martes, 31 de julio de 2012

SACAR LOS COLORES


Ha dicho el polifacético Pablo Carbonell en Jot Down que “hace falta un periodismo que saque los colores a la gente”. La gente sirve para englobar, por tanto, cabe interpretar que este artista que ejerció de reportero en aquella célebre versión de Caiga quien caiga (CQC), en Tele 5, ha querido referirse a políticos, cargos públicos, deportistas, profesionales de toda laya, faranduleros, personajes de muy variada condición, osados, intrépidos, cuerdos y desequilibrados, colgados, aspirantes, casquivanos, pronudistas y periodistas, por supuesto.
            Él se confiesa que no lo es, conste. Ejerció como reportero de a pie durante más de seis años. Pulsó, por consiguiente, la realidad de quienes se muestran al público y habrá entendido lo difícil que es lidiar con la fama y la popularidad, con los afanes de protagonismo y lucimiento, con el sonsonete monocorde de algunos, con los esquivos y los impedimentos forzados, con la altanería de otros, con el aburrimiento, con el desenfado, con la arrogancia y el desdén… De todo habrá encontrado. Unos lo sobrellevaron bien; otros se habrán cuidado de eludir su acoso o de dar instrucciones tajantes para que ni se acercaran.
            De ahí que piense que hay que sacar los colores al personal. Aunque es muy subjetivo por nuestra parte, quizá debió añadir: “Sobre todo, a quien se lo merece”. En esas relaciones apresuradas de los dos primeros párrafos, puede encontrarse a un montón.
            El periodismo, es verdad, está para eso, para poner en evidencia. Depende también de cómo se haga. Porque ocurre que igualmente hay periodistas, colaboradores de medios o de programas, entrometidos y telepredicadores cuyo papel es merecedor de crítica o reprobación. Y hay que sacar los colores. Quizá por no haberlo hecho, por no haber enseñado o cortado a tiempo, por no haber orientado adecuadamente o por no marcar con claridad los límites o por no haber corregido de manera apropiada, han pasado -están pasando, además del drama del desempleo- tantas cosas desagradables, hemos leído y escuchado tantos disparates y hemos visto verdaderas atrocidades. Ha faltado, por lo general, destreza pero hay que darse cuenta de que promotores, propietarios o editores de medios y programas no conocían el mundo de la comunicación ni nociones de cómo conducirse, periodísticamente hablando. Difícilmente podían ponerse a orientar y corregir. Es más, puede que ni les interesara, en plena era del vale todo. Con tal de contentar a quien ponía las perritas, de autoengañarse con los índices de audiencia, de afianzar la precariedad en el empleo y de cerrar unas cuentas anuales con unas ganancias para seguir tirando, servía.
            Carbonell, en una jugosa entrevista, cuenta algunas experiencias de esa etapa, “cuando disparábamos con balas de goma” y cuando Wyoming, poco menos, era considerado un radical poco moderado.
            Lo bueno de sacar los colores, por emplear los mismos términos  -en periodismo, tiene sus riesgos, claro que sí- es que pone a prueba la humildad de la gente y contribuye a desmitificar muchas situaciones y a muchos protagonistas. No es el género de la denuncia sistemática sino el tratamiento tan respetuoso como desenfadado de la idiosincrasia, de unos hábitos y de unos perfiles sociales y culturales que, en ocasiones, han ido demasiado lejos.
            Como la cosa va a peor, tengamos presenta la reflexión de Pablo Carbonell.

lunes, 30 de julio de 2012

LOS DATOS DE IMPACTUR

Se habían despejado los nubarrones de la huelga en el sector turístico (“francamente, estamos más cerca del entendimiento que de la ruptura”, escuchamos decir al presidente de la patronal hotelera en los pasillos de una televisión local, cuando se hallaban en pleno trance negociador), cuando Exceltur, la asociación que engloba a los veinticuatro grupos empresariales turísticos del sector más relevantes, dio a conocer los resultados de su Estudio de Impacto Económico del Turismo (Impactur) referidos a Canarias en 2011, elaborado a instancias del Gobierno autonómico.


Los resultados constatan el peso determinante del turismo en la productividad económica de las islas, tal es así que generó 12.297 millones de euros, lo que se traduce casi en un 30% de participación que se incrementó un 6,5% respecto a 2010. De ese volumen generado, hay que señalar que el 66,9% tuvo un impacto directo en las empresas relacionadas con la actividad turística, lo que representa el 19,7% del Producto Interior Bruto (PIB) canario, en tanto que el 33,1% restante significó la generación de valor añadido inducido para otros sectores de actividad sin un contacto directo con el turista.

