viernes, 11 de enero de 2013

LA SANIDAD, NEGOCIO SIN ESCRÚPULOS

En la cadena SER, hoy, desde temprano, van procesando la noticia: la empresa a cuyo consejo de administración pertenece Juan José Güemes, ex consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, se queda con la gestión de los análisis clínicos que él mismo privatizó. Güemes fue consejero entre 2008 y 2010, cuando Esperanza Aguirre presidía a los madrileños.
En la lentitud de la cola de la autopista, la reflexión es clara, por muy legítima y ajustada a derecho que haya sido la operación: interpretan la salud como una mercancía. Les da igual todo con tal de obtener beneficios.
La empresa a la que pertenece Güemes -informan en la SER- podrá ahora beneficiarse de la privatización que él mismo aprobó en 2009 y que justificó "por criterios de ahorro", ya que con la compra efectuada por su empresa Unilabs (que ha comprado por 5 millones de euros el 55% que el grupo Balagué tenía en la UTE) aumenta exponencialmente su red gestión de servicios públicos sanitarios ya que con anterioridad gestionaba los laboratorios del Hospital de Torrejón en Madrid y de los Hospitales de Denia, Torrevieja y Elche en la Comunidad Valenciana.
Ahora llegarán las justificaciones y las excusas. Da lo mismo: en pleno proceso de privatización de la sanidad madrileña, con una protesta y una resistencia dignas de admiración, esta información pone al desnudo que la asistencia sanitaria, para muchos, y especialmente para la insufrible derecha gubernamental, es un negocio. Y ahí está el copago del euro por receta como prueba más reciente.
Pero ésta de ahora mismo, la gestión de los análisis clínicos en manos de quien la privatizó, revela que, ya puestos, y con voracidad insaciable, hay que seguir y seguir.
Después se quejan de que algunos hablemos de mayoría absolutista. Y de que la gente, profesionales a la cabeza, compruebe que no tienen escrúpulos y exteriorice su repulsión.
Al hecho (privatización) y a los métodos, por supuesto.



jueves, 10 de enero de 2013

LA NOBLEZA DE LORENZO SOSA

Tenía Manolo don de gentes. Atento, respetuoso, servicial, observador… Desde que le conocimos, allá por los años setenta, cuando se acercó al mundo de la comunicación y empezó a invertir en los medios su pasión por el deporte, especialmente durante los fines de semana, pudimos contrastar su predisposición, sus afanes, sus inquietudes.


Desde entonces, proyectó el nombre de su Villa amada. Porque era un enamorado de La Orotava, de su costumbrismo, de sus medianías, de su tipismo y de sus solemnidades. Del Camino Polo y de El Rincón. Ya lo hacía desde su etapa de eficaz y probo dependiente en el período floreciente del comercio tradicional villero. Y luego, cuando se hizo con un espacio en prensa, radio y televisión, trabajando denodadamente, a menudo por amor al arte, con celo y con eficiencia.

Firmaba Lorenzo Sosa. Se llamaba Eleuterio Manuel. Todos le decíamos Manolo. Aquel Manolo de gafas negras, trajeado, que formó parte del inolvidable Grupo XDC que, en Radio Juventud de Canarias, constituyó un sólido trampolín de colaboradores y periodistas que se iniciaron en el medio y en la información deportiva. Manolo fue, junto a Antonio Expósito Mesa, la voz de la Villa, la de los resultados y crónicas dominicales. Puntual, dinámico, observador: del fútbol, baloncesto, lucha canaria, atletismo y otras disciplinas. Hasta que fue entrando en terrenos de información general y empezó a firmar crónicas de la actividad orotavense. Fue un corresponsal destacado. Y en Diario de Avisos tuvo a su cargo secciones de información deportiva.

Lorenzo Sosa, atraído por la política y la democracia, fue también miembro de la corporación municipal durante dos mandatos en representación del centrismo. También fue directivo de la Asociación de la Prensa Deportiva de Tenerife.

