Antes del verano escribimos sobre la crisis de institucionalidad. Pues bien, los datos de la encuesta hecha por El Observatorio de la Cadena Ser, conocidos a principios de esta semana, son contundentes: hay una desconfianza de los ciudadanos en las instituciones que no tiene precedentes: una aplastante mayoría (82%) no confía en el Gobierno de España, ni en el Gobierno autonómico (73,5%) ni en las instituciones europeas (72%).
Se explica pues esa creciente desafección hacia la política y los políticos que todavía los partidos políticos no aciertan a invertir. Al contrario, a medida que pasan los meses y crece el malestar, ni congresos ni programas van robusteciendo ideas para afrontar de lleno, con alternativas, esta delicada situación en la que otos males más apremiantes apenas dejan margen para el pensamiento.
Esa crisis de institucionalidad, esa desconfianza, tiene un vértice muy preocupante en nuestro país. A nuestro juicio es el dato sociológico más inquietante de cuantos se han venido registrando últimamente: la mitad de los españoles, según el citado estudio demoscópico, se desmarca del estado autonómico, no le gusta, no lo quiere. Casi el cincuenta por ciento de los encuestados -esto es lo asombroso- prefiere un Estado centralizado, sin comunidades autónomas o que éstas tengan menos competencias. Sólo un 11% respalda el actual modelo de Estado autonómico, ese cuyas costuras, con tantas peculiaridades, tanto costó hilvanar.
No son porcentajes para mirar hacia otro lado. Al contrario, son reveladores de un estado de opinión muy preocupante. Descontento más desconfianza: en el país se puede estar larvando una involución inquietante. Los responsables institucionales y políticos tienen una ardua tarea para intentar recuperar la confianza y la aprobación de un modelo: los tiempos no están para dar marcha atrás ni para experimentos. Y lo peor: sin saber dónde se puede encallar o cuál es la alternativa.
Pero mal, muy mal se han tenido que hacer las cosas para haber alcanzado este nivel de desconfianza institucional.
N. del A.- Lo habíamos vaticinado. Ayer, aún caliente el cuerpo de Santiago Carrillo, un innombrable medio del derechío, ya desgranaba todos los dicterios que el pasado del político le inspiraba. Casi no le dejaron morir en paz, preocupados para que la historia no le absuelva. Cuando hayan leído las impresiones de miembros del Gobierno, se habrán seguido rasgando las vestiduras. Igual son los mismos que apelan, recurrentemente, al espíritu de la Transición o lo que dicen querer enterrar para siempre los atavismos de la guerra incivil. Es su problema: viven aún con el rencor. Justamente lo contrario de Santiago Carrillo quien, hasta el último minuto, según cuentan, exhibió su lucidez. Vaya lección.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
martes, 18 de septiembre de 2012
RETROCESO DE LO LOCAL
El municipalismo español sigue a la
espera de la reforma de la Ley de Bases de Régimen Local (LBRL) que anunció el
Gobierno y aplazó casi sobre la marcha a
la vista de las ronchas que levantó entre los alcaldes de la propia formación
gubernamental, alarmados por otra medida impopular en forma de poder
restringido que, tal como están las cosas, sólo agravaría el descontento
generalizado. Se acuerdan, claro, de que sobre los alcaldes socialistas recayó
el castigo que miles de ciudadanos infligieron a las determinaciones de
Rodríguez Zapatero para timonear la crisis y no quieren ser las nuevas
víctimas. Si el
ejecutivo aplazó la discusión en el último Consejo Nacional de Administración
Local es porque teme, sin duda, que se eleve el malestar de los alcaldes
populares hasta niveles de rechazo incontrolado.
Aunque no
las explicite, se advierte en las intenciones reformistas del Partido Popular
(PP) un cierto afán de menoscabar la autonomía local y una inclinación o
filosofía privatizadora de servicios y prestaciones. Nada nuevo: se trata de
seguir criminalizando lo público y, por tanto, hay que desmantelarlo, por muy
revestido de bienestar que haya andado. La asfixia que ya se palpa en las áreas
de servicios sociales atenaza no sólo a los vecinos más necesitados que tienen
en el Ayuntamiento el último asidero al que agarrarse sino a los profesionales
del trabajo social, absolutamente desbordados, sin recursos ni alternativas a
corto plazo.
Las instituciones
locales han sido propulsoras decisivas de la actividad política, social y
económica durante más de treinta años de democracia. Las pretendidas reformas
del Gobierno harán que disminuya ese papel. Y eso no es aceptable. Los
ayuntamientos pasarían de ser considerados como centros de poder político más
próximos a oficinas o dependencias administrativas. Si después de tanto bregar,
esa es la conclusión del ciclo, apenas hemos avanzado. Al contrario, sería la
prueba del retroceso que ya advierten hasta los mismos alcaldes del PP.
