lunes, 3 de diciembre de 2012

DE PARCHES


Es bastante complicado el asunto de los desahucios, elevado a la categoría de drama social, con resultados trágicos en algunos casos. La sociedad ha reaccionado, ha enseñado una vena solidaria como no suele hacerlo y ha despertado conciencias políticas demandando y forzando soluciones que, desde el ángulo político, por ahora, no llegan, al menos de forma estable para despejar las incertidumbres que siguen caracterizando el problema.

El Gobierno, agobiado y desbordado, pero con su mayoría 'absolutista' y el apoyo puntual de Unión, Progreso y Democracia (UpyD), aprobó días pasados una medida consistente en prolongar durante dos años la estancia en su vivienda de quienes la habitan con avisos de ser desahuciados. Debe ser considerablemente retrictiva cuando, según los primeros cálculos, el número de familias que podrían acogerse es bastante inferior al de las cuales no van a poder beneficiarse. Se trata, pues, de una moratoria que huele a parche con el que se alivia pero no se resuelve la situación. Porque no se frena el proceso de desahucio que esté en trámite. Y porque no se paraliza el aumento de la deuda hipotecaria ni se impide la pérdida de la propiedad de la vivienda. Las soluciones a problemas socialmente injustos que se han ido multiplicando entre miles de personas y familias que aparecen envueltas en complicados trances de desigualdad procesal y contractual y han de afrontarlos, sin recursos y con todas las puertas cerradas prácticamente, ante los bancos, muchos de los cuales son deudores del Estado, las soluciones -decíamos- se van configurando cada vez más difíciles si tenemos en cuenta la disparidad política, la rigidez bancaria y las propias circunstancias de la recesión que ennegrecen el horizonte.

De poco sirve ya lamentarse de que bancos y cajas, durante años, concedieran créditos hipotecarios sin garantías de que iban a ser abonados. Como de escasa utilidad ha resultado aquel Código de Buenas Prácticas sobre Desahucios que aprobó el ejecutivo de Rajoy en la primavera pasada con el fin de propiciar la dación en pago. Su aplicación era voluntaria para los bancos. Cuando sólo se han registrado cuarenta y dos casos de esta figura, según datos facilitados por el propio ministerio de Economía, poco o nada se ha avanzado en la solución del problema. Desde ahí se aprecia también el olor a parche.

Todo da a entender que es necesario introducir importantes modificaciones en la normativa, especialmente en la Ley Hipotecaria. Dada la dimensión del drama, y aún contando con que no va a disminuir la tensión social, ni por ésta ni por otras causas, cabe exigir el máximo consenso posible en el proceso legislativo. Hay que pensar en una Ley que conceda más tiempo a los hipotecados para pagar su deuda cuando no puedan afrontarla por causas sobrevenidas. Y que, por tanto, garantice que por tal razón nadie podrá ser desalojado de su vivienda. Es decir, consenso para una norma estable a largo plazo. Que esté clara para las partes, bancos incluidos, a ver si así se aflojan sus escrúpulos.
Lo contrario sería prolongar la agonía. Inquieta la duración de los parches. De aquí a dos años, la legislatura debe estar agotada y es como si se dejara la asignatura para ser dirimida en la próxima convocatoria electoral, aunque bien mirado, obligará a los partidos a elaborar una oferta programática en este asunto que les debe servir, teóricamente, para recuperar fiabilidad. Pero dos años puede ser muy largo tiempo. La agonía significará ver a entidades bancarias o financiera en trance de ser más flexibles porque así se lo ha pedido el poder político. Flexibilidad equivale a renegociar. Pero como las restricciones gubernamentales no cesan, como las previsiones son negativas y como las exigencias de organismos externos apremian, el panorama sigue siendo desolador: habrá más desahucios porque habrá más desempleo.

O sea, que la tragedia social sigue su curso. Y sin techo para muchos.

sábado, 1 de diciembre de 2012

RESURGIMIENTO CROMÁTICO


Si convenimos en que las tradiciones son ideas acompañadas de un sentimiento de certeza, esta nueva entrega de Celestino Mesa refleja de forma meridiana su pensamiento pictórico. Y como le da igual plasmarlo en óleo que en acuarela, técnicas en las que exhibe una luminosa precisión, su obra recupera, renueva y exalta la visión pura y esencial de costumbres y actividades de otro tiempo. Las que no han sobrevivido, las que han sido sustituidas por avances y técnicas modernistas, las que engrosaban un rincón  olvidado de la historia han encontrado en los pinceles de Mesa un  destacado resurgimiento cromático.

        Es la certeza del pintor que va agregando elementos divergentes que estimulan la asociación. Y es que lo que hoy es tradición, un día fue novedad. Artista de la luz y del sentimiento, como le definiera Javier de la Rosa, miembro de las asociaciones española e internacional de críticos de arte, Celestino Mesa desgrana sus figuras en una paisajística heterogénea y espléndidamente interpretada, ya sea en plena recolección de productos naturales en terrenos agrícolas, en las faenas de la vendimia, en la siega de los trigales o en los frutos del mar llegados al litoral tacorontero.