Después, volcó sus esfuerzos en el Liceo Taoro, del que llegó a ser presidente. Se esmeró en una gestión que se caracterizó por el impulso al quehacer cultural. La organización de la romería de San Isidro fue una de sus principales inquietudes. Participaba como uno más, vestido de mago, entre la seriedad de su fisonomía y la bondad de su carácter, también apreciadas cuando colaboraba con los alfombristas del Corpus y cuando asistía como cofrade a las procesiones y actos religiosos de la Villa.

Pero los medios le seguían atrayendo. Así, no fue ajeno al fenómeno de las televisiones locales y en una de ellas, Tele 21, que emitía desde Tacoronte, dirigió programas y coordinó tertulias. Sus participantes seguro que le recordarán como un hombre tolerante que daba mucho juego y que sabía moderar.

Su última etapa fue en Gente Radio, una emisora afincada en el Puerto de la Cruz. Con José Antonio Reyes, su propietario, mantuvo, pese a los quebrantos de salud, el compromiso de realizar un magacín diario, matutino o vespertino, según las necesidades de la emisora o de su propia disponibilidad. En estos años tomó el pulso a la actualidad y ante sus micrófonos desfilaron representantes de partidos, grupos políticos, organizaciones cívicas y a menudo oyentes, a los que daba paso para conocer sus demandas y sus impresiones.

Después de larga y penosa enfermedad, Lorenzo Sosa, Manolo, ha dejado de existir. A quienes le conocimos, nos va a doler esta ausencia pues sabíamos de su oficio y de su discreción para ejercerlo. Pero, sobre todo, de su nobleza, exaltada por su discreción. La Orotava se queda sin una de sus voces más características. Claro que le recordaremos.





miércoles, 9 de enero de 2013

SENCILLAMENTE, MALA IMAGEN

Sería bueno comparar las audiencias de los programas deportivos en televisión, en su inmensa mayoría con contenidos futbolísticos, con los registros de los espacios radiofónicos nocturnos, esos con los que desde hace un montón de años se ponía punto final a la jornada laboral, para irse a la cama o para estar a la última en el plano deportivo. Comparar más que nada para comprobar si, en la coincidencia horaria, están arrebatando oyentes y están produciendo un vuelco en los hábitos sociales. Si así fuera, la primera duda que salta es si la radio está perdiendo esa batalla, al menos en tal franja horaria.


Pero la impresión es más bien la contraria. La radio, por muy convencionales y tradicionales que sean sus fórmulas, sigue atrayendo y sigue convocando, no sin esfuerzos de mejora tecnológica y de aciertos en la producción para disponer -si es posible, en directo- de los más relevantes testimonios: goleador, parada, expulsado, actuación brillante, destitución, decisión de dirigentes… Ese directo (desde zona mixta, autobús o avión), ese post partido en el contexto de la inmediatez, ese tercer tiempo en el que acabada la tensión y la pasión hay que dar paso al primer análisis, aún frescas las percepciones y no maniatadas por los mensajes y titulares que pudieran condicionar los juicios, constituyen reclamos suficientes como para continuar decantándose por el medio radiofónico.

Sobre todo, cuando la alternativa televisiva no da para mucho más que algunas discusiones que invitan a apagar o a cambiar de canal. Discusiones que, a menudo, no están siquiera sustanciadas en imágenes que se van comentando. Pierden el norte algunos intervinientes: hablan al unísono, irrespetan los turnos que teóricamente el moderador establece, discrepan de malas formas y hacen gala de un sesgo digno de mejor causa. Olvidan que están en pantalla y que todo ese comportamiento está siendo visualizado. Con razón muchos telespectadores desisten.

Porque si se trata de enganchar, de mantener la atención, hay otros esquemas. El diario El País lo planteaba el mes pasado como un dilema: las tertulias futbolísticas de la tele se hacen al toque o a pelotazos, señalaba un titular, es decir, las opiniones se expresan con mesura y sosiego, de la forma más razonada posible; o con el griterío y la desproporción de quienes se comportan como auténticos fanáticos haciendo ver de forma descarada las inclinaciones. El término medio o lo más próximo a la ecuanimidad y el equilibrio, como que no existe.

