lunes, 17 de diciembre de 2012

DESEROTIZACIÓN DE LOS VALORES


Asombra -si es que esa capacidad no se ha agotado del todo- contrastar el escaso interés de muchos jóvenes por aquello que les resulta más cercano. Cierto que la crisis se ceba con ellos y que desmoraliza pero si a un acostumbrado escaso sentido de la iniciativa se unen la resignación, el desapego o la indolencia, los horizontes son desalentadores. Hasta hace unos años discutíamos sobre sus preferencias de futuro: si ser funcionario o empresario. Pero también ese debate se ha diluido. No les atrae la política (ni siquiera la más próxima), se toman el deporte como un espectáculo que no quieren alimentar, las tendencias musicales les resultan muy efímeras, se resisten a las manifestaciones artísticas y culturales, las actividades sociocomunitarias son difíciles de sobrellevar  y su reducida capacidad adquisitiva la administran como pueden (eso de ahorrar forma parte de la historia) para su carpe diem personalizado. Hablábamos en distintos foros de una generación espléndidamente formada, con infinidad de recursos a su alcance, principalmente los tecnológicos, pero por ahí también se pierde el hilo. La potencialidad creativa, apta para su propia autonomía, es cada vez más escasa. La facilidad para acceder a los bienes de provisión ha sido otro factor determinante: al haberse reducido, como que hay mayor propensión a los vicios, al escepticismo galopante, al sentimiento de impotencia e inutilidad. Paradójicamente, cuando tal disminución debía operar como un factor estimulante de la búsqueda o de la imaginación, ha resultado lo contrario: ha aumentado el ensimismamiento, el adocenamiento, el desánimo, los desvíos…

Surge ahí el término deserotización. Una psicóloga argentina, Diana Sahovaler de Litvinoff, fue algo radical a la hora de interpretarla: “Es la prohibición, el tener que luchar o trabajar por lo que se desea, lo que estimula y fortalece. Cuanto menos accesible permanece lo anhelado, incluso el ser amado, aumenta su valor. En cambio, cuando todo está ofrecido y a la vista, el efecto suele ser la deserotización”.

Es como si se difuminaran progresivamente los valores. La profesora e investigadora universitaria Carmen López Sáenz, escribió en “La crítica de la racionalidad tecnológica en Herbert Marcuse”, que “se ha producido la deserotización de la vida, la restricción del placer, la reducción de la líbido a un impulso parcial especializado… La autonomía y la reflexión han desaparecido por completo”. Los jóvenes a los que nos referimos -no todos, por fortuna: la generalización sería manifiestamente injusta- no encuentran encantos. Es decir, en sentido figurado, no hallan los estímulos, la excitación sexual en los valores o en las motivaciones que se supone deben impulsar su quehacer.

Hay otra explicación ilustrativa, la del filósofo italiano Franco Berardi, quien denunció la deserotización de la vida cotidiana: “Es el peor desastre que la Humanidad pueda conocer porque el fundamento de la ética no está en las normas universales de la razón práctica sino en la percepción del cuerpo del otro como continuación sensible de mi cuerpo”. No hay empatía, sostiene, para ser conscientes de que tu placer es mi placer y tu sufrimiento es mi sufrimiento. Si no hay capacidad para esa empatía, o sea, una comprensión erótica del otro, difícilmente se estará en condiciones de avanzar, de posicionarse con ánimo de descubrir atracciones.

A ver si es verdad que la crisis y sus restricciones propician opciones y oportunidades erotizadas.

(Publicado en Tangentes,número 53, diciembre 2012).

sábado, 15 de diciembre de 2012

AÑO NUEVO, ¿BIBLIOTECA NUEVA?