        Porque siempre fue un artista pegado al medio, hoy vuelve a aparecer quien imprime a la escena campesina o rural un peculiar sello de luz que ha actuado casi como foco obsesivo de su quehacer, de su plástica delicada, siempre atractiva. Escribió el orotavense Juan del Castillo que “Celestino, todo lo que sabe, lo ha aprendido mirando a la isla”. Le sitúa en la larga nómina de pintores del norte: “Paisaje verde y perfumado, colorido alegre, manchas sensuales y luminosas”.

        Esa mirada es decisiva no sólo para profundizar y perfeccionar “trabajos llenos de reminiscencias ancestrales del tipismo canario”, como atinadamente los enfocara el crítico Joaquín Castro San Luis cuando contempló la serie “Senderos de luz y agua”, hace ya casi catorce años, sino para que sus creaciones cobren vida con la hermosura de quien se esmera en propiciarla y reflejarla.

        La mirada isleña de Celestino desparrama trazos sutiles y espontánea frescura. “Lavando gotea el agua sobre las acuarelas”, dice  De la Rosa tras la breve y gráfica descripción de aquellas estampas que sustancian una licencia para la nostalgia, “las ñameras abanicando el tiempo y el musgo rodeando el agua muerta”, y envuelven la atmósfera canaria que tanto gusta atribuir al pintor prácticamente a lo largo de toda su trayectoria, esta vez “con aroma a espliego y lavandas”.

        Esa mirada hace que los cuadros de Celestino Mesa sean también un canto al territorio, al pico, a la vegetación, a cierta fauna, al Atlántico, a la orografía, a las formas rocosas y al silencio inmortal de los barrancos. Un canto que se proyecta desde Tenerife y acompaña a las manifestaciones romeras y fervorosas, impregnado de policromía a veces desenfadada, a veces más rigurosa. Las cepas de la vendimia, la recolección de higos adheridos a las verdes tuneras, la limpieza de las liliáceas y la separación de las mazorcas en plena azotea, desde donde se otean las techumbres inconfundibles que resisten el paso del modernismo constructivo, reflejan la serena y luminosa armonía de su vena pictórica.

        El autor se funde con lo lúdico y lo religioso, con el trabajo y la diversión, con la naturaleza y los recursos derivados que se hicieron usos sociales durante muchos años para enriquecer el acervo y contribuir a los rasgos identitarios. Es como si hubiera tomado al pie de la letra aquel planteamiento del periodista y político colombiano, dos veces presidente de su país, Alberto Lleras Camargo: “Un pueblo sin  tradición es un pueblo sin porvenir”.

        Es una fusión vitalista, la inspiración materializada sobre el lienzo, el feliz resultado tras la búsqueda incesante de actividades y elementos que arraigaron en amplios núcleos de población y en ámbitos que Mesa ha rescatado con donosura de artista consumado para hacer más valiosa aún la etnografía isleña.

        Rafael Gómez León, maestro y director de la revista especializada “El Pajar”, es autor de un excelente trabajo de investigación que llevó a cabo al comisariar aquella recordada exposición “El agua, de la fuente a la talla”. Cuando escribe que “Suele ser poco frecuente o por lo menos inusual que elementos de lo cotidiano, de nuestra vida, adquieran el rango de material de exposición. Que determinadas estampas de nuestro pasado más reciente puedan seguir presentes en nuestras retinas, o por lo menos, contribuir a hacerlas añorar de nuestro subconsciente”, está condensando -sin querer, naturalmente- esta producción de Celestino Mesa con la que, siguiendo su relato, “podremos valorar colectivamente el trabajo y el día a día de las generaciones que nos precedieron, contribuyendo a configurar parte de nuestra entidad como pueblo”.

        Ahí están, en efecto, recuerdos y sentimientos “en los que -por seguir estas ideas de Gómez León, recopiladas desde la información oral- se esconden años de gran dureza y miseria. Donde, de generación en generación se transmiten usos y costumbres de nuestros viejos, nuestro folklore, la tradición oral, el respeto a nuestro entorno…”.

        Las acequias, los lavaderos públicos (tres había en la Villa: uno, en La Piedad; otro en la calle San Francisco y otro en Santo Domingo), lugar de cita de jóvenes lavanderas que, entre cantares y romances, pasaban las largas horas de labor, los chorros de abasto, las albercas… son, entre otros, elementos del patrimonio hidráulico una de cuyas manifestaciones Celestino Mesa ha querido refrescar o “lavar”, por emplear el mismo verbo que da título a su colección, tan plena de luz y sentimiento como ya hemos dicho, tan llena de querencias que termina emocionando, incluso en cualquiera de sus recreaciones.

        Acertó el profesor Manuel Pérez Rodríguez cuando advirtió en la pintura del artista “los más sutiles perfiles del paisaje nivariense” y cuando sentenció que era “ecológica, sentida y canaria”. Esas cualidades perviven en esta serie, una licencia para la nostalgia, como quedó dicho,  pero también una concesión al costumbrismo y al naturalismo que precisan ser aireados.