¿Repercusión en el ámbito laboral? El Impactur también se refiere a ese hecho y hay que agradecerlo para conocer la evolución del sector en todos los órdenes. De algo han servido juicios críticos en ese sentido, de los cuales se hicieron eco, por cierto, algunos responsables públicos que demandaban un mayor crecimiento del empleo en consonancia con las cifras de crecimiento de afluencia de visitantes y cuentas de beneficios del sector privado. Ahora que la reforma laboral sigue causando estragos -¡ay, esa precariedad!- bueno es saber que el mayor nivel de actividad turística favoreció una creación de empleo vinculada a la industria turística del 1,5%. Algo es algo. Supone, en números absolutos, 3.893 puestos de trabajo, un 34,2%, menos de un punto más que en 2010. El mensaje que se ha querido destacar, desde este punto de vista, es que por cada cien empleos creados directamente por el sector turístico, surgen indirectamente cuarenta y dos puestos de trabajo adicionales en otros sectores de la economía canaria. Algo es algo.

El vicepresidente ejecutivo de Exceltur, José Luis Zoreda, también se refirió al ámbito laboral y profesional en el momento de dar a conocer los resultados del estudio. Sólo abunda en apreciaciones que ya hemos expuesto en análisis anteriores: el papel crucial del turismo en la generación de empleo “si se le concede la prioridad necesaria y se aplican las medidas oportunas”. De acuerdo en que, entre éstas, figuren el reposicionamiento de la oferta derivado, por ejemplo, de la materialización de los planes de rehabilitación de destinos maduros y la reconversión de instalaciones mediante reclamos a la inversión; pero sin olvidar la necesidad de incentivar los programas de formación y las fórmulas de contratación para aumentar las oportunidades y contribuir a la indispensable competitividad de la industria, todavía muy pendiente de coyunturas en otras zonas del planeta para su expansión o relanzamiento.



sábado, 28 de julio de 2012

HACIA LA HISTORIA, POR LA ENSEÑANZA


La cosa empezó con noticia y petición.
El propio autor, Juan Bosco, dio a conocer que su novela, La lista (Principal de los libros) ha sido seleccionada para las lecturas y trabajos de los escolares canarios durante el próximo curso. Bien.
Uno de los asistentes pidió que actos como el que iba a celebrarse estuvieran exentos de formalidades y protocolo. Solicitud estimada. Y verificada. Bien.
Fueron dos notas de la convocatoria de una merienda en Casa Egon (La Orotava), una de las localizaciones del cada vez más comentado libro de Juan Bosco. Una experiencia, una búsqueda, un oasis en el desierto de la crisis… Resultados satisfactorios. Hablar sobre la novela, comentarla, pero también sobre la cultura, la bibliografía, la educación, la historia… Y hasta una suerte de reivindicación: la enseñanza, objeto de mayor atención y de mayor sensibilidad, la necesidad de esmerarse, la corresponsabilidad y el compromiso de quien la abraza.
Hacia la historia por la enseñanza. La erudición de Eligio Hernández la impulsó sin regatear el entusiasmo que le producía compartir aquel acto, “el mejor regalo de cumpleaños que me podía encontrar”, haciendo gala de su erudición histórica. Crítico, con la derecha y la jerarquía eclesiástica; autocrítico, con su partido “que se ha olvidado de las Casas del Pueblo como lugares donde se aprendía la historia”; analítico “del nocivo papel de algunos medios de comunicación, especialmente los televisivos” e incentivador de los afanes “de los creadores, de los docentes, de quienes encuentran en la cultura un arma contra la desazón y el pesimismo”.
Eligio fue uno más de los que arroparon a Juan Bosco que seguro no pensó que las tiras de almendra y los tambores de avellana, dos de las especialidades confiteras a las que da vida en su novela, iban a ser objeto de deleite para animar aquella merienda. Eligio, compañeros de estudios, profesoras, amigos, lectores… hablando, opinando y escuchando. La lista les convocaba para seguir descifrando algunas de sus claves, para revelar algunos trances de su elaboración… y para superar prejuicios, caray, que eso es lo que hace feliz al autor, más allá de los juicios que merece su obra.
Punto aparte para la enseñanza y la historia. Queja de los docentes, por un lado, sobre la imposibilidad material de tiempo para impartir la historia como realmente se merece. Apelación a los padres y a los mismos alumnos para que, desde la propia comunidad educativa, se haga llegar a los responsables la necesidad de revisar planes y programas con tal de colocarla en el lugar que corresponde. Opinión sobre algunos sistemas comparados de enseñanza. Y convergencia en torno a la importancia del conocimiento histórico para sensibilizar al alumnado y para que no se muestre indolente ante hechos en los que pudo haber parientes suyos participando.
Las intervenciones fluyeron con atención y respeto. Era claramente la contraposición de la memoria y el olvido, trufado éste de inmovilismo e indolencia. Una novela parece estar obrando cierto milagro, allí precisamente donde predominó el miedo, donde el gran manto de silencio se extendió para impedir -hay que volver a decirlo- el conocimiento de la historia. Hay personas que se han enterado de un fallido atentado al militar golpista, allí tan cerca de donde nos encontrábamos, gracias al texto de Juan Bosco.
Casi tres horas intercambiando criterios, conociendo episodios, rememorando fragmentos y citas, exponiendo pareceres… Sin maniqueísmos, sin imprecaciones. Casi tres horas que fueron un paso para entender que aún queda vida más allá de la política denostada y de la recesión galopante.
De manera informal, como querían unos asistentes. Dando vida a la proyección, de la obra de Juan Bosco y de su dimensión. Como quiere el autor. Como van configurando quienes se acercan a ella y terminan participando de alguna manera.
Un oasis, sí.