Responsables del gobierno municipal han declarado que la nueva biblioteca, emplazada céntricamente, en la intersección de las calles Pérez Zamora y el tramo peatonal de Puerto de Viejo, abriría sus puertas el próximo mes de enero. De ser así, el año se estrenaría con esa dotación, tan necesaria por razones obvias pero, especialmente, por lo que solventaría a muchos estudiantes e investigadores portuenses que, no disponiendo de recinto adecuado, han de trasladarse a municipios limítrofes para cumplir sus encomiendas.
            De consumarse la apertura y entrada en funcionamiento de la biblioteca, hay motivos para congratularse. Demasiados meses con la obra completamente terminada sin que se atisbara la solución. Tantos meses que hasta cabe pensar en que esa situación prolongada terminaría deteriorando de tal forma el interior que precisaría de una inversión complementaria para reparar y dejar las estancias en perfecto estado de uso. El único avance registrado desde el final de las obras es la retirada de aquellas vallas metálicas que afeaban el paso por la vía peatonal citada, de modo que la imagen del Gran Poder de Dios pudo procesionar el pasado mes de julio sin ese “obstáculo”.
            Poderosos deben ser los motivos por los que la nueva biblioteca no ha sido abierta. Queremos pensar que han sido explicados en el seno de la corporación municipal. Cualesquiera que sean, el gobierno local ya debía haber gestionado para desbloquear, certificar o pagar. Máxime, cuando se han registrado reivindicaciones que, eso sí, no encontraron el eco esperado, lo que debe preocupar más, según hemos escrito, porque esa insensibilidad social por toda respuesta es un síntoma de despreocupación o de resignación que poco dice a favor de la inquietud cultural de un pueblo. En otra localidad, con las ganas que tiene el personal de exteriorizar una protesta, seguro que hubiera tenido otro reflejo.
            Pero no cayeron en saco rato aquellas llamadas de atención por parte de Juventudes Socialistas y otras organizaciones que se sumaron porque de algo habrán servido. La causa merecía las penas de haber hecho convocatorias, pese a que no fueran correspondidas como se esperaba. Que la ciudad, a estas alturas, no disponga de una biblioteca moderna y digna, o que siga exponiendo públicamente -en una zona tan transitada- las vergüenzas -ya polvorientas- de una edificación de uso comunitario completamente vacía, es un descrédito y una expresión de abandono e impotencia que, prolongada en el tiempo, tendrá en aquellos antecedentes un latido a recordar en la historia de la dotación.
            Un latido de disconformidad que ojalá cuaje hasta lograr el ritmo cultural que la ciudad tuvo hasta hace no mucho tiempo.
            Dicen que 2013 será el año de la nueva biblioteca. Que lo veamos cuanto antes.

                                                           

martes, 11 de diciembre de 2012

PROTESTA DE DEPENDIENTES


Pocas imágenes tan impactantes como las de hace un par de domingos: centenares, miles de discapacitados recorrían las calles de Madrid, desafiando las inclemencias y otras circunstancias inherentes, exteriorizaban su protesta o su disconformidad por las restricciones presupuestarias que también sufrirá la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de Dependencia. Eran desgarradores algunos testimonios y hasta los vacíos en sillas de ruedas, por imposibilidad física de estar presentes sus usuarios, eran un clamor. Ciertamente, es probable que hasta los más duros e indolentes no pudieran reprimir la emotividad que las imágenes inspiraban.
            No era, desde luego, una protesta cualquiera, una más. Era la de quienes, al cabo de cinco seis años, empiezan a verse desprotegidos nuevamente después de haber encontrado una cierta comprensión y dispuesto de algunos soportes para sobrellevar sus condiciones de discapacidad o dependencia. Han sido, si se quiere, tímidos avances sociales, pero también las primeras señales claras de sensibilidad a favor de una humanización en el tratamiento de estas personas que, en sí misma, fuera una respuesta digna en épocas de adelantos tecnológicos.
            Las señales se apagan. Las reducciones de gasto público o la imposibilidad de sufragar los compromisos adquiridos condicionan -en buena medida, hasta su desaparición- tales avances plasmados en nuestro país en la popularmente conocida como Ley de Dependencia. El rumbo de las políticas sanitarias señalado por el Partido Popular allí donde gobierna tiene el norte claro de las privatizaciones, más o menos encubiertas, y se empieza a notar (una paciente de la citada manifestación contaba cómo pagaba de su bolsillo las sondas que utilizaba tres veces al día), por mucho que algunos discursos reiteren hasta la extenuación que tales privatizaciones de la sanidad pública no repercuten en la calidad de los servicios que se prestan a los pacientes. Hasta resulta irrelevante que en campaña o programa electoral dijera lo contrario.
Nada se tiene en contra de la sanidad privada pero, tal como evolucionan las cosas, se corren riesgos de que termine convirtiéndose en un negocio, en una mercancía. Y claro, si la puedes pagar, bien. Pero si no, ¿cuáles son las esperanzas o las alternativas? Admitido que el mantenimiento de un sólido sistema público de la dependencia es complicado en época de vacas flacas, tampoco es cuestión de resignarse. De ahí que cada vez resulte más apremiante saber priorizar y gestionar adecuadamente los recursos disponibles. En el fondo, es la clave para diferenciar los modelos de atención sanitaria.
              