        “Porque la verdadera tradición no emana del pasado; ni está en el presente ni en el porvenir; no es sirviente del tiempo (…) La tradición no es la historia. La tradición es la eternidad”.

        Lo escribió hace muchos años Alfonso Rodríguez Castelao, uno de los padres del nacionalismo gallego, médico, dibujante y pintor para más señas. La cita es válida para dimensionar el sentido de la obra de Celestino Mesa: resulta que las tradiciones no son sirvientes del tiempo. Claro: son la esencia de la eternidad que alguien se ha encargado de darle forma pictórica.

        Lavarlas para inmortalizarlas. Esa es la conclusión.

     (Texto leído durante la presentación de la exposición de Celestino Mesa, "Lavando tradiciones", en el Liceo Taoro, viernes 30 de noviembre de 2012)



jueves, 29 de noviembre de 2012

PRESENTE DE INDICATIVO POPULAR


En cualquier informativo, en cualquier cadena, a cualquier hora… hay imágenes espeluznantes. Terribles, durísimas, impactantes…, el adjetivo que quieran. Pero las que han ilustrado un reportaje de Gonzo, en El Intermedio (La Sexta), nos aproximan a un mundo irreal, a un dislate, a una situación que, si no fuera por tales imágenes, dirían que es un montaje, uno más de cuantos circulan indiscriminadamente en los medios para llamar la atención, para alardear, para ganar audiencia, aún a costa de engañar.
En Madrid, capital del Reino, profesores y alumnos de la universidad pública se lanzaron a la calle a impartir y desarrollar las clases. En señal de protesta, claro está, por tanto reajuste y por tantas restricciones.
Había que verles, en un día de ese frío que pela: prendas de abrigo, gorros, bufandas, guantes… Una elemental megafonía y alguna pancarta por todo atrezzo. Sentados en el suelo, o de pie, ante la mirada curiosa e incrédula de los viandantes, escuchando el relato del profesor, tomando apuntes o formulando algún comentario. Materias ‘ad hoc’ de sociología, antropología y ciencia política. Las respuestas de los alumnos consultadas sobre su futuro no podían ser más desalentadoras.
Nadie podrá negar la originalidad de la protesta. En otros sitios, bloquean avenidas o queman contenedores, por decir una estampa que se ha hecho habitual. En varios puntos céntricos de la capital madrileña, estudiantes y profesores, desafiando al frío y a las inclemencias, en condiciones absolutamente inapropiadas, no se resignaban y se resistían a la indiferencia. El aumento de las tasas, la supresión o reducción  de becas, la pérdida de opciones… todas esas cosas, tan del presente de indicativo popular y tan del futuro imperfecto social, desnudaban la cuestión de fondo.
Esta es una parte cruda de la realidad española de nuestros días. Imágenes durísimas: aunque suene demagógico, la enseñanza universitaria pública de nuestro país, por los suelos, por las calles y plazas de Madrid. Para qué preguntarse dónde iremos a parar si lo meritorio es la resistencia y que todavía quede ingenio para rechazar de esa manera medidas gubernamentales que el ministro del ramo se empeña en presentarlas de forma graciosa.
Cuando tales imágenes trasciendan, cuando lleguen a la Unión Europea y a la América hermana, creerán que es un montaje o no se las creerán.
Pero no hay coches volcados ni contenedores atravesados ni mobiliario arrancado ni objetos incendiados: eran catedráticos hablando por un micrófono casero y alumnos grabando en sus móviles o escribiendo apuntes en cuadernos humedecidos. A la vista de todo el mundo.
Un diez para la idea. Otro para el reportaje.
Es la España del presente de indicativo popular. A lo que ha llegado esto.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

