jueves, 21 de enero de 2016

VEJÁMENES EN PRISIÓN



Circula en redes sociales un escalofriante testimonio obtenido por una cadena de televisión venezolana sobre el tratamiento recibido en una prisión por la esposa de Leopoldo López, político encarcelado, y la madre de éste. Ambas acudieron a visitarle, junto a los dos hijos menores de edad. La autoridad militar responsable del centro penitenciario se cebó, literalmente, en las dos mujeres que fueron obligadas a desnudarse y se sintieron desprotegidas, humilladas y vejadas. Omitimos los detalles, transidos de dolor, rabia e impotencia. Pero también de valentía -hay momentos en que esposa de López se dirige al coronel jefe- que es el soporte de la pugna personal que mantiene desde que el político fue encarcelado y de la causa que ha trascendido allende las fronteras venezolanas.
El episodio es la enésima prueba de la fractura social del país sudamericano y de los abusos de un régimen totalitario que ha devenido en el fracaso de la revolución que ya se adivina entre las propias filas del chavismo o del oficialismo. Leopoldo López, por el que abogó Felipe González en un viaje del que hubo de regresar apresuradamente, es considerado, junto a otros dirigentes opositores, un preso político y ha sido condenado como un asesino a raíz de unos desórdenes en los que murieron unas cuarenta personas.
López confía en su liberación que dependerá de la aprobación de una ley de amnistía y reconciliación nacional que la Mesa de Unidad Democrática (MUD) ha anunciado desde la pasada campaña electoral y ha ratificado en las primeras sesiones de la presente legislatura en la Asamblea Nacional. Mientras tanto, tiene que sufrir y soportar estos vejámenes a sus familiares más directos y más queridos.
Algo que espanta, ciertamente.

miércoles, 20 de enero de 2016

EL TURISMO SIGUE CRECIENDO



La Subdirección General de Conocimiento y Estudios Turísticos, dependiente del ministerio de Industria, Comercio y Turismo, ha dado a conocer unos datos llamativos del sector turístico, en concreto, los que conciernen al empleo.
Veamos: el número de trabajadores dados de alta en la Seguridad Social en actividades vinculadas al sector aumentó durante el pasado año un 4,6%, hasta superar los 2,09 millones. De esta cantidad, 1,62 millones son empleados asalariados (incremento del 5,7%) y el resto son autónomos (un 1,1% más que en 2014).
En el desglose de cifras, llama la atención que en el subsector o rama de las agencias de viajes y operadores turísticos los ocupados crecieron en 2015 un 4%, hasta las 52.698 personas, dos mil treinta y tres afiliados más que en 2014. En los servicios de alojamiento, la afiliación aumentó un 4,1%, hasta alcanzar las 274.382 personas. Por cierto, en el último mes de 2015 se produjo un incremento en este capítulo del 4,2%. Respecto a la actividad de restauración (comidas y bebidas), el número de afiliados subió un 5,4%, hasta 1,14 millones, tras un aumento del 5,5% en diciembre (1,13 millones).
Todas las comunidades autónomas, especialmente las de mayor peso específico en hostelería y agencias de viajes, registraron incrementos de afiliados en hostelería y agencias de viaje en 2015.
Estos llamativos datos, como decimos, reflejan el excelente año turístico, con rendimientos muy positivos en algunos apartados. En otros, quizá no tanto: recordemos que fuentes sindicalistas y estudiosos del mundo laboral coincidieron en señalar que esos registros tan favorables para el sector no se habían correspondido en la proporción adecuada con la creación de empleo y, sobre todo, con empleo estable.
Lo importante, según hemos dicho otras veces, es que continúe esa buena racha, que se siga al alza en afluencia y ocupación, de modo que las ramas de actividades mantengan una cierta constante de crecimiento.
Y aprovechar las experiencias de las vacas gordas. Que no siempre va a ser tiempo de vino y rosas.

martes, 19 de enero de 2016

SIN CASTELLANO EN EL PARLAMENT



Es curioso esto. De manera que en el Senado español, representativo de todo el Estado, se hablan todas sus lenguas, que para eso son cooficiales. Y ahora el castellano desaparece de la web del Parlament catalán. Si esa es la independencia, que conduciría al aislamiento, mejor no imaginar el resto. Don Manuel Azaña, al hablar del particularismo catalán, se quedó corto. Qué lástima, Catalunya, qué lástima.
Desde ayer tarde, cuando insertamos esta opinión en una red social, crece el debate en la misma, con multiplicidad de criterios, algunos claramente condicionados por la fractura social abierta en aquella comunidad que no solo enfrenta a catalanes sino a muchos de éstos con el resto de España. Algunas posturas, por cierto, son radicalmente irracionales, hasta el punto de hacer más sombrío el panorama.
Qué lástima, Catalunya, qué lástima.

lunes, 18 de enero de 2016

DEL CASTILLO, LA SOBRIEDAD CABALLEROSA

Este Juan Galarza -y su todopoderoso archivo- nos puso sobre la pista de una entrevista hecha a Pepe Del Castillo en Diario de Avisos, agosto de 1976, cuando recién se incorporaba al C.D. Puerto Cruz, después de un fugaz paso por Cartagena y Xerez concluida su etapa en el Tenerife.  Del Castillo fallecía en las primeras horas de ayer domingo, a los 70 años,  y todos lamentamos su pérdida, apenas trascendió la noticia. Se había asentado en la ciudad, donde echó raíces, abrió un negocio de ropa deportiva y se granjeó el afecto de centenares de portuenses.
Natural de La Laguna, llegó a Puerto Cruz procedente del Tacoronte, mediada la década de los sesenta. Era un Puerto Cruz imponente en el contexto de un potentísimo fútbol regional en el que primaban las rivalidades locales. El equipo fue bautizado como el “6 de copas” al ganar otras tantas competiciones en una misma temporada. Del Castillo completó en El Peñón el ciclo 1963-68, hasta que saltó al primer plantel del C.D. Tenerife con el que debutó -de la mano de otro inolvidable entrenador, Fernando Cova, con el que luego coincidiría en su segunda etapa con el club portuense- un 2 de febrero de 1969, frente al Boetticher. El equipo albiazul se afanaba en aquella infame Tercera división. El ciclo de Pepe Del Castillo en el Tenerife se prolongó desde 1969 a 1973. Vivió la alegría de un ansiado ascenso en la primavera de 1971, con Javier García Verdugo en el banquillo. Su titularidad  era prácticamente inamovible. Y otro técnico posterior, el recordado Héctor Núñez, también le otorgó su confianza. Sobrio bajo los palos, seguro, dotado para la colocación, quizá algo timorato en las salidas y buen desenvolvimiento en el juego con los pies: esas eran sus principales características.
Se marchó a Cartagena -donde una lesión le impidió rendir a plenitud- y siguió a Jerez. Según el mismo relataba en la entrevista aludida, no fue una buena experiencia: entre la lesión y las deudas, “solo me fue regular”. Y retornó al Puerto de la Cruz para otro ciclo de dos años (1976-78). Decía entonces el arquero: “Yo estoy satisfechísimo de haber fichado porque el Puerto es un poco mi patria chica: parte de mi familia es de aquí y salí de aquí para el Tenerife. He vuelto con ganas de seguir siendo útil, de ganarme un puesto”.
Cumplió con creces y se esmeró en que nadie advirtiera declive alguno. Supo retirarse. Se esforzó también en ayudar a los jóvenes. Les inculcaba su experiencia.

Aquella entrevista, con foto de Enrique Serrano, terminaba de la siguiente manera: “Pepe Del Castillo. Fuera del campo, la caballerosidad y la amabilidad en todo momento. Dentro de él, la serenidad de la que siempre hizo gala y las mismas ansias que cuando empezó”. Ya retirado, siempre atento a las necesidades de la población deportiva, ni un mal gesto ni una sola desconsideración. Seguía siendo la misma buena persona de siempre.

sábado, 16 de enero de 2016

UN TRABAJO DE PRECISIÓN

Tocó presentar, en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, el libro Agatha Christie en Canarias 1927: un invierno que cambió su vida, del que es autor el profesor Nicolás González Lemus. Esto fue lo que dijimos:

“Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”. Lo dejó escrito Agatha Christie. Es todo un pensamiento, una manera de interpretar su propia existencia y de transmitir el mensaje de cómo conducirse.
       Una autora de postín vivió el éxito de su literatura y probó, a su vez, los sinsabores de esa calle por la que hizo transitar el fruto de su imaginación, las tramas concebidas con todo lujo de detalles, las situaciones al límite y los personajes detectivescos que habrían de agrandar su leyenda.
       Para la “Reina del crimen”, como fue bautizada, la vida, siempre caminando hacia adelante, significó lo que se desprende de tal pensamiento: avanzar, progresar, superarse, sortear los obstáculos -da igual su naturaleza- incluso los de índole personal. El libro que hoy nos ocupa y nos convoca es la adecuada justificación de sus ideas, a partir de algo tan personal e íntimo como es una ruptura matrimonial y la asunción de responsabilidades familiares, además de encauzar el devenir de la escritora.
       Aquel invierno de 1927, el que cambió su vida, tal como se subtitula la obra de Nicolás González Lemus, Agatha Christie en Canarias, fue determinante en su trayectoria. Se podrá pensar que vino a sanar heridas sentimentales o a huir de tribulaciones del mismo tenor y reponerse. Ciertamente, pese a los imponderables, siguió escribiendo. Era lo que la urgía. Pero, sobre todo, era lo que la motivaba. No podía dar marcha atrás: la vía de sentido único.
       La vía que permitió especializarse en el género policial hasta el extremo de ser considerada, a escala internacional, como una de las más grandes autoras de crimen y misterio de la literatura universal. Integrante de una familia de clase media/alta, estudió en distintos colegios privados e institutos de la capital de Francia. Su primera novela, El misterioso caso de Styles, publicada en 1920, consignaría la presencia de uno de sus más famosos personajes, el detective Hércules Poirot. Habrá que decir, una vez más, que estamos ante una de las autoras más traducidas del mundo. Sus relatos y novelas han sido adaptados en numerosas ocasiones al teatro y al cine. Baste el siguiente dato, obrante en el Libro Guinness de los Récords, para entender la dimensión universal de la obra de Agatha Christie: es la novelista más vendida de todos los tiempos. Títulos como Asesinato en el Orient Express, Diez negritos (uno de los diez libros más vendidos en la historia de la literatura universal), Matar es fácil o Muerte en el Nilo, son algunos de los más destacados en su prolífica carrera, a lo largo de la cual recibió numerosos premios.
       Seguro que si preguntamos al auditorio quién ha leído alguna obra de Agatha Christie se levantarían muchos brazos. Nicolás González Lemus no solo lo hizo sino que investigó los avatares de su estancia en Tenerife y Gran Canaria, los que desmenuza de forma ilustrativa en lo que llamaríamos un trabajo de precisión que viene a poner las cosas en su sitio, a reconducir -esperemos que definitivamente- el imaginario popular y a acabar con deformaciones de la realidad y versiones contradictorias o inventadas.
       El autor de esta interesante descripción profundiza en las causas y las circunstancias que concurrieron en el viaje a Canarias de la novelista y detalla los pormenores de su estancia, primero en el Puerto de la Cruz, donde reside durante veinticinco días de aquel febrero de 1927 en el Gran Hotel Taoro; y luego en Las Palmas de Gran Canaria.
       En la cumbre de Monte Miseria, en pleno parque Taoro, donde sobresalía aquella edificación que, junto a la iglesia anglicana y la profusa biblioteca,  durante años fue “el epicentro de la vida de la comunidad británica en la ciudad”, citando al propio González Lemus, Agatha Christie terminó de escribir El misterio del tren azul, el relato que se le atragantaba y al que su hija Rosalind, que viajó a las islas acompañándola, junto a la secretaria Carlo, registrada en el establecimiento como Miss Fischer, contribuyó a complicar con sus inquietudes infantiles que no facilitaban la necesaria concentración.
       El texto, según González Lemus, trataba sobre “el lujoso tren azul que atravesaba regularmente Francia para llevar pasajeros nacionales y turistas a la Costa Azul, centro turístico muy de moda. Cuando el tren llega a su destino, la hija de un magnate estadounidense del petróleo aparece asesinada. Llevaba consigo un collar con el mayor rubí del mundo, ‘Corazón de fuego’, pero había desaparecido. El padre de la joven contrata a Hercules Poirot para que resolviera el caso. Este es el planteamiento de la novela”. Y lo dejamos aquí para que mantengan la intriga y animarles a su lectura. Por si no la conocen, aquí va una frase de la propia Agatha: “La mejor receta para la novela policíaca: el detective no debe saber nunca más que el lector”.
       Nicolás González Lemus, guiado por ese afán de concreción que le merece la estancia de la novelista entre nosotros, recurre a la Autobiografía de ésta para explicar su estado anímico y por qué aquellos días de febrero de 1927 cambiaron su filosofía y hasta su medio de vida:
       “Para empezar -escribe Agatha Christie- no sentía ninguna alegría al escribir, ninguna inspiración. Había desarrollado un argumento convencional, adaptado de uno de sus anteriores relatos. Sabía, valga la expresión, lo que traía entre manos pero no veía la acción con claridad en mi mente y a los personajes les falta vida. Me impulsaba desesperadamente el deseo, o mejor dicho, la necesidad de escribir otro libro y ganar algo de dinero.
       “Ese fue el momento -concluye la autora-  en que me transformé de escritora aficionada en profesional. Asumí todas las cargas de una profesión como la de escritor, en la que tiene que escribir aunque no te guste lo que estás haciendo y aunque no esté demasiado bien escrito. Siempre he odiado la obra El misterio del tren azul. Pero conseguí terminarla y enviársela a los editores. Se vendió tan bien como el anterior, así que se consoló un poco; de todos modos, nunca me he sentido orgullosa del libro”. Con el paso de los años, la “Reina del crimen”, curiosamente, dictaría una de sus frases más celebres: “La tristeza es la cuna de inspiración de todo escritor”
       ¿Cuál era o cómo era el Puerto de la Cruz de entonces? González Lemus hace una primorosa descripción en la que detalla el emplazamiento de las firmas británicas vinculadas a la banca y al comercio. “Además -consigna- la ciudad contaba con un servicio de burros para alquilar y disponía de coches de motor y guaguas, también de motor. Solamente había un restaurante en la calle Esquivel número 5, el “Brisas del Teide”.
       Les proponemos que echen a volar por unos instantes su imaginación y se trasladen a estas ‘precisiones’ de Nicolás:
       “…Agatha Christie dedicó los últimos días de su viaje a descansar, pasear y tomar algunos baños de mar. Entonces, para bajar al ‘pueblito’ -recuerden que estaba hospedada en el Taoro- había que tomar el camino arbolado hasta llegar a las puertas con rejas de hierro forjado que permanecían abiertas durante el día pero que por la noche se cerraban, con salida a la calle de Las Cabezas. Era la única bajada, aunque no la única salida. La otra, la entrada principal, también con rejas de hierro para la entrada a los jardines, el hotel y la iglesia, era la que estaba en la carretera general de Las Arenas, enfrente del British Outdoor Games Club, a la altura de San Antonio”.
       Pero sigan, sigan atentos y hagan este recorrido:
       “Un día, Agatha, su hija Rosalind y Carlo decidieron bajar para visitar el pueblo. Al llegar a la carretera, Agatha giró a la derecha y tomó la calle Cupido (hoy Valois) para subir por la ladera de Martiánez y dirigirse a La Paz. Allí contempló su acantilado, la casa residencia de la hacienda y disfrutaría del paisaje, lugar que incorporaría en su relato El hombre del mar”.
       Continúen el itinerario que evoca González Lemus:
       “Otro días, cruzó y anduvo el estrecho paseo de Las Damas, que daba directamente a la calle San Juan también llamada de Las Tiendas pues toda estaba dedicada a tiendas de comestibles y souvenirs hasta su final en el muelle. La calle es realmente muy corta, de modo que no fatiga al visitante… El pueblo se recorría enseguida, por entonces era pequeño, muy pintoresco, con el encanto de sus casas, sus tejados rojos y sus recoletas iglesias”. Esos valores cautivaron a la novelista que observa (textual) “un lugar encantador con la gran montaña que lo dominaba todo [el Teide] y las maravillosas flores que crecían por todas partes, alrededor del hotel”.
       Y discurrió por el paseo San Telmo para incursionar en Martiánez, donde pretendía bañarse. Según el escritor, solo lo pudo hacer en dos lugares: el memorable Charco de la coronela o el arenal de la propia playa, que estaba rodeado de un inmenso paisaje de plataneras. El entorno se completaba con la precursora de tantas instalaciones construidas junto al ma, el ‘Thermal Palace’, abierto en 1912 con la oferta de una gran gama de actividades recreativas y de ocio. Cuenta Nicolás González Lemus que era un edificio de madera desmontable construido por Guillermo y Gustavo Wildpret. Miren los avanzados contenidos de la época que nos dejan estupefactos:
       “Su salón de teatro estaba decorado por el acuarelista tinerfeño Francisco Bonnín y tenía capacidad para cuatrocientas personas. Además,  contaba con comedor, sala de billares, gimnasio, biblioteca, salones de baños, canchas de tenis, criquet y bolos. Había actuaciones de compañías teatrales, opereta y zarzuela, funciones de cine amenizadas por un piano, carreras de sortija a caballo, lucha canaria, peleas de gallos, regatas de botes, conciertos de la banda municipal, exhibición de fuegos artificiales. Enfrente de la playa se encontraba el “Petit Park”, dotado de mesas y sillas a la sombra de los árboles…”. Vaya, vaya con el Puerto de la Cruz de entonces: qué oferta, qué atracciones, qué variedad… Tuvo que haber sido -y permitan esta breve licencia para la nostalgia- algo extraordinario.
       Pero no satisfizo a la novelista, o lo que es igual, no todo resultó favorable. No todo fueron días de vino y rosas. La escritora era una excelente nadadora pero Martiánez no era la playa idónea. Quedó desencantada, sin poder practicar por el bravo oleaje. Ello influyó en su posterior desplazamiento a Las Palmas de Gran Canaria. Agatha lo explica así:
       “Había, sin embargo, dos cosas que me molestaban: la bruma que descendía de la montaña al mediodía y que convertía lo que había sido una espléndida mañana en un día completamente gris; y que a veces incluso llovía. Los baños de mar, para los aficionados a nadar, resultaban terribles. Tenías que tumbarte boca arriba en un playa volcánica en pendiente, enterrar los dedos en la arena y esperar a que las olas te cubrieran. Pero tenías que ir con mucho cuidado para que no te cubrieran demasiado pues se habían ahogado ya muchas personas. Resultaba imposible meterse en el mar y empezar a nadar; solo lo hacían los dos o tres nadadores más fuertes de la isla, e incluso uno de ellos se había ahogado el año anterior. Por eso, al cabo de una semana, nos trasladamos a Las Palmas de Gran Canaria”.
       Eso sucede el domingo 27 de febrero, justo al día siguiente del denominado ‘Baile de trajes’, una celebración carnavalera que tuvo como marco el hotel Taoro. El autor del libro que nos ocupa es concreto: “Tan solo estuvo en la isla veinticinco días”. Y relata en las páginas siguientes aspectos de su estancia en Gran Canaria, corroborados en la Autobiografía donde no faltan las cuitas de su hija Rosalind con quienes le hablaban castellano; el olvido de su osito azul resuelto con el arrojo de un conductor; la atención médica que recibió para superar una irritación bucofaríngea y lo placentero que le resultaron tanto la temperatura como los baños en las playas de la capital grancanaria.
       Nicolás González Lemus, en fin, se esmera en este auténtico trabajo de precisión para saber lo que hizo la escritora británica en las islas y despejar algunas confusiones sobre su misma producción literaria, la que elaboró entre nosotros y en nuestros ambientes, oportunamente evocados o recreados, siquiera de forma parcial.
       El enigmático Mr. Quin, un libro compuesto por doce cuentos fantásticos, contiene, en su capítulo sexto, el relato titulado El hombre del mar. La acción se desarrolla en una zona que evoca claramente las características de la urbanización La Paz. Su descripción de la casa de la familia Cólogan, situada al borde del acantilado, es literariamente impecable. Las siguientes líneas de Nicolás nos meten de lleno  en la lectura: “Agatha utilizó la casa para situar en ella la trama central del relato. Míster Satterthwaite entra en la casa y se encuentra una mujer de mente torturada, que vive sola y pretende suicidarse porque tuvo un hijo, John, fuera del matrimonio, aunque ella alegaba como causa de su bajo estado de ánimo que su marido inglés se había ahogado en la playa de Martiánez. Esto es una clara alusión al hecho real del nadador que se ahogó en la playa y que se recoge también en su Autobiografía”, tal como antes extrajimos.
       El volumen de González Lemus desmenuza la estancia de Agatha Christie en las islas, fruto de sus densas investigaciones, gracias a las cuales, por ejemplo, sabemos que la escritora tenía treinta y seis años cuando llegó; que estuvo aquí veinticinco días; que el Puerto de la Cruz contaba con poco más de siete mil habitantes; que la isla exportaba en 1924 dos millones doscientos sesenta mil ciento veintitrés kilos de plátanos; que la temporada turística invernal abarcaba desde el 1 de octubre al 1 de mayo; que el precio por día en el hotel durante este período, pensión completa, era 25 pesetas; que los importes de las comidas que se servían en el comedor iban desde las 4 pesetas del desayuno (0,2 céntimos de euro), a las 7 del almuerzo. El té tan característico de los ingleses costaba 2,5 pesetas, medio duro. Y la cena, lo más caro, 8 pesetas (0,4 céntimos de euro).
       Por si fuera insuficiente, el autor dedica unas páginas, igual de detalladas, a las fechas que estuvo en Gran Canaria, corrigiendo de paso a cronistas que se refirieron a otros viajes de la escritora -quizás como consecuencia de la confusión plasmada en una placa alusiva que figura en la actual sede de las oficinas municipales, antiguo hotel Metropole-, acaso generada por algún viaje de su único nieto aún vivo, Matthew Pritchard, que ha estado presente en dos ediciones del Festival que se le dedica desde hace unos años en el Puerto de la Cruz.
       Ese es el rigor que caracteriza la escritura de Nicolás González Lemus, al que ha animado, en esta publicación (una segunda edición actualizada), un cierto afán de aportar la información más certera y ajustada y de poner punto final a falsos o deformados mitos.
       A fe que lo logra, un trabajo de precisión que hace honor al nivel intelectual de una escritora universal que es probable haya forjado en las Canarias el pensamiento de no arrugarse y, por consiguiente, la necesidad de encarrilar el sentido único de la calle de la vida, en su caso la construcción de historias de intriga, crímenes; y de personajes que inmortalizó con toda propiedad.
       González Lemus hurgó en una etapa determinante de esa vida que nos ha quedado para siempre. Los trabajos de precisión tienen eso, que terminan convirtiéndose en una fuente de autoridad. Ese es su valor.

      


jueves, 14 de enero de 2016

¡QUÉ QUIEREN! PENOSO



¡Qué quieren! Con los debidos respetos, tomando en cuenta todas las consideraciones -y los últimos sucesos, que diría Silvio Rodríguez-, por mucho afán de notoriedad y por mucha supuesta apología de la conciliación, no y no. Si ésta es la nueva política… en fin.
Nos parece, sencillamente, inaceptable. Tanto hablar de la protección de los menores, tanto difuminar o pixelar imágenes, y resulta que se exhibe un bebé ni más ni menos que en la sesión constituyente de las nuevas Corrtes. Ni siquiera valdría el socorrido ‘otro modo de hacer política’ ni siquiera una interpretación simbólica… Con Ortega, no es esto, no es esto.
Ni era el sitio ni era el momento. Aunque eso no cuente para quienes concibieron y protagonizaron la acción (bebé al margen, que ninguna culpa tiene). Lo ocurrido ayer en el Congreso de los Diputados es difícilmente digerible. La Cámara no es un lugar para espectáculos, aunque en el pasado haya habido episodios mucho más reprobables que Carolina Bescansa (Podemos) con su bebé en el escaño y pasándolo a Pablo Iglesias para que, con luz y taquígrafos, quedara constancia (Sin ir más lejos, ayer mismo, un diputado que está siendo investigado judicialmente jura su cargo y a continuación causa baja en el Partido Popular).
¡Qué quieren! Quienes trasladan el vulgarismo televisivo y la sobreactuación para satisfacer a las masas, seguramente los mismos que en más de una ocasión habrán dicho que en política no todo vale, deben entender que las escenas y los discursos de plató no pueden ni deben predominar en la institución donde está representada la soberanía popular. A ese paso, se convertirá en cualquier cosa menos en el lugar apropiado para legislar, debatir, fiscalizar y consensuar.
¡Qué quieren! Aún sabiendo que hay episodios peores o más graves, lo de ayer fue penoso.