lunes, 10 de diciembre de 2012

OTRA SUBIDA: EL RECIBO DE LA LUZ. Y VAN...


Nada ni nadie impedirán que el Senado apruebe esta semana la Ley de Medidas Fiscales para la sostenibilidad energética que viene a ser algo así como la norma que regulará los impuestos a la generación eléctrica. Para decirlo con claridad, el recibo de la luz se incrementará en un 20% para las familias y entre el 8 y el 13% para las empresas, o lo que es igual, sobre los consumidores recaerá esta subida de impuestos cifrada, aproximadamente, en un 80%. Casi nada.
            A la Ley no sólo se oponen el PSOE y la práctica totalidad de los grupos parlamentarios sino la mismísima patronal (CEOE), sectores industriales del país, las empresas específicas de energías renovables y del gas y las organizaciones de consumidores. Será el remate de un año complicado y a duras penas soportable desde el punto de vista tributario. Pero ya ven, quienes en su día dijeron que en época de crisis no se debía subir impuestos, ahora hacen justamente lo contrario. Les da igual. Lo harán por el bien de España, dirán. O que es inevitable. Sin arrepentimiento de engaño, claro. Pero esta vez ni los aliados empresariales están de su parte: el presidente de la patronal de las eléctricas, Eduardo Montes, ha llegado a declarar que elevar en un punto, del 6 al 7%, el gravamen a la venta de electricidad, significaría poner en peligro la viabilidad del sector.
            Todo da a entender que estamos ante una medida que acentúa una voracidad recaudatoria insaciable. El Gobierno, en efecto, pretende incrementar la recaudación del sistema y taponar el denominado “déficit tarifario”, generado por el simple hecho de que los ingresos no son suficientes para cubrir o equilibrar los costes de producción. La norma, por cierto, consigna otros tributos específicos para el uso del gas natural, las aguas continentales o los residuos nucleares.
            A los consumidores, desde luego, se les pone en un brete. La factura de la luz se vuelve a disparar (es una de las más altas de Europa) mientras que todos los avances en materia de energías renovables, ecológicas y producidas en el territorio nacional parecen literatura inservible. Cabe preguntarse por la utilidad de esta medida si no enjuga el “déficit tarifario”. Está claro, por otro lado, que si aumentan los costes de producción, la competitividad de la industria también se ve afectada y dañada.
            Para colmo, dicen los expertos que esta Ley no aporta nada a la lucha contra el cambio climático ni protege especialmente el medio ambiente. Es más, alguno señala que penaliza las llamadas tecnologías limpias.
            Por eso, no es de extrañar que algunos sectores reivindiquen un nuevo modelo energético para España, hasta hace unos años una potencia mundial -o eso teníamos entendido- en la fabricación, instalación y exportación de varias modalidades de energías renovables. La atracción de inversiones, la creación de empleo en un sector con futuro y el abaratamiento de los costes energéticos parecían al alcance.
            Pero se ve que hay intereses muy poderosos. Intereses que vuelven a poner a los ciudadanos y consumidores en el potro del sufrimiento. Les condenan.

OTRA SUBIDA: EL RECIBO DE LA LUZ. Y VAN...