Y es que
basar los planes de reforma de la Administración local en un mero criterio
economicista de ahorro es desacertado. Los ayuntamientos están para avanzar no
para retroceder. Hay que defender la causa municipalista: los que hemos estado
activamente vinculados a ella somos conscientes del trabajo inmenso que han
hecho alcaldes y concejales que se han esmerado con tal de propiciar mejores
condiciones de vida de los ciudadanos, abriendo caminos y propiciando nuevas
fórmulas para evitar, precisamente, las lóbregas y rutinarias oficinas del
régimen predemocrático. Claro que ha habido errores y desvíos. Derroches y
vicios. E incoherencias. Y clientelismos. Y caprichos unipersonales que
hicieron de la vida municipal, en algunos casos, una autocracia pedestre. Pero la obra municipalista, en su conjunto,
es acreedora de respeto, tan sólo por lo que tiene de contribución catalizadora
a la modernización y avances sociales de los españoles.
De ahí, la
pregunta: si en los años ochenta del pasado siglo era difícil prever cómo
derribar la rigidez de las estructuras franquistas, y se logró, ¿cómo ahora no
se puede intentar fabricar un nuevo municipalismo pensado por y para las
personas? Cierto que la redistribución competencial es complicada y que es
imprescindible alcanzar un acuerdo sobre financiación, pero donde tanto se ha
negociado y transado, hay que explorar todas las vías antes de que sigan el
andar del cangrejo y colapsen las instituciones locales.
lunes, 17 de septiembre de 2012
AGUSTÍN
Debió ser en nuestro primer
mandato (1983-87) en el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz. Andábamos a la
búsqueda de redactores para la desaparecida y siempre recordada Revista Local y fue allí, en una prueba pública, donde le
descubrimos. Sin querer presumir de “cazatalentos”, en su escritura nos fijamos
para advertir de inmediato que allí había madera de periodista. Se lo dijimos.
Y de hecho, él nos reconoce la “culpabilidad” de que se inclinara por las
letras cuando estaba llamado por el camino del derecho. La memoria es ahí
imprecisa pero puede que poco después, en un concurso o en una convocatoria
similar sobre temática determinada, ratificábamos aquella impresión que nos
había causado en el salón noble convertido en espacio de examen y en el
intercambio de preferencias de lecturas en algún acto público o en trayectos en
el transporte público.
Aquel joven apenas veinteañero descubierto entonces y que
empezó a abrirse paso en los vericuetos del periodismo y la comunicación ya es
hoy subdirector de Diario de Avisos. Le
acaban de ascender y uno sólo tiene que congratularse, sabedor de que su
trayectoria está caracterizada por la superación. Agustín, Agustín González, no
sólo lleva el periodismo en las venas, no sólo tiene olfato periodístico, sino
que atesora cualidades de escritor, las que ya ha plasmado en varias
publicaciones y con las que ha incursionado en un género como es el cuento
donde se revela como un autor fértil y original. Algún premio adorna ese otro
ejercicio.
Le vimos nacer, crecer y reproducirse, periodísticamente
hablando. Agustín es un comunicador vocacional, de esos, además, que huye de
los oropeles y las fachadas, de las apariciones mediáticas audiovisuales exaltadas
con efímeros ditirambos. Escasas son, por cierto, sus producciones o
intervenciones en medios no escritos. El prefiere el trabajo riguroso, el que
se amasa silenciosamente haciendo acopio de documentación, guardando fotos,
recortes, textos y reproducciones, cuidadosamente archivada, para tirar de ella
cuando hay que recapitular, reciclar o hacer un histórico de cualquier asunto.
La de papeletas que resolvió Agustín a no pocos profesionales o principiantes
cuando, al frente del gabinete de prensa del Ayuntamiento portuense, dispuso
siempre de tiempo y accesibilidad para satisfacer las demandas de información
que le llegaban desde los medios o incluso intramuros.
Aceptó -puede que no de muy buen grado en algún caso- que la
polivalencia funcional es consustancial a cualquier gabinete institucional
reducido, de modo que hubo que verle lidiando con jurados o suplementando
tareas protocolarias. Siempre atento, siempre discreto y eficiente, ha brillado
por ese saber estar sin que se notara, con la humildad necesaria para atender
cualquier requerimiento como para ignorar, inteligentemente, denuestos y
venablos. Por eso ha sabido granjearse el respeto de compañeros y personajes de
la vida pública.
