Justo Gilberto González Expósito (Santa Cruz de Tenerife, 1942), futbolísticamente también conocido por Gilberto II, fallecido el pasado sábado, vistió los colores de los dos equipos canarios cuando su bandera autonómica aún no existía. Y lo hizo de forma tal que se ganó el respeto y el reconocimiento de las dos aficiones, un hecho infrecuente protagonizado por muy pocos deportistas. Jugó en las dos viejas cazuelas, en aquel estadio Insular de la grada curva de Las Palmas que estallaba cuando él y el maestro Germán ofrecían una lección de denuedo y destreza; y en aquel vetusto Heliodoro de herradura, el estadio de Santa Cruz de Tenerife donde coreaban su nombre en las noches de esplendor.
Gilberto hizo el viaje de ida y vuelta. Debutó en el Tenerife en la temporada 1961/62, cuando abrazó por primera vez la Primera División. Seis años después se fue a Las Palmas, en una de las mejores versiones del equipo amarillo que disputó competiciones europeas. Ya superados los 30, volvió a Tenerife para jugar en Segunda, casi 100 partidos, dos de ellos, por cierto, los de la célebre eliminatoria de la última Copa del Generalísimo con el Real Madrid, sorpresivamente superada por el cuadro insular. En total, nueve años en el Tenerife y siete en Las Palmas.
Le llamaban segundo porque en la delantera de la Unión Deportiva Las Palmas de la segunda mitad de los años sesenta coincidió con otro Gilberto, que era mayor y jugaba de extremo izquierda. en una delantera para la memoria y la leyenda León, Justo Gilberto, José Juan, Germán y Gilberto I), que para eso fue subcampeón de Liga aquel equipo dirigido por el sabio Molowny.
Gilberto jugaba de interior derecho. Hoy sería un mediocampista todoterreno, polivalente: tan constructor como agregado a las tareas defensivas cuando el adversario apretaba. Cuando no se había inventado lo del “callejón del 8” ya Justo Gilberto lo recorría arriba y abajo, en una demostración de poderío y fuerza. Si alguien quería esgrimir el tópico de sudar la camiseta, podía ponerle como infalible ejemplo. Le apodaban El Bembas.
Se quedó a entrenar en la tierra. Pasó a ser el hombre del fútbol base y de las soluciones de emergencia. En el banquillo, junto a técnicos de postín como Miera, Valdano o Heynckes siguió siendo el eficiente 'segundo', el generoso obrero por cuya entrega profesional tanto le quisieron en las dos orillas canarias.
(Publicado en El País, 14 de mayo de 2012)
martes, 15 de mayo de 2012
lunes, 14 de mayo de 2012
ESTAMPA DE ABANDONO
A la hora de elaborar y publicar esta entrada, las señales son evidentes. En realidad, lo eran desde anoche, cuando empezaron a retirar cajas, enseres, productos y mobiliario. Es la materialización del desahucio del bar 'Dinámico', en la plaza del Charco, el último paso de un largo contencioso surgido tras un proceso de gestión indirecta decidido en su día, qué casualidad y qué paradoja, por los mismos que ahora rescatan la concesión.
El vacío se empieza a notar. Otro vacío, como el de aquellos paros protagonizados por los trabajadores que reclamaban sus salarios y una mínima estabilidad. Da la sensación que el adjudicatario no ha podido hacer más en medio de la vorágine, es decir, la crisis sumada a los pleitos administrativos que, probablemente, seguirán su curso.
Lo que no sigue es la actividad: ni del 'Dinámico' ni de otras unidades de negocio que, en su día, fueron objeto de una concesión administrativa. Dicen que la repescan para que retorne a sus orígenes, uno de los pocos caminos viables para parchear la situación.
Pero la estampa -ojalá dure poco- vuelve a ser de agonía. Una estampa de vacío físico en pleno centro de la ciudad y de precariedad de los empleados. No es una estampa edificante, desde luego. Es el reflejo de una incertidumbre. De poco sirve ahora debatir los niveles de responsabilidad en la gestión, tanto formales como de fondo. Las cosas se enconaron, los puntos de vista entre la Administración y la empresa concesionaria fueron contraponiéndose, recelándose, distanciándose... Pero ya son historia a la espera de la resolución de los pleitos, que esa no se detiene.