viernes, 27 de julio de 2012

UN PANORAMA DESOLADOR

En la radio acaban de facilitar los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), fiable indicador del desempleo en España. Las cifras son desconsoladoras, nada nuevas en su tendencia alcista, pero reflejo de que el drama se acentúa: una economía que no es productiva, en recesión, en una contracción que se agudiza. Cincuenta y tres mil personas más en el segundo trimestre. Disminuyó la ocupación. Aumentó el número de hogares con todos sus miembros en paro. El 24,6% de la tasa de desempleados es la más alta desde 1994.


Había llegado el Gobierno, con el aplauso ditirámbico de los empresarios, para tratar de mejorar los terroríficos índices: hasta la ministra del ramo se atrevió a decir que ya circulaban algunos contratos. Pero ya ven: la reforma laboral no da para generar empleo; al revés, propicia su destrucción.

Mejor, pues, que calle la ministra. Que no es la culpable exclusiva, evidentemente. Y que vayan afanándose en su partido y en el Gobierno a ver si hay forma de atajar la brecha abierta en la sociedad española. Una brecha de cuidado que pone al desnudo la exclusión social y todos los riesgos que ésta comporta.

Que hay mayores, oiga, que no pueden adquirir los fármacos de su tratamiento. Y que las Unidades de Trabajo Social de los ayuntamientos no dan abasto con la acumulación de sus expedientes y que sus profesionales están literalmente desbordados para poder atender tantas demandas.

Un panorama desolador. Por mucho que la dichosa prima se relaje.

Por cierto, ¿dónde está el presidente?

jueves, 26 de julio de 2012

RIDÍCULO ESPANTOSO

Un comunicado del ministerio de Asuntos Exteriores del Gobierno de España, en el que se señala que Francia, Italia y España convergen en la exigencia del cumplimiento de los acuerdos adoptados por el Consejo Europeo el pasado mes de junio, ha puesto en evidencia algo más que descoordinación.


No sólo porque los ejecutivos francés e italiano lo hayan desmentido sino porque el propio ministerio español lo retirase de su sitio web, generando el consecuente malestar interno en el propio departamento. “Información alucinante”, dijeron en París; “No hay nada parecido aquí ni en otras capitales”, señalaron en Roma.

Ha sido otra crisis dentro de la gran crisis. Pero muy negativa por la imagen que se proyecta de nuestra diplomacia y de la escasa credibilidad que las decisiones del Gobierno de España inspiran en foros europeos. Ridículo espantoso.

¿Precipitación? ¿Tantos apresurados? Hombre, hasta lo más profanos sabemos la delicadeza de las relaciones internacionales, máxime en fechas como las que se viven, tan intensas, tan variables, tan desconcertantes… Delicadeza es sinónimo de prudencia, en estos casos, donde una filtración, un descuido o una interpretación errónea pueden dar al traste con una negociación de envergadura encaminada a algún gran acuerdo o con una estrategia de amplio alcance que involucra, además, a países terceros. Aquí, en el caso que nos ocupa, no parece haber existido ni delicadeza ni prudencia. Lo dicho: en diplomacia, malo.

Sabido es que en el Gobierno de Rajoy abundan las vaguedades, las contradicciones y la descoordinación (queden las falacias y los incumplimientos para otro momento) pero lo sucedido con el comunicado desmentido de Exteriores añade otra gota de desconcierto, incluso para esos empresarios que aún sostienen que se trata de un Gobierno serio pero que eluden la conversación cuando relucen estas situaciones.

Pero la seriedad, francamente, no es lo que sobresale.

miércoles, 25 de julio de 2012

ENTREVISTA A GREGORIO PECES-BARBA

Fue un domingo por la mañana, temprano. En el hotel "Interpalace". Habíamos concertado la entrevista el día anterior, director mediante, Leopoldo Fernández, que para eso era paisano suyo. Y hasta allí nos fuimos con Enrique Serrano, el fotógrafo, fedatario de tantas conversaciones en etapas muy intensas y provechosas de la actividad periodística. Allí conversamos con Gregorio Peces Barba, uno de los padres de la Constitución, fallecido el pasado martes. Fue en 1987. "La única incongruencia del Estado de las autonomías es la organización del Senado", se titulaba aquella entrevista publicada en Diario de Avisos del martes 8 de septiembre de 1987 y en la que se refiere al modelo de Estado, hoy incluso cuestionado. Por eso tiene interés la recuperación del documento periodístico. El tiempo justo para dialogar con el periodista, visitar al profesor González Vicén y seguir hasta el aeropuerto, se lee en el texto, al  que se puede acceder pinchando en la siguiente dirección o hacerlo donde señala Ir a enlace. 


