lunes, 13 de octubre de 2014

HORA DECISIVA PARA EL SOCIALISMO

Solemos recurrir a la expresión ‘el día después’ para apelar a la reflexión o a la previsión de las consecuencias que sucedan a cualquier toma de decisión, mejor dicho, de aquélla que entrañe un significado especial o implique una trascendencia fuera de lo común. Ahí lo pedimos prestado a Nicholas Meyer, el director de la célebre película así titulada “El día después”, ese en el que no se suele reparar, simplemente para llamar la atención de cuantos participan en una determinación o un resultado y va a haber unas repercusiones colectivas que influirán de forma directa en la organización y el ámbito en que se desenvuelve.
            El socialismo español se apresta para otra jornada (el próximo domingo) de tales características: la convocatoria para elegir, en  modo de primarias abiertas o internas, los candidatos que han de representarlo en los comicios autonómicos y locales de la próxima primavera. Si importante es esa fecha para candidatos que han sido proclamados, lo es también para militantes y simpatizantes y para toda la organización a la que nadie podrá negar, desde luego, la voluntad de dar pasos para incentivar los cauces de participación y conectar mejor con la sociedad que, por múltiples razones de amplio análisis, se ha ido alejando.
            Pero no basta con decir que ha sido un avance considerable, que se han democratizado algunos métodos o que las demás organizaciones políticas tendrán que inventarse dispositivos similares si es que no quieren ser acusadas de anticuadas, poco transparentes o escasamente democráticas: el PSOE tendrá que desmenuzar los pormenores del funcionamiento de este sistema con el fin de perfeccionarlo. Ya son conscientes sus dirigentes de que los vientos soplan en contra, de que la política no es actividad que atraiga -aunque viendo algunas luchas y algunos episodios, hay que relativizar esa apreciación- y de que, tal como evolucionan las exigencias de la vida pública, es indispensable estimular la formación de los militantes y el apego a la política si es que de verdad se quiere fomentar la participación activa en procesos de esta naturaleza.
            Por lo tanto, lo que importa de verdad es el próximo lunes, no solo para hacer recuento y repasar actuaciones sino para contrastar los efectos de la movilización del partido y hasta dónde han llegado los niveles de incorporación de los simpatizantes. Vienen luego unos meses en que hay que completar el proceso y compatibilizar las tareas orgánicas con las institucionales. Y preocupa también el día después qué van a hacer los derrotados y sus seguidores: conocemos bien algunos casos de reacciones intempestivas, de resquebrajamiento y de ruindades posteriores en cualesquiera forma de desentendimiento y de críticas malsanas en foros inapropiados extendiendo un reguero de descontento que revierte sobre muchísima gente.
            En eso es en lo que deben afanarse los candidatos: en aleccionar a sus seguidores de modo que, ocurra lo que ocurra, al día siguiente estén en plena predisposición de respaldar al ganador. Será entonces cuando cobren vigencia conceptos como el compromiso y la responsabilidad, demostrables con hechos, siquiera refugiándose en labores domésticas como ensobrar candidaturas, intervenir en redes sociales o asistir a algún acto público.
¿Serán conscientes los militantes socialistas de lo que representa ese paso? ¿De que es suya, y exclusivamente suya, esa responsabilidad? Hacen tabla rasa (al menos, formalmente, para ciertas decisiones), deciden libremente y habrán de continuar con un ejercicio comprometido y consecuente. Ojalá eso haya servido también de actitud reflexiva, es decir, para darse cuenta de que hay que enterrar el cainismo y cultivar el compañerismo. A ver si se percatan de que son reprobables ciertos métodos sectarios y ciertas prácticas excluyentes. Un partido político -en realidad cualquier organización colectiva- se construye con la suma de esfuerzos y de aportaciones, con lealtad probada a los principios ideológicos y a los postulados programáticos. Nada de eso impide la autocrítica, la pluralidad de criterios y los enfoques diversos pero que, desnaturalizados con los personalismos y las ambiciones individuales o grupales (más tarde o más temprano terminan aflorando), producen efectos muy nocivos.
Más autoestima y menos flagelo, que esa es otra. Así como la primera no debe ser entendida como complacencia o base de frágiles y acomodaticias convicciones, que esté claro que el látigo esgrimido para castigar a aquéllos con los que se discrepa o no se simpatiza es el mismo con el que se hace sufrir a una causa o a una organización que bastante recibe ya de adversarios políticos, medios y sumideros que no reparan en gastos para doblegar al socialismo.