Lo que se precisa ahora, especialmente por parte de quienes no saben en qué condiciones sociolaborales van a continuar, es información, transparencia, claridad: saber qué pasos se va a dar. Porque hay que defender los intereses generales del municipio. Y porque la ciudad no se merece más estampas de abandono prolongado fruto de kincapacidades de gestión.
sábado, 12 de mayo de 2012
ANESTESIADOS
Entre todas las lecturas que se puede hacer de la crisis del
agua en varios sectores de la ciudad, hay una que es obligada: la paciencia,
cercana a la resignación, que han tenido los vecinos, los directamente
afectados. Entre diez y doce días sin una respuesta más o menos fundamentada,
entre diez y doce días sufriendo los trastornos, viendo cómo volvían los
camiones-cuba -en pleno siglo XXI, en la era de los avances tecnológicos- para
paliar la falta de suministro regular, y nadie o muy pocas voces -algunas en
redes sociales- sin protestar, sin reclamar una solución, sin preguntarse
siquiera ¿hasta cuándo?
Es como si la población estuviera anestesiada, como si el
abastecimiento de agua, tan indispensable y tan proclive a quebrantos de todo
tipo cuando se interrumpe, se pudiera sobrellevar pacientemente con un conformista ‘ya vendrá’. Se calcula que unas
cinco mil personas se han visto afectadas por una disfunción que tardará en ser
reparada y de la que todo el mundo parecía huir, como si no fuera con ellos, como
si no se fuera consciente de que estábamos ante un problema de salud pública.
Llama la atención la actitud pasiva y conformista. Para otras
cosas, de menor entidad incluso, en otros tiempos, surgían movimientos y
algaradas, se disparaban rumores, se acusaba irresponsablemente y hasta se daba
lecciones de la materia a solucionar… y esta vez, nada, como un cero al
cociente.
Ni siquiera el dolor del bolsillo, el producido por tener que
pagar una nueva tasa o ver incrementada determinada tarifa, ha agitado al
personal, buena parte del cual es probable que ni siquiera sepa que se está
cobrando el importe de un servicio que no se está prestando. ¡Eso sí que es
resignación cristiana!
Malo cuando una población, ante un problema de la envergadura
que significa la interrupción prolongada del abastecimiento de agua, se
encierra y se aguanta. Y ojo: no se está apelando a una revuelta popular, a
reacciones airadas o algo por el estilo. Pero cuando tanto pasotismo se
advierte ante unas circunstancias como las que concurren, cabe hacerse
interrogantes: ¿Qué está pasando? ¿Por qué esa pasividad? ¿A cuenta de qué esos
temores? ¿Hay razones para esa inhibición? ¿O, simplemente, falta de liderazgo
social?
Lo ocurrido quizá ponga de manifiesto, una vez más, que los
portuenses somos muy dados a hablar y poco a hacer, cuando realmente hay que
hacer. Así hemos perdido un montón de cosas.
Luego están las variables y los senderos escapistas pero son
menos importantes, en nuestra opinión, que esa actitud pasiva e indolente.
Claro que hay que tener en cuenta la deuda y los pleitos de la compañía
suministradora con el Ayuntamiento, los problemas de mantenimiento de los
depósitos y de la red, la falta de iniciativa para urgir soluciones, los
recelos de los grupos políticos del gobierno local para cargar con las
responsabilidades, los silencios de todos cuantos puedan sentirse mínimamente
responsables…, claro que son todos estos hechos y más que sólo dan para
constatar, en todo caso, un servicio deficiente y unos condicionantes para gestionar
una crisis -de abastecimiento de agua, nada menos- que ha durado más de diez
días sin que apenas se escucharan voces de protesta.
