro mediático hacían mofa y befa de las pretensiones independentistas y bautizaban -posiblemente porque nadie sopló a los guionistas lo de la “guanchancha, que les hubiera quedado para el diez- a la nonata policía autonómica como los “canaribinieri”.
Sensu contrario, un artículo muy serio y muy sólido de Antonio San José en elplural.com, señalando que “quince años después de su constitución, Coalición Canaria desbarra su perfil nacionalista en una sociedad en la que una inmensa mayoría sienten el legítimo orgullo de ser ciudadanos canarios y españoles”. El broche lo pone con el ejemplo de Islandia. Hay que contarlo, Antonio, sí, hay que contarlo.
Y en los postres del ‘totum revolutum’, Ricardo Melchior advirtiendo con marcharse y Paulino Rivero negando y apelando a la Constitución en un intento, ya desesperado, de hacerse con las riendas de un potro desbocado. Que galopa, por cierto, sobre una región que encabeza casi todos los registros negativos.
¿Hay quien dé más?
En la noche electoral de mayo del pasado año, el Paulino Rivero derrotado pero con su seguro triunfador presidencial garantizado desde antes de comenzar la campaña, felicitaba a Mariano Rajoy, “el ganador de estas elecciones”, decía sin reparar en que ni era cierta la afirmación ni el presidente popular se había presentado a alcalde de su pueblo. Rivero, ahora, entre la frustración y el dolor, es decir, sin palabras de congratulación, ha seguido correspondiendo a Rajoy después de que éste, hasta en un par de ocasiones y con el fantasma de la ruptura en Navarra sobrevolando las borrascas archipielágicas, haya advertido de lo que son veleidades y devaneos independentistas de su socio de gobierno, consagrados ni más ni menos que en la primera y principal de las citas de una organización política democrática, su congreso.
Terminar éste y rebrotar la confusión fue todo uno. A desalambrar, o sea, a matizar, a puntualizar, a refutar… Apenas habían transcurrido cuarenta y ocho horas, el barullo era de tal calibre que algunos cargos públicos de CC se pasaban y transmitían la pregunta: ¿Cómo terminará todo esto? La cuestión revela que en un partido político acostumbrado a moverse en el filo de la navaja y a sobrellevar las situaciones más insospechadas los hechos empiezan a desbordar y las respuestas ven sensiblemente mermada la credibilidad.
El problema quedó al desnudo con meridiana claridad: caminar tanto tiempo sin sustrato ni sustento ideológico, sólo el ánimo acomodaticio ante el poder que siempre toca -al menos hasta que se modifique el sistema electoral-, en algún punto habría de concluir.
Ahí surgen las contradicciones: que si vuelta a los insularismos, que si las guerras de familias, que si se evaporan algunos apoyos empresariales. Hasta la factura de cierto apoyo periodístico en esa aventura filoindependentista, de menos sustrato todavía, empieza a ser cuestionada.
Así, Claudina Morales tuvo que estrenarse interpretando una gaviota en Madrid, donde Rajoy remarcaba su discrepancia, el vicepresidente Soria recibía instrucciones -que no se rompa el pacto, por favor que no se rompa- y en algún foro mediático hacían mofa y befa de las pretensiones independentistas y bautizaban -posiblemente porque nadie sopló a los guionistas lo de la “guanchancha, que les hubiera quedado para el diez- a la nonata policía autonómica como los “canaribinieri”.
Sensu contrario, un artículo muy serio y muy sólido de Antonio San José en elplural.com, señalando que “quince años después de su constitución, Coalición Canaria desbarra su perfil nacionalista en una sociedad en la que una inmensa mayoría sienten el legítimo orgullo de ser ciudadanos canarios y españoles”. El broche lo pone con el ejemplo de Islandia. Hay que contarlo, Antonio, sí, hay que contarlo.
Y en los postres del ‘totum revolutum’, Ricardo Melchior advirtiendo con marcharse y Paulino Rivero negando y apelando a la Constitución en un intento, ya desesperado, de hacerse con las riendas de un potro desbocado. Que galopa, por cierto, sobre una región que encabeza casi todos los registros negativos.
¿Hay quien dé más?
viernes, 31 de octubre de 2008
TAPERÍO EN LA CIUDAD
Tiene razones Antonio Marrero, su promotor, para andar contento por las calles, como le vimos hace poco, satisfecho por el desarrollo de la segunda edición de la denominada “Ruta de la tapa”, una iniciativa suya que tuvo buena acogida en el sector local de restauración y una muy estimable respuesta entre quienes la han seguido, unos por curiosidad, otros por probar algo distinto y otros, para qué engañarnos, para aprovecharse de la coyuntura.
Siempre fue el Puerto pionero de muchas cosas, a las que luego, por muy distintas razones, faltó continuidad. Esta ruta tenía también mucho de innovación, de apertura de nuevas formas para contrastar la gastronomía y para la experimentación de respuestas por parte de los turistas y de la población nativa.
Se ha de convertir, desde luego, con el paso del tiempo, en todo un reclamo. Al menos, las dos primeras convocatorias han servido para incentivar y para pulsar los valores de una oferta que, por imaginación y calidad, no sólo ha de suplir algunas carencias sino que debe constituir un atractivo de primer orden.
Uno se alegra, en el fondo, de que estos planteamientos salgan bien. Hace unos años, cuando nos tocó regir desde la alcaldía los destinos del municipio, nos esforzamos en destacar la necesidad de enriquecer la oferta turística de la ciudad, siempre en las coordenadas de sus reales posibilidades, siempre pensando en potenciar, mediante opciones viables, las cualidades que atesora.