Curioso, observador, analítico, perspicaz, ecuánime,
respetuoso… Apasionado también por la historia, ha ido rescatando y dando
adecuado tratamiento periodístico a episodios del pasado que andaban dispersos
y olvidados, de modo que ha enriquecido la memoria colectiva con muy
satisfactoria aceptación.
Aquel joven apenas veinteañero, serio y constante, enamorado
de la comunicación y de las letras, ya es subdirector del periódico que ha
sabido corresponder a sus cualidades y le acogió con su importante bagaje de
serio trabajo institucional. Aparte de contrastar que el tiempo pasa y que nos
desborda con las mismas criaturas, uno se alegra de haber acertado y de que
haya llegado lejos.
sábado, 15 de septiembre de 2012
ESTADO DE SUCIEDAD
En otra época, seguro, el asunto, cuando menos, hubiera
generado un debate considerable, un debate popular de esos, de los que
menudeaban, en los que intervenía todo el mundo, cada quien contando sus
vivencias, sus observaciones y sus interpretaciones más o menos interesadas.
Pero hace tiempo que esos debates desaparecieron en el Puerto de la Cruz, donde
la población, otrora tan sensible y tan crítica, ahora parece pasota y
resignada. Había tantas ganas de polemizar que incluso con los galardones y
premios que recibía el Puerto de la Cruz se generaba más de una controversia.
En otros
tiempos -lo hemos vivido en primera persona- había malestar por una bolsas de
basura colocadas en lugares inapropiados a horas inapropiadas. Y había protestas
por desechos amontonados alrededor del mobiliario urbano. Y se espantaban por
la maleza acumulada en parterres o jardines. Manchas en las aceras, negrura en
los bordes de las fachadas, desperdicios de todo tipo sustanciaban la
contrariedad de no pocos ciudadanos, a los que seguramente no faltaba razón
pero que eran mucho más exigentes. Era un tema recurrente de conversación, en
cualquier círculo. Pues se ha evaporado.
Hablamos del estado de suciedad en
las zonas públicas, en vías, urbanizaciones, barrios, plazas y recintos del
Puerto de la Cruz. Ya escribimos hace algún tiempo apelando a un poquito de
mantenimiento. Pues no mejora el enfermo. Y no se trata de cargar las tintas,
de hurgar en los males de la ciudad. No es ese el propósito ni siquiera el de
reactivar viejos debates. Si acaso, el de expresar una preocupación que se
constata en cualquier paseo o recorrido. O el de apelar a la sensibilidad de
responsables y administrados para que la cosa no empeore. Que esa parece ser la
tendencia.
Porque esto no es sólo un problema de
ayuntamiento y de quienes prestan el servicio. Las características de la
ciudad, su condición de destino turístico, exigen, además, el mejor estado de
presentación. Pero para decoro y estímulo de sus propios habitantes, para que les
distinga en su propia calidad de vida y para que les suene a timbre de orgullo
cuando los foráneos se marchen con una favorable impresión. Está claro que hay
que prestar el mejor servicio posible de recogida de residuos, de limpieza y
mantenimiento, de baldeo y riego… Muchos nos tememos que ahora mismo estamos
muy lejos de la mejor cobertura y de los mejores índices de esa prestación. Los
operarios harán lo que pueden: no se les hace culpables. Puede que las
condiciones en que vienen trabajando no sean óptimas. O que la organización del
servicio sea incompleta.
En cualquier caso, queda dicho, la
culpa no sería exclusiva. Aquí entra en juego la cultura cívica y más que eso,
la colaboración ciudadana. Es decir, la educación y la prevención. Hechos tan
simples como depositar los residuos en sus respectivos espacios o contenedores,
en las horas reguladas; o no arrojar colillas o chicles en las aceras; o dejar
bolsas y servilletas fuera de las papeleras no se llevan a cabo con frecuencia.
El resultado contribuye al estado de suciedad que nos ocupa. No sobran, en ese
sentido, campañas de comunicación y sensibilización. Aunque sean domésticas.
Empiecen por los colegios e institutos.
Porque todos queremos presumir de
ciudad limpia y ejemplar. Pero debemos ser consecuentes, sobre todo cuando se
nos compara con otras de los alrededores: es una ciudad de servicios muy al
alcance, de mucha movilidad peatonal desde primeras horas de la mañana hasta la
mismísima madrugada, de elevados niveles consumistas. Y eso exige un comportamiento
que permita visualizar el problema en toda su extensión y afrontarlo con
decidida voluntad de tratarlo no hasta su erradicación, que parece imposible,
pero sí hasta conseguir que se nos reconozca por ser una de las ciudades
turísticas españolas más llamativas en eso también.
jueves, 13 de septiembre de 2012
HORIZONTE ENNEGRECIDO
"Los gallegos saben distinguir entre lo que hace el Gobierno central y lo que he hecho yo", declaró Alberto Feijoo, presidente de la Xunta de Galicia y candidato a la reelección.