Lo dicho: anestesiados. Insólito.
viernes, 11 de mayo de 2012
EL PESCADOR DEL VIENTO
Iba al refugio pesquero todas las tardes, a veces al mediodía, si no hacía mucho calor. Avanzaba por el sólido dique de piedra, hasta donde el bajío se desnudaba lentamente y donde ya no salpicaban las olas. Embutido en su traje, de vez en cuando con cachucha y encorbatado, su fisonomía de hombre severo y poco hablador parecía cobrar mayor personalidad. ¿O sería que él propiciaba ese atuendo para que nadie le molestara ni le reprochase?
Atravesada la colilla cercana a la comisura, de vez en cuando se remangaba, ora de pie ora sentado al borde del dique con los pies colgando, escudriñaba el horizonte, movía la cabeza a diestra y siniestra si la marejada se recreaba -cuando estaba en bonanza, lo hacía de arriba abajo, como si afirmara- e iniciaba su ritual de cada tarde.
Lorenzo repetía mecánicamente los movimientos: lanzaba el engodo, extendía la caña, insertaba la carnaza en el anzuelo, miraba hacia atrás por si había alguien y lanzaba. Sólo que no había cubo para depositar el engodo ni caña ni tanza que extender ni cebo… Hacía todos esos movimientos sin elementos físicos. Luego gesticulaba como que sostenía la caña y escrutaba la vista en busca de la boya inexistente. Y empezaba a halar cuando presuntamente picaban. Pero él hacía esfuerzos, torcía el cuerpo y mascullaba unos vocablos ininteligibles, sobre todo cuando la captura supuestamente se escapaba y él lo lamentaba aludiendo a la madre que lo parió. No, no: tampoco había peces.
Pero Lorenzo sí que estaba allí. Le daba igual que le vieran de cerca o de lejos. Los extranjeros no entendían nada de nada. Él no molestaba a nadie. De vez en cuando unos pocos chicos, los que ya sabían de su rutina, se ponían en los alrededores y hacían alguna mofa o le imitaban. Pero él no se inmutaba: les miraba sin perder la compostura y seguía a lo tuyo.
Hasta que un día, uno de ellos, más confianzudo, se atrevió a preguntarle con educación y cierta sorna:
-¿Qué está pescando, maestro?
El chaval aguardaba una respuesta que pudiera explicar todo aquel pesquero imaginario. El hombre hizo como que estiraba la caña, apartó la mirada que había fijado sobre la lámina de agua, tiró la colilla al mar con un suave empuje de lengua y se dirigió al chiquillo con una ternura que acaso no esperaba:
-El viento, niño, ¿no lo estás viendo?
-¿Y no pica?-, siguió interrogando el chaval.
-¡Claro! Me llevó la vida, no dejes que te haga lo mismo-, dijo Lorenzo.
El chico se rascó la cabeza, sin entender muy bien. Había recibido una lección en pocas palabras. Se la brindó Lorenzo, el pescador del viento.
(Publicado en Tangentes, número 46, mayo 2012).
Atravesada la colilla cercana a la comisura, de vez en cuando se remangaba, ora de pie ora sentado al borde del dique con los pies colgando, escudriñaba el horizonte, movía la cabeza a diestra y siniestra si la marejada se recreaba -cuando estaba en bonanza, lo hacía de arriba abajo, como si afirmara- e iniciaba su ritual de cada tarde.
Lorenzo repetía mecánicamente los movimientos: lanzaba el engodo, extendía la caña, insertaba la carnaza en el anzuelo, miraba hacia atrás por si había alguien y lanzaba. Sólo que no había cubo para depositar el engodo ni caña ni tanza que extender ni cebo… Hacía todos esos movimientos sin elementos físicos. Luego gesticulaba como que sostenía la caña y escrutaba la vista en busca de la boya inexistente. Y empezaba a halar cuando presuntamente picaban. Pero él hacía esfuerzos, torcía el cuerpo y mascullaba unos vocablos ininteligibles, sobre todo cuando la captura supuestamente se escapaba y él lo lamentaba aludiendo a la madre que lo parió. No, no: tampoco había peces.