Desde luego, la gastronomía es una de ellas. No exagerábamos cuando entonces decíamos que difícilmente podía encontrarse en una superficie territorial tan reducida tamaña variedad de especialidades culinarias. Sabíamos de la profesionalidad de los ‘chef’ y cocineros que en hoteles y restaurantes han acreditado su solvencia. Tal es así que se los rifaban en otras latitudes como si de futbolistas se tratara.
Algunos pocos hoteleros y restauradores -acaso los que aún piensan que los clientes vienen solos como en los años sesenta- creían que esa defensa era desmesurada. El Puerto había sido en el pasado sede de importantes convocatorias y jornadas de este ramo: ese era (es) otro factor a explotar favorablemente.
Pero está claro que, independientemente del apoyo institucional que se pueda prestar, esta iniciativa corresponde al ámbito privado. Por fortuna, hay establecimientos y profesionales con categoría suficiente como para consolidar esta ruta o esta modalidad del tapeo que tanto gusta a los portuenses cuando están lejos de la tierra y regresan exaltándola. El taperío -expresión que, por coloquial, también puede aplicarse- fue siempre un distinto y atrayente modo de comer.
O sea, que son los propietarios y los emprendedores del sector, las asociaciones privadas, las llamadas a enriquecer y perfeccionar esta iniciativa. Hay que promocionarla bien. Hay que acudir a ferias y medios especializados. Hay que situarla en las coordenadas temporales más interesantes. Ya están buscando cocineros afamados o expertos culinarios cuya presencia debe servir, entre otras cosas, para valorar la misma originalidad y calidad de las creaciones que se ofrecen.
En definitiva, a identificarse con la ruta, a hacerla suya. Y enhorabuena, Antonio.
Siempre fue el Puerto pionero de muchas cosas, a las que luego, por muy distintas razones, faltó continuidad. Esta ruta tenía también mucho de innovación, de apertura de nuevas formas para contrastar la gastronomía y para la experimentación de respuestas por parte de los turistas y de la población nativa.
Se ha de convertir, desde luego, con el paso del tiempo, en todo un reclamo. Al menos, las dos primeras convocatorias han servido para incentivar y para pulsar los valores de una oferta que, por imaginación y calidad, no sólo ha de suplir algunas carencias sino que debe constituir un atractivo de primer orden.
Uno se alegra, en el fondo, de que estos planteamientos salgan bien. Hace unos años, cuando nos tocó regir desde la alcaldía los destinos del municipio, nos esforzamos en destacar la necesidad de enriquecer la oferta turística de la ciudad, siempre en las coordenadas de sus reales posibilidades, siempre pensando en potenciar, mediante opciones viables, las cualidades que atesora.
Desde luego, la gastronomía es una de ellas. No exagerábamos cuando entonces decíamos que difícilmente podía encontrarse en una superficie territorial tan reducida tamaña variedad de especialidades culinarias. Sabíamos de la profesionalidad de los ‘chef’ y cocineros que en hoteles y restaurantes han acreditado su solvencia. Tal es así que se los rifaban en otras latitudes como si de futbolistas se tratara.
Algunos pocos hoteleros y restauradores -acaso los que aún piensan que los clientes vienen solos como en los años sesenta- creían que esa defensa era desmesurada. El Puerto había sido en el pasado sede de importantes convocatorias y jornadas de este ramo: ese era (es) otro factor a explotar favorablemente.
Pero está claro que, independientemente del apoyo institucional que se pueda prestar, esta iniciativa corresponde al ámbito privado. Por fortuna, hay establecimientos y profesionales con categoría suficiente como para consolidar esta ruta o esta modalidad del tapeo que tanto gusta a los portuenses cuando están lejos de la tierra y regresan exaltándola. El taperío -expresión que, por coloquial, también puede aplicarse- fue siempre un distinto y atrayente modo de comer.
O sea, que son los propietarios y los emprendedores del sector, las asociaciones privadas, las llamadas a enriquecer y perfeccionar esta iniciativa. Hay que promocionarla bien. Hay que acudir a ferias y medios especializados. Hay que situarla en las coordenadas temporales más interesantes. Ya están buscando cocineros afamados o expertos culinarios cuya presencia debe servir, entre otras cosas, para valorar la misma originalidad y calidad de las creaciones que se ofrecen.
En definitiva, a identificarse con la ruta, a hacerla suya. Y enhorabuena, Antonio.
sábado, 25 de octubre de 2008
ANTIGUO INSTITUTO, MODERNA CASA DE LA JUVENTUD
Concebida para enseñar. Tengo entendido que fue la primera sede del colegio “Gran Poder de Dios”. Albergó luego el antiguo Instituto Laboral, luego llamado Instituto de Formación Profesional. Era el ambiente estudiantil de sus alrededores, a primera hora de la mañana, o a la salida de clases, ya por la tarde, lo que denotaba el emplazamiento de aquella casona canaria, de sobria balconada, cercana a la plaza del Charco, en la céntrica calle Pérez Zamora.
Allí estudiaron numerosos compañeros de generación que siguieron luego el bachillerato de esta modalidad en Gran Canaria. Jóvenes que venían de otras localidades norteñas también cursaron en sus aulas un importante período de su formación. Y en esas aulas impartió enseñanzas un elenco de extraordinarios docentes que siempre serán recordados, por supuesto más allá de la identificación que se hacía con sus apodos o nombretes.