Nada ni nadie impedirán que el Senado apruebe esta semana la Ley de Medidas Fiscales para la sostenibilidad energética que viene a ser algo así como la norma que regulará los impuestos a la generación eléctrica. Para decirlo con claridad, el recibo de la luz se incrementará en un 20% para las familias y entre el 8 y el 13% para las empresas, o lo que es igual, sobre los consumidores recaerá esta subida de impuestos cifrada, aproximadamente, en un 80%. Casi nada.
            A la Ley no sólo se oponen el PSOE y la práctica totalidad de los grupos parlamentarios sino la mismísima patronal (CEOE), sectores industriales del país, las empresas específicas de energías renovables y del gas y las organizaciones de consumidores. Será el remate de un año complicado y a duras penas soportable desde el punto de vista tributario. Pero ya ven, quienes en su día dijeron que en época de crisis no se debía subir impuestos, ahora hacen justamente lo contrario. Les da igual. Lo harán por el bien de España, dirán. O que es inevitable. Sin arrepentimiento de engaño, claro. Pero esta vez ni los aliados empresariales están de su parte: el presidente de la patronal de las eléctricas, Eduardo Montes, ha llegado a declarar que elevar en un punto, del 6 al 7%, el gravamen a la venta de electricidad, significaría poner en peligro la viabilidad del sector.
            Todo da a entender que estamos ante una medida que acentúa una voracidad recaudatoria insaciable. El Gobierno, en efecto, pretende incrementar la recaudación del sistema y taponar el denominado “déficit tarifario”, generado por el simple hecho de que los ingresos no son suficientes para cubrir o equilibrar los costes de producción. La norma, por cierto, consigna otros tributos específicos para el uso del gas natural, las aguas continentales o los residuos nucleares.
            A los consumidores, desde luego, se les pone en un brete. La factura de la luz se vuelve a disparar (es una de las más altas de Europa) mientras que todos los avances en materia de energías renovables, ecológicas y producidas en el territorio nacional parecen literatura inservible. Cabe preguntarse por la utilidad de esta medida si no enjuga el “déficit tarifario”. Está claro, por otro lado, que si aumentan los costes de producción, la competitividad de la industria también se ve afectada y dañada.
            Para colmo, dicen los expertos que esta Ley no aporta nada a la lucha contra el cambio climático ni protege especialmente el medio ambiente. Es más, alguno señala que penaliza las llamadas tecnologías limpias.
            Por eso, no es de extrañar que algunos sectores reivindiquen un nuevo modelo energético para España, hasta hace unos años una potencia mundial -o eso teníamos entendido- en la fabricación, instalación y exportación de varias modalidades de energías renovables. La atracción de inversiones, la creación de empleo en un sector con futuro y el abaratamiento de los costes energéticos parecían al alcance.
            Pero se ve que hay intereses muy poderosos. Intereses que vuelven a poner a los ciudadanos y consumidores en el potro del sufrimiento. Les condenan.

viernes, 7 de diciembre de 2012

CUANDO LOS PAYASOS ACTUARON EN EL PARQUE


El fallecimiento, el pasado mes de noviembre, de Emilio Aragón Bermúdez, popularmente Miliki, uno de los payasos de la tele, nos ha hecho recordar la célebre actuación de éstos en el parque San Francisco en los últimos días de octubre de octubre de 1984. Se han cumplido, por tanto, veintiocho años de un rotundo éxito de la convocatoria patrocinada por la entonces denominada Caja General de Ahorros de Canarias.
Ofrecieron dos sesiones, una de ellas no prevista. Pero era tal la demanda que repitieron. Autobuses llegados de numerosas localidades tinerfeñas complicaron la circulación aquella tarde. El aforo del recinto se llenó. Entre cuatro y cinco mil almas infantiles pudieron seguir el espectáculo. Muchos niños se quedaron sin poder entrar. Y no faltaron lágrimas, claro.
La popularidad de los payasos de la tele era extraordinaria. Aquella pregunta, tantas veces repetida, “¿Cómo están ustedes?”, pudo escucharse en directo en el ya viejo recinto de la calle Agustín de Bethencourt. Fofito (hijo de Fofó, Alfonso Aragón Bermúdez) y su hermano Rody se habían incorporado al trío original, compuesto por Gaby, Fofó y Miliki.
“Había una vez un circo” fue el tema más coreado. Los periódicos de la época publicaron, el 31 de octubre de aquel año, referencias de aquel acontecimiento. El Día, en crónica de su corresponsal, señaló: “Sus canciones más populares y conocidas, sus bromas y chistes, sus juegos inundaron el escenario del parque y lograron que los niños se divirtieran con un espectáculo pensado y realizado para ellos. Los payasos Gaby, Miliki, Fofito y Rody demostraron en el Puerto de la Cruz que saben hacer reír a los niños tanto por la tele como en directo”.
Por su parte, Diario de Avisos, bajo el título “Éxito resonante”, con una gran foto que plasmaba el lleno absoluto del parque San Francisco, publicó: “Miles de niños vivieron momentos de gran alegría… Con artistas así, el éxito está más que asegurado”.
Fue, sin duda, una velada extraordinaria que ha sido evocada por unos cuantos portuenses que, siendo niños, disfrutaron de ella, hace nada menos que veintiocho años.