Allá cada medio con su filosofía, naturalmente. Con sus métodos para competir. Las cuentas de resultados determinarán, más allá de las preferencias de los televidentes cuya heterogeneidad es consecuente con las preferencias. Moviéndose en unas cuotas de pantalla cuya media no alcanza el 3%, la sensación es que no incentivan al gran público específico, salvo en contadísimas ocasiones.

Lo peor es que se desnaturalizan los contenidos y las propias fórmulas de debate o tertulia utilizadas. Más tarde o más temprano, aparecen las sinrazones y los personalismos entrecruzados a bases de epítetos o acusaciones que no se sostienen. El ¡y tú más! se convierte en moneda corriente. No interesa el criterio o la impresión sobre una disposición táctica o sobre el cambio de un jugador sino un vocablo despectivo, cuanto más grueso mejor. Por cierto, luego se permiten criticar severamente, hasta despedazarles, a algunos deportistas que no han tenido su día, se han excedido en incorrecciones o no se han conducido dialécticamente por el camino adecuado.

Creemos que lo deseable sería el análisis y la disección de lo ocurrido con una perspectiva tecnificada pero también desmenuzada desde otros enfoques, vinculados a hechos que no necesariamente tienen que haberse dado en la cancha. La primera la tienen profesionales, ex jugadores y técnicos que pueden aportar lo mejor de su experiencia. Queden en la otra vertiente las impresiones de periodistas y expertos que atesoren bagaje suficiente como para opinar sin tendenciosidad y sin apasionamientos fanáticos. Con respeto, sobre todo, que el fútbol no es una ciencia exacta.

Quizá los aficionados sigan decantándose por la radio, precisamente porque ese modelo, aunque no se vea o no lo palpe, está más al alcance. Y porque bastante cansados están ya de diatribas y dicterios en todos los órdenes como para tener que revivirlas y soportarlas en la pequeña pantalla después de cada partido o de cada jornada.

Sencillamente, mala imagen, ¿no?