(Uno de ellos fue el célebre veterinario José Manuel Padrón de quien se cuenta una gozosa anécdota. En cierta ocasión, vino su conductor a buscarle avisándole del inminente parto de una vaca. Padrón estaba examinando y no podía dejar el aula de modo que le dijo al conductor que subiera a buscar un producto para administrar al animal.
-¿Por dónde subo don José Manuel?-, preguntó apurado el chófer.
-¡Por la escalera, rebenque!-, le espetó el profesor veterinario para regocijo general de los examinandos).
El centro, para acoger nuevas materias de los planes de estudio que iban evolucionando, creció y se extendió hasta la calle Puerto Viejo y la trasera que da a la calle La Verdad, más conocida por “el callejón cagado” y más recientemente por el finolis y sajón “Caca street”, que para eso, los del Puerto tenemos más chaveta y más ingenio.
En su salón de actos, un salón flamante para la época, allá por los setenta, vimos cantar en directo a Ricardo Cantalapiedra y escuchamos una interesantísima conferencia del escritor Tico Medina, que contó con evidente aire de suspense, cómo le tenían localizado los agentes israelíes de El Mossad.
Hasta que cambiaron los planes educativos, hasta que se produjo la mudanza al instituto de Las Cabezas. Allí quedó vacío, muriendo poco a poco, inservible e infrautilizado, aquel inmueble que ahora luce galas de restaurado para acoger la denominada Casa de la Juventud, abierta esta misma semana después de la larga ejecución de un proyecto ambicioso que se traduce en un recurso de primer nivel para el desarrollo de actividades de muy distinta naturaleza.
Algo tuvimos que ver con la iniciativa hace unos años, tramitando su lado burocrático-administrativo más complejo e impulsando vías de financiación con otras instituciones. A los posteriores regidores municipales les ha correspondido desbloquear y culminar una actuación necesaria, conscientes como somos todos de las limitadas disponibilidades de espacios físicos en el municipio para usos específicos.
Sólo cabe congratularse de la culminación de la rehabilitación y confiar en que el recinto se convierta en una auténtica caja de resonancia de la creatividad cultural portuense.
Allí estudiaron numerosos compañeros de generación que siguieron luego el bachillerato de esta modalidad en Gran Canaria. Jóvenes que venían de otras localidades norteñas también cursaron en sus aulas un importante período de su formación. Y en esas aulas impartió enseñanzas un elenco de extraordinarios docentes que siempre serán recordados, por supuesto más allá de la identificación que se hacía con sus apodos o nombretes.
(Uno de ellos fue el célebre veterinario José Manuel Padrón de quien se cuenta una gozosa anécdota. En cierta ocasión, vino su conductor a buscarle avisándole del inminente parto de una vaca. Padrón estaba examinando y no podía dejar el aula de modo que le dijo al conductor que subiera a buscar un producto para administrar al animal.
-¿Por dónde subo don José Manuel?-, preguntó apurado el chófer.
-¡Por la escalera, rebenque!-, le espetó el profesor veterinario para regocijo general de los examinandos).
El centro, para acoger nuevas materias de los planes de estudio que iban evolucionando, creció y se extendió hasta la calle Puerto Viejo y la trasera que da a la calle La Verdad, más conocida por “el callejón cagado” y más recientemente por el finolis y sajón “Caca street”, que para eso, los del Puerto tenemos más chaveta y más ingenio.
En su salón de actos, un salón flamante para la época, allá por los setenta, vimos cantar en directo a Ricardo Cantalapiedra y escuchamos una interesantísima conferencia del escritor Tico Medina, que contó con evidente aire de suspense, cómo le tenían localizado los agentes israelíes de El Mossad.
Hasta que cambiaron los planes educativos, hasta que se produjo la mudanza al instituto de Las Cabezas. Allí quedó vacío, muriendo poco a poco, inservible e infrautilizado, aquel inmueble que ahora luce galas de restaurado para acoger la denominada Casa de la Juventud, abierta esta misma semana después de la larga ejecución de un proyecto ambicioso que se traduce en un recurso de primer nivel para el desarrollo de actividades de muy distinta naturaleza.
Algo tuvimos que ver con la iniciativa hace unos años, tramitando su lado burocrático-administrativo más complejo e impulsando vías de financiación con otras instituciones. A los posteriores regidores municipales les ha correspondido desbloquear y culminar una actuación necesaria, conscientes como somos todos de las limitadas disponibilidades de espacios físicos en el municipio para usos específicos.
Sólo cabe congratularse de la culminación de la rehabilitación y confiar en que el recinto se convierta en una auténtica caja de resonancia de la creatividad cultural portuense.
lunes, 20 de octubre de 2008
SANTIAGO, EL SECRETARIO
Curioso: él llego al Ayuntamiento justo cuando uno terminaba su primer ciclo municipalista, allá por 1987. La política quiso que nos reencontráramos ocho años después, cuando le tocó lidiar una de las más insólitas censuras que en la vida local canaria han existido. Posteriormente, casi coincidiendo con el cambio de siglo, palpó la alternancia en el poder y hasta fue testigo privilegiado de una derrota histórica del socialismo portuense.
O sea, que desde las tripas de la administración lo ha vivido todo, o casi todo. Porque antes, tras las oposiciones ganadas en Madrid, hay toda una dilatada trayectoria labrada en Telde, en el Cabildo Insular y en Icod de los Vinos. Es de los clásicos, de la vieja escuela de juristas críticos con la moderna producción legislativa pero celosos luego a la hora de aplicarla.
Persona de sólida formación intelectual, de profundas convicciones religiosas, lector empedernido, interesado en el rigor histórico, sensible a cualquier creación artística, funcionario intachable y portuense comprometido.