jueves, 6 de diciembre de 2012

ANIVERSARIO EN LA FRACTURA

Tal día como hoy, hace treinta y cuatro años, acudíamos a las urnas. Era una consulta decisiva para avanzar. Un sí o un no. Había que darlo para que se siguieran abriendo ventanas o para que siguieran cerradas a la libertad y al pluralismo. Decidieron los españoles. Nos dimos una Constitución, la Constitución. Y desde entonces -ya van más de tres décadas- avanzamos. A duras penas, pero avanzamos. Y cada 6 de diciembre, tenemos en cuenta una fecha para la historia del país y para el devenir de los españoles. Quienes vivimos aquel trance somos conscientes de lo que significó.
Y al cabo, treinta y cuatro años después, con el evidente predominio de una crisis que desborda, la conmemoración se revela preocupante: la ciudadanía anda desmotivada, rechaza la política, no cree en quienes se dedican a ella, está harta de la corrupción... Hay un clima de pesimismo que todo lo invade. Para colmo, las discrepancias políticas se ahondan, hasta el punto de que, en algunos casos, parecen insalvables.
La fractura social en este país es evidente. De ahí que, entre unas cosas y otras, se palpe la insatisfacción. Hasta con el propio modelo 
constitucional. En una encuesta reciente, más de la mitad de la población consultada asegura sentirse poco o nada satisfecha. En esa misma encuesta -dato preocupante- tres cuartas partes de quienes respondieron revelan su descontento con el Estado de las autonomías. Menos mal que casi un 42% valora las garantías de libertad que inspira la Cartamagna.
En fin, treinta y cuatro ya de la Constitución de 1978. Difícil concretar el antídoto del pesimismo o del escepticismo pero que  hay que recuperar el diálogo y renovar energías, seguro. Sobre todo, porque ciertas amenazas acechan expectantes.

martes, 4 de diciembre de 2012

PANORAMA DESDE EL PUENTE


Total, ¿qué es una raya más para un Gobierno incumplidor? Total, ¿qué más da traspasar la supuestamente línea gruesa roja gruesa de las pensiones si con las anteriores medidas no sólo se han ganado elecciones sino que se ha resistido con toda dignidad y, encima, el socialismo no remonta? Total, ¿qué va a pasar si ahora no se revalorizan aquéllas y se revisa en sentido contrario el año próximo, más cerca de la cita electoral y así queda más fresca en la memoria?

Lo había anunciado por activa y por pasiva, lo había dicho por todos los rincones y plazas, lo había sostenido en todos los discursos, en todas las entrevistas y en todas las intervenciones. Pero Mariano Rajoy ha sucumbido e igual que incumplió con el abaratamiento del despido, con el incremento de los impuestos, con el copago sanitario y con la reducción del desempleo, lo ha hecho ahora con la revalorización de las pensiones. Las pensiones eran el último clavo, la última baza para acreditar que lo intocable era lo intocable; pero un nuevo golpe a la hucha de las pensiones en un solo año revela lo desbordado que está el ejecutivo al que le valen la paciencia, la pasividad y de desmemoria de la ciudadanía para seguir escapando. Es difícil encontrar un gobernante que haya mentido más, que más haya hecho lo contrario de lo que había previsto. En efecto, hemos asistido durante el primer año de la legislatura a una auténtica contorsión de la realidad.