martes, 8 de enero de 2013

NO SOLO SUELDO DE EDILES


Pasados los festejos, hay que poner manos a la obra de la reforma de la Administración Local, frenada en las últimas fechas del pasado año después de generosas expectativas que hacían presagiar si no lo mejor, al menos un acuerdo de máximos entre el Gobierno, la oposición y la representación institucional de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP). No ha fracturado la negociación pero los socialistas han hecho saber que, con el último documento enviado por los populares, aún mantienen distancias que no hacen vislumbrar un entendimiento total o definitivo.
            El caso es que unos y otros, prácticamente todos, incluso los alcaldes de otras formaciones políticas, convergen a la hora de señalar que, tal como evoluciona la crisis, es indispensable afrontar, con voluntad de sostenibilidad, una profunda y racional reforma administrativa en el ámbito local que ha visto cómo a lo largo de los últimos se han multiplicado los problemas, no sólo los de la financiación.
            Estos, unidos a una nueva delimitación de competencias, son, de hecho, los principales obstáculos para el entendimiento. Las partes, por otro lado, han de tener muy presente que la causa común en la que trabajan debe preservar los principios de autonomía que fortalezcan el propio tejido municipal y no debiliten las conquistas y las estructuras que han ido ganando desde abril de 1979, cuando se celebraron las primeras elecciones locales tras la reinstauración de la democracia.
            Se trata, en efecto, de encontrar nuevas fórmulas que permitan apreciar a los ciudadanos la eficacia y la utilidad de su centro de poder político más cercano. Son los propios munícipes quienes empiezan a dudar de tales cualidades, tal es el grado de merma de recursos y restricciones presupuestarias que se ha alcanzado a lo largo de los últimos años, el límite prácticamente para garantizar prestaciones básicas. Eso también ha influido, quiérase o no, en la desafección y en el descrédito que se han extendido entre la ciudadanía a la hora de relacionarse y mantener la credibilidad en la política.
            El municipalismo es consciente de este rechazo, a menudo exteriorizado demagógicamente, pero en el que late un fondo de descontento hacia al mantenimiento de ciertas estructuras públicas o hacia el régimen retributivo de alcaldes y concejales. Pero ojo, esa repulsa, en algunas casos comprensible, no debe ser interpretada o aprovechada para ir menguando libertades, conquistas y hasta representaciones democráticas. Esa austeridad en la que tanto se insiste, y que tanto se quiere aplicar en la esfera político-administrativa, no debe significar restricciones que hagan peligrar la propia calidad del sistema pluralista y de convivencia política. Cuidado, porque ahí puede llegarse a unas arenas movedizas de las que no sería fácil salir. Podrá ser el terreno más cómodo y hasta más deseable para determinada ideología o fuerza política pero, a la larga, el más gravoso y el más pernicioso para el sistema.
            De ahí que si hay que se deba seguir hablando del sueldo de ediles con absoluta transparencia porque es posible un consenso -es previsible un desmarque de los nacionalistas si con él mantienen un pulso- aun cuando haya diversidad de factores poblacionales o presupuestarios para alcanzar el acuerdo. Pero tal es la demanda de austeridad que llega desde la sociedad, que bastaría un gesto simbólico de los principales partidos para sosegar. Porque eso no va a resolver las carencias financieras de las corporaciones pero ayudaría a superar los abusos y a sobrellevar las quejas.
            Quejas que no son las únicas. Hay que dedicar atención también, por ejemplo, a las tentadoras privatizaciones de servicios prestados por las administraciones locales. Que entiendan los ciudadanos que está muy bien que sus representantes, dedicados por entero a la función pública, dispongan de unas retribuciones ajustadas a los tiempos que corren; pero que no es menos preocupante lo que tendrán que pagar en conceptos como atenciones a las toxicomanías, las dependencias, las asistenciales o los servicios socioculturales en caso de que sean gestionados de forma indirecta, entre otras razones porque privatizar no entraña mayor calidad ni eficiencia en la prestación.
            En fin, estas cuestiones, así como el papel de las mancomunidades como alternativa a la reducción/fusión de municipios, y la disminución del número de concejales en los consistorios, hacen pensar que la negociación será aún costosa y que hay ámbitos donde consensuar será un ejercicio que requiere, además de generosidad, la visión de futuro que propicie un régimen local moderno, estable y eficaz. 

lunes, 7 de enero de 2013

VENCER AL MARASMO


Se encuentra en trámite de información pública, cooperación interadministrativa y exclusión del procedimiento de evaluación ambiental estratégica (ver Boletín Oficial de Canarias 253, del pasado 28 de diciembre), el Plan de Modernización, Mejora e Incremento de la competitividad del Puerto de la Cruz a cuyo acto de presentación, en el pabellón de congresos del Taoro, tuvimos ocasión de asistir para contrastar, por un lado, los avances en los trabajos del Consorcio para la Rehabilitación Turística de la ciudad; y por otro, la falta de identificación que el sector parece dispensar a esta iniciativa sobra la que ya hemos dicho que es una suerte de último tren para intentar revitalizar el destino, hacerlo más competitivo y, de paso, transformar la ciudad, preparándola para el presente y para el futuro tras haber experimentado un período de decadencia. Hay que vencer al marasmo.
            Que nadie sea ajeno al procedimiento, que no parezca éste lejano o reservado sólo a tecnócratas y promotores de diversa laya. Está ahí, además de para cumplir normativas, para aprovecharlo, para exponer criterios e intentar introducir aquellas apreciaciones que, supuestamente, contribuirán a alcanzar los objetivos del Plan y, por ende, hacer una ciudad más atractiva y más confortable, apta para responder a las exigencias de los turistas y de sus propios habitantes. Sería bueno que el Consorcio insistiera entre los agentes del sector y entre los directamente afectados con la mayor difusión posible de los contenidos del Plan y con el estímulo de la participación, una manera directa de superar esas dudas, esos mohínes o muecas de recelo que emprendedores y profesionales hacen al terminar las reuniones para no expresar abiertamente su escepticismo o su incredulidad. El Ayuntamiento también debería implicarse más en ese campo después de haber superado los actuales gobernantes, según se desprende de sus manifestaciones públicas, los desafectos políticos que el Consorcio inspiraba.
            El Plan de Modernización, Mejora e Incremento de la competitividad, dicho de forma muy sintética, gira en torno a tres ejes: destino, promoción y gestión. La implementación del primero, concebida como línea estratégica, engloba varias actuaciones infraestructurales y dotacionales en el espacio público, esto es, en el litoral, en el casco histórico y también en Punta Brava. Hay que añadir la red de dotaciones cultuales y deportivas, además de la infraestructura de movilidad. En la misma línea estratégica, hay que consignar la rehabilitación y mejora de la planta de alojamiento así como las actuaciones en equipamientos privados.
            No sólo es una cuestión teórica, de planimetría y de enfoques tecnológicos avanzados que deslumbran en sesiones masivas: la ejecución del Plan -ya hablaremos de la financiación- comporta cambios sustanciales en la geografía urbana, en la movilidad y en el viario, en la remodelación urbanística y en las tipologías edificativas. Y eso obliga a estudiar y a mojarse. Y en la medida de lo posible, a identificarse.