Hablamos de Santiago Díaz Baeza. El pasado viernes puso punto final a su vida laboral activa. Se fue despacio, como llegó, sin estridencias, sin oropeles. Secretario del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz durante más de veinte años, Santiago era ése, el secretario, el hombre al que todo el mundo acudía, el compañero que todo lo sabía y orientaba la solución, el tecnócrata al que consultar para poner en marcha un expediente y el leal asesor que decía lo que más convenía cuando se le preguntaba.
Discrepamos con él muchísimo, siempre respetuosamente, incluso en los momentos más tirantes cuando hacíamos recíprocamente un ejercicio de destreza en los debates. Santiago fue un exégeta personal de primer nivel. Sólo en una oportunidad, fuera del consistorio, con Nico Mederos como asombrado testigo, estuvimos a punto de traspasar esa delgada línea roja que separaba los pensamientos. No pasó nada.
Citamos el episodio porque los lectores que nos conocen reprobarían el tono elogioso de esta glosa, sabedores de que Santiago y uno discutíamos a menudo, a veces de forma altisonante y que en algún momento la relación fue distante y hasta se rompió temporalmente. Pero muchos también saben que hube de defenderle públicamente ante algún reproche que le hicieron desde otras filas. Traté de hacerle ver que su concepto de mesura y de equilibrio no siempre se cumplía, que su vara de medir no era siempre la misma. La máxima meta que alcancé en esas diferencias dialécticas fue que reconociera que con la izquierda siempre se ha sido más exigente. Por eso, nos advirtió en cierta ocasión de que incurríamos en responsabilidad penal si no respetábamos un artículo de la Ley de Patrimonio. O informaba oportunamente de los incumplimientos en la tramitación de un expediente. Satisfizo saber que, al menos en privado, admitiera que los socialistas le hacíamos más caso.
Sus planteamientos ideológicos, de otra época sin duda, le hicieron permanentemente crítico y extremadamente neutral, hasta el punto de que nunca votó. Pero eso no desvió jamás sus ganas de contribuir al progreso del municipio. A su manera, pero coadyuvaba. Siempre con criterio, siempre con argumentos. Llamaba la atención que en ocasiones su nivel intelectual no se correspondiera con las posiciones que defendía en alguna controversia doméstica.
Santiago, el secretario, fue un probo y leal funcionario. Con uno y con todos los alcaldes a los que ha servido. Si le diera por escribir memorias, nos enteraríamos de episodios inenarrables y de manías de quienes le agobiamos con preocupaciones edilicias. Administrativista relevante, defensor a ultranza de la legalidad, su celo le hizo acreedor del término “peguista” que puso de moda una parte del empresariado y de la derecha local a medida que avanzaba la tramitación de cualquier actuación y que él prefería pulcra en todos los órdenes.
Claro que le ponderamos. Como criticamos frente a frente, y sin intermediarios, algún proceder suyo. Claro que su concurso ha sido vital para entender muchas de las cosas del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz a lo largo de las dos últimas décadas. Como agradecemos las apelaciones a la concordia y al consenso político que destilara cuando las posturas políticas más se enconaban.
Hoy, cuando ya no ocupa su asiento y el pleno de la corporación celebra un pleno extraordinario, es de esperar no que alguien se acuerde de esa valiosa aportación sino que todos expresen de forma unánime su reconocimiento a Santiago, el secretario.
O sea, que desde las tripas de la administración lo ha vivido todo, o casi todo. Porque antes, tras las oposiciones ganadas en Madrid, hay toda una dilatada trayectoria labrada en Telde, en el Cabildo Insular y en Icod de los Vinos. Es de los clásicos, de la vieja escuela de juristas críticos con la moderna producción legislativa pero celosos luego a la hora de aplicarla.
Persona de sólida formación intelectual, de profundas convicciones religiosas, lector empedernido, interesado en el rigor histórico, sensible a cualquier creación artística, funcionario intachable y portuense comprometido.
Hablamos de Santiago Díaz Baeza. El pasado viernes puso punto final a su vida laboral activa. Se fue despacio, como llegó, sin estridencias, sin oropeles. Secretario del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz durante más de veinte años, Santiago era ése, el secretario, el hombre al que todo el mundo acudía, el compañero que todo lo sabía y orientaba la solución, el tecnócrata al que consultar para poner en marcha un expediente y el leal asesor que decía lo que más convenía cuando se le preguntaba.
Discrepamos con él muchísimo, siempre respetuosamente, incluso en los momentos más tirantes cuando hacíamos recíprocamente un ejercicio de destreza en los debates. Santiago fue un exégeta personal de primer nivel. Sólo en una oportunidad, fuera del consistorio, con Nico Mederos como asombrado testigo, estuvimos a punto de traspasar esa delgada línea roja que separaba los pensamientos. No pasó nada.
Citamos el episodio porque los lectores que nos conocen reprobarían el tono elogioso de esta glosa, sabedores de que Santiago y uno discutíamos a menudo, a veces de forma altisonante y que en algún momento la relación fue distante y hasta se rompió temporalmente. Pero muchos también saben que hube de defenderle públicamente ante algún reproche que le hicieron desde otras filas. Traté de hacerle ver que su concepto de mesura y de equilibrio no siempre se cumplía, que su vara de medir no era siempre la misma. La máxima meta que alcancé en esas diferencias dialécticas fue que reconociera que con la izquierda siempre se ha sido más exigente. Por eso, nos advirtió en cierta ocasión de que incurríamos en responsabilidad penal si no respetábamos un artículo de la Ley de Patrimonio. O informaba oportunamente de los incumplimientos en la tramitación de un expediente. Satisfizo saber que, al menos en privado, admitiera que los socialistas le hacíamos más caso.