No es de extrañar que hasta empresarios afines a la causa sigan frunciendo el ceño del malestar y de la duda. El derechío mediático, impasible el ademán. Aunque ha de hacer esfuerzos cada vez más notables para invertir o sesgar las situaciones, negándose a evidenciar que por este camino, el de la austeridad pura y dura, el de las restricciones sin anestesia, no se avanza ni se satisfacen las demandas ciudadanas. Hasta la manida herencia ya flaquea: las pensiones han perdido más en el año de gobierno de Rajoy que en toda la era Zapatero. El algodón no engaña: durante el mandato del ejecutivo popular, las pensiones ya se han devaluado 1,9 puntos porcentuales. Con razón la ministra de Empleo ha dicho que se trataba de una de las decisiones más complicadas y dolorosas que han adoptado. Anunciarla tras el consejo de ministros y defenderla ahora en el Congreso de los Diputados es un ejercicio circense: más difícil todavía. Presentarse ante la ciudadanía y ante la representación del pueblo después de haber incumplido tanto y buscar argumentos para justificarse es muy meritorio.

Pero puede que también muy vano, vista alguna clasificación periodística del exterior y el mantenimiento de las constantes de protesta y rechazo popular que se suceden en el país, especialmente en torno a la sanidad y la asistencia social. La credibilidad del presidente Rajoy y la de su Gobierno está bajo mínimos, muy mermada. En el manual estará lo de insistir (en el caso de las pensiones, inevitable medida para cumplir con los objetivos del déficit, Fátima Báñez dixit), pero que en este país, entre incumplientos serios y de fondo y ahora la pérdida del valor adquisitivo de las pensiones, estamos asistiendo a una fractura social como no se había imaginado, es una evidencia que, salvo milagro o giro de trescientos sesenta grados, permite divisar un desolador panorama desde el puente.

lunes, 3 de diciembre de 2012

DE PARCHES


Es bastante complicado el asunto de los desahucios, elevado a la categoría de drama social, con resultados trágicos en algunos casos. La sociedad ha reaccionado, ha enseñado una vena solidaria como no suele hacerlo y ha despertado conciencias políticas demandando y forzando soluciones que, desde el ángulo político, por ahora, no llegan, al menos de forma estable para despejar las incertidumbres que siguen caracterizando el problema.

El Gobierno, agobiado y desbordado, pero con su mayoría 'absolutista' y el apoyo puntual de Unión, Progreso y Democracia (UpyD), aprobó días pasados una medida consistente en prolongar durante dos años la estancia en su vivienda de quienes la habitan con avisos de ser desahuciados. Debe ser considerablemente retrictiva cuando, según los primeros cálculos, el número de familias que podrían acogerse es bastante inferior al de las cuales no van a poder beneficiarse. Se trata, pues, de una moratoria que huele a parche con el que se alivia pero no se resuelve la situación. Porque no se frena el proceso de desahucio que esté en trámite. Y porque no se paraliza el aumento de la deuda hipotecaria ni se impide la pérdida de la propiedad de la vivienda. Las soluciones a problemas socialmente injustos que se han ido multiplicando entre miles de personas y familias que aparecen envueltas en complicados trances de desigualdad procesal y contractual y han de afrontarlos, sin recursos y con todas las puertas cerradas prácticamente, ante los bancos, muchos de los cuales son deudores del Estado, las soluciones -decíamos- se van configurando cada vez más difíciles si tenemos en cuenta la disparidad política, la rigidez bancaria y las propias circunstancias de la recesión que ennegrecen el horizonte.

De poco sirve ya lamentarse de que bancos y cajas, durante años, concedieran créditos hipotecarios sin garantías de que iban a ser abonados. Como de escasa utilidad ha resultado aquel Código de Buenas Prácticas sobre Desahucios que aprobó el ejecutivo de Rajoy en la primavera pasada con el fin de propiciar la dación en pago. Su aplicación era voluntaria para los bancos. Cuando sólo se han registrado cuarenta y dos casos de esta figura, según datos facilitados por el propio ministerio de Economía, poco o nada se ha avanzado en la solución del problema. Desde ahí se aprecia también el olor a parche.