"Yo no comparto la decisión del Gobierno y yo no la hubiera tomado, Hay mucho descontento con este asunto", dijo públicament5e Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid en referencia a la decisión de excarcelar al terrorista Bolinaga.
"Es un grave error la subida del IVA a la cultura", manifestó José Antonio Monago, presidente de la Junta de Extremadura, en clara discrepancia con varios miembros del Gobierno por este asunto.
"El PP no se puede permitir el lujo de estar peleándose y más en público," afirmó Carlos Basagoiti, candidato del Partido Popular a la presidencia del Gobierno vasco.
En fin, los testimonios de dirigentes del PP -es posible que haya más- revelan un descontento notable. Con la proximidad de las elecciones gallegas y vascas, el asunto cobra mayor preocupación. Sufre el partido gubernamental -lo que son las ironías de ida y vuelta de la política- las tempestades internas derivadas de la crisis y de las medidas que generan malestar social. Es una situación muy similar a la vivida por el Partido Socialista Obrero Español en los últimos meses del mandato 2007-11, cuando se barruntaba el descalabro electoral y muchos presidentes autonómicos y alcaldes que se presentaban a la reelección hacían juegos malabares para escapar de la quema, para intentar evitgar los castiigos del electorado. La situación de ahora es prácticamente idéntica: una encuesta reciente revelaba que la mitad de quienes votaron a Rajoy el pasado mes de noviembre -fijarse bien: no ha pasado un año- afirman ahora que ya no lo harían. Y seis de cada diez de las personas que votyaron al PP dicen que ya no se fían de Rajoy.
Si a los testimonios señalados se unen las discrepancias entre ministros que han trascendido, Montoro con De Guindos, Soria con Montoro, Ruiz Gallardón con Rajoy, nos encontramos con un partido gubernamental debilitado. Desde dentro, en el Gobierno y en su propio electorado. El presidente empieza a ver discutido su liderazgo -incluso por periodismo afín- mientras los problemas se amontonan y merma la credibilidad.
Con el rescate sin resolver y Catalunya en pie de independencia, con dos citas electoralesa la vista -en una de las cuales no tiene otra esperanza, ¡lo que son las cosas! que pactar con el PSOE-, el horizonte popular está ennegrecido.
martes, 11 de septiembre de 2012
FRAUDE Y FRACASO
Preguntas de profano. Veamos: ¿qué se podría hacer con 56.631
millones de euros? ¿Y cuántos presupuestos de cuántas instituciones españolas
suman 219.817 millones de euros? ¿Y qué se puede financiar con 52 millones de
euros? Porque estas son algunas magnitudes leídas durante estos días a la
espera de que se evite o se consume el ya célebre rescate. Todas preocupantes,
desde luego.
Una
aproximación a las respuestas concluye en que el dinero sigue huyendo
masivamente de la economía española. Ahora se explica que digan que no hay.
Cómo va a circular si el Banco de España registra que tan sólo en junio pasado,
el segundo peor dato del año, 56.631 millones de euros abandonaron el país. Ya
son doce meses consecutivos en los que han sido retirados capitales de España,
o lo que es igual, en lo que va de año, casi 220.000 mil millones de euros,
aproximadamente un 22% del Producto Interior Bruto (PIB), han salido de la
economía española. Y aún respira.
La tercera
de las cantidades señaladas, 52 millones de euros, es la que, según la Agencia
Tributaria, ha ingresado el ministerio de Hacienda como consecuencia de la tan
controvertida amnistía fiscal, o sea, las regularizaciones previstas de los bienes
y activos ocultados o defraudados al Fisco. De aquí a noviembre estaba previsto
recaudar unos 2.500 millones de euros, luego esos 52 apenas significan un 2%.
De continuar la tendencia, al final los ingresos por este capítulo alcanzarán
unos 150 millones de euros.
Si las
cifras dinerarias ponen de relieve la debilidad y la inestabilidad de la
economía española y de la balanza de pagos, así como las dificultades que tiene
la banca para compensar la fuga de inversiones en cartera, préstamos y
depósitos, los resultados cosechados hasta ahora con la amnistía fiscal bien
merecen una reflexión que incide en las dudas que ya advirtieron los expertos y
hasta los mismísimos técnicos del ministerio al señalar que la medida, en sí
misma, invitaba al fraude y constituía un agravio comparativo con los
contribuyentes que sí cumplen con sus compromisos fiscales.