Sus planteamientos ideológicos, de otra época sin duda, le hicieron permanentemente crítico y extremadamente neutral, hasta el punto de que nunca votó. Pero eso no desvió jamás sus ganas de contribuir al progreso del municipio. A su manera, pero coadyuvaba. Siempre con criterio, siempre con argumentos. Llamaba la atención que en ocasiones su nivel intelectual no se correspondiera con las posiciones que defendía en alguna controversia doméstica.
Santiago, el secretario, fue un probo y leal funcionario. Con uno y con todos los alcaldes a los que ha servido. Si le diera por escribir memorias, nos enteraríamos de episodios inenarrables y de manías de quienes le agobiamos con preocupaciones edilicias. Administrativista relevante, defensor a ultranza de la legalidad, su celo le hizo acreedor del término “peguista” que puso de moda una parte del empresariado y de la derecha local a medida que avanzaba la tramitación de cualquier actuación y que él prefería pulcra en todos los órdenes.
Claro que le ponderamos. Como criticamos frente a frente, y sin intermediarios, algún proceder suyo. Claro que su concurso ha sido vital para entender muchas de las cosas del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz a lo largo de las dos últimas décadas. Como agradecemos las apelaciones a la concordia y al consenso político que destilara cuando las posturas políticas más se enconaban.
Hoy, cuando ya no ocupa su asiento y el pleno de la corporación celebra un pleno extraordinario, es de esperar no que alguien se acuerde de esa valiosa aportación sino que todos expresen de forma unánime su reconocimiento a Santiago, el secretario.
domingo, 19 de octubre de 2008
UN MUSEO PARA ENORGULLECERSE
El Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC) -¡lo que darían en otras localidades por tener en ellas su sede!- presentó recientemente la Colección II (1966-1986) del Museo de Arte Contemporáneo Eduardo Westerdahl (MACEW), dando otro paso para la consolidación de una iniciativa extraordinaria que enriquece seriamente, y con carácter estable, la oferta cultural y museística, no sólo del Puerto de la Cruz sino de la isla entera.
El singular artista que da nombre al MACEW, allá por 1953, dio carta de naturaleza a una idea, “la más natural consecuencia de la vida íntima de las islas, de su espíritu abierto, de su inquietud universal”.
Y en efecto, la calidad y la originalidad de las obras expuestas son rasgos sobresalientes de la capacidad creativa de nuestros artistas o de quienes vinieron desde otras latitudes y bebieron de las fuentes de inspiración que brotan en nuestro territorio.
El Museo está emplazado en la Antigua Casa de la Real Aduana, en cuyas operaciones de adquisición y restauración por parte del Cabildo Insular de Tenerife algo tuvimos que ver en el ejercicio de nuestras responsabilidades edilicias. La Casa, ya saben, es el último vestigio, la última superviviente de un extraordinario conjunto arquitectónico que entornaba el refugio pesquero de la localidad.
La perseverancia de los dirigentes del IEHC logró que se materializara una muy noble pretensión: hacer honor a Westerdahl -y también a Alberto Sartoris, célebre arquitecto suizo- y recuperar la valiosísima obra de artistas de renombre y de primer nivel que vivieron temporadas en el Puerto o expusieron su obra en el Instituto, desde los primeros años de la década de los cincuenta del siglo pasado.
La Colección I abarca precisamente desde este año hasta 1965. La segunda entrega, sencillamente formidable, comprende hasta 1986, tres años después del fallecimiento de Eduardo. Son dos espacios expositivos: en uno, hay un conjunto de pinturas, grabados, dibujos y fotografías junto con tres esculturas. En el otro, hay una decena de obras, junto con una escultura que, pese a estar fechadas antes de 1966, la trayectoria de sus autores y el nivel de las mismas, son merecedoras de figurar en ese espacio.
En el acto de apertura estaban Eladio de la Cruz, Renate Müller, Vicky Penfold, Fernando Garciarramos, Arminda del Castillo, Imeldo Belllo y Ana Luisa González Reimers que recibió merecidos piropos a sus desvelos y a su sensibilidad con la causa museística. Todos ellos, creadores y estudiosos, todos comprometidos de alguna manera con el Instituto a cuyas llamadas jamás se negaron.
En aquel caluroso mediodía portuense gozamos de otra explosión artística, disfrutamos de la originalidad creativa y de poder compartir aquí, en nuestra ciudad, la realidad de un museo que, sencillamente, debe enorgullecernos.
El singular artista que da nombre al MACEW, allá por 1953, dio carta de naturaleza a una idea, “la más natural consecuencia de la vida íntima de las islas, de su espíritu abierto, de su inquietud universal”.
Y en efecto, la calidad y la originalidad de las obras expuestas son rasgos sobresalientes de la capacidad creativa de nuestros artistas o de quienes vinieron desde otras latitudes y bebieron de las fuentes de inspiración que brotan en nuestro territorio.
El Museo está emplazado en la Antigua Casa de la Real Aduana, en cuyas operaciones de adquisición y restauración por parte del Cabildo Insular de Tenerife algo tuvimos que ver en el ejercicio de nuestras responsabilidades edilicias. La Casa, ya saben, es el último vestigio, la última superviviente de un extraordinario conjunto arquitectónico que entornaba el refugio pesquero de la localidad.