El asunto se resume en que el PSOE tiene que superar el viejo dicho de que el enemigo lo tiene en casa. Y que tantas energías derrochadas para superar al compañero aspirante solo sirven para fortalecer a los antagonistas. Será entonces cuando, después de tantos años, se pueda hablar de madurez.

sábado, 11 de octubre de 2014

SIN ALUMBRADO PÚBLICO

La zona alta del municipio sigue sufriendo problemas de deficiencias en los servicios públicos. Hace unos meses, recordemos, el suministro de agua potable fue irregular y riesgoso, aunque la población aguantara tres semanas con ánimo estoico y sin mayor alarde que una manifestación de apenas quinientas personas cuando la población afectada superaba los diez mil habitantes. La empresa concesionaria y el propio Ayuntamiento se las vieron y desearon, si bien al final encontraron una solución cuyas repercusiones económicas se conocerán algún día. Porque alguien tendrá que pagar, no nos engañemos.
         Ahora es La Vera la que padece la interrupción del servicio de suministro de energía eléctrica. Desde la alcaldía han justificado la consecuencia de una obsolescencia del sistema y de una avería que ya está en vías de solución. Bien. ¿Pero por qué no se informó con previsión, por qué no fueron advertidos los vecinos de que era necesario proceder a cortes graduales hasta que el suministro quedara repuesto con garantías?
         Es lo inexplicable. Así, varios días a oscuras -siete, según información periodística- para desplazarse o para dejar los residuos sólidos en los contenedores ayudados por linternas y embutidos en chalecos reflectantes. Y hasta murió una cabra atropellada de las dos que escaparon de una finca de los alrededores.  Pónganse en lo peor si se hubieran registrado víctimas personales.
         Que los vecinos afectados se sientan abandonados, aunque parezca exagerado, es normal. Cuando se prolonga una situación anómala, una falta de cobertura en la prestación de un servicio básico, es consecuente el malestar. Se supone que constatada la deficiencia y contrastados los riesgos para la integridad física, era necesario informar y prevenir. Y miren que hay sistemas o dispositivos para hacerlo.

         Pero no: siete días sin alumbrado público y con apenas tardías explicaciones para justificar el corte. Claro que sí: razones para quejarse. Pero en este Puerto, ya se sabe: como si de indolencia o anestesia colectiva se tratase. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