TODOS FUIMOS CORRESPONSALES

El número 30 de Periodistas, la revista de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), dedica buena parte de su contenido a la figura del corresponsal, una especie en extinción, titulo genérico de un trabajo muy bien desglosado, con interesantísimos testimonios y puntos de vista que permiten entender perfectamente el papel de quienes han desempeñado una tarea esencial en el conjunto de la comunicación y en el desarrollo de los medios a los que han pertenecido, cuando no al de las ciudades o puntos de la geografía desde donde transmitían sus informaciones.
Hay que diferenciar, naturalmente, entre quienes lo eran de medios o cadenas importantes, de publicaciones de ámbitos nacional o regional y los de ciudades y pueblos. El corresponsal, sobre el papel, era una persona modesta, a menudo con otras ocupaciones profesionales pero que, por vocación y desenvolvimiento, era capaz de prestar unos servicios extraordinarios para hacer llegar la información y hasta para crear hábitos entre los destinatarios de sus mensajes.
Las cosas han cambiado mucho, naturalmente, desde aquella década de los sesenta en que comenzamos a percibir la importancia de la comunicación escrita y audiovisual hasta nuestros días, en que algunas conceptuaciones, especialmente desde el punto de vista tecnológico, son muy distintas. Siempre hubo corresponsales -con el paso del tiempo, empezarían a llamarse delegados o jefes de delegación- y eso, en mayor medida, garantizaba la cobertura de acontecimientos o sucesos salvo que la dimensión de éstos aconsejara la concurrencia de un enviado especial.
En el corresponsal siempre hubo algo de romanticismo y de ternura. Algunos se esforzaban en aprender y otros casi se doctoraron en periodismo. En cualquier caso, debían superar el hándicap de localismo que, con mayor o menor justicia, se tenían atribuido. Era un equilibrio complicado pues, a fin de cuentas, habría de seguir conviviendo en el lugar donde informaba y hasta allí llegaban noticias o pruebas de su quehacer, de sus tendencias y de sus afanes oficialistas, conformistas o críticos.
El corresponsal, ya consolidado, era respetado y empezó a formar parte de cierta grey que accedía a actos públicos y se codeaba en ciertos círculos. Era convocado e invitado. Su presencia era demandada para dar prestancia a cualquier reunión, cualquier visita, cualquier celebración. Y cuando recibía la visita del jefe, o del enviado especial, y se juntaban, era un inevitable introductor y un oportunísimo informador de costumbrismo y valores análogos. Hasta aprovechaba para quejarse del régimen retributivo o de la lentitud y la tardanza con que llegaban los giros. Y no digamos de las dificultades para transmitir: desde las conferencias telefónicas a cobro revertido en viejas centralitas o servicios automatizados pero menos hasta las conexiones más avanzadas y a un clic de nuestros días, pasando por escribir perforando cintas en aquellas dichosas máquinas de telex. Y por el envío del fax. Y por el uso de transportes colectivos -cuyos horarios memorizaban- para poder llegar a tiempo con fotos, rollos y otros materiales. Y por el encargo, más de un favor, a amigos y particulares que se desplazaban hasta la sede principal del medio, muchas veces tomando un avión.
Era gente con nombre y apellidos, que es así como les define Eduardo San Martín, director de Periodistas, en un artículo realista hasta la emotividad. Escribe que “una parte considerable del prestigio de los medios descansaba en su red de corresponsales. Y no solo de los grandes diarios”. El mismo San Martín inserta en su texto la importancia de la oferta informativa “que todavía no había confundido el interés local con el aldeanismo”. Reivindica, en la medida que puede hacerlo salvando las distancias del tiempo y las circunstancias que concurren en la comunicación de nuestros días, la figura de ese corresponsal que ponga su sello personal y sus conocimientos para producir no solo información veraz y de calidad sino aquella alejada de convencionalismos y estandarizaciones. Es lo que llama periodismo con autor. Y el autor es el que pacientemente acumula información, fruto muchas veces de fuentes solventes y seguras que son, a su vez, derivadas de privilegiadas relaciones personales y profesionales.
Para los vocacionales, para los que hemos ejercido como corresponsales, el papel de éstos siempre mereció respeto y admiración. Hasta donde la memoria alcanza, por ejemplo, aquellas intervenciones en serie en “España a las 8”, coordinadas por Victoriano Fernández de Asís que siempre despedía a sus corresponsales nombrando las ciudades donde residían, eran sobresalientes, sobre todo teniendo en cuenta los factores sociopolíticos condicionantes de la época.
Ya metidos, discutíamos quién era mejor, quién aportaba más información en una crónica e dos o tres minutos, si Jesús Hermida o Cirilo Rodríguez.
El Centro Emisor del Atlántico de Radio Nacional de España contó con una estimable red de corresponsales en todas las capitales de islas. Siempre tan puntuales en cada espacio informativo. Así, fue posible conocer cómo José Padrón Machín, en El Hierro, convertía en noticia el asfaltado de un camino rural de apenas un kilómetro. Nos familiarizamos con la voz de Gerardo Jorge Machín, indesmayable en Puerto del Rosario y en toda Fuerteventura. Con ellos, con sus crónicas, desayunábamos y almorzábamos durante una larga época. Fueron quienes primero vertebraron a Canarias con una clara demostración de lo que era el servicio público de una radio.
Durante nuestra estancia en la Cadena de Ondas Populares Españolas (COPE) nos correspondió la gratificante tarea de articular un equipo de corresponsales deportivos que poco a poco demostraron su polivalencia y ahí estuvieron informando de las actividades de todo tipo que se registraban en sus localidades. Siempre ponderé el éxito de audiencia del programa deportivo que coordinamos durante siete años ininterrumpidamente por las aportaciones que suministraban los corresponsales de Radio Popular. Aquellas ruedas informativas, aquellas conexiones sucesivas, inmediatas y con precisión temporal, integradas incluso en programas nacionales, sorteando todo tipo de dificultades técnicas, aquel “Tiempo de juego” y aquellos espacios emitidos con exquisita puntualidad, fueron un modelo radiofónico y una auténtica escuela. Nos cabe la satisfacción de que muchos integrantes de aquella red aún ejercen tareas de responsabilidad o dirección en los medios donde han continuado su labor, donde han acreditado su amor por el medio y donde han abrazado la comunicación entendiendo su dimensión al pie de la letra.
Fuimos, fueron todos corresponsales, dicen que una especie en extinción, por múltiples razones, entre ellas, naturalmente, la cuenta de resultados. Pero quienes han ejercido de tales sabemos que el espíritu y las ganas de cumplir e informar pueden más.
Y lo que es mejor: jamás decaerán.