La perseverancia de los dirigentes del IEHC logró que se materializara una muy noble pretensión: hacer honor a Westerdahl -y también a Alberto Sartoris, célebre arquitecto suizo- y recuperar la valiosísima obra de artistas de renombre y de primer nivel que vivieron temporadas en el Puerto o expusieron su obra en el Instituto, desde los primeros años de la década de los cincuenta del siglo pasado.
La Colección I abarca precisamente desde este año hasta 1965. La segunda entrega, sencillamente formidable, comprende hasta 1986, tres años después del fallecimiento de Eduardo. Son dos espacios expositivos: en uno, hay un conjunto de pinturas, grabados, dibujos y fotografías junto con tres esculturas. En el otro, hay una decena de obras, junto con una escultura que, pese a estar fechadas antes de 1966, la trayectoria de sus autores y el nivel de las mismas, son merecedoras de figurar en ese espacio.
En el acto de apertura estaban Eladio de la Cruz, Renate Müller, Vicky Penfold, Fernando Garciarramos, Arminda del Castillo, Imeldo Belllo y Ana Luisa González Reimers que recibió merecidos piropos a sus desvelos y a su sensibilidad con la causa museística. Todos ellos, creadores y estudiosos, todos comprometidos de alguna manera con el Instituto a cuyas llamadas jamás se negaron.
En aquel caluroso mediodía portuense gozamos de otra explosión artística, disfrutamos de la originalidad creativa y de poder compartir aquí, en nuestra ciudad, la realidad de un museo que, sencillamente, debe enorgullecernos.
sábado, 11 de octubre de 2008
De Soroa al Sitio Litre
Acto de presentación de libro en Sitio Litre, ese jardín mágico, ese jardín encantado donde siempre se está a gusto. Otra vez, un cierto aire bucólico. De nuevo, un ambiente flemático. Como en tantas otras ocasiones, con la sombra de Olivia Stone. Y de la señora “Moly”, claro. Allí, como siempre, la amabilidad y la calidez de John Lucas y familia. Buena asistencia pese a que, a esa misma hora, todavía se esforzaban en apagar -¡vaya susto!- las llamas de una parte del centro ‘Santa Rita 1’ en Punta Brava.
Libro y algo más porque la convocatoria servía para dar a conocer la Sociedad para la Promoción Cultural de Canarias en Europa, presidida por Jerónimo Saavedra Acevedo, alcalde de Las Palmas de Gran Canaria. Entre él e Isidoro Sánchez, vicepresidente siempre al quite, describieron contenidos, alcance, filosofía y contenidos de un instrumento para proyectar la creatividad y la esencia cultural de Canarias. Milagros Luis Brito, consejera de Educación, Universidades, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, también presente, dio las atinadas bendiciones y hasta anticipó la viabilidad de alguno de los proyectos.
A la llamada acudieron familiares y amigos del protagonista del libro así como de sus autores, intelectuales, gentes de Santa Cruz y de La Orotava, artistas, cineastas… Los habituales en las citas culturales portuenses tampoco dejaron escapar la oportunidad.
El libro se titula “Tomás Felipe Camacho. Un canario ilustrado del siglo XX”, escrito por Xiomara Brito de Armas, María Victoria Hernández y el propio Isidoro Sánchez García, con epílogo de Miguel Cabrera Pérez-Camacho, sobrino de una figura clave en la emigración canaria, un palmero que dejó huella y del que ahora, merced a esta obra, cuya edición, por cierto, corresponde a la ya consolidada y siempre efervescente Asociación Cultural “Pinolere”.
María Victoria y Miguel hablaron con la pasión que el personaje despierta. Tomás Felipe Camacho (1886-1961) no fue uno más entre los numerosos emigrantes canarios a Cuba. Todos los testimonios coinciden en su rica personalidad, en su valor intelectual y emprendedor. Abogado de prestigio, escritor, periodista, coleccionista y asesor empresarial. “Ejercía en Cuba una especie de honorario consulado espiritual de nuestro archipiélago. Ni un solo canario se acercó a su puerta que no fuera bien acogido, bien agasajado, bien favorecido si la ocasión se prestaba”, escribió Juan Rodríguez Doreste en una bellísima necrológica publicada en “Diario de Las Palmas”.
Se habló de Soroa, naturalmente, el lugar donde dejó un sello indeleble, el Rancho Pilila, su orquidario, la niña de sus ojos, jardín botánico, un lugar de obligada visita en la provincia de Pinar del Río, lleno de magia y de aromas.
María Victoria enfatizó sobre la sensibilidad de Tomás Felipe Camacho. Miguel puso el acento al valorarlo como la aportación más brillante de la emigración canaria. Las páginas de la obra que era presentada estaban ya abiertas para conocer mejor la vida y obra de este palmero singular.
Los Huaracheros, los descendientes, la última generación, pusieron el broche musical. ¡Vaya broche! Sus canciones de siempre, mezcladas con las dedicadas a La Palma y la emigración, terminaron emocionando al mismísimo Saavedra cuando entonaron las folías alusivas al Puerto de La Luz.
Y allí, en el Sitio Litre, siempre tan señorial y distinguido, la Asociación para la Promoción Cultural de Canarias en Europa dejó otra prueba de sus afanes.
Se percibían los aromas orquidarios de Soroa.