ALFONSO TRUJILLO, REPUTADO DOCENTE OROTAVENSE

Se cumplen hoy treinta y cinco años del fallecimiento de Alfonso Trujillo Rodríguez, maestro y profesor universitario de La Orotava, investigador y autor de varias publicaciones.
         Precisamente, el hallazgo de una de ellas, en la enésima reordenación de la biblioteca, dedicada personalmente, inspira este recuerdo a quien durante los últimos años de bachillerato, en el colegio Gran Poder de Dios, nos había enseñado latín, griego, literatura e historia del arte. “Para que tengas constancia de que hubo un ‘Puerto de Orotava’”, escribió Trujillo en el interior de aquella monografía, editada con motivo del tributo a Elías Serra Rafols que le dedicó la Universidad de La Laguna con el título Algunos aspectos económicos del valle de La Orotava en el siglo XVIII (Secretariado de publicaciones).
         Don Alfonso -siempre le llamamos así, permitan que en esta semblanza también lo hagamos- descargaba su fina ironía en la rivalidad que entonces, finales de los años sesenta del pasado siglo, caracterizaba, principalmente en el deporte, la relación entre La Orotava y Puerto de la Cruz. A sus clases íbamos para aprender, naturalmente, las materias que impartía; pero también otras ramas del saber, más domésticas o más cercanas, para las que siempre tuvo alguna ocurrencia graciosa, a veces más de un sarcasmo.
         Era su personalidad, su forma de ser. Le gustaba bromear, a partir de cantares o de frases hechas. Sus alumnos aprendimos pronto que cuando lucía gafas negras se acentuaba en su rostro un rictus de tristeza. “La procesión va por dentro”, dijo una vez, pero no nos atrevimos a preguntar el significado de aquella expresión.
         Hay recuerdos de aquella etapa que se concatenan. Con un modesto Wolkswagen, color beis, matrícula TF-40018, se desplazaba a todas partes, desde La Orotava, para cumplir con sus cometidos profesionales. Él fue quien, a muy temprana hora, una lluviosa mañana de noviembre de 1968, nos avisaba de las graves repercusiones de un aluvión que no cesó en toda la noche. Estábamos unos pocos alumnos en el porche del colegio, junto a la plaza de la Iglesia. Desde el coche, preguntó “¿qué hacen aquí? Vamos a suspender la clase de hoy, hay que estar pendientes de lo que sucede en la barriada, allí residen muchos compañeros de ustedes que igual necesitan ayuda. ¡Venga!, métanse en el coche, a ver hasta dónde podemos llegar”.
         En la clase siguiente, aún con el impacto de haber visto un hombre descabezado en las cercanías del puente del Salto del barranco, cada quien contó su peripecia.
         En otra ocasión, un domingo por la tarde, coincidimos en el exterior del campo El Peñón (paseo Luis Lavaggi), a la terminación de un Puerto Cruz-Orotava. Ya uno escribía crónicas deportivas. “Voy a medir tu imparcialidad”, dijo don Alfonso, pendiente de leer nuestra reseña y de seguir nuestra vocación periodística. Y se fue a conducir su Wolkswagen. Aquella fue una breve e inolvidable lección.
          Un día, mientras explicaba el romanticismo en la literatura española, le requirieron desde secretaría. Interrumpió su relato y se ausentó, hecho que aprovechamos los alumnos para curiosear en los cuadernos que había dejado sobre la mesa. Ahí descubrimos cómo calificaba en una hojas cuadriculadas: de cero a cinco, ponía vocales, algunas acentuadas y otras con una coma al pie. No supimos el significado de aquella peculiar forma de poner notas.
         “Ex libris. ATrujillorum”, era su sello inconfundible en las obras que prestaba o ponía a disposición en plena clase para ejercicios prácticos o comentario de textos. Se le veía dichoso cuando enseñaba historia del arte, cuando desmenuzaba las características de un cuadro, de una escultura o de un estilo determinado.  Le debemos, desde luego, el amor que quiso inculcar en cada explicación para que nos aficionásemos al arte. Nos hubiera gustado, por supuesto, someter a su consideración y corrección cualquiera de los textos que hemos escrito para las presentaciones de exposiciones.

         Nacido en La Orotava (diciembre, 1932), fue profesor adjunto de quien fuera rector lagunero, Jesús Hernández Perera. Tenía 46 años cuando dejó de existir, un 8 de octubre de 1979. El Ayuntamiento villero instituyó un premio con su nombre. Siempre hemos lamentado su fallecimiento y siempre albergamos la idea de que había pendientes unas líneas que glosaran su trayectoria de buena persona y excelente profesor en aquellos años de bachillerato superior de letras. Deuda saldada.