Pero Lorenzo sí que estaba allí. Le daba igual que le vieran de cerca o de lejos. Los extranjeros no entendían nada de nada. Él no molestaba a nadie. De vez en cuando unos pocos chicos, los que ya sabían de su rutina, se ponían en los alrededores y hacían alguna mofa o le imitaban. Pero él no se inmutaba: les miraba sin perder la compostura y seguía a lo tuyo.
Hasta que un día, uno de ellos, más confianzudo, se atrevió a preguntarle con educación y cierta sorna:
-¿Qué está pescando, maestro?
El chaval aguardaba una respuesta que pudiera explicar todo aquel pesquero imaginario. El hombre hizo como que estiraba la caña, apartó la mirada que había fijado sobre la lámina de agua, tiró la colilla al mar con un suave empuje de lengua y se dirigió al chiquillo con una ternura que acaso no esperaba:
-El viento, niño, ¿no lo estás viendo?
-¿Y no pica?-, siguió interrogando el chaval.
-¡Claro! Me llevó la vida, no dejes que te haga lo mismo-, dijo Lorenzo.
El chico se rascó la cabeza, sin entender muy bien. Había recibido una lección en pocas palabras. Se la brindó Lorenzo, el pescador del viento.
(Publicado en Tangentes, número 46, mayo 2012).
miércoles, 9 de mayo de 2012
SIEMPRE PERDEMOS LOS MISMOS
‘Tranquilos, queda dinero para Rato’, circula por redes sociales una foto de Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, ante un cupo de micrófonos y con esa frase escrita atribuida. No la dijo, evidentemente, al menos en público, pero rula como un chiste fácil, se diría que inevitable, tras conocerse la renuncia del presidente de Bankia, Rodrigo Rato, que no tiene suerte, desde luego, con su gestión al frente de entidades financieras (recuérdese su salida del Fondo Monetario Internacional, FMI).
Bromas aparte, y a la espera de conocer los contenidos del decreto que prepara el Gobierno para salvar a Bankia y sanear el sistema financiero español, hay que tener muy claro que el ejecutivo ha de garantizar que las pérdidas para sanear los bancos las paguen éstos y no los ciudadanos.
Son tantos los casos de mala administración bancaria sin penalización; de indemnizaciones millonarias a directivos responsables de horrendas gestiones; de maltrato a clientes hasta el abuso; de desinformación… Son tales las suspicacias que despiertan los anuncios de amnistía fiscal para hacer aflorar, supuestamente, fraudes y economía sumergida así como de sospecha de evasión de capitales, que las circunstancias que concurre en la crisis de Bankia -crisis con intríngulis políticos, sin duda- despiertan más recelos en todo lo que rodea a la banca que ve acentuado su mal cartel, que ve cómo sigue flaqueando su credibilidad.
Papeleta, pues, para el Gobierno de Rajoy. La interpretación más llana: si hay dinero público para la banca, ¿cómo es que no lo hay para sanidad y educación? Tanto que se habla de inyecciones, ¿por qué no las hay para sectores que están sufriendo consecuencias de restricciones que inciden, por ejemplo, en forma de supresión de servicios o incremento de tasas de matriculación universitaria?
Habrá que estar atentos entonces a la solución gubernamental que se espera, es decir, si el Estado no puede desentenderse de la situación de un banco, hay que ver en qué condiciones se produce la intervención del ejecutivo para proteger los ahorros de miles de personas, para impedir la alarma social y para frenar cualquier síntoma de debilidad del conjunto del sistema financiero.
¿Quién paga esa intervención? El tópico de la pregunta del millón es recurrente. O pagan los ciudadanos o pagan los bancos. Los primeros no tienen culpa, luego deben asumir responsabilidades quienes han gestionado las entidades financieras.
Pero, bromas de dinero para Rato aparte, la cosa huele tan mal que todo hace sospechar que, una vez más, se cumplirá el dicho: siempre perdemos los mismos.
Bromas aparte, y a la espera de conocer los contenidos del decreto que prepara el Gobierno para salvar a Bankia y sanear el sistema financiero español, hay que tener muy claro que el ejecutivo ha de garantizar que las pérdidas para sanear los bancos las paguen éstos y no los ciudadanos.