Libro y algo más porque la convocatoria servía para dar a conocer la Sociedad para la Promoción Cultural de Canarias en Europa, presidida por Jerónimo Saavedra Acevedo, alcalde de Las Palmas de Gran Canaria. Entre él e Isidoro Sánchez, vicepresidente siempre al quite, describieron contenidos, alcance, filosofía y contenidos de un instrumento para proyectar la creatividad y la esencia cultural de Canarias. Milagros Luis Brito, consejera de Educación, Universidades, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, también presente, dio las atinadas bendiciones y hasta anticipó la viabilidad de alguno de los proyectos.
A la llamada acudieron familiares y amigos del protagonista del libro así como de sus autores, intelectuales, gentes de Santa Cruz y de La Orotava, artistas, cineastas… Los habituales en las citas culturales portuenses tampoco dejaron escapar la oportunidad.
El libro se titula “Tomás Felipe Camacho. Un canario ilustrado del siglo XX”, escrito por Xiomara Brito de Armas, María Victoria Hernández y el propio Isidoro Sánchez García, con epílogo de Miguel Cabrera Pérez-Camacho, sobrino de una figura clave en la emigración canaria, un palmero que dejó huella y del que ahora, merced a esta obra, cuya edición, por cierto, corresponde a la ya consolidada y siempre efervescente Asociación Cultural “Pinolere”.
María Victoria y Miguel hablaron con la pasión que el personaje despierta. Tomás Felipe Camacho (1886-1961) no fue uno más entre los numerosos emigrantes canarios a Cuba. Todos los testimonios coinciden en su rica personalidad, en su valor intelectual y emprendedor. Abogado de prestigio, escritor, periodista, coleccionista y asesor empresarial. “Ejercía en Cuba una especie de honorario consulado espiritual de nuestro archipiélago. Ni un solo canario se acercó a su puerta que no fuera bien acogido, bien agasajado, bien favorecido si la ocasión se prestaba”, escribió Juan Rodríguez Doreste en una bellísima necrológica publicada en “Diario de Las Palmas”.
Se habló de Soroa, naturalmente, el lugar donde dejó un sello indeleble, el Rancho Pilila, su orquidario, la niña de sus ojos, jardín botánico, un lugar de obligada visita en la provincia de Pinar del Río, lleno de magia y de aromas.
María Victoria enfatizó sobre la sensibilidad de Tomás Felipe Camacho. Miguel puso el acento al valorarlo como la aportación más brillante de la emigración canaria. Las páginas de la obra que era presentada estaban ya abiertas para conocer mejor la vida y obra de este palmero singular.
Los Huaracheros, los descendientes, la última generación, pusieron el broche musical. ¡Vaya broche! Sus canciones de siempre, mezcladas con las dedicadas a La Palma y la emigración, terminaron emocionando al mismísimo Saavedra cuando entonaron las folías alusivas al Puerto de La Luz.
Y allí, en el Sitio Litre, siempre tan señorial y distinguido, la Asociación para la Promoción Cultural de Canarias en Europa dejó otra prueba de sus afanes.
Se percibían los aromas orquidarios de Soroa.
sábado, 4 de octubre de 2008
DE SELLOS Y MONEDAS
Sitúense en la segunda mitad de la década de los sesenta. Plaza del Charco, cercanías del antiguo “Dinámico” y proximidad a la pila de la ñamera, domingos y festivos por la mañana. Unas mesas rudimentarias, mejor, unos tableros reconvertidos. Sobre los mismos, álbumes y cajas de sobres, sellos y monedas. Unos cuantos curiosos del país. Numerosos extranjeros que pronto hicieron del lugar un punto de encuentro e intercambio.
Allí surgió una suerte de mercadillo de sellos y monedas. Allí, en aquel punto neurálgico del municipio rendido al desarrollismo turístico, se fraguaba una cita permanente que era también una puerta abierta a la cultura, la gran olvidada -y hasta penalizada- de aquel desarrollismo. Allí estaba el significado de dos términos, filatelia y numismática, que sonaban así de raros y distantes, pero que los teníamos al alcance, tan cerca que casi no le dábamos importancia.
Juan Cruz Ruiz llevó el mercadillo y a sus promotores, y a los habituales de cada domingo y festivo, a las páginas del periódico ‘El Día’ y la cosa cobró carta de seriedad y hasta de consolidación. Creo recordar que el periodista escribió que por aquella nota, acompañada de foto, los mentores y algunos coleccionistas quisieron gratificarle con quinientas pesetas de entonces pero Juan se negó cordialmente. La noticia o la información, por elemental o muy localista que sea, no tiene precio.
En el mercadillo, impregnado de un ambiente sano y de unos incansables afanes de búsqueda, adquisición e intercambios, sobresalía Angel Pérez, un numismático tan meticuloso como apasionado que quería hacer en España lo que en algunos planes o foros universitarios de Estados Unidos: considerar la numismática como ciencia auxiliar de la Historia.
Pero también, movidos por su afición, pululaban Pedro Montes de Oca, Peri Real, Arístides Hernández, José Antonio Marrero, Antonio Galindo padre e hijo, Masot, Agustín Carballo y Klaudius Heck, uno de los mejores profesionales de la hostelería que uno ha conocido, poseedor de unas colecciones extraordinarias.
Fueron modestos pero atinados emprendedores. Entre todos ellos y con la aportación constante de otros muchos aficionados y coleccionistas -perdón por la siempre injusta omisión- materializaron, ya en la década de los ochenta, una convocatoria anual, EXPOFIL, con sede en el hotel “Semíramis”. Deben haber quedado matasellos conmemorativos de la cita, que nació con vocación de reclamo turístico-cultural. A fe que lo lograron pues al cabo de unas cuatro o cinco ediciones no sólo reunieron valiosas y admirables colecciones sino testimonios de destacados expertos que ofrecieron y lucieron sus conocimientos y parte de su bagaje. Revistas y publicaciones especializadas dejaron constancia de las actividades y proyectaron el nombre del Puerto de la Cruz, como siempre, pionero o avanzado en tantas cosas vinculadas a la cultura y al arte pero también inconstante o incapaz de prolongar y renovar sus propias iniciativas.