sábado, 5 de enero de 2013

EXPECTATIVAS Y RÉMORAS


Estrena el año la ciudad con las expectativas puestas en el impulso que el Consorcio de Rehabilitación Turística pueda proporcionar al denominado Plan de Modernización, Mejora e Incremento de la competitividad. No es que el Consorcio esté haciendo un gran esfuerzo -fue creado precisamente para eso- pero teniendo en cuenta las circunstancias de todo tipo que concurren en el Puerto de la Cruz, hay que ponderar los intentos de sus responsables para lograr que sea una referencia sólida de la transformación que precisa el municipio en orden a revitalizar su condición de destino turístico diferenciado y superar los anquilosamientos que condicionan la superación de su decadencia.
Ganar confianza en el sector y hacer creíble la información que se vaya suministrando, basada más en realizaciones físicas o tangibles que en proyectos tramitándose, hasta lograr que el conjunto de la población se identifique con ellas y las haga suyas, es ahora el siguiente paso. Y que el Ayuntamiento se vuelque, que los gobernantes terminen de aportar todo el cariño que una iniciativa así se merece, sería otro avance significativo.
Hay hasta tres propuestas de actuación en ese Plan de Modernización. Una de ellas es la que contiene el Programa de actuaciones en el espacio público, que se identifica con la línea estratégica de implementación del destino. Incluye el programa una serie de actuaciones infraestructurales y dotacionales, entre ellas las que habrán de acometerse en el casco histórico.
Bajo esas pomposas titulaciones, aparece la realidad cotidiana, la que recorren a diario miles de nativos y turistas. Y es en dos o tres de ellas donde queremos detenernos porque requieren de una intervención rápida y porque el impacto estético y funcional de ahora mismo es muy poco favorable. Seguro que los responsables del Consorcio también habrán reparado en ello pero como quiera que andamos en fase de exposición pública, igual sirven estas consideraciones para mejorar esa realidad.
Ejemplo: el pavimento de algunas vías. El estado de la calle Doctor Ingram, por ejemplo, es vergonzante para ser una de las más transitadas en pleno centro de la ciudad. De la calle Cupido, en el tramo que desemboca en Valois-Punta de la carretera, por donde circulan a diario no sólo turismos sino guaguas y vehículos pesados, cabe decir que si ahora es un quebradero de cabeza para los conductores, cómo lo será cuando haya que levantarla para repavimentarla. Suerte que las lluvias no han causado mayor mella.
En pleno casco, el problema/drama de la estación de guaguas, de mayor dimensión, naturalmente, que el reasfaltado de vías. Deben estar sufriendo lo suyo los habitantes de los bloques de viviendas de Cruz del Pino. El cierre que se prolonga, la visible estampa de abandono y erosión que significa, hacen aún más complicado el problema.
Y por último, un asunto que no es competencia estricta del Consorcio pero que igual si recibe quejas o alegaciones haría bien en trasladarlas al gobierno municipal: la ocupación de la vía pública, esa ocupación anárquica y desproporcionada, con zonas por donde empieza a hacerse imposible transitar. Se ha desbordado, ha alcanzado en los últimos dos años niveles de auténtico descontrol. Ni ordenanzas ni nada parecen poder solucionar o paliar un problema que generará otros de mayor consideración -incluida la crematística- si no se pone freno a ese afán de tener en la vía pública un segundo local, hecho que confirma, por cierto, la revalorización del suelo en el Puerto de la Cruz.
El año se estrena así: con expectativas y con viejas y domésticas rémoras a las que hay poner fin, siquiera para que no parezca que seguimos sumidos en el abandono.