martes, 7 de octubre de 2014

SILBIDOS DE ALARMA

Ha saltado la Asociación Hotelera y Extrahotelera de Tenerife (ASHOTEL) en demanda de un impulso a los convenios firmados para materializar varias actuaciones en el marco del Plan de Modernización y Mejora del Puerto de la Cruz, aparentemente bloqueadas en sede de la Comisión de Ordenación Territorial y Medio Ambiente de Canarias (COTMAC). La patronal hotelera pide a la consejería de Obras Públicas, Transportes y Política Territorial que ponga fin a un estancamiento que reedita sombras de incertidumbre en un destino turístico que debía ser consciente de que el Consorcio de Rehabilitación Turística, con recursos presupuestarios propios, era el último tren que pasaba para su relanzamiento.
            Pero el Consorcio se quedó sin gerente después de importantes avances en materia de planificación y, lo que es más, de sensibilización de unas conciencias empresariales y profesionales que nunca sobresalieron por su emprendimiento y por su capacidad de gestión más allá de la concentrada en sus propios establecimientos. Aún al día de la fecha, la baja de Senante (han pasado ocho meses) no ha sido cubierta, el Consorcio no produce noticias, las actuaciones no han pasado de meros anuncios o de proyecciones sin sostén ni seguimiento y el propio sector turístico aparece entre descorazonado y desentendido, sin fe y resignado a convivir con estos parones que oscurecen el sombrío panorama de la ciudad. La marca Puerto de la Cruz, esa que aún sigue cotizando al alza en el concierto de la oferta turística, se resiente, como si nadie quisiera apiadarse de ella. Algo tan elemental a estas alturas como mejorar la competitividad se ha convertido en un objetivo difícilmente alcanzable.
            De ahí que la queja de ASHOTEL sea consecuente. Su vicepresidente, Enrique Talg, está comprobando lo que en el pasado le costaba aceptar: lento funcionamiento de las administraciones, dudosos efectos reactivos y propensión a la incredulidad entre la propia gente del sector. Una lástima porque había recursos y algunos avances se habían producido, incluso haber propiciado una interactividad orientada a un mejor conocimiento y a una identificación con lo que se estaba haciendo y con lo que se quería hacer, es decir, que se viera una acción sostenida más allá de las coyunturas o de los desentendimientos políticos.
            “El Consorcio es vital para la dinamización y modernización del Puerto de la Cruz como destino turístico”, ha dicho Talg, casi como un intento desesperado de reimpulsar su ejecutividad. La petición de desbloquear treinta y cuatro convenios, ya firmados, hay que contextualizarla ahí. Diez de esos acuerdos, por cierto, inciden en actuaciones de carácter urbano; los otros veinticuatro estriban en mejoras de equipamiento privado. Bien que se reivindique ante el Gobierno autonómico y ojalá haya respuestas ágiles. Porque ojo, el tiempo se agota, las consignaciones presupuestarias pueden volver a sufrir reajustes a la baja en tanto las previsiones se desfasan, el escepticismo del sector turístico local se acentuará y la oportunidad del tren del Consorcio se perderá como otras muchas cosas en un destino turístico que todavía no ha entendido que no se puede vivir eternamente de las rentas.

            Los silbidos de alarma ya han sonado.

lunes, 6 de octubre de 2014

RECUPERACIÓN, TAMBORES LEJANOS

El ministro Montoro habló de los Presupuestos Generales del Estado para el año próximo como los de la consolidación de la recuperación. Pero hasta los más suaves críticos con la gestión económico-financiera del Gobierno ponen en duda buena parte de esa recuperación.
Porque, en efecto, para el pensionista al que incrementan en un porcentaje irrisorio (0,25%), para el funcionario al que han vuelto a congelar sus retribuciones, para el contribuyente que paga más tasas e impuestos, para el enfermo crónico que abona un 10% de su tratamiento, para los parados de larga duración o para quienes están en el umbral de la pobreza o en riesgo de exclusión social (o sea, unos 2.5 millones de personas), la palabra recuperación les debe sonar a tambores lejanos, en unos cuantos casos, insultante.
Es cierto que va a haber más inversiones en infraestructuras (un 8,8% más que en 2014), por primera vez en este capítulo desde que la crisis hizo acto de aparición y frenó no pocas actuaciones. Y como es cierto, igualmente, que las transferencias del Estado a las comunidades autónomas crecerán un 7,8%, en tanto que los recursos para los ayuntamientos crecerán un 2%. Montoro trató de ser persuasivo en sus explicaciones, con mensajes como la necesidad de contener el gasto público o lo que es igual no gastar más de lo que crece la economía.
Estas, y todo el conjunto de previsiones presupuestarias, como es sabido, son para un año electoral. Eso siempre condiciona. Recordemos, en ese sentido, que está en marcha una reforma fiscal que ya asoma las aristas de la controversia: mientras, por un lado, se habla de una reducción de tributos para un 10% de la población, al 90% restante se le suben los impuestos indirectos. Lo peor es que en este altísimo porcentaje de ciudadanos, hay que incluir a quienes verán recortadas las ayudas y prestaciones sociales. Por tanto, se puede advertir desde ya una cierta desigualdad que se aprecia también en los niveles de inversión para la cohesión social, insuficientes, desde luego, para hablar con propiedad de recuperación económica, tal como hacen los miembros del Gobierno.
Son unas tres millones trescientas mil las personas en situación de desempleo que no perciben protección alguna. El incremento de esta cantidad, desde enero 2010, casi alcanza los dos millones. Y es ahí donde también se refleja el desequilibrio del que hablamos: el Gobierno del Partido Popular (PP) reduce, por un lado, el gasto de atención al desempleo en más de cuatro mil millones de euros; y por otro, prevé aplicar una reducción fiscal entre los niveles de ingresos más altos cuyo importe se aproxima a la anterior cuantía: unos tres mil setecientos millones de euros.
Claro que el rodillo de la mayoría parlamentaria dará por buena esa desigualdad… y todo lo demás.