Son tantos los casos de mala administración bancaria sin penalización; de indemnizaciones millonarias a directivos responsables de horrendas gestiones; de maltrato a clientes hasta el abuso; de desinformación… Son tales las suspicacias que despiertan los anuncios de amnistía fiscal para hacer aflorar, supuestamente, fraudes y economía sumergida así como de sospecha de evasión de capitales, que las circunstancias que concurre en la crisis de Bankia -crisis con intríngulis políticos, sin duda- despiertan más recelos en todo lo que rodea a la banca que ve acentuado su mal cartel, que ve cómo sigue flaqueando su credibilidad.
Papeleta, pues, para el Gobierno de Rajoy. La interpretación más llana: si hay dinero público para la banca, ¿cómo es que no lo hay para sanidad y educación? Tanto que se habla de inyecciones, ¿por qué no las hay para sectores que están sufriendo consecuencias de restricciones que inciden, por ejemplo, en forma de supresión de servicios o incremento de tasas de matriculación universitaria?
Habrá que estar atentos entonces a la solución gubernamental que se espera, es decir, si el Estado no puede desentenderse de la situación de un banco, hay que ver en qué condiciones se produce la intervención del ejecutivo para proteger los ahorros de miles de personas, para impedir la alarma social y para frenar cualquier síntoma de debilidad del conjunto del sistema financiero.
¿Quién paga esa intervención? El tópico de la pregunta del millón es recurrente. O pagan los ciudadanos o pagan los bancos. Los primeros no tienen culpa, luego deben asumir responsabilidades quienes han gestionado las entidades financieras.
Pero, bromas de dinero para Rato aparte, la cosa huele tan mal que todo hace sospechar que, una vez más, se cumplirá el dicho: siempre perdemos los mismos.
lunes, 7 de mayo de 2012
VALORES DE UNA RESPUESTA
Se nos tiene a los periodistas por una casta insolidaria, poco constructiva con nosotros mismos y poco dada a ayudarse entre sí, indiferente e insensible a los problemas de la profesión y escasamente proclive a participar en afanes asociativos. Con lo que ocurre en la redacción, tenemos bastante, suele decirse con frecuencia. Ni por esas con el corporativismo. De ahí la gratificante sorpresa que significó en Santa Cruz de Tenerife la respuesta a la convocatoria de la Federación de Asociaciones de la Prensa (FAPE) del pasado jueves, con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa. Se daba por buena una asistencia entre veinte y treinta personas. Fueron bastante más, unas cuantas decenas más. Clásicos del oficio, veteranos, profesores, personal en activo, licenciados, desempleados y jóvenes de ambos sexos, muchos de ellos desconocidos, pero que abrazaron la profesión o quieren abrirse paso porque sienten la vocación, porque la llevan dentro y porque quizá, con su licenciatura y su reducida experiencia, aún palpando la peor época que nunca imaginaron, creen que aún hay opciones para seguir adelante y consolidar un medio de vida. Ya tienen que ser conscientes, desde luego, que la cosa es más que difícil: acceder a la precariedad, qué tristeza, es ya todo un logro.
Pero el número para reivindicar un periodismo digno no fue solo un estímulo. Flotaba el afán de hacer propios los problemas y de identificarse con la causa, hasta abrazarla, como si fuéramos conscientes de que esto se apaga, de que vamos a perder algo. Estaban las ganas de sentirse útiles desde la colectividad. Y hasta desde el sano y distinto enfoque de cómo organizarse: si desde la asociación profesional que vislumbra un futuro colegio o desde la respetable estructura sindicalista. Si hay voluntad de dialogar y de entenderse, las circunstancias propiciarán una respuesta de futuro más sólida y persuasiva.