Todo da a entender que es necesario introducir importantes modificaciones en la normativa, especialmente en la Ley Hipotecaria. Dada la dimensión del drama, y aún contando con que no va a disminuir la tensión social, ni por ésta ni por otras causas, cabe exigir el máximo consenso posible en el proceso legislativo. Hay que pensar en una Ley que conceda más tiempo a los hipotecados para pagar su deuda cuando no puedan afrontarla por causas sobrevenidas. Y que, por tanto, garantice que por tal razón nadie podrá ser desalojado de su vivienda. Es decir, consenso para una norma estable a largo plazo. Que esté clara para las partes, bancos incluidos, a ver si así se aflojan sus escrúpulos.
Lo contrario sería prolongar la agonía. Inquieta la duración de los parches. De aquí a dos años, la legislatura debe estar agotada y es como si se dejara la asignatura para ser dirimida en la próxima convocatoria electoral, aunque bien mirado, obligará a los partidos a elaborar una oferta programática en este asunto que les debe servir, teóricamente, para recuperar fiabilidad. Pero dos años puede ser muy largo tiempo. La agonía significará ver a entidades bancarias o financiera en trance de ser más flexibles porque así se lo ha pedido el poder político. Flexibilidad equivale a renegociar. Pero como las restricciones gubernamentales no cesan, como las previsiones son negativas y como las exigencias de organismos externos apremian, el panorama sigue siendo desolador: habrá más desahucios porque habrá más desempleo.

O sea, que la tragedia social sigue su curso. Y sin techo para muchos.

sábado, 1 de diciembre de 2012

RESURGIMIENTO CROMÁTICO


Si convenimos en que las tradiciones son ideas acompañadas de un sentimiento de certeza, esta nueva entrega de Celestino Mesa refleja de forma meridiana su pensamiento pictórico. Y como le da igual plasmarlo en óleo que en acuarela, técnicas en las que exhibe una luminosa precisión, su obra recupera, renueva y exalta la visión pura y esencial de costumbres y actividades de otro tiempo. Las que no han sobrevivido, las que han sido sustituidas por avances y técnicas modernistas, las que engrosaban un rincón  olvidado de la historia han encontrado en los pinceles de Mesa un  destacado resurgimiento cromático.

        Es la certeza del pintor que va agregando elementos divergentes que estimulan la asociación. Y es que lo que hoy es tradición, un día fue novedad. Artista de la luz y del sentimiento, como le definiera Javier de la Rosa, miembro de las asociaciones española e internacional de críticos de arte, Celestino Mesa desgrana sus figuras en una paisajística heterogénea y espléndidamente interpretada, ya sea en plena recolección de productos naturales en terrenos agrícolas, en las faenas de la vendimia, en la siega de los trigales o en los frutos del mar llegados al litoral tacorontero.

        Porque siempre fue un artista pegado al medio, hoy vuelve a aparecer quien imprime a la escena campesina o rural un peculiar sello de luz que ha actuado casi como foco obsesivo de su quehacer, de su plástica delicada, siempre atractiva. Escribió el orotavense Juan del Castillo que “Celestino, todo lo que sabe, lo ha aprendido mirando a la isla”. Le sitúa en la larga nómina de pintores del norte: “Paisaje verde y perfumado, colorido alegre, manchas sensuales y luminosas”.

        Esa mirada es decisiva no sólo para profundizar y perfeccionar “trabajos llenos de reminiscencias ancestrales del tipismo canario”, como atinadamente los enfocara el crítico Joaquín Castro San Luis cuando contempló la serie “Senderos de luz y agua”, hace ya casi catorce años, sino para que sus creaciones cobren vida con la hermosura de quien se esmera en propiciarla y reflejarla.

        La mirada isleña de Celestino desparrama trazos sutiles y espontánea frescura. “Lavando gotea el agua sobre las acuarelas”, dice  De la Rosa tras la breve y gráfica descripción de aquellas estampas que sustancian una licencia para la nostalgia, “las ñameras abanicando el tiempo y el musgo rodeando el agua muerta”, y envuelven la atmósfera canaria que tanto gusta atribuir al pintor prácticamente a lo largo de toda su trayectoria, esta vez “con aroma a espliego y lavandas”.