viernes, 4 de enero de 2013

CAUTELOSOS QUE HAY QUE SER


Tiene tantas ganas el Partido Popular de exprimir una buena noticia que va el ministro de Hacienda y señala que “algo se mueve en las entrañas de la sociedad española” a propósito del dato del descenso del desempleo en el mes de diciembre.
Antes, no. Antes, todas esas mareas, blanca, verde y negra, todas esas movilizaciones, todas esas protestas y todos esos rechazos -alguno, como el de los operadores judiciales, de llamativa unanimidad- no eran fruto de algo sembrado. Bueno, igual para Montoro, ni siquiera eran las entrañas.
Ahora sólo le ha faltado decir que la reforma laboral empieza a dar sus frutos. Pero ni los empresarios han querido alzar un poquito la voz para razonar que cincuenta y nueve mil personas menos en las listas del desempleo -nos alegramos por ellas, desde luego- son el fruto del incremento de la actividad en el sector servicios propio del mes de diciembre de cada año, coloquialmente conocido como la campaña navideña.
De modo que sería buena una moderación en los mensajes, que igual en enero, tras la cuesta, las entrañas han dejado de moverse, por seguir con el símil Montoro. Y sobre todo, porque en el conjunto anual de 2012, son más de cuatrocientas veintiséis mil personas (un aumento de 9,64%) las que pasaron a estar paradas, hasta superar los cuatro millones ochocientas cuarenta y ocho mil, una cantidad por supuesto escalofriante.
También sería recomendable esa mesura si tenemos en cuenta los registros de la Seguridad Social: unos ochenta y ocho mil cotizantes menos en diciembre con respecto al mes anterior; más de sesenta y tres mil, por cierto, profesionales vinculados a las prestaciones de la Ley de Dependencia que, por decisión gubernamental, dejaron de cotizar.
O sea, alegría por la reducción decembrina pero contenida. Nadie se cree que el ‘austericidio’, de buenas a primeras, haya causado efectos positivos. No: la contención y las restricciones seguirán estancando. Y como seguimos sin modelo alternativo, pues habrá que ser cautelosos, por muchas ganas que se tengan de estrujar un dato al que aferrarse para lanzar el ¡Viva Cartagena! que algunos conservan sin que se note demasiado.
Pero conservan.

jueves, 3 de enero de 2013

EL FIASCO DE UNA TRANSMISIÓN

Era una excelente oportunidad para promocionar, para ganar mercados y para proyectar el nombre de la ciudad. Pero, lastimosamente, ha sido desperdiciada. La indignación de ayer de portuenses en el exterior y la registrada en alguna red social era lógica. En algún medio nacional pudo leerse que las imágenes de la desconexión para dar paso a la hora menos en Canarias habían sido ‘estupefacientes’. Todos, más o menos, hemos sentido vergüenza ajena.


El caso es que las campanadas de año nuevo, anunciadas y ofrecidas en directo por Televisión Española han sido el mayor fiasco que se recuerda en orden a transmisiones en directo. Desde el complejo turístico “Costa Martiánez”, ese Lago universal cuyo creador, César Manrique, por cierto, ni siquiera fue mencionado. Y con cámara fija sobre el reloj de la Peña de Francia, cuya cuadratura y cuyos efectos lumínicos, a propósito, hicieron dudar a más de uno de su autenticidad, fueron sucediéndose las imágenes, desabridas, sin chispa, arrítmicas, como si de una fiesta de barrio se tratara, con el alarde de un escenario-pasarela sobre la lámina de agua.