sábado, 4 de octubre de 2014

¡TIENE UN VINO! NOS CLAVÓ CON LA CUENTA

Mucho se ha hablado de vino estos días. Un fraude que no es nuevo pero que ha saltado ahora a los medios, fruto, seguramente, de alguna maldad, que esta tierra, con toda lo buena que es su gente (o de eso presumimos de vez en cuando), se las gasta intencionadas cuando algún daño hay que hacer.
Por el fraude y por el libro de Rafael Lutzardo, por cuyas páginas se pasa de un tirón con ganas de saborear alguna de las sabrosas especialidades escogidas y una cuarta -esa es la medida tradicional, ¿no?- de vino del país, que esta era la forma de identificarlo o denominarlo antes de la expansión de los mercados y del crecimiento de los guachinches que figuran ya, por cierto, hasta en la literatura administrativa autonómica.
La presentación del libro (véase nuestra entrada de ayer viernes 3) nos permitió rescatar aquellos “lugares de perras de vino” del Puerto de la Cruz, gradualmente desaparecidos a medida que el turismo iba imponiendo sus usos, costumbres, ofertas y exigencias.
Los portuenses fueron buscando otros rumbos para no perder la tradición de “visitar altares” y dar continuidad a las meriendas o al vaso de vino sin más (bueno, también con manises o aceitunas y queso blanco). Iban descubriendo sitios, “partetas” que decían, que luego semiocultaban o hablaban de ellas muy reservadamente, como para que nadie compartiera las “exquisiteces” aparecidas.
Y así, empezaban a presumir luego de dos cosas: una, la calidad del caldo bebido. Quizá no eran capaces de argumentar dos rasgos distintivos pero exclamaban: “¡Tiene un vino!”. Eso servía para repetir la visita o como expresión propagandística de ese sistema ‘boca-oído’ que tan buenos resultados ha reportado.
La otra era la cuenta. Memorizaban de corrido los artículos consumidos y la recitaban, enfatizando el resultado final, sobre todo si aparentaba ser barato para la calidad de lo que se había digerido. Quizá ahí comenzó a cobrar cuerpo lo de la relación calidad-precio. En otras ocasiones, no: cuando la cantidad parecía elevada y se distribuía entre los cuatro, seis o los comensales que fuese, comentaban con fastidio: “¡Nos pegó una clavada!”.

He ahí otras formas de interpretar el costumbrismo portuense. Se conservan estas manifestaciones, es más, se van transmitiendo. Aunque haya vino adulterado y algunos precios se han disparado.

viernes, 3 de octubre de 2014

TODO UN RITO

“Los guachinches es el lugar donde se saborean los mejores alimentos, se bebe el mejor de los vinos y se disfruta de la amistad más querida. El salir de guachinches es un sentimiento de fraternidad y su esencia es la compañía de aquellas personas que nos quieren y a quienes queremos”, escribe el abogado Manuel Jesús Hernández Herrera en una de las nueve entradas de opinión incluidas en el libro que hoy presentamos bajo el título “Amistad y guachinches: una relación para disfrutarla”.


Es una concisa descripción de estos lugares que han precisado de una regulación legal autonómica (que ya tiene un año de vigencia, por cierto) pero también de una publicación que define pormenorizadamente, con sentimientos y todo, los valores de este tipo de establecimientos tan integrados en la idiosincrasia isleña. Tanto, que hasta gozan de denominación distinta, según el territorio: guachinches en Tenerife y bochinches en la provincia oriental.

Si la descripción de Hernández Herrera condensa características y ambientación, no lo es menos la gráfica que ilustra la página 65, la única de las contenidas en el capítulo de “Fichas técnicas” que no plasma alguna de las sabrosas especialidades elaboradas en los veinticinco establecimientos reseñados.

Se ve, en efecto, la foto de un cartel pintado de forma artesanal con letras mayúsculas: “Guachinche Fariña. Vendo mi vino”.