Los
bajísimos ingresos obtenidos hasta el momento por este concepto confirman lo
que se preveía: una norma que que favorece claramente el blanqueo de dinero
negro en metálico, incluido el procedente de delitos y permite que no se
conozca el origen del dinero en efectivo ni el momento en que fue obtenido.
Pero se ve que esta “barra libre” no seduce ni persuade a los interesados. Los
defraudadores no se fían, sentenciaba hace poco un medio especializado. El
temor a represalias o a que se “conserven” adecuadamente datos de operaciones
frena la voluntad del defraudador, si es que alguna vez la tuvo.
Seguirán
haciéndolo. La desconfianza con las cosas del querer monetario y la propensión
de unos cuantos ciudadanos que han terminado especializándose en este tipo de
“negocios” recelan del proceso jurídico de regularización del fraude fiscal que
el Gobierno popular, tan generoso, les había “obsequiado”. Ni por esas. Si todo
sigue como hasta ahora, ingresar 150 millones de euros ante los 2.500 millones
que había previsto recaudar antes de que termine el año, equivale a un sonoro
fracaso. Otro más.
lunes, 10 de septiembre de 2012
ASÍ DE NOBLE, ASÍ DE SENCILLO
Se cumplen mañana veintiocho años del desgraciado suceso de La Gomera, un pavoroso incendio en el que perdieron la vida veinte personas, entre ellas la de Francisco Afonso Carrillo, que había sido alcalde del Puerto de la Cruz y en aquel momento ejercía como gobernador civil de la provincia. Para evocar la fecha, hemos rescatado un texto exhibido en el curso de un homenaje que le fue tributado en 2009.
Recuerdo bien su primera intervención pública, en el parque San Francisco, en un mitin (de los primeros que se celebraba en plena Transición política) en el que también participaban otros representantes del Partido y hasta de UGT que entonces esbozaban su condición de aspirantes y revelaban su inexperiencia.
Recuerdo bien su primera intervención pública, en el parque San Francisco, en un mitin (de los primeros que se celebraba en plena Transición política) en el que también participaban otros representantes del Partido y hasta de UGT que entonces esbozaban su condición de aspirantes y revelaban su inexperiencia.
Paco Afonso estaba tan nervioso, se trabucó de tal forma que terminó pidiendo perdón: “Espero que me disculpen en estos momentos”, vino a decir mientras sonaban los aplausos tranquilizadores.
En aquel mismo escenario, pocos años después, tras el resonante triunfo en las elecciones locales de 1983, Juan Rodríguez Doreste, con un pie en la República y otro en la Monarquía constitucional, le llegó a piropear en medio del jolgorio: “Mucha suerte tienen ustedes con el alcalde, que hasta guapo es”.
Aquella espontaneidad de su carácter alimentaba un liderazgo político incipiente.
Nos conocíamos desde jóvenes, desde aquel San Telmo poblado de lanzamientos, arrumacos, noviazgos, envite y primeras cervezas; desde aquel Cima Club de escala en hi-fi y procesiones, de lecturas de textos prohibidos, de juegos de mesa y primerísimas reivindicaciones; y desde aquellos partidos en el solar de El Tope o de aficionados en El Peñón.
Me pidió que le echara una mano cuando arrancaba aquella aventura. La política fue un auténtico descubrimiento para él y se convirtió en una pasión. Nuestra relación amistosa se fortaleció respetando cada cual su respectivo quehacer: la alcaldía y el periodismo. A medida que pasaba el tiempo, los dos éramos conscientes de que estábamos en la primera fila de un ciclo histórico.
Fue creciendo políticamente. Si gozó de buena prensa es porque supo ganárselo. Con su modestia, su sencillez, su predisposición, su talante… Escuchaba a todo el mundo y le sugería alguna solución, aunque resultara difícilmente factible. Estaba presente en todo: en actos, en fiestas, en procesiones, en entierros, en bodas, en congresos, en conferencias…
En enero de 1983, hizo una segunda petición personal: que le acompañara en la candidatura que iba a encabezar nuevamente. Lo hizo después de que un par de enviados especiales para sondear no obtuvieran respuesta favorable. Nos dimos un abrazo la noche que le dí mi aceptación. Sin amargura alguna, omito premeditadamente -quizá lo cuente en unas memorias si es que alguna vez ven la luz- lo ocurrido con los puestos y responsabilidades finales después de los planteamientos que fraguaron la incorporación a la política activa, tanto en la primavera de aquel año como cuando en el verano de 1984 se produjo el relevo en la alcaldía a raíz de su nombramiento como gobernador civil.
