(Segunda y última parte del texto de la conferencia 'En la órbita de los ingleses', dictada en el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, el martes 6 de julio de 2021, dentro del Ciclo de Historia Local, promovido por el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias)
Pues
este va a ser el enlace entre esos orígenes de la ciudad turística
que habría de forjarse en las futuras décadas, especialmente en las
posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y la que aún hoy tiene
pendientes actuaciones para que cristalice otra gran obra de
trasformación y se consolide, con nuevos fundamentos, el destino
turístico diferenciado que todos anhelamos, principalmente los
visitantes”.
Órbita
salpicada de nombres y figuras ilustres. Los portuenses han brindado
sus atractivos y su capacidad de acogida al mismísimo Sir Winston
Churchill, a Olivia Stone, a Marianne North y a la famosísima
escritora Agatha Christie, alojada en el antiguo hotel ‘Taoro’,
de clara ascendencia británica desde su construcción y hasta el
final de su explotación, y cuya memoria, la de Agatha, permanece
latente en virtud del festival que lleva su nombre y que se celebra
cada dos años. El único nieto vivo de la autora ha estado presente
en varias ocasiones.
Por
supuesto, la presencia de tres componentes de un grupo musical sin
parangón, The
Beatles, de
vacaciones después de haber alcanzado el número 1 en las listas en
1963 con “Please, please me”, viene ser una suerte de culminación
en el sello inglés del Puerto de la Cruz. Paul, George y Ringo, como
se sabe, se alojaron en el chalet de La Montañeta de Klaus
Voormann -desde donde tuvieron otra visión del entonces idílico
valle-; condujeron vehículos deportivos de la mano de Ángel Gómez,
como si en un circuito estuvieran; sufrieron en propia dermis los
rigores del sol isleño primaveral; creyeron que en Martiánez se
podía nadar sin riesgos; lo hicieron en las coquetas piscinas que
antecedieron al más formidable tratamiento del litoral por el
ingenio y la mano del hombre; compraron en el mercado sombreros
andaluces; siguieron por Las Lonjas hasta el muelle y se interesaron
por los utensilios de pesca a la espera de unos mariscos en La
Marquesina; tomaron café en el antiguo “Dinámico” sin ser
molestados ni que les pidieran autógrafos; ligaron con alguna
dependienta pese a chocar con la barrera idiomática; asistieron a
una corrida de toros en la capital y trataron de actuar gratis, en el
mejor local de la ciudad, cuyo regente, David Gilbert, acaso celoso
de las formas y de la clientela, correspondió con una negativa, no
fuera que esos melenudos o greñudos estropeasen la fama del
establecimiento. Una decisión, desde luego, para arrepentirse
eternamente. En la historia de la ciudad no quedó registrada esa
actuación tan al alcance que hubiera elevado su proyección. El
título periodístico hubiera sido así: “Solo tres Beatles para
una actuación improvisada”.
Nos
van a permitir que la última parte de la exposición esté dedicada
a dos aspectos relacionados con la comunicación, una vez que ha
quedado constatado que la presencia de los británicos en Canarias
marca una constante a lo largo de su trayectoria histórica como
entidad.
Anteriormente,
al aludir al cronista oficial Nicolás Pestana Sánchez, citamos a
Osbert Ward, un inglés que llegó a Canarias a finales del siglo XIX
por motivos de quebrantada salud. Su vida podía haber transcurrido
como la de cualquier otro compatriota. Sin embargo, escribe una obra
para dejar constancia de su visión e impresiones sobre el lugar bajo
el título The
Vale of Orotava.
Una guía de gran calidad que nos permite obtener una interesante
aproximación a la comunidad británica del valle norteño a finales
del siglo XIX. Las características de la comunidad británica, su
modo de vida y costumbres en el Valle de La Orotava son objeto de
descripción por parte de Ward (1856-1949). Sus restos reposan, por
cierto, en el cementerio protestante del municipio.
El
profesor Javier Lima Estévez indaga en el quehacer de este personaje
para firmar un trabajo que presentó hace cuatro años en el
vigésimosegundo Coloquio de Historia Canario-Americana.
“Su
estancia no fue en vano –escribe Lima-, y a lo largo de su larga
vida ofreció toda una serie de muestras en torno a su interés por
conocer y ofrecer innumerables detalles a los viajeros que se
aproximaban hasta el Valle de La Orotava. Notable ejemplo de tal
afirmación sería una obra editada en Londres, en 1903, bajo el
título The
Vale of Orotava,
en la cual, expone toda una serie de lugares o recomendaciones que
pudieran presentar o generar un interés para el viajero que llegaba
hasta el Valle. Su guía, “fue la más solicitada y pionera en lo
que se refiere a la exaltación del Puerto de la Cruz, y del valle en
general”.
No
dudaría en destacar los actos que se desarrollaban en la ciudad
portuense, recogiendo el desarrollo de los carnavales, las fiestas
locales u otros acontecimientos importantes en el núcleo. Además,
menciona detalles sobre el “microcosmos británico” que el
viajero podría observar en el lugar, al contar el Puerto de la Cruz
con una iglesia para cultos anglicanos, un cementerio británico y
una impresionante biblioteca británica cuyos fondos ascendían
entonces a dos mil volúmenes. Osbert Ward, según el historiador
realejero, fue partícipe de la puesta en funcionamiento de tal
institución cultural, pues se convirtió en su primer director,
dejando en su descripción interesantes detalles respecto a la
política de préstamos y una explicación sobre cómo ser socio de
la misma y los costes derivados de tal situación.
Algunas
descripciones de Ward son conmovedoras. Así, por ejemplo, el
capítulo octavo es dedicado por entero al agua, atendiendo a su
papel esencial en el marco de unas islas con recursos hídricos
limitados. Observa que en el Puerto de la Cruz “toda el agua
potable de los hoteles y también de la mayoría de los residentes se
obtiene del manantial que sale a chorros en la parte alta debajo del
cabo de La Paz”.
Se
trataba de un agua de gran calidad, cuya composición había sido
analizada incluso en Londres, siendo declarada absolutamente pura y
potable. El preciado líquido era desplazado en barriles a lomos de
burros. No cabe duda de que la picaresca ha sido una constante a lo
largo de la historia y el propio Osbert Ward no duda en anotar la
acción desarrollada por algunos jóvenes enviados a recoger agua del
manantial. Éstos, con la finalidad de evitar el duro trabajo de
subir cuestas, encontraron un acceso más cercano y cómodo a través
de la captación del agua más cercana que discurría a través de un
canal. Las autoridades no tardaron en reaccionar al respecto,
conduciendo el agua de forma adecuada hasta la fuente