Atinada selección y acierto del autor al insertarla pues refleja el espíritu de lo que son estos espacios muy vinculados al medio rural (“artilugios de la imaginación campesina”, feliz metáfora del periodista Román Delgado, otra de las destacadas rúbricas aparecidas en el libro), espacios/artilugios convertidos, con el paso del tiempo, para muchas familias y trabajadores de otros ramos, en medio de vida, en fuente de negocio o actividad económica productiva.

Es difícil encontrar mejor síntesis anunciadora o propagandística: la localización, el apellido y el producto, dicho este sin otro reclamo que el propio cultivo. “Vendo mi vino” y Fariña (en La Matanza de Acentejo) se gana el sustento y hace brindar con fruición a paladares muy diversos que habrán degustado, vayan ustedes a saber, especialidades hechas con esmero, con sus toques singulares para diferenciarlas. Son las que forman parte de un rico acervo gastronómico amasado o combinado con productos de la tierra hasta constituir una sólida tradición, no exenta de innovaciones, y una seña de identidad de los canarios.

Con todos estos elementos, y muchos más, desmenuzados en las páginas del libro, Rafael Lutzardo Hernández, nos invita a ir de guachinches… “y otras casas de comida”, una suerte de aditamento que colgó en el título de la obra para precisar y hasta para ilustrar a los desconocedores y curiosos.

Él reconoce haber vivido a plenitud entre cuestas, vericuetos, predios recónditos, decoraciones rudimentarias, sobrios mobiliarios, aromas inconfundibles y sabores apreciables, entre ambientes familiares y cercanos, no importa el día, en cualquier lugar, allí donde derivase, probablemente, del infalible sistema ‘boca-oído’.

Son sus vivencias, es su experiencia, la que ha querido plasmar en una obra modesta en la que da cabida a sus amigos, con quienes habrá coincidido o habrá conocido en alguno de estos establecimientos. De los fogones y las sartenes a las páginas de un libro, saboreando y distinguiendo caldos, conversando de lo que se tercie, animándose recíprocamente para el reencuentro. Lo confiesa, ha sido inmensamente feliz:

“No por menos -escribe el autor- he de dejar de mencionar que el guachinche enamora, seduce, porque encierra lágrimas que vuelven con recuerdos cogidos de la mano y risas que brotan al revivir momentos con amigos. Es una charca repleta de sentimientos…”.

¡Pensar que el Puerto también tuvo sus guachinches! Permitan que evoque y reproduzca una visión titulada ‘Lugares de perras de vino’ y publicada en enero de 2011 en el blog que editamos. Dice así:

“La eclosión turística, ya en los años 70 del pasado siglo, acabó en el Puerto de la Cruz con la costumbre de muchos de sus habitantes de echarse las perras de vino en lugares del propio municipio. Los propietarios o arrendatarios de pequeños y modestos establecimientos que se dedicaban a esta actividad fueron cerrando las puertas. El caso es que los turistas sí venían buscando tascas y lugares típicos. En cambio, los portuenses fueron abriendo otros horizontes, preferían ventas y bochinches especialmente de la ruta norte.

Puestos a evocar los lugares donde se despachaba vino o donde había unas pocas especialidades para comer, habría que citar el bar de Isidoro Torres, en la calle Doctor Ingram, donde servía lapas, burgados y pulpos. Los primeros peninsulares encontraron un buen refugio en casa de Liberia Baute, en la calle Cruz Verde. Muy cerca estaba el popularmente conocido bar “Basura”, regentado por Casimiro Rodríguez Delgado.

Por lo general, eran locales pequeños, con barra y mostrador y una elemental ornamentación. Alguna acuarela, algún objeto típico o antiguo y almanaques que debían servir de un año para otro pues a menudo ni eran cambiados.

En la calle Santo Domingo, en el antiguo garaje de Francisco Machado, estaba Baute. Dicen que despachaba “chiclana”, con raciones de bogas y chicharros. En la misma calle, un bodegón se hizo muy popular entre los que gustaba “merendar”: “El Presidio”, dirigido por Juan Palmero. Con los años se convirtió en un restaurante de estimable nivel. Siguiendo el trayecto, en la Punta del viento, estaban “Los jesuitas” y en llegando a la Punta de la carretera, abría sus puertas “Casablanca”.

“La Gorda”, con dos accesos calle La Hoya y plaza de los Reyes Católicos, se convirtió en uno de los lugares más frecuentados, dicen que por la calidad de los caldos procedentes de cosechas privadas de la zona de Acentejo.