http://www.scribd.com/doc/101028248/Entrevista-Salvador-Garcia-a-Peces-Barba





lunes, 23 de julio de 2012

EL CALVARIO DE LA CRISIS


Señala un contertulio televisivo habitual que no apreció gran entusiasmo en las concentraciones de protesta del pasado jueves. Igual esperaba un tono de protesta o rechazo más elevado o más proclive al enfrentamiento abierto; pero ahí está el civismo de quienes quisieron decir al Gobierno, alto y claro, hasta aquí han llegado. Salvo incidentes de escasa/regular importancia que siempre ocurren en este tipo de convocatorias, la gente, miles de personas, han marchado y han exteriorizado su malestar, demostrando no tener apetitos violentos ni agresivos. Teniendo en cuenta la dimensión de la protesta, mejor puede hablarse de madurez y de racionalidad.
            Aquí, hay que tener en cuenta, además, que han sido los propios colectivos de funcionarios, los estudiantes, los desempleados quienes promovieron y se fueron sumando al llamamiento. Las centrales sindicales, también, pero con menos aparato. Empiezan a ser conscientes de que ese afán de criminalizar a sus dirigentes es un factor a tener en cuenta. Pero a pesar de que buena parte del derechío mediático está haciendo el ridículo y ya no sabe por dónde tirar para justificar la escalada gubernamental de reajustes y restricciones, el desgaste y la pérdida de credibilidad inducen una cautela ‘intersindical’ que no es mala, no. Al contrario, conscientes de que veteranos dirigentes no se van a arrugar ante un acoso y derribo como muy pocas veces se ha visto en una convivencia democrática, viene bien a los sindicalistas pulsar desde dentro estas reacciones para estudiar detenidamente su papel futuro y su propia acción. Sobre todo, pensando en el otoño caliente que se avecina -¿estaremos intervenidos para entonces?- y en la nueva huelga general que se barrunta.
            Nadie quiere una tragedia como la griega, con aquellas imágenes tan crudas, con aquellos incendios, las cargas policiales y los suicidios en plena vía pública. Los manifestantes, el jueves pasado, aspiran a que el Gobierno ofrezca alternativas y no prosiga con sus anuncios catastrofistas en sede parlamentaria y ocultando información de lo que deciden ejecutivos extranjeros. Frente a esa subjetiva carencia de entusiasmo, pudo palparse el malestar de una población que fue masivamente engañada y que no quiere que se la siga esquilmando porque sus niveles de resistencia ya están, en muchos casos, bajo mínimos.
            Las concentraciones, en Madrid, en todas las ciudades donde se desarrollaron, en  las dos capitales canarias, han sido un punto de inflexión en la crisis. Lo sabe el Gobierno, aislado políticamente, agobiado socialmente, y mucho más cuando comunidades autónomas que tienen el mismo signo político ya hablan de rescate sin reservas. Sus medidas, sus apelaciones al sacrificio y al esfuerzo, no están sirviendo para nada, son inútiles. Es lo peor de todo.
            La crisis ya es un calvario para casi todos. Quienes presumían de grandes gestores y alardeaban de “levantadores de peso” protagonizan, en veloz y desenfrenada carrera, un fiasco monumental acompañado de un descrédito exterior muy preocupante.
            Al menos, que las respuestas de los afectados y de los defraudados, de deudos y deudores, estén caracterizadas por la madurez y el civismo.