Pero ni flores ni adornos ni un fondo con el que jugar. Ni alguien que se lanzara al Lago, siquiera con traje de neopreno. Ni una émula de sirena para llamar la atención en los últimos minutos del año que decía adiós así, con mucha pena, con abono del austericidio, y sin ninguna gloria.

La cosa empezó en La 2 pero los momentos culminantes -¿se puede escribir culminantes en este contexto- también fueron vistos en La 1 y en el Canal Internacional. Unas imágenes sin sonido sobre la ciudad, se vio que tomadas con prisas y sin detenerse en espacios o lugares emblemáticos, ensombrecieron aún más la penosa transmisión.

Lo demás, taciturno, elemental, tristón, impropio… O acaso el reflejo de lo que es en estos momentos la producción de Canarias en Televisión Española.

El caso es que la oportunidad ha sido clamorosamente desaprovechada. Para una ciudad o un destino turístico que intenta remontar, opciones como ésta no pueden despacharse a la ligera. Se agradece el empeño de quienes pusieron en el intento su voluntarismo. Pero se requería algo más: desde una mejor preparación de los contenidos y de tan singular ‘atrezzo’, hasta el asesoramiento pertinente para que los locutores dijeran menos tópicos y menos reiteraciones que sonaban absurdas. Debieron estar más atentos y vigilantes los responsables municipales y más diestros los profesionales del medio.

Porque el resultado final ha sido una transmisión que ha llenado a miles de portuenses de vergüenza e indignación. Un episodio que será recordado de forma muy negativa.

Para lo que se vio, con sinceridad, hubiera sido preferible no hacer nada.



miércoles, 2 de enero de 2013

ESCENAS POCO EDIFICANTES


Es tan poco edificante la escena del abandono de los miembros de un grupo político del salón de plenos como la expulsión de éste de un miembro de la corporación decidida por quien presida. A estas alturas de la democracia y cuando la vida institucional se construye a base de acuerdos y determinaciones que procuran el bien general, cuando se supone que ya hay suficiente madurez para hacer las cosas con más racionalidad política, nada se resuelve con espantadas ni con autoritarismos que no parecen sino que son voluntades anacrónicas.
            Hay maneras de protestar y de excluir, veamos. Cierto que los incumplimientos formales o el irrespeto reiterado de normativas y disposiciones reglamentarias por quienes ejercen el poder y confunden el gobierno con el mando -especialmente aquellos que se amparan en la mayoría absolutista- puede llegar a exasperar. Y que dan ganas de reaccionar, hacer algo para frenar o poner en evidencia los desmanes. Cierto. Pero marcharse del foro para el que has sido elegido no es el mejor modo. Primero porque los ciudadanos te han puesto allí para trabajar, para aportar ideas, para argumentar, para producir alternativas, para discrepar y para fiscalizar. Y para aguantar, por qué no decirlo. Nada se gana marchándose de ese sitio. Quizá es lo que provocan o buscan quienes se comportan de manera poco democrática. ¿Cuánto dura ese efecto, de qué sirve el gesto, la protesta? Hay que permanecer allí y concebir otros métodos que pongan en evidencia a quienes abusan del poder.
            Y ordenar la retirada de un componente de la corporación, reclamando la concurrencia policial, si es necesario, ya desborda el control de quien tiene que acreditarlo y ejercerlo. Se pregunta uno si es necesario llegar a esos extremos cuando incluso se dispone de mayoría absoluta. ¿Es ejercer la autoridad, aun cuando hayas agotado los previsibles recursos reglamentarios (llamadas al orden a los capitulares que supuestamente están conduciéndose de forma inapropiada) para dirigir los debates y desarrollar el orden de las sesiones, indicar el desalojo del salón de plenos mediante la intervención de la policía local? ¿Se es más autoridad o se es más alcalde-presidente por eso?
            En el primer mandato democrático municipal (1979-83) hubo en muchos sitios de España auténticas alteraciones del orden en el interior de las propias instituciones locales. Natural, se podría decir. Salíamos del régimen dictatorial, había escasa cultura democrática, había provocadores natos e inmaduros correspondientes, se producía una colisión de normativa franquista con vacíos y situaciones democráticas nuevas que era necesario resolver con sensatez, primero que nada. Hubo momentos en que llegamos a temer: muchos ayuntamientos se convirtieron en un campo de batalla política donde los radicalismos y las intolerancias amenazaban claramente el diálogo y el consenso. También el progreso. Por fortuna, con el paso del tiempo y con las experiencias que se ganaban y acumulaban, la vida local superó esas circunstancias y se normalizó allí donde entendemos que residen los centros de poder político más próximos y por tanto, donde se preparan, tramitan y resuelven las cosas que nos son más cercanas.
            Por eso, a estas alturas resultan tan negativos y tan paradójicos hechos como los planteados al principio que son inaceptables. Las instituciones no se enriquecen con abandonos o exclusiones. Se fortalecen con tolerancia y con diálogo, con llamamientos a la reflexión, con actitudes cabales y consecuentes. Lastimosamente, negar principios democráticos o distorsionar el funcionamiento de órganos a base de martingalas e incumplimientos amparándose en la mayoría o en la más que probable impunidad, es una muy dudosa cualidad.
            Que lo sepan quienes aún practican tales métodos.