        Esa mirada hace que los cuadros de Celestino Mesa sean también un canto al territorio, al pico, a la vegetación, a cierta fauna, al Atlántico, a la orografía, a las formas rocosas y al silencio inmortal de los barrancos. Un canto que se proyecta desde Tenerife y acompaña a las manifestaciones romeras y fervorosas, impregnado de policromía a veces desenfadada, a veces más rigurosa. Las cepas de la vendimia, la recolección de higos adheridos a las verdes tuneras, la limpieza de las liliáceas y la separación de las mazorcas en plena azotea, desde donde se otean las techumbres inconfundibles que resisten el paso del modernismo constructivo, reflejan la serena y luminosa armonía de su vena pictórica.

        El autor se funde con lo lúdico y lo religioso, con el trabajo y la diversión, con la naturaleza y los recursos derivados que se hicieron usos sociales durante muchos años para enriquecer el acervo y contribuir a los rasgos identitarios. Es como si hubiera tomado al pie de la letra aquel planteamiento del periodista y político colombiano, dos veces presidente de su país, Alberto Lleras Camargo: “Un pueblo sin  tradición es un pueblo sin porvenir”.

        Es una fusión vitalista, la inspiración materializada sobre el lienzo, el feliz resultado tras la búsqueda incesante de actividades y elementos que arraigaron en amplios núcleos de población y en ámbitos que Mesa ha rescatado con donosura de artista consumado para hacer más valiosa aún la etnografía isleña.

        Rafael Gómez León, maestro y director de la revista especializada “El Pajar”, es autor de un excelente trabajo de investigación que llevó a cabo al comisariar aquella recordada exposición “El agua, de la fuente a la talla”. Cuando escribe que “Suele ser poco frecuente o por lo menos inusual que elementos de lo cotidiano, de nuestra vida, adquieran el rango de material de exposición. Que determinadas estampas de nuestro pasado más reciente puedan seguir presentes en nuestras retinas, o por lo menos, contribuir a hacerlas añorar de nuestro subconsciente”, está condensando -sin querer, naturalmente- esta producción de Celestino Mesa con la que, siguiendo su relato, “podremos valorar colectivamente el trabajo y el día a día de las generaciones que nos precedieron, contribuyendo a configurar parte de nuestra entidad como pueblo”.

        Ahí están, en efecto, recuerdos y sentimientos “en los que -por seguir estas ideas de Gómez León, recopiladas desde la información oral- se esconden años de gran dureza y miseria. Donde, de generación en generación se transmiten usos y costumbres de nuestros viejos, nuestro folklore, la tradición oral, el respeto a nuestro entorno…”.

        Las acequias, los lavaderos públicos (tres había en la Villa: uno, en La Piedad; otro en la calle San Francisco y otro en Santo Domingo), lugar de cita de jóvenes lavanderas que, entre cantares y romances, pasaban las largas horas de labor, los chorros de abasto, las albercas… son, entre otros, elementos del patrimonio hidráulico una de cuyas manifestaciones Celestino Mesa ha querido refrescar o “lavar”, por emplear el mismo verbo que da título a su colección, tan plena de luz y sentimiento como ya hemos dicho, tan llena de querencias que termina emocionando, incluso en cualquiera de sus recreaciones.

        Acertó el profesor Manuel Pérez Rodríguez cuando advirtió en la pintura del artista “los más sutiles perfiles del paisaje nivariense” y cuando sentenció que era “ecológica, sentida y canaria”. Esas cualidades perviven en esta serie, una licencia para la nostalgia, como quedó dicho,  pero también una concesión al costumbrismo y al naturalismo que precisan ser aireados.

        “Porque la verdadera tradición no emana del pasado; ni está en el presente ni en el porvenir; no es sirviente del tiempo (…) La tradición no es la historia. La tradición es la eternidad”.

        Lo escribió hace muchos años Alfonso Rodríguez Castelao, uno de los padres del nacionalismo gallego, médico, dibujante y pintor para más señas. La cita es válida para dimensionar el sentido de la obra de Celestino Mesa: resulta que las tradiciones no son sirvientes del tiempo. Claro: son la esencia de la eternidad que alguien se ha encargado de darle forma pictórica.

        Lavarlas para inmortalizarlas. Esa es la conclusión.

     (Texto leído durante la presentación de la exposición de Celestino Mesa, "Lavando tradiciones", en el Liceo Taoro, viernes 30 de noviembre de 2012)