María Yanes, popularmente conocida como María “Campolimpio”, tenía una pequeña venta al principio de la calle Blanco, muy cerca de Las Cabezas. Sentada en una especie de trono, desde allí dirigía y observaba las operaciones de despacho de vino, chochos y manises.

Germán Molina Padrón tuvo un pequeño negocio -la fama de los tollos elaborados por su esposa Candelaria es imborrable- en la calle Lomo, esquina a Teobaldo Power.

Se convirtió en un clásico, como el de Francisco Fernández, ‘el Capitán’, enfrente de la antigua Casa Sindical. En la calle Lomo, por cierto, en un local de Lola García, Servando Pérez despachó cuartas y cuartas. Siguiendo esa ruta, en la esquina con Mazaroco, un local de nombre muy llamativo “Rompeyraja”. Otro emplazamiento de la calle Lomo, el de Vicente Torres Ortiz, popularmente conocido por ‘el Choli’.

Cercanías de El Peñón: allí estaba Mamerto Lorenzo, que se hizo localmente célebre los días de fútbol y entierro. Se hizo moneda corriente entonces echar una cuarta o una cerveza, acompañada de una tapa de chochos.

Agustín, el de El Templete, y Frasquita, popularmente ‘La abejona’, convirtieron sus locales y sus ocupaciones en medios de vida, lo mismo que sucedió con muchos de los mencionados.

Hasta que fueron envejeciendo y cediendo al desarrollismo que ya iba configurando una oferta de restauración distinta, con otras exigencias y otras preferencias entre los hábitos de los consumidores. Pero fue paradójico: los portuenses, en una era de esplendor económico, siguieron probando y encontrando sitios más allá del Botánico y de Las Arenas; los turistas que venían para disfrutar de una estancia placentera fueron hallando, en hoteles y restaurantes modernistas o especializados, una oferta gastronómica de altísima consideración”.

Hasta aquí, esa evocación. En el presente, los portuenses habituales de estos establecimientos, presumen de entender de vinos y rivalizan a la hora de destacar su calidad. “¡Tiene un vino!”, entre interjecciones admirativas, es una frase común que repiten al regreso de su confraternización familiar o amistosa. Luego, a menudo, discuten sobre el importe de la cuenta.

En cualquier caso, si tomamos al pie de letra el título del libro de Lutzardo, “¡Vamos de guachinches!”, contrastaremos que, en muchos casos, estaremos ante auténticos descubrimientos de valores: ambientales, agrícolas, gastronómicos, profesionales y hasta culturales. El escritor y dramaturgo Cirilo Leal, quien hace una excelente aportación a este libro con un trabajo referido a la “Boca del muelle” santacrucero, donde sitúa a La Marquesina como el primer guachinche, dice haber aceptado “volver a un tiempo trasnochado para acompañar a Rafael Lutzardo en su empeño en rendir homenaje y reconocimiento a esos lugares de encuentros donde es más fácil combatir a la flamante dictadura silenciosa que pretender cambiar los rumbos de la existencia, las miradas y los gustos”.

Tiene razón, además, cuando afirma que el autor ha contagiado su entusiasmo por el recorrido de algunos de los más significativos guachinches de la isla, “precisamente donde el mestizaje es ley de vida, de puesta al día, sin que ello suponga renunciar o traicionar sus raíces, su identidad”, escribe Leal.

Ojalá, por cierto, que la necesidad de una regulación legal de estos establecimientos no merme el tipismo ni las peculiaridades que los caracterizan. Los guachinches, bochinches o buachinches, que así también se denominan, ya figuran en la literatura administrativa. Así, por ejemplo, en el Decreto 83/2013, de 1 de agosto, por el que se regulan la actividad de comercialización temporal de vino de cosecha propia y los establecimientos donde se desarrolla”.

En su introducción, señala la citada disposición, que tiene una vocación proteccionista de aquellos valores, que “la falta de regulación específica de esta actividad ha hecho proliferar una serie de establecimientos… en los que no se comercializa vino de la cosecha propia de su titular, la apertura no se vincula con la existencia del vino cosechado y producido u ofrecen una carta amplia de comidas y bebidas y, por todo ello, no van a resultar amparados por el presente Decreto, debiendo cumplir, en consecuencia, las disposiciones aplicables a los establecimientos turísticos de restauración”.