martes, 27 de noviembre de 2012

ANIVERSARIO DE PASIÓN


En la semana que se cumplía un año del indiscutible triunfo del Partido Popular (PP) en las urnas, casi todos los análisis y balances arrojaban una nota negativa. El hipotético examen concluye con un suspenso, fruto, primero, de un fraude masivo, consistente no sólo en incumplir lo ofertado sino en hacer lo contrario de lo anunciado y programado; y después, de unas medidas de reajuste que se han revelado tan improductivas como impopulares. El Gobierno es contestado por todos lados, incluso desde la propia militancia, a la que cuesta seguir dando la cara y argumentando a favor de la acción del ejecutivo. Sólo los medios afines mantienen, a duras penas y con sesgos profundos, el vuelo alto de la gaviota.
            Fue una semana, además, en la que confluyeron varios hechos que acentuaban el malestar y el tono crítico, no complicados al final por el aplazamiento de la enésima cumbre europea para evitar una fractura inquietante y salvar presupuestos, principalmente las partidas de indispensable ayuda para los territorios ultraperiféricos.
            Empeñado en un más difícil todavía de imprevisibles consecuencias, el Gobierno de Rajoy había logrado una curiosa unanimidad: la de todos las representaciones judiciales y la de todos los operadores jurídicos en torno al rechazo al aumento de las tasas judiciales, el mismo que abre una profunda brecha para administrar justicia, ya claramente divisoria entre ricos y pobres destinatarios. La disconformidad se hizo clamor y habitó hasta en los más recónditos juzgados. Ruiz Gallardón añadió una muesca más a sus controvertidas y contestadas iniciativas en lo que va de legislatura. Para más inri, la chapuza final de los formularios no consensuados con Hacienda que impide la entrada en vigor de la norma, puso de manifiesto que de tantos golpes de decreto alguno se tiene que desviar.
            Lo de Catalunya, si permiten la expresión, es para mear y no echar gota. Un fantasmagórico informe policial sobre presunta financiación irregular del partido o evasión de capitales, que vaya usted a saber, irrumpió en la segunda parte de una campaña electoral donde no se hablaba de paro en una comunidad en la que están registrados más de ochocientos mil desempleados ni del progresivo desmantelamiento de servicios públicos. El desconcierto del ministerio del Interior, la gasolina que echó al fuego con sus declaraciones el ministro de Hacienda y la posición fijada públicamente por un sindicato policial, sin entrar a valorar el concurso del mensajero agraciado por el don de las conspiranoias, en plural, sembraron ese caos de impredecible final. Porque, al margen del resultado electoral de ayer, la bandeja del independentismo versus judicialización doméstica ya está servida. Y nadie sabe qué se sirve primero o cómo influirá la segunda en el devenir de las aspiraciones soberanistas catalanas.
            En estas que el esclarecimiento de la tragedia del Madrid Arena sigue enredándose entre averiguaciones, imágenes, ceses, maniobras para no comparecer y evitar desgastes y una acusada sensación de que al final, nadie fue. La erosión política en las filas populares es evidente y sólo la escala de mando y el consabido respeto, tan recurrible en situaciones próximas al caos, evitará una tormenta de mayores proporciones mientras en el horizonte, no lo perdamos de vista, está la muerte de cuatro jóvenes. Hiela la sangre, después de saberse todas las irregularidades, que pudieron haber sido muchas más las vidas cobradas.
            Iba palpándose la peculiar pasión del primer año triunfal traducido al uso absolutista de la mayoría parlamentaria, cuando The Financial Times, la Biblia de los mercados y del periodismo económico-financiero, colocó a Luis de Guindos en el decimonoveno y último lugar de la clasificación de los ministros europeos del ramo; y cuando presidentes autonómicos populares se atrevían a enseñar públicamente su descontento con algunas medidas gubernamentales de eso que llaman Madrid, Génova o Moncloa.
            Y por si los males fueran pocos, aparece en la escena el ex teniente coronel golpista de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, denunciando al presidente de la Generalitat y candidato a la relección, ’Arturo’ Mas, por provocación, conspiración y proposición para la sedición. De “continuas y reiteradas pretensiones secesionistas de una parte importante de España como es el Principado de Cataluña”, puede leerse en la demanda. Alguien proveerá. Como ya hiciera en este aniversario de pasión Joan Gaspart, por cierto, ex presidente del F.C. Barcelona y titular de una empresa que iba a participar, diestro para que fuera cancelado un homenaje en Madrid al general Franco. Era la última estación.
            A grandes rasgos, estos eran, en una semana, algunos hechos que amargaban el aniversario del triunfo electoral del PP. Ni de aquel acierto de haber rectificado en verano para que los desempleados siguieran percibiendo una prestación de cuatrocientos euros, se han acordado para endulzarlo.

lunes, 26 de noviembre de 2012

PROTECCIÓN DISMINUIDA

Ha venido Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), a advertir de los riesgos que corre el efecto protector para las mujeres de la Ley contra la Violencia de Género, en caso de que el Gobierno consume algunas medidas que pretende incluir en la reforma del Código Penal.