De aquellos años, de aquella relación, guardo para bien una cualidad suya: era enemigo frontal de las exclusiones, no le gustaban los testimonios y las acciones fraguadas con malicia y orientadas a la marginación de compañeros o personas que discrepaban. A lo mejor callaba, pero no otorgaba. Condenó el sectarismo: no iba con su forma de ser.
Igualmente, por su carácter y por lo que iba aprendiendo en aquella democracia naciente, obraba de forma que no se incurriera en caudillismos, en modos unipersonales de gestión o actuación. Prefería hablar de equipo y sensibilizar a quienes le rodeaban de la importancia de las decisiones colegiadas.
Además, nos quería a todos alegres, vivos y dinámicos, motivados para cualquier cometido.
Una noche, actuando Víctor Manuel en el escenario donde recordó sus apariciones en el desaparecido Festival de la Canción del Atlántico, el cantautor asturiano lanzó otra ‘perla’: “¡Y es que tenéis un alcalde de puta madre!”. En otra ocasión, Mari Carmen, la de los muñecos, se quedó traspuesta cuando se acercó con doña Rogelia hasta la primera fila donde Paco seguía el espectáculo: “Y este señor tan modoso, ¿quién es?”, preguntaba la ventrílocua. “Soy el alcalde”, respondió con voz trémula. Y Mari Carmen, o sea, doña Rogelia: “¡Ostras, el alcalde! Que hoy no cobramos”.
Así de espontáneo, así de natural, así de sencillo, así de noble… Tan apreciado, tan respetado, más allá de su trágica muerte. La placa de su busto, en la plaza Concejil, desde contempla parte de su obra es reveladora:
<>…”
sábado, 8 de septiembre de 2012
CUANDO ÁNGELA CARRASCO ANTICIPÓ SU "MY FAIR LADY"
Ha aparecido recientemente, en un par de ocasiones, en el
programa Qué tiempo tan feliz, de
Tele 5, conducido por María Teresa Campos. Puede resultar pretencioso,
halagüeño en exceso, afirmar que está igual, pero poco le falta, desde luego.
Baste decir que se conserva muy bien físicamente, que siguen encantando sus
perfiles de belleza tropical, que su voz aún rezuma aquella dulzura que
desprendía cantando Quererte a ti y No, no hay nadie más… Su gestualidad,
sosegada, rematando una mirada permanentemente pensativa, semeja aún la que
lució en la versión española de la célebre ópera rock Jesucristo Superstar.
El caso es
que se han cumplido treinta años justos de la actuación de la cantante
dominicana Ángela Carrasco en la antigua sala ‘Andrómeda’, en el marco de las Galas OTA que reunieron, durante dos
veranos consecutivos, a destacados intérpretes de la música nacional y
extranjera. Fueron tiempos de esplendor en aquel Puerto Cruz la nuit, el complemento idóneo de un destino turístico
incomparable que se proyectaba incesantemente con esa iniciativa artística y
con otras de distinta naturaleza.
Durante
aquella estancia, Ángela Carrasco anunció que interpretaría el papel estelar en
la versión rock de My fair lady, todo
un reto que superó de forma sobresaliente en un teatro madrileño después del
gran éxito cosechado con Jesucristo
Superstar, junto a Camilo Sesto, con el que trabajaría durante varios años
hasta que emprendieron caminos separados. La cantante dominicana interpretó My fair lady al lado de Alberto Closas.
“La cantante
que no piense que puede llegar lejos en el mundo artístico, mejor que no se
dedique a estos menesteres que no son una carrera de obstáculos pero sí un
camino en el que hay que conquistar metas”, reveló Ángela Carrasco a los
periodistas que siguieron atentamente el ensayo de su actuación.
Otra de sus
confesiones de entonces, recogida en Diario
de Avisos (edición del 5 de septiembre de 1982): “Yo he logrado ser una
cantante estándar, lo que significa que no te contraten por el éxito sino por
la personalidad y la continuidad”.
La cantante
admitió su debilidad por los temas románticos y por las baladas, sin rechazar
en absoluto las canciones rítmicas, algunas de las cuales había incorporado al
“show” para hacerlo más divertido y variado.
Tuvimos el
placer de presentar aquella noche a Ángela Carrasco. De su espectáculo de
entonces, quedó el siguiente reflejo en el citado periódico:
“En cuanto a
su actuación, digamos que Ángela Carrasco no contó con un público muy
entusiasta. O al menos no le supo transmitir el calor necesario para animarla.
Y eso que hizo todo cuanto estaba a su alcance para contagiarle. Hubo algún
problemilla en el sonido y su voz –correctamente ecualizada- se vio a veces
apagada. Bastante aceptable su versión de No
llores por mí, Argentina y sobradamente, como se esperaba, en Quererte a ti. El grupo que la acompañó,
de buen nivel. El problema fue ese: la frialdad del público”.