En su obra, Rafael Lutzardo incluye también la certificación de un acuerdo adoptado al respecto por el Consejo de Gobierno Insular del Cabildo tinerfeño en octubre de 2009.

Completa de esa forma una edición en la que puede encontrarse una guía breve de guachinches, tascas, casas de comida, bodegones, bares y restaurantes así como un glosario del habla canaria muy apropiado para entender el significado y el uso de términos que son comunes o habituales en los establecimientos de los que se ocupa.

“¡Vamos de guachinches!” con Rafael Lutzardo, como íbamos a desayunar hace más de cuarenta años en las cercanías del Callejón del Combate o a corregir pruebas de crónicas deportivas y sucesos cuando compartíamos las primeras inquietudes periodísticas en el desaparecido vespertino “La Tarde”.

Las circunstancias han querido que ahora, después de trayectorias dispares, coincidamos en este acto de alumbramiento de un libro al que dedicó alma, corazón y vida para concluir que ir de guachinches es todo un rito.

miércoles, 1 de octubre de 2014

INQUIETANTE TARJETA ROJA

Cuando leemos en titulares que “el gran periodismo ha sido expulsado de los medios de comunicación” no se puede por menos que experimentar un cierto escalofrío, una desazón inquietante en medio de la crisis que se arrastra desde hace algún tiempo y que ha significado, entre otras cosas, el cierre de cabeceras, la supresión de programas y títulos, la quiebra de trayectorias profesionales sobresalientes y, en definitiva, dicho de modo llano, la pérdida de empleo para tantos compañeros valiosos que vieron truncada tanto su estabilidad laboral y vital como sus expectativas.
            Lo ha dicho Ramón Lobo, ganador de una edición del Premio de periodismo ‘Cirilo Rodríguez’ y especialista en conflictos internacionales cuya firma ha aparecido en numerosos medios del país. Las circunstancias lo condicionan todo. Y por faltar, hasta tiempo. Ello repercute en la pérdida de la capacidad de análisis y de investigación. ¿Dónde fue a parar aquel periodismo de investigación, tan en boga hace apenas un par de décadas? Alguien dirá que sí interesa pero no se puede tener un redactor ocupado en determinadas tareas cuando apremia el cierre y todas las manos son pocas para concluir la edición.
            En efecto, es como si las empresas editoras no quisieran complicarse la vida, como si los periódicos tratasen de cerrar las páginas cuanto antes sin importar demasiado el contenido, el producto final. Ha ido labrándose entonces un periodismo adocenado, muy doméstico, en el que falta audacia y en el que, salvo contadas excepciones, predomina la monotonía. De ello también tienen culpa los profesionales, cuya estabilidad y cuya capacidad de superación se ven muy supeditadas a los factores derivados de la crisis. El propio Ramón Lobo habla, en su queja, de periodistas de cortar y pegar.
            Por lo tanto, hay que hacer todo un esfuerzo para recobrar la ilusión, para hacer un periodismo más fresco que responda a las exigencias de una sociedad sacudida por la saturación de informaciones sobre corrupción política o por sucesos de crueldad infinita o por inacabables conflictos sociales o por negociaciones de instancias y foros que se resumen en un tanto vales, tanto pesas. Lobo, autor de dos títulos interesantísimos en los que contrasta su propia experiencia sobre procelosos y bélicos terrenos, El héroe inexistente e Isla África, anima a recuperar la ilusión. Y para ello, recomienda volver a salir a la calle como método de trabajo con el que los ciudadanos y los lectores vuelvan a confiar en las informaciones que se elaboren en el escenario de los hechos.
            Porque ya sea el género (reportaje) particularmente, o el periodismo como ejercicio profesional, a los que se alude como expulsados del universo mediático, produce desasosiego que en la sociedad de la comunicación, y más concretamente en nuestro país, se tenga una impresión tan negativa de cómo están evolucionando las cosas. No depende solo y exclusivamente de los periodistas pero éstos tienen que revolverse y estimular el magín -sobre todo, a la hora de relacionarse con la gente o con los actores sociales- para ofrecer contenidos y tratamientos que, en sí mismos, sean un reclamo.

            Es que si no, la tarjeta roja acarrea una sanción preocupante de descrédito y marginación.