sábado, 21 de julio de 2012

MEMORIA VERSUS OLVIDO


La primera cuestión es discernir para quién hablamos: si para quienes ya han leído la novela o para quienes aún no conocen su contenido o se han enterado de su publicación mediante la convocatoria de este acto. Seguro que en el auditorio hay personas de ambos bandos, así que hemos procurado hilvanar ideas que sean apreciaciones o interpretaciones del texto y, a su vez, incitadoras de su lectura o alicientes de los múltiples descubrimientos que se hacen en la obra. Hablemos, pues, para todos.
Una obra ambientada en La Orotava de los primeros tiempos de la posguerra española pero concebida y elaborada en una suerte de tercer tiempo, casi setenta y cinco años después, liberadas casi todas las ataduras pero aún con ciertos atavismos, ya con una amplia perspectiva para imaginar y construir los pasajes novelados pero todavía con varios claroscuros, mejor dicho, aún con sombras que desnudan el miedo del que hablan el propio autor y algunos críticos, que afloran la necesidad del anonimato, del respeto elevado hasta el cambio de identidades y acaso de no querer desvelar parentescos o vínculos porque siguen esas sombras alargándose hasta nuestros días.
¡Ah! La memoria y sus ambientes. Escrita y publicada en nuestros días, La lista es la novela que faltaba, la creación literaria que nos acerca a la sordidez de aquellos años, la que nos estuvo vetada, intocable, la que mantuvieron convenientemente oculta, alejada o deformada.
Una creación que fue desbordando, seguro, la propia experiencia personal de quien concatenó los testimonios y las versiones de la tradición oral, de informaciones y leyendas de todo (que no era mucho) lo que se transmitía -hablen quedo, no eleven la voz, esto llévatelo a la tumba- y de todo lo que fue conociendo hasta interconectarlo y procesarlo en silencio. Esa obsesión de Juan Bosco por las imágenes literarias le impulsa no sólo a redactar un texto que no se detiene ni hace pausas innecesarias sino a secuenciar los hechos con un rítmico sentido lógico e instantáneo. Imaginar y escribir, además, sin que falte el rigor histórico.
Puede que le reprochen al autor en este sentido, en el de haber hecho demasiadas concesiones o el de haberse desviado. Pero no: la novela no se le ha ido de las manos a Juan Bosco. El suyo es el retrato de una época, de un ambiente, de unos hechos combinados con eventos ficticios. Es un retrato descriptivo hasta la minuciosidad: “El almuerzo comenzó a la hora prevista. A pesar de las carencias de aquellos días que afectaban, sobre todo, a quienes figuraban en la relación de familias pobres del Ayuntamiento, y a pesar de las restricciones del racionamiento, en la mesa clerical no faltaba ni vino ni pan ni buenas tajadas de carne de conejo en salmorejo y grandes canastos de papas bonitas. Eran casi veinte comensales que, además, disfrutarían de café, copa e incluso puro, en algunos casos. Mientras medio valle comía a base de gofio, leche y pan, el clero llenaba la panza con los presentes con los que la aristocracia compraba su silencio y sus bendiciones. Vinos de buenas cosechas, papas negras, plátanos, aguacates, naranjas, tomates, gallinas… Nada faltaba en la mesa particular de la mayoría de los que se congregaban en torno a aquella otra en el barrio realejero de la Cruz Santa. El poder se despacha en bandejas de plata. Los pobres, la mayoría, no conocían ni el poder ni las bandejas de plata pero en sus tazones de cerámica barata y en sus humildes tesoros de alpaca no había atisbo de confabulación ni existían briznas de pecado de omisión…”.
La lista es la obra pendiente de una época que supusimos pero que ahora está en páginas impresas y la conocemos o contrastamos con más fundamentos. Una época tenebrosa, de oscurantismos y temores, de silencios impuestos, de habladurías y conjeturas, de tramas insondables. Juan Bosco, como si quisiera dar respuesta a la pregunta del concejal republicano Wenceslao Martín, “-¿Cómo pueden tener la conciencia tranquila?”-, como si nos la trasladara, intenta desentrañarla, con el mismo lenguaje de los protagonistas, el más llano de los más desfavorecidos y el más culto y refinado de las clases pudientes que se convierte en vulgar y soez, por cierto, cuando de seleccionar víctimas y ejecutar se trata.
Lo consigue. Desde la llegada del fraile Lucas, el protagonista, el personaje principal, al puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde le aguarda el conductor de un camión “…entrado en años matando ojalás nacidos de su desespero…” -qué aserto tan ilustrativo-; y desde el relato del atentado fallido contra Francisco Franco, justo un mes antes de su alzamiento, producido en medio de la solemnidad del Corpus orotavense después de que el militar, con escoltas, admirara las alfombras, cumpliera con el ritual de asomarse al balcón del Ayuntamiento y siguiera desde la casona de los Brier el cortejo procesional. Contemplaba “desde la distancia la gran custodia de plata trepando por la inclinadísima calle Colegio”, cuando el brazo con un arma que apuntaba a Franco desde un balcón cercano nunca consumó su intención.
De haberlo hecho, es la cuestión subsiguiente, ¿se hubiera cambiado el curso de la historia? “En las calles del pueblo -se lee en la novela- podía haberse alterado el destino de España”.
Pero hablábamos de desentrañar, por ejemplo “…un pueblo dominado por familias de abolengo en el que muchos ejercían la solemnidad como una necesidad…”; o este otro relativo a la diferencia de clases en La Orotava que “se ponía de manifiesto de las maneras más inverosímiles. La plaza de La Alameda, el principal lugar de esparcimiento popular, estaba dividida en dos: por un lado paseaban los ricos y los que tenían algún tipo de poder; por el otro, los pobres. Es más, la terraza del bar del quiosco tenía unas mesas de madera medio destartaladas para la clase baja y otras mesas con tapa de mármol para la clase alta”.
Juan Bosco, así, nos traslada a los escenarios de su trama en la que quiere situarse en el fiel de la ineluctable balanza, adelantándose incluso a los acontecimientos. Leamos:
“Tras la procesión del Cristo a la Columna la noche del Jueves Santo del treinta y ocho, Luis Pastrana regresó a su casa apretando en su mano la efigie que pendía de la cinta de terciopelo verde de la hermandad a la que pertenecía desde hacía cuarenta años. Se encerró en su despacho. Extrajo de un cajón una libreta de cuentas nueva. La abrió por la mitad. Tomó su pluma. De otro cajón sacó un sobre de gran tamaño que contenía todos los mensajes inculpadores recopilados hasta ese momento. Lo vació a su derecha. Tomó uno entre los dedos y comenzó a anotar. Esa noche, ochenta y seis seres humanos quedaron marcados con la mancha de la sospecha. Todos serían vigilados, controlados y, si hiciera falta, aniquilados”.