Alguno de ellos, que no ha perdido la motivación y sigue buscando esas piezas con las que completar alguna colección personal o algún ejemplar insólito, cuenta, no sin desconsuelo, que el mercadillo de la plaza del Charco ya sólo se hace el primer domingo de cada mes. Que los jóvenes no se interesan por estas cosas. Que Internet también ha cambiado los hábitos y las opciones de los coleccionistas. Que aquel romanticismo ha dejado paso a otros afanes. Y que los precios, para variar, se han disparado.
Una lástima. Otro hecho que se pierde y que no se recupera sólo con nostalgia. Para los que han resistido, al menos, un reconocimiento.
P.S.- En la mañana del domingo, muy temprano, he visitado el mercadillo. Para saludar y refrescar nombres. Allí estaban Ascanio e Hilario, ¿los últimos de estas 'filipininas' filatélicas?, acreedores de ese reconocimiento. Recordamos a Julián y su familia, que venían de Santa Cruz y pedían permiso para acercar el coche y recoger las maletas. A Paco Purriños, a Kay, a Fischer, a Kalery y a un comisario de policía, ya jubilado, Gustavo Fernández de Terán. Y rescatamos a Matías, el taxista, siempre tan atento. Seguro que hay más. Perdón, de nuevo, pues, por las omisiones.
Allí surgió una suerte de mercadillo de sellos y monedas. Allí, en aquel punto neurálgico del municipio rendido al desarrollismo turístico, se fraguaba una cita permanente que era también una puerta abierta a la cultura, la gran olvidada -y hasta penalizada- de aquel desarrollismo. Allí estaba el significado de dos términos, filatelia y numismática, que sonaban así de raros y distantes, pero que los teníamos al alcance, tan cerca que casi no le dábamos importancia.
Juan Cruz Ruiz llevó el mercadillo y a sus promotores, y a los habituales de cada domingo y festivo, a las páginas del periódico ‘El Día’ y la cosa cobró carta de seriedad y hasta de consolidación. Creo recordar que el periodista escribió que por aquella nota, acompañada de foto, los mentores y algunos coleccionistas quisieron gratificarle con quinientas pesetas de entonces pero Juan se negó cordialmente. La noticia o la información, por elemental o muy localista que sea, no tiene precio.
En el mercadillo, impregnado de un ambiente sano y de unos incansables afanes de búsqueda, adquisición e intercambios, sobresalía Angel Pérez, un numismático tan meticuloso como apasionado que quería hacer en España lo que en algunos planes o foros universitarios de Estados Unidos: considerar la numismática como ciencia auxiliar de la Historia.
Pero también, movidos por su afición, pululaban Pedro Montes de Oca, Peri Real, Arístides Hernández, José Antonio Marrero, Antonio Galindo padre e hijo, Masot, Agustín Carballo y Klaudius Heck, uno de los mejores profesionales de la hostelería que uno ha conocido, poseedor de unas colecciones extraordinarias.
Fueron modestos pero atinados emprendedores. Entre todos ellos y con la aportación constante de otros muchos aficionados y coleccionistas -perdón por la siempre injusta omisión- materializaron, ya en la década de los ochenta, una convocatoria anual, EXPOFIL, con sede en el hotel “Semíramis”. Deben haber quedado matasellos conmemorativos de la cita, que nació con vocación de reclamo turístico-cultural. A fe que lo lograron pues al cabo de unas cuatro o cinco ediciones no sólo reunieron valiosas y admirables colecciones sino testimonios de destacados expertos que ofrecieron y lucieron sus conocimientos y parte de su bagaje. Revistas y publicaciones especializadas dejaron constancia de las actividades y proyectaron el nombre del Puerto de la Cruz, como siempre, pionero o avanzado en tantas cosas vinculadas a la cultura y al arte pero también inconstante o incapaz de prolongar y renovar sus propias iniciativas.
Alguno de ellos, que no ha perdido la motivación y sigue buscando esas piezas con las que completar alguna colección personal o algún ejemplar insólito, cuenta, no sin desconsuelo, que el mercadillo de la plaza del Charco ya sólo se hace el primer domingo de cada mes. Que los jóvenes no se interesan por estas cosas. Que Internet también ha cambiado los hábitos y las opciones de los coleccionistas. Que aquel romanticismo ha dejado paso a otros afanes. Y que los precios, para variar, se han disparado.
Una lástima. Otro hecho que se pierde y que no se recupera sólo con nostalgia. Para los que han resistido, al menos, un reconocimiento.
P.S.- En la mañana del domingo, muy temprano, he visitado el mercadillo. Para saludar y refrescar nombres. Allí estaban Ascanio e Hilario, ¿los últimos de estas 'filipininas' filatélicas?, acreedores de ese reconocimiento. Recordamos a Julián y su familia, que venían de Santa Cruz y pedían permiso para acercar el coche y recoger las maletas. A Paco Purriños, a Kay, a Fischer, a Kalery y a un comisario de policía, ya jubilado, Gustavo Fernández de Terán. Y rescatamos a Matías, el taxista, siempre tan atento. Seguro que hay más. Perdón, de nuevo, pues, por las omisiones.
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