En cualquier
caso, su anuncio de My fair lady fue
el anticipo del gran éxito.
lunes, 3 de septiembre de 2012
COMICIDAD AUDAZ
“Ustedes ya conocen la noticias. Ahora les contaremos la verdad”, dice la fórmula de la entradilla del programa televisivo El Intermedio (en La Sexta), conducido por José Miguel Monzón, El Gran Wyoming, cuya séptima temporada comienza hoy. La fórmula, para quienes conozcan el estilo habitual y la línea crítica del espacio, es muy atinada: anticipa un tratamiento distinto, una interpretación crítica, irónica y humorística, de los asuntos de actualidad que, según memorable definición de Carlos Luis Álvarez, Cándido, no existe; se crea, lo que aquí, en este peculiar producto, en el que han llegado a reírse de sí mismos, encaja perfectamente. Consecuentes con aquel viejo aforismo, el humor es cosa seria, Wyoming y los suyos se han esmerado durante años en ofrecer una alternativa al sesgo informativo, entre oficialista y propagandista, imprimiendo a la crítica política un sello propio y sarcástico que traslada al espectador un constante ejercicio intelectual que genera, a su vez, cuando menos, una risa sardónica. El Intermedio es hoy, salvando las circunstancias sociopolíticas y las distancias temporales y audiovisuales, lo que pudo haber sido La Codorniz, sobre todo, con el lema de ésta: “La revista más audaz para el lector más inteligente”.
Porque de audacia se llena el programa, en efecto, con tal de encontrar aristas cómicas y desenfadadas a informaciones que han ido sucediéndose teniendo que aceptar su cobertura y su tratamiento según la línea de cada medio; o a declaraciones de políticos y cargos públicos que dejan expresiones abiertas a una réplica ocurrente o una precisión satírica. Y algo más que audacia, diríase que una meticulosa transgresión de la pericia manipuladora de los recursos tecnológicos, se requiere para esos videomontajes de imágenes y voces, solapadas y superpuestas, que han llegado a confundir hasta que, por repetidos, se detecta su auténtico carácter.
Wyoming ha precisado que más que criticar al Gobierno de turno, lo que hace realmente es aprovecharse del enorme juego que dan otros medios de comunicación, alguno de los cuales en un titular ya es capaz de ofrecer un artículo de opinión. Sin rehuir siquiera los hechos que pudieran afectar a su casa -la fusión con Antena 3, por ejemplo-, empleando chascarrillos sobre sus mismas afirmaciones y sobre yerros de compañeros, aguantando con gestos e interjecciones la capciosidad y los dobles sentidos e incordiando y cebándose lo justo, el conductor de este programa que empieza a ser un clásico de nuestra televisión debe ser consciente de que ha elevado su listón hasta el punto de que para mantenerlo ha de renovar constantemente su misma vis cómica.
Ya lo acreditó cuando coordinaba Caiga quien caiga, cuando cada reportaje parecía un acto de osadía cuyos límites nadie sabía dónde situarlos. Para entonces, disponía de intrépidos colaboradores, que, cuando se empeñaban, exprimían esa vertiente humorística, tan necesario en la crisis nuestra para aliviar las tribulaciones y para advertir al oficialismo gubernamental que no se puede ni se debe ir por la vida a base de trágalas e imposiciones. Ahora El Intermedio cuenta con otros que proporcionan a los contenidos del programa justo lo que éste precisa: la comicidad bien entendida.
Porque de audacia se llena el programa, en efecto, con tal de encontrar aristas cómicas y desenfadadas a informaciones que han ido sucediéndose teniendo que aceptar su cobertura y su tratamiento según la línea de cada medio; o a declaraciones de políticos y cargos públicos que dejan expresiones abiertas a una réplica ocurrente o una precisión satírica. Y algo más que audacia, diríase que una meticulosa transgresión de la pericia manipuladora de los recursos tecnológicos, se requiere para esos videomontajes de imágenes y voces, solapadas y superpuestas, que han llegado a confundir hasta que, por repetidos, se detecta su auténtico carácter.
Wyoming ha precisado que más que criticar al Gobierno de turno, lo que hace realmente es aprovecharse del enorme juego que dan otros medios de comunicación, alguno de los cuales en un titular ya es capaz de ofrecer un artículo de opinión. Sin rehuir siquiera los hechos que pudieran afectar a su casa -la fusión con Antena 3, por ejemplo-, empleando chascarrillos sobre sus mismas afirmaciones y sobre yerros de compañeros, aguantando con gestos e interjecciones la capciosidad y los dobles sentidos e incordiando y cebándose lo justo, el conductor de este programa que empieza a ser un clásico de nuestra televisión debe ser consciente de que ha elevado su listón hasta el punto de que para mantenerlo ha de renovar constantemente su misma vis cómica.