Algunos antecedentes de resoluciones judiciales y algunas manifestaciones de cargos públicos han suscitado la preocupación de la magistrada, hasta el punto de que en torno a la conmemoración del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, sus reflexiones son oportunísimas.

Y es que, en efecto, si las condenas por casos de violencia de género se pudieran saldar con una simple multa, como parece que se intenta establecer, estaríamos ante un preocupante retroceso, favorecedor de la propia acción violenta cuyo impacto se quiere minimizar.

La vigente ley, que sepamos, impide esa solución sancionadora y sólo consigna penas de prisión o realización de trabajos sociales. Los más críticos con esta revisión señalan que esta alternativa favorecerá la paradoja de que el hombre no pagaría la multa, de modo que fuese la propia mujer quien la abonase para evitar el embargo de bienes gananciales.

Montalbán apunta también el desacierto que supondría la introducción de la mediación familiar, cuando está especialmente contraindicado en los casos de maltrato y cuando en la misma ley está completamente prohibido. La desaparición de las vejaciones injustas como faltas sería otra de las modificaciones que, de plasmarse, representarían el inquietante retroceso en el efecto protector del que hablamos. Es natural que haya preocupación e inquietud no sólo en organizaciones y asociaciones de mujeres sino en agentes sociales y colectivos profesionales que constatan el carácter regresivo de medidas que, sobre el papel, empeorarían uno de los principales dramas sociales de nuestro tiempo.

Dirán que los principales objetivos de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la violencia de género (la primera que aprobó en el año 2004 el primer Gobierno de Rodríguez Zapatero) se mantienen.

Es decir, que se apoya a las víctimas, se persigue a los agresores y se alerta a la sociedad de la necesidad de combatirla sin desmayo; pero la reducción de recursos presupuestarios y la desaparición progresiva de programas de formación y empleo, unida a esas reformas legislativas, indican, precisamente, lo contrario, de modo que los fantasmas de la opresión, del temor ilimitado y los silencios cómplices hacen de nuevo su aparición.

País de pérdidas.



sábado, 24 de noviembre de 2012

SUDANDO TINTA, EL LIBRO DE JAVI


No es muy atinado ni ortodoxo emplear un gerundio en el título pero hasta eso termina convirtiéndose en un reclamo. Realizar un trabajo con mucho esfuerzo es la significación académica de esta locución verbal coloquial que todos hemos utilizado alguna vez y que de la lectura de los cincuenta y dos relatos se desprende porque eso es lo que pretende el autor, aún sin quererlo: indagar en el coste del ejercicio, de la prueba o del rendimiento físico.
            Sudando tinta (Idea Ediciones), que ese es el título del primer libro del doctor Javier González Pérez, prologado con destreza por Juan Moreno, es el reflejo de quien ha querido ver en el deporte su cara interior, de quien ha buscado las respuestas a tantos porqués. El deporte por dentro, el organismo humano a prueba, las reacciones, los estímulos, los contrastes, los miedos, las dudas y las superaciones. No se conforma el autor con las experiencias o los registros, con la evolución de una lesión o con las reacciones del deportista. No se detiene, por tanto, en un lado anecdótico ni en la narración de vivencias de quienes han sido sus pacientes, practicantes o no, profesionales o machacas de amateur puro de todas las edades sino que le echa imaginación a la descripción de horas de consulta y de cuadros clínicos.
            Sudando tinta es, a su modo, el resultado de una profesión ejercida vocacionalmente, del compromiso con la medicina deportiva y de la prestación de ayuda a quien vino a solicitarla. Claro que el autor es un espécimen: el médico al que el espectáculo o el negocio del deporte le trae sin cuidado. Prefirió siempre tratarlo en directo y en el terreno más corto. Cara a cara, lidiando con pacientes de toda condición social e intelectual. A todos trató igual. Con rigor científico. Lo que quería era sanarles y estimularles. Sin alharacas, sin alardes propagandísticos ni efectos estelares. Sus amigos del alma seguro que no se lo hubieran perdonado. Seguro que prefieren el tratamiento destilado con esa sorna ácida que también se adivina en numerosos pasajes de la escritura.
            Buena parte de esa trayectoria ha quedado plasmada en este volumen presentado días pasados en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC), con lleno de los que no se olvidan, con numerosos amigos y con emociones que no pudo contener, por ejemplo, el presentador de la obra, Juan Carlos Castañeda, aún sacudido por pérdidas familiares registradas en un brevísimo intervalo. Castañeda aprovechó para hacer una reivindicación del periodista deportivo después de desgranar episodios que reflejaban la personalidad del médico metido a escritor, porque seguro que algo más tendrá en cartera, o al menos así lo dio a entender Juan Moreno. El presentador conoce bien al autor: estudiaron juntos, compartieron habitación en período universitario y hasta habrán jugado y corrido en esas prácticas que más o menos son carne de añoranza, siquiera por los ratitos de desconexión y por los reposos posteriores. No se resistieron, por supuesto, a incursionar y pegarse a la Naturaleza, al medio, litoral o senderismo, en el que pusieron a prueba, un suponer, su propia capacidad de resistencia.
            Sudando tinta será bien recibido, incluso entre quienes saben que no hay pretensiones literarias en sus páginas, que se van a leer de un tirón en busca de más y nuevas sensaciones. El libro de Javi, o el libro de Javi el Cura, que ese era el nombrete con que sus compañeros le conocían cuando superaba a defensas y porteros rivales, se dirá en una ciudad y en los círculos del deporte o de la medicina especializada. La que con mucho altruismo, por cierto, también ha ejercido el doctor González Pérez.
            Alguien a quien le gusta sudar tinta y penetrar en las interioridades del ser humano.  