Y ese espíritu de periodismo comprometido y doliente apagó por unos momentos, los que duró la concentración seguida de la lectura de un manifiesto para la ocasión, esa lenta agonía de los peces fuera del agua que es el aumento de los profesionales despedidos o el cierre de los medios donde hasta hace nada trabajaba cualquier conocido o donde muchos han labrado su trayectoria. Puede que sea insuficiente, solo un soplo en efecto, pero al menos ha sido una señal para que los poderes y las empresas sepan que hay profesionales capaces, personas de carne y hueso que no se resignan, que quieren mucho este oficio de tinieblas y de insolidaridad y que han superado, incluso, una revolución tecnológica para albergar ahora la esperanza de que no desaparezcan los recursos impresos.
Profesionales que quieren seguir respirando aires de libertad y de pluralismo pues quieren robustecer la cultura democrática en la que se han criado durante más de tres décadas. Su grito no es baladí, en serio: sin periodistas, no hay periodismo. Habrá otra cosa pero no será el oficio serio en el que hay que empeñarse. Y no habrá democracia que, miren por donde, iba a verse amenazada por las carencias de uno de sus soportes esenciales.
La agonía, por un rato, fue menor. La esperanza nos mantiene.
Pero el número para reivindicar un periodismo digno no fue solo un estímulo. Flotaba el afán de hacer propios los problemas y de identificarse con la causa, hasta abrazarla, como si fuéramos conscientes de que esto se apaga, de que vamos a perder algo. Estaban las ganas de sentirse útiles desde la colectividad. Y hasta desde el sano y distinto enfoque de cómo organizarse: si desde la asociación profesional que vislumbra un futuro colegio o desde la respetable estructura sindicalista. Si hay voluntad de dialogar y de entenderse, las circunstancias propiciarán una respuesta de futuro más sólida y persuasiva.
Y ese espíritu de periodismo comprometido y doliente apagó por unos momentos, los que duró la concentración seguida de la lectura de un manifiesto para la ocasión, esa lenta agonía de los peces fuera del agua que es el aumento de los profesionales despedidos o el cierre de los medios donde hasta hace nada trabajaba cualquier conocido o donde muchos han labrado su trayectoria. Puede que sea insuficiente, solo un soplo en efecto, pero al menos ha sido una señal para que los poderes y las empresas sepan que hay profesionales capaces, personas de carne y hueso que no se resignan, que quieren mucho este oficio de tinieblas y de insolidaridad y que han superado, incluso, una revolución tecnológica para albergar ahora la esperanza de que no desaparezcan los recursos impresos.
Profesionales que quieren seguir respirando aires de libertad y de pluralismo pues quieren robustecer la cultura democrática en la que se han criado durante más de tres décadas. Su grito no es baladí, en serio: sin periodistas, no hay periodismo. Habrá otra cosa pero no será el oficio serio en el que hay que empeñarse. Y no habrá democracia que, miren por donde, iba a verse amenazada por las carencias de uno de sus soportes esenciales.
La agonía, por un rato, fue menor. La esperanza nos mantiene.
sábado, 5 de mayo de 2012
UN SINSENTIDO
No había llovido y para una vez que lo
hizo con cierta intensidad, el sábado pasado, los trastornos en algunos
sectores de la ciudad, han sido notables. Se cumple el dicho una vez más: nunca
llueve a gusto de todos. Y lo que todos, de alguna manera, agradecerían, se
convirtió en clara insatisfacción, cuando hay viviendas dañadas, garajes
inundados y hasta interrupción del suministro del servicio de agua potable.
Si las causas de lo
ocurrido son, por ejemplo, un error en la planificación de la red de alcantarillado
y las previsibles deficiencias en el mantenimiento, es difícil aguantar sin
más, resignarse, a limpiar y esperar a que se seque. Ni siquiera otro dicho, no
hay mal que por bien no venga, es motivo para tranquilizarse, a la espera de
que no se repita: se supone que una inversión millonaria en infraestructuras de
saneamiento debería traducirse en un
correcto funcionamiento y se da por hecho que se abona una tasa para la
prestación de un servicio, precisamente en circunstancias como las que concurrieron.
Pues
no, ni lo uno ni lo otro. Lo peor es lo segundo: se está cobrando por algo que
no funciona. “Mi no comprender”, por emplear una expresión benevolente. Pero
alguien debería pedir responsabilidades, además de las explicaciones que desde
la Administración habría que dar para informar, tranquilizar y prevenir,
especialmente a los afectados.