Ya lo acreditó cuando coordinaba Caiga quien caiga, cuando cada reportaje parecía un acto de osadía cuyos límites nadie sabía dónde situarlos. Para entonces, disponía de intrépidos colaboradores, que, cuando se empeñaban, exprimían esa vertiente humorística, tan necesario en la crisis nuestra para aliviar las tribulaciones y para advertir al oficialismo gubernamental que no se puede ni se debe ir por la vida a base de trágalas e imposiciones. Ahora El Intermedio cuenta con otros que proporcionan a los contenidos del programa justo lo que éste precisa: la comicidad bien entendida.
sábado, 1 de septiembre de 2012
LA VUELTA DE CÉSAR SAR
César ha regresado. Dio la vuelta al mundo. Era un sueño lo
suyo pero se convirtió en una experiencia vital. Se marchó allá por julio del
pasado año, tras una audaz presentación de su iniciativa en CajaCanarias. Algo
cansado ya de lidiar en las coordenadas donde se desenvolvía, en las
político-mediáticas, se empeñó en demostrar que la emprendeduría empieza por
cada cual, de modo que si había que buscar nuevos horizontes, nada mejor que
poniendo rumbo a lo desconocido, no con ánimo aventurero sino con ánimo de
hacer efectiva esa triple aspiración de conocer otras latitudes, para informar,
para conocer sus costumbres, su realidad, sus culturas y sus usos sociales; de
viajar, para plasmar y contrastar, para saber qué hay y cómo se vive más allá
de nuestra fronteras; y de cocinar y comer, cuáles son los usos, las costumbres
y hasta las tendencias culinarias desde la vieja Europa hasta las Antípodas.
César Sar ha vuelto y nos ha anticipado una parte del
resultado de sus vivencias que ahora convertirá, en una fase de
post-producción, en ese producto que debe llamar la atención de cualquier canal
televisivo que aspire a incluir en los
contenidos de su programación espacios que sirvan para entender qué pasa en el
mundo más allá de la crisis cotidiana. Se necesita suerte, claro que sí, pero
estamos seguros de que el producto es lo suficientemente atractivo y tiene el
gancho adecuado para atraer la atención de quienes tengan capacidad decisoria
para incorporar la serie o lo que sea a sus parrillas. Como no menudean las
innovaciones y como la televisión, en general, está necesitada de ellas,
acreditada la solvencia profesional de Sar, seguro que los itinerarios en los
que ha pensado para contrastar los frutos de su experiencia tendrán final
exitoso. Tan sólo por lo conocido y vivido en primera persona ha valido la
iniciativa. Ahora tiene que demostrarnos que no es un bon vivant: el periodista que va por dentro, quien ya ha explicado
el por qué de su idea, materializará su experiencia -y debe hacerlo sin
vedetismos- sabiendo que eso no va a durar toda la vida.
Sar ha querido emplear el mismo formato de su despedida, es
decir, su expresión dinámica y ágil, apoyada en las imágenes que recopiló. A
propósito, esa fue la gran diferencia: esta vez había algo que mostrar, algo
que tuvo, si se quiere, una secuencia
precipitada e incompleta pero que sirvió para hacernos una idea global de tanto
cuanto ha acumulado. Paisajes de todo tipo, urbanos y campestres, animados y
monótonos, perdidos y atrayentes, ignorados y concurridos, arriesgados y
apacibles, montaña y litoral, gente captada en cualquier lugar, sin distingos,
hasta coincidencias con otros aventureros que hacían lo mismo que él.
Con la misma capacidad de convocatoria, con ganas de
compartir los frutos de sus vivencias, la síntesis de César Sar -eso: un
anticipo, un aperitivo- tuvo como único pero el que se alargó. Pero, claro, hay
que entenderlo: es tanto lo que quieres exhibir y contar, que inevitablemente
hay que extenderse. Hasta eso, el ejercicio de condensar una vuelta al mundo
-con dos pasaportes, varios medios de transporte, una maleta que jamás se
perdió y unos aviones que nunca demoraron su salida más allá de treinta
minutos- es muy meritorio dada la evidente complejidad.
Pero, en fin, razones había para que desahogara una
inevitable emoción a su llegada, para que la compartiera con su madre y amigos
y para que sigamos atentos a los resultados de un afán emprendedor que, en el
mundo de la comunicación, actualmente, es indispensable.
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