miércoles, 21 de noviembre de 2012

EL OTRO LADO DE LA ALMOHADA


¡Ay Maruja, si fuera tan fácil!
            Tan fácil como esa inversión de la almohada, como ese movimiento buscando el lado fresco, metáfora empleada para hablar del renacimiento del periodismo o de la esperanza de un periodismo renovado, salvable, auto exigente y cualificado como lo hemos soñado y deseado.
            Pero se antoja complicado, Maruja Torres, siempre respetada autora, porque las circunstancias ensombrecen el horizonte hasta eclipsar las esperanzas, en forma de digitales o de nuevos productos. Cierto que queda la capacidad de resistencia y que los roqueros, los últimos, aún siguen afinando como si de teloneros se tratare; pero la precariedad y la incertidumbre son tan grandes que hasta el conservadurismo se ha apoderado hasta de los medianamente optimistas.
            Estará fresco el otro lado de la almohada -y hay que agradecer el alentador mensaje, especialmente por quienes no sólo tienen vocación sino convicciones- pero no basta. La realidad caliente, la que se palpa en el desempleo, en la reducción de retribuciones, en las condiciones precarias y en el riesgo constante de la pérdida del puesto de trabajo, te echa por la borda, con muy escasas opciones de rescate, casi todos los intentos del buen reportaje, de las alternativas y las innovaciones en los tratamientos. Ciertamente, nos hemos vuelto escépticos, hasta los más vocacionales.
            Será que venimos palpando el dolor de compañeras y compañeros cuyos afanes se han llevado los vientos de la crisis imparable. Dolor e impotencia para hacer algo más que la expresión de la solidaridad. Dolor y preocupación a poco que seamos conscientes de lo que significa la degradación de los medios en el contexto de una convivencia democrática que necesita de ellos para mantener unas bases mínimas de libertad y pluralismo. Claro que se necesitan periodismo y periodistas, un clásico ya entre los lemas del gremio y de las tribulaciones que padece. Pero los hechos tozudos -¿te suena?- están en ese lado caliente. Vemos caer gigantes, se tambalean otras poderosas estructuras, desaparecen títulos de toda la vida, se multiplican las redes sociales y el debate sobre el futuro se alarga y se alarga porque el nuevo modelo no cuaja, por muchos multimedia que se tercien.
            Aún así, escépticos por todas estas cosas, Maruja, seguiremos luchando, agradeciendo píldoras estimulantes como las tuyas. Daremos, los que puedan y mientras puedan, vueltas a la almohada, buscando ese lado fresco, los pliegues por incursionar, intentando no desfallecer pero conscientes de que cada día es un auténtico más difícil todavía.