Es
natural el malestar vecinal. En la parte alta de la ciudad, por ejemplo. Ya
puestos, preguntamos y cuentan que una de las instalaciones, consistente en machacar
los detritus solidificados de forma cíclica con el fin de que se disuelvan.
Dicen que acceder a tal maquinaria es complicado y que, según parece, nunca ha
funcionado. Cualquiera sabe si, en consecuencia, está en condiciones de
hacerlo.
Como
otras veces, medidas provisionales que igual se convierten en definitivas, como
es frecuente que suceda en el Puerto de la Cruz. Una de ellas, siempre según
versión vecinal al borde del desespero y de la indignación, consiste en la
colocación de un globo que tapona la conducción de aguas pluviales, causante
del desaguisado. A la espera de unas obras que, aparentemente, solucionarían la
disfunción de forma definitiva. Aunque esta apreciación habrá que colocarla
entre comillas pues si las conexiones a la red general, por las razones que
sean, son dificultosas -menos para abonarlas- los riesgos de inundaciones o
desbordamientos siguen latentes.
Con
razón alguien habló de un sinsentido. Y que en alguna red social se
multiplicaran las protestas teñidas de cierta impotencia. Pero, como otras
veces, el “dejar pasar” será consecuencia de la pasividad. Y difícilmente se
promoverá una mínima vertebración para poner fin a cierto estado de cosas. No
para pedir imposibles ni exigir más allá de lo que se abona.
Hasta
que vuelva a llover. Y se repitan los daños, los apuros, los quebrantos. Y la
historia.
Condenados
a repetirla, como reiteraba alguien desde su atalaya edilicia.
jueves, 3 de mayo de 2012
Por sólidas razones
Escribir y hablar hoy.
Por la libertad de hacerlo.
Reivindicar hoy.
Por una profesión digna.
Expresarse hoy.
Por amor y por solidaridad.
Luchar hoy.
Por una vocación, por un oficio, por un compromiso.
Porque sin periodismo, no hay democracia.
Por la libertad de hacerlo.
Reivindicar hoy.
Por una profesión digna.
Expresarse hoy.
Por amor y por solidaridad.
Luchar hoy.
Por una vocación, por un oficio, por un compromiso.
Porque sin periodismo, no hay democracia.
miércoles, 2 de mayo de 2012
MAÑANA, POR EL PERIODISMO DIGNO
Sin periodistas no hay periodismo. Sin periodismo no hay democracia.
Así de sencillo. Ese es el lema de la concentración que las cuarenta y ocho asociaciones profesionales integradas en la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE) han convocado para mañana jueves con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa. No importa que en Santa Cruz de Tenerife sea festivo: en la plaza de España, a las doce del mediodía, temdrá lugar esta concentración que se pretende sea una expresión solidaria de preocupación, de reivindicación y de protesta.
Porque no son buenos tiempos para la profesión periodística. Porque la destrucción de empleo se alarga. Porque las condiciones de trabajo se complican día tras día. Porque las expectativas son muy inciertas.
Todas estas razones impulsan la voz periodística en las calles y plazas del país pues no se trata de hacerla escuchar en las redacciones o en los comités de empresas, que también, sino en todos lados, conscientes de que los problemas de la profesión son, en cierta medida, los de toda la sociedad. Que quiere estar informada y que sabe que si este derecho se ve limitado o condicionado repercutirá en su convivencia, en su pluralismo democrático.
Por eso, que se sumen cuantos ciudadanos quieran. Para solidarizarse, sobre todo, con los lemas de la convocatoria. Para transmitir un pulso vitalista y sensible. Para reafirmar el imprescindible papel del periodista en una sociedad democrática.
Todos señalan que es el período más crítico vivido por la profesión periodística española. Nunca antes tantos factores negativos. Será difícil endererzar el rumbo. Pero hay que intentarlo, de ahí que este paso de mañana, en todo el territorio nacional, sea el primero, o uno más, de la larga caminata.