Era aquella lista, “una amalgama de formas de sentir e impresiones de gente corriente, trabajadora, sencilla; una tela tejida por el delicado hilo de la libertad, que vagaba al viento como un diente de león, lejos de quienes más la añoraban, que también eran quienes más la malversan y negaban, porque la creían inalcanzable”.
En la trama aparece otro personaje destacado, Rosa Pastrana, hija del conde de Tres Cantos, para ser lado de un peculiar triángulo amoroso y para asumir un papel activo a la hora de evitar los asesinatos de ochenta y seis personas por parte de los adictos al régimen, leitmotiv de la novela.
Estos escenarios despliegan la visión del autor. En ellos se suceden la intimidación y las suspicacias, el inmovilismo, el afán de aniquilamiento… El terror envuelve la convivencia a medida que nada se sabe y nadie quiere saber ni decir nada de una oleada de misteriosos asesinatos en la Villa que son la expresión de la inmisericorde represión. En seguida se advierte la confabulación para preservar el secreto: el fraile Lucas no se resigna, a pesar de la incomodidad que genera en sus círculos más próximos y en aquella sociedad elitista, y cuando cae en sus manos el listado con los nombres de las personas que los franquistas quieren liquidar, el empeño en salvar sus vidas alcanza ribetes de ingenio y heroicidad. Rosa adquiere plena conciencia de que en sus manos está contribuir a esa salvación, por eso confía plenamente en Lucas.
Advertir, informar, anticiparse… Los movimientos en las penumbras, las conversaciones a duras penas inteligibles, los despistes, las trampas, las escapadas bajo las piñas de plátanos, los pasadizos, los túneles y los ardides como disfrazarse o suplantar personalidades para adecuar convenientemente lo que serían secuestros preventivos constituyen la urdimbre de un propósito muy claro: salvar a quienes unos pocos, sin legitimidad y sin moral alguna, han condenado a muerte por la vía rápida, no importa que sea el día de la Romería.
Juan Bosco va aumentando el nivel de la intriga y de la pasión enhebrando situaciones que culminan en el intento de evacuar de una tacada a veintitrés de los condenados en una barcaza que espera en el viejo muelle del Puerto de la Cruz. Uno no soporta la presión y les delata. En las cuevas de la azotea de la isla se van sucediendo, a ritmo trepidante, entre lágrimas, desprecios y desgarros, los disparos y los empujones del martirio. El conde de Tres Cantos se revuelve en su obcecación y acaba con la vida de Lucas. Su hija, no encontrada, “rota de dolor y con el amor herido para siempre”, salvó el pellejo.
“Había muerto la esperanza y, con ella, la dignidad”, escribe Juan Bosco en otro pasaje de la novela, calificada valiente por el crítico Eduardo García Rojas. Por eso mismo, engancha, subyuga (Eligio Hernández dixit), penetrando en los problemas y en las situaciones con apreciable belleza literaria donde antes nadie o muy pocos se atrevieron a hacerlo. La esperanza y la dignidad, igualadas en un trance mortífero, parecen querer resistir acaso porque el autor encontró esa visión valiente de la vida, la de un hombre o de unas personas luchando contra la adversidad. Es como la confesión del autor checo Milan Kundera, en su Libro de la risa y el olvido, a propósito de la lucha del hombre contra el poder: “Es la lucha de la memoria contra el olvido”, sentenció. Juan Bosco agita y refresca la memoria. El olvido, capitidisminuido.
Este es, en todo caso, el pugilato, que no el maniqueísmo. Es la cuestión de fondo, la pugna por quebrar de una vez la desmemoria, sobre todo, la impuesta. Novela historiada o historia novelada, lo cierto es que estamos ante una narración muy sólida y muy bien trabajada, plagada de aspiraciones más que de ambiciones, la principal de las cuales estriba precisamente en evitar que la historia, en especial la documentada, quedara relegada.
La lista, como es fácil colegir, es fruto de una densa investigación que se encamina hacia el impacto poco visible o casi desconocido de la represión, aquí donde no hubo contienda. No hay otro afán que un deber moral, explica el propio autor cuando “las personas conocen la verdad de la vida, lo saben; sólo que unos saben que la saben y otros no”.
Por eso Juan Bosco niega el maniqueísmo que advierten algunos intérpretes de su texto que prefiere impregnar -lo confiesa en una de las múltiples entrevistas que ha concedido en los últimos meses- de un propósito de exorcizar a personajes que desfilan con toda su crudeza, pasada y presente, y de demostrar que “el perdón está cosido a la piel de quien lo ejerce”, frase que le cambió la vida, según admite, después de que alguien le subrayara la trascendencia de ese argumento.
Buscaba un marco emocional y lo encuentra y lo desarrolla en los cuarenta y dos capítulos de la novela. Que nadie vea en sus más de cuatrocientas páginas un factor disuasorio. Al contrario, después de su lectura, parecerá haber vivido lo que nos contaron, lo que escuchamos con mayor o menor interés, lo que imaginamos y lo que sabíamos que sucedió pero que el manto de silencio y el miedo, con su opresión, apenas dejaban acercar. No estaba escrito.
En ese marco están las emociones perseguidas por Juan Bosco, las que le hicieron llorar o reír en el momento de escribir o de alumbrar su imaginación, y las que seguro producirá en el lector que descubrirá esa dimensión del miedo que sólo se palpa en las criaturas literarias. “El miedo es ese pequeño cuarto oscuro donde los negativos son revelados”, afirmó el escritor e investigador fotográfico Michael Pritchard.
Mucho miedo durante tanto tiempo. Con sus secuelas, que aún transpiran. Menos mal que la esperanza y la dignidad, aunque maltrechas, resisten, aún viven. En sus pliegues puede penetrar el lector seguro de superarlo desde la libertad, desde la interpretación crítica y desde la óptica de una novela a cuyo autor y a su firma editorial agradecemos la oportunidad de haberla presentado, con la sana intención de estimular su lectura. La lista, de Juan Bosco, es el eslabón que faltaba. Si un buen libro, en palabras del pedagogo y escritor norteamericano Bronson Alcott, es aquel que “se abre con expectación y se cierra con provecho”, tengan la plena seguridad que éste es uno de ellos.
¡Ah!, por cierto, gana la memoria.