martes, 1 de enero de 2013

IMAGEN DE CONTRICIÓN


Nos pidieron en una comparecencia televisiva que pone a prueba la capacidad retrospectiva, condensada, además, en pocos minutos, una imagen del año que concluyó, un momento determinado que merezca ser destacado y recordado, que haya sido noticia y que haya entrañado una cierta trascendencia.
            Y en la memoria estaba, naturalmente, el perdón del rey don Juan Carlos, un hecho insólito, un acto de contrición sin precedentes que sirvió al menos para mitigar la controversia que alimentaba el desprestigio derivado del comportamiento de algunos componentes de la familia real, entre ellos el del propio monarca con aquella cacería de elefantes que tuvo el disgusto añadido de la lesión tras una caída.
            Fue una imagen sobresaliente, sin duda. Como lo había sido aquella otra de hace unos años, en el curso de una Cumbre Iberoamericana, cuando el rey, inopinadamanete, le preguntaba al presidente venezolano Hugo Chávez por qué no se callaba. La diferencia entre ambas es que así como la cuestión regia brotaba fresca y espontánea, interrumpiendo incluso la intervención del mandatario bolivariano, la petición de perdón había sido meditada hasta la saciedad, por mucho que fuera dicha, aun portando muletas, en la planta del centro hospitalario donde había sido atendido.
            En el primer caso, digamos que no estaba en el guión o que su majestad se saltó todo esquema protocolario, hasta el punto de ganar simpatías. En su expresión de disculpas, respondía a la única salida posible adivinada por la Casa Real en aquellos momentos: las palabras justas, las frases exactas y ensayadas, la naturalidad para hacerlas más creíbles y el volver a empezar, sabiendo que “no volverá a ocurrir”, hasta el punto de producir un efecto condescendiente casi inmediato.
            Fue una imagen inusual, desacostumbrada, por supuesto, con un valor social y político elevado, ahora que ya empieza a ser mirado con perspectiva en un país donde cada vez se tolera más, pese a las reformas gubernamentales. Todo un rey, todo un jefe de Estado, pidiendo perdón públicamente. Puede que ese día los que se han proclamado como no monárquicos reafirmaran sus convicciones juancarlistas. En una tertulia radiofónica, recordamos, alguien quiso acuñar el término “monarcano”, una suerte de licencia dialéctica que daba a entender algo así como respetuosos con la monarquía pero con esperanza republicana.
            En el año del retroceso -porque 2012 lo ha sido, desde luego- ese acto de contrición, esa imagen, bien merece estar por encima de otros momentos que, como las lágrimas de Obama, demuestran que las personas, por muy alto que sea su rango, son de carne y hueso y las emociones les desbordan.
            P.S.- Salud, suerte y venturas para el año recién estrenado.