martes, 20 de noviembre de 2012

PLEITOS TENGAS... Y LOS PAGUES


Se acusó al PSOE en su día, cuando los gobiernos de Felipe González, de un abuso de su mayoría parlamentaria. De ésta derivaron acusaciones de prepotencia y soberbia que fueron calando, vaya que sí, hasta desvirtuar el comportamiento político de los socialistas. A duras penas, el talante con que quiso adornar su gestión Rodríguez Zapatero, para contrarrestar precisamente los tics autoritarios y aquellos mismos defectos que lució José María Aznar en la segunda legislatura de su gobierno, sirvió para establecer diferencias, el pretendido otro modo de hacer política. Ya se encargó el derechío mediático de socavar, hasta la liquidación, un elemento de sintonía del gobernante con la ciudadanía.
            Quienes reprobaron a González aquel abuso ahora se refugian en él para hablar de la legitimidad. La legitimidad que nadie discute. Quienes entonces pedían consenso, para equilibrar, para estabilizar el pacto social, para no incurrir en desvíos y abusos de poder, ahora ignoran por completo esos conceptos. Así sobresale el mando antes que el gobierno. Es lo que gusta a la derecha: que se note ese poder, esa capacidad derivada de las urnas infalibles. Se siente y se sabe cómoda. Y si tiene respaldo mediático, miel sobre hojuelas. Que la calle protesta, ya se cansará. El ejemplo más reciente es cómo despachó Mariano Rajoy la valoración sobre la huelga más las concentraciones de la semana pasada: como si la cosa no fuera con él. Prosiga la hoja de ruta, por si alguien tiene dudas.
            De modo que la mayoría absoluta se transfigura en mayoría absolutista. Ahí está la prueba de la nueva Ley de Tasas Judiciales para acreditarlo: se hizo la norma, en efecto, en el Senado, solo con los votos populares. Y es una norma a la que hay que dedicar atención pues contribuye a la ampliación de la brecha de desigualdad que divide desde el pasado año a la sociedad española. Los riesgos de una justicia para ricos y poderosos, para quienes puedan pagarla, y otra para quienes, sin recursos, no están en condiciones de afrontar la financiación de sus procedimientos y contenciosos, son evidentes. Malo que esa brecha crezca precisamente a costa de absolutismos parlamentarios.
            En efecto, la nueva Ley comporta un aumento de las tasas judiciales entre los 50 y los 1.250 euros iniciales que, aplicado a determinados procesos judiciales, significará un notable incremento de miles de euros. Es decir, justicia que no es igual para todos. Lo dice hasta el presidente del Consejo General de la Abogacía: “Esta Ley va a consagrar una justicia para ricos y otra para pobres, impidiendo el acceso a la justicia a jun gran número de ciudadanos”. A esta disconformidad, habría que añadir las de la práctica totalidad de los operadores jurídicos y de los grupos parlamentarios.
            Este nuevo incumplimiento del Partido Popular -¿cuántos en un año de gobierno?- claro que supone una disuasión y una obstaculización para acceder a la justicia en condiciones de igualdad, o lo que es lo mismo, dificulta sobremanera el derecho constitucional a la tutela judicial efectiva. En la actual situación de penurias y desventuras, las personas más desfavorecidas y más vulnerables -aquéllas a las que alguien desde un escaño gritó: ¡que se jodan!- se verán seriamente desprotegidas. Más de lo que estaban, desde luego.
            A este paso, con la nueva Ley, hasta el absolutismo de la mayoría popular terminará cambiando el viejo dicho:
            -Pleitos tengas… y los puedas pagar.

lunes, 19 de noviembre de 2012

RECUPERAR LA SONRISA


Ha dicho Kike Sarasola, presidente de una cadena hotelera que intenta aplicar una particular filosofía de su producto turístico desde la utilización de las redes sociales, mediante la interacción y la introducción de determinadas prácticas, que “se nos ha olvidado sonreír al cliente, agradarle, pague un euro o pague trescientos”. Seguro que muchos empresarios y profesionales veteranos, cuando lean esta afirmación, incidirán en la que fue una cualidad distintiva de la atención en establecimientos hoteleros, restaurantes y comercios en los momentos que el turismo empezaba a alcanzar su velocidad de crucero y a consolidarse como medio de vida de tantas y tantas personas. Como más de uno, al calor de su experiencia, la habrá reivindicado en algún momento de la evolución del sector y de su propia trayectoria, dirán que Sarasola no descubre nada pero que tampoco está de más esa apreciación, sobre todo en tiempos de estrecheces.
            Llama la atención, desde luego, que hable de ello quien, según se ha sabido, se esmera en innovar y modular una oferta a base de aplicaciones tecnológicas vanguardistas, sin olvidar, eso sí, el trato personalizado. El negocio está cambiando, se impone la cualificación, las tendencias son cada vez más determinantes y de ellas derivan exigencias a las que las empresas deben dar adecuadas respuestas para ser competitivas y contribuir a una oferta de conjunto mucho más atractiva. El ‘no’ no existe es uno de los principios funcionales de este promotor que demuestra ser consciente de la importancia de los métodos a aplicar con tal de fidelizar clientes.
            En cualquier caso, ese olvido de la sonrisa como expresión de la amabilidad, cualidad del carácter del isleño que ha trabajado en el turismo, es corregible, a base de formación y de programas específicos que favorezcan la recuperación o el cultivo de un factor primordial. La amabilidad, sinónimo de nobleza cuando se emplea sin falsedades o cuando no se interpreta un papel, permitió suplir las carencias profesionales durante una larga época. Los conocimientos idiomáticos, por ejemplo, eran limitados o inexistentes. Pero existían las sonrisas, los gestos, la predisposición y la prontitud para prestar el servicio que se pedía en una lengua distinta. Todo un capital. Era cuestión de talante y el isleño acreditó el suyo hasta que, por múltiples razones, se desvirtuó o se evaporó, como ha venido a recordar Kike Sarasola haciendo una invitación para que el personal, el que trabaja cara a cara con el cliente, y para que la población, la que convive, la que comparte inquietudes y sensibilidades con el visitante, se conduzca con la amabilidad que tan poco cuesta pero que tantos beneficios puede reportar porque al otro lado siempre habrá alguien que lo valore. Seguro.