Estos datos, facilitados por el Observatorio de Crisis de la FAPE, son elocuentes: 6.234 puestos de trabajo desaparecidos, 57 cierres de medios de comunicación y 23 Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) ejecutados desde hace cuatro años. Las tendencias, por lo que se aprecia a lo largo del presente años, son muy inquietantes.
Todos compartimos la idea de un periodismo serio, bien realizado, un periodismo digno y respetable, sostenido en la ética y en el compromiso con una información libre y veraz, con el pluralismo, con los valores consagrados en la Constitución.
Mañana es la cita. Lo dicho: un paso, una voz. Una aspiración. Porque Sin periodistas no hay periodismo. Sin periodismo no hay democracia.
martes, 1 de mayo de 2012
MÁS HUMILDAD
Haría bien el Gobierno popular en hacer un ejercicio de humildad. Siquiera con gestos. Pero mucho más, con palabras. Con palabras que configuren un discurso normal, consecuente. Pese a la mayoría absoluta.
Porque, si a la medidas que tanto malestar y tanto rechazo despiertan, se unen manifestaciones o declaraciones que denotan prepotencia y soberbia, fruto precisamente de la 'intocabilidad' que dan las urnas, la antipatía y el ánimo crítico van a ser mayores. Ya lo verán.
En los ochenta, durante los gobiernos de Felipe González, algunos medios acuñaron esos conceptos y calaron, vaya que sí, pues bastaron algunas actitudes o gestos de representantes socialistas para que no sólo se magnificaran sino que propendieron a la generalización, cuajando así un estereotipo del que no se libraron en años. Otros políticos cometían actos y conductas similares, abusaban de su mayoría, pero sectores ciudadanos y aquellos mismos medios eran más condescendientes. Y hasta se refugiaban en su condición mayoritaria para justificar.
El ejecutivo de Rajoy, que tan mal empezó en los días finales del pasado año, ha enfilado la senda del aquí estamos y tiramos porque nos sigue tocando. Malo. Por sus acciones les conoceréis: rechazo a las ofertas de diálogo, dejar sin respuesta a peticiones de centrales sindicales, decidir todo lo contrario a lo que predicaban... Y ahora, todo eso adornado con declaraciones públicas indicativas de cierta prepotencia, de cierto aire aznarista, en realidad, del que siempre tuvo la derecha cuando ha gobernado, hasta hacer del gobierno una cuestión de mando.
No gusta que el presidente se ufane de los viernes, fecha de los consejos de ministros a los que la población teme y teme. Y el próximo más, como ha dicho, aunque sea al calor de los fieles y del rojigualdo. Como no gusta que Esperanza Aguirre, la presidente de la Comunidad de Madrid, se mofe de los sindicatos y para poner la guinda haga 'autocrítica' chistosa diciendo que le parecen insuficientes y lentas las reformas emprendidas por el gobierno de su partido que no le dijo a la ciudadanía, precisamente, que iba a acometerlas. Otros ministros, Montoro, De Guindos o Mato, y hasta la vicepresidenta Sáenz de Santamaría -no digamos Cospedal- han sacado a pasear sus denuestos que, vale, sí, forman parte de la pugna política, pero que, cuando se forma parte del gobierno deben atemperarse a favor de una dialéctica más institucional. Si es que se quiere ganar credibilidad, vamos.
Pero no parece ese el camino escogido, El ejecutivo se pierde entre improvisaciones, descoordinación y rectificaciones. Merma crecientemente la seriedad que algunos atribuían, aún sin conocer nada de su capacidad de gestión. Si, además de políticas restrictivas, de ese derribo de los pilares que situaban a la clase media española en niveles estimables de bienestar y a los más desfavorecidos en situación de atención, siquiera elemental o mínima, se añaden manifestaciones que bordean la altanería y hasta la chulería, que denotan la soberbia y la arrogancia, no está labrando buenos surcos.
¡Cómo sería si tuviera que transmitir buenas noticias! ¿Hasta dónde llegarían esas 'cualidades'?
Más humildad, sí.
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