domingo, 15 de noviembre de 2020

TENSIÓN EN EL SAHARA

 

Por si eran pocas las preocupaciones, por si no tuviera España problemas internos, alguno de tan difícil solución como el de la emigración irregular que tiene en Canarias una seria proyección, rebrota la tensión en el Sahara con las primeras escaramuzas de un conflicto de imprevisibles consecuencias. Ahí, tan cerca de las islas. Con lo que eso puede significar si se prolonga y se agrava.

El pasado mes de septiembre se cumplieron veintinueve años de la entrada en vigor de un Plan orientado a la pacificación de la zona y al reconocimiento del territorio que habría de ocupar la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Concluiría así, en teoría, el proceso de descolonización de la antigua colonia española. La fórmula, un referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui, auspiciado por Naciones Unidas (ONU). Desde entonces, todos los intentos han sido baldíos. La fórmula se fue al limbo: allí, lo que predomina es el muro militar más largo del planeta. Las partes conservan posiciones militares de defensa, temiendo que el conflicto se desate en cualquier momento. Marruecos, con su peculiar régimen político, no parece dispuesta a ceder nada. Y el Frente Polisario, sustento político de la RASD, hace lo que puede para superar el aislamiento y la presión del reino alauí. Los intereses extranjeros entrecruzados hacen lo demás, una complicación difícilmente superable.

En el sitio digital ecsaharaui.com, se describe que, a pesar de la presencia en el territorio de una misión de paz de las Naciones Unidas (MINURSO), el Sahara se encuentra dividido en dos partes, por el referido muro, de más dos mil setecientos kilómetros de longitud y protegido por más de cien mil soldados marroquíes. Según las organizaciones internacionales, alrededor de este muro hay sembradas entre siete y diez millones de minas antipersonas. Marruecos, ocupa militarmente alrededor del 73% del territorio y la RASD (República Árabe Saharaui Democrática), Estado miembro fundador de la Unión Africana y reconocido por ochenta y cuatro países del mundo, está instalado en el 27% restante del territorio.

El pueblo saharaui ya sabe lo que es sufrir desde aquella guerra contra Marruecos y Mauritania que duró dieciséis años. Después Mauritania y la RASD firmaron la paz pero siguió el contencioso con Marruecos que ha significado un verdadero calvario de alto coste humano para los saharauis que han esperado inútilmente por el referéndum previsto.

La confianza en la ONU ha ido mermando, pese a la presencia de los denominados ‘cascos azules’. La organización, a la que compete la preservación de la paz y la solución de los conflictos internacionales, ha dado una lección de incapacidad o de incompetencia. Cierto que abundan las resoluciones que exigen la autodeterminación del pueblo saharaui, cierto que se impone, sencillamente, la aplicación del Derecho Internacional, pero no ha habido manera. Al revés, se han multiplicado las diferencias, las intransigencias y los obstáculos para encontrar una salida.

Ahora, con la subida del nivel de encono entre las partes, el enfrentamiento parece inevitable. Llega en un mal momento. Con los gobiernos y las sociedades a las que representan que están a otra cosa, a menesteres más apremiantes.

Difícil. Intrincado camino después de tres décadas de tensión. Hasta seguro que se librará una guerra de información. Y todo tan cerca, tan próximo.

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