miércoles, 18 de julio de 2012

NO ES LA NOCHE


Anghel Morales, editor, le echó desparpajo, entusiasmado con su proyecto Generación 21; Juan Bosco, introductor, con su prodigiosa voz de siempre, cautivó leyendo fragmentos que encendieron aún más su interpretación y el aprendizaje de las imágenes literarias; y Carlos  Cruz García, autor, desgranó algunas claves de su segunda novela, No es la noche (Ediciones Aguere/Ediciones Idea), en la que ha querido plasmar la tensión social, las preocupaciones particulares de la gente, “un caballo que va muy a tirones” sobre el desarraigo del sur tinerfeño, donde centra la acción que, en el fondo, entraña una ausencia de comunidad que, a su vez, es una falta de comunicación.
            Lo había propuesto Bosco, muy espontáneamente, una suerte de comentario de textos con las preguntas y las apreciaciones de los asistentes a la presentación del libro en un repleto Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias. Y redondearon un ejercicio sobresaliente, lleno de matices, de explicaciones y de sugerencias en torno a una escritura pasional que cristaliza en un texto osado por cuyas aguas complejas navega el autor con solvencia y con el estilo atrevido de su novela anterior, H., a la que se refirieron presentador y el mismo autor como germen de esas situaciones literarias que, plagadas de misterio, van concatenándose hasta lo recóndito y hasta la búsqueda incesante de su resolución.
            Entonces, auditorio, crítico y novelista disfrutaron a medida que los pasajes y las claves de No es la noche iban “sucediéndose a trompicones hasta hacerte chocar con las ideas”, en atinada definición de Juan Bosco quien dijo haber aprendido muchísimo con un texto que se va desarrollando en las diferentes mentes que operan en la historia, donde Eva y Juan, los personajes principales, encarnan, pese al escaso diálogo que su creador les confiere, los conceptos que le interesaban plasmar a partir de un primigenio suceso de violencia de género que, en cualquier caso, no es el principal pues hay mucho material (emigración, multiculturalidad, desempleo, acoso laboral…) que pone de relieve, con visceralidad, las singularidades del sur de la isla pero no para circunscribirlas pues está claro que el autor quiere ir más allá de las fronteras isleñas.
            En ese “escaparate de la sociedad del momento” (palabras de Bosco), el granado comentario de textos se detuvo también en la dualidad señalada al principio: no hay comunidad, luego no hay comunicación. Pero el propio reconocimiento del autor sobre la escasez dialogante no exime de la movilización de conciencia social que procura con el conjunto del texto que arranca con un adverbio de negación, con un título en negativo que, además de ser un reclamo, termina rompiendo un clímax, los atavismos, esa especie de tragedia que no se retroalimenta en un final que quiere despejar condicionantes o frustraciones y abrirse paso hacia la luz, acaso la luz de la madurez que adivinó Eduardo García Rojas en su crítica de esta novela cuyos lectores descubrirán una copiosidad literaria que permite augurar la conquista de ese puesto destacado en la literatura canaria que, según su editor, viene reclamando desde H.
            Ahora, que tanto mar le siga preguntando por la tierra.
            

lunes, 16 de julio de 2012

GLOSA DE UN CORRESPONSAL


Ya no se usa tanto, desde luego, o no se usa como antes, pero si alguna encarnación quiere hacerse de la figura del corresponsal, hay que situar como ejemplo a Antonio Expósito Mesa quien pone punto final a cuarenta y cinco años de ejercicio informativo desde su Villa natal.
Desde allí, desde La Orotava, ha venido cumpliendo ininterrumpidamente con una afición que alternaba con su profesión de dependiente comercial para dar cuenta de la actualidad villera, la que él mismo contribuyó a fabricar con crónicas e intervenciones que, a veces con alharacas, reflejaban el quehacer y el devenir de la localidad norteña.
Ahora que se despide, bueno será recordar que llegué a Radio Popular de Tenerife, a principios de los años 70, de la mano de Antonio Expósito Mesa. Un compañero suyo de trabajo, Felo, nos trasladó hasta La Laguna. Antes vimos un partido de infantiles en el desaparecido campo Don Pelayo. Antonio fue hablando de su actividad, de la búsqueda de resultados y del ‘modus operandi’. Uno había iniciado estudios de derecho pero la vocación podía y pudo más, de modo que aquel primer contacto con el padre Siverio, director de la emisora, era todo un impulso: nos estrenamos aquella misma noche en un programa inolvidable, Tablero deportivo. Fue con una crónica deportiva telefónica, rubricada con aquella despedida “Desde la ciudad turística…”, que quedó acuñada para los restos y que de vez en cuando el propio Antonio resaltaba en cualquier conversación amistosa o “intercomunicadores”.
Le estoy, pues, sumamente agradecido. Le conocía de sus inquietudes en el baloncesto, de su presencia en la plaza del Charco o en la de Franchy Alfaro, en  los tiempos heroicos del deporte de la canasta, sobre todo cuando llovía y había que obrar milagros en esas canchas. Y también de su trabajo en tiendas portuenses. De verle luego en cualquier rincón de los campos tomando nota para las crónicas que publicaba Jornada Deportiva.
Antonio fue el prototipo del informador, del corresponsal válido para todo. Ofició sin alardes, sin grandes pretensiones y sin grandes retribuciones a cambio. Su máxima era cumplir. Cumplir con cada envío, con cada transmisión, porque sabía que había gente esperando su información. Era una conciencia periodística, un compromiso con la comunicación adquirido sin enseñanzas ni manuales teóricos, sin otras guías que las que marcaba la propia experiencia y alguna que otra orientación.
Así trabajó durante casi medio siglo, repartiéndose en Radio Popular de Tenerife (COPE) y Jornada Deportiva. Y hasta hizo sus pinitos en Archipiélago Televisión (ATV), una local donde también dejó sello de su amor por la Villa, por sus tradiciones y sus celebraciones. Terminó, claro, haciendo de presentador de festivales o concursos y de maestro de ceremonias de toda condición. Siempre voluntarioso, siempre predispuesto: acabó convirtiéndose en el recurso fijo para cualquiera de esas convocatorias. Para eso le encantaba profesar de villero.
Ganó el premio Domingo Rodríguez Ramírez de periodismo deportivo y ha sido distinguido con las insignias de oro de la Asociación de Periodistas Deportivos de Tenerife y de la Federación Insular de Baloncesto.
En su última etapa activa, ya en el Ayuntamiento, en el gabinete de la alcaldía, siguió trabajando en todo eso que le gustaba y que, con su aportación, se proyectaba adecuadamente. Con razón, le ha confesado a Raúl Sánchez, en El Día, que se retiraba "con la satisfacción del deber cumplido de acuerdo con mis posibilidades, y de haber contribuido en todo este tiempo en honrar y divulgar el buen nombre de La Orotava".
Antonio Expósito Mesa, autodidacta, el corresponsal leal y cumplidor, dice adiós con la satisfacción de haber dado cuenta de tantos y tantos acontecimientos, en algunos de los cuales, fue, además, partícipe activo. En cualquier otro ámbito, sería un corresponsal más. Para nosotros, para aquel equipo inigualable de Radio Popular, desde luego que no.
Ahora, queriendo disfrutar de la familia y de los amigos, sacrificados durante muchos años para atender los deberes de informar, buscará tiempo para dedicarse a la Fundación proyecto Don Bosco y al coro de La Concepción.
Lo hará con el mismo espíritu del eficaz corresponsal que fue.
¡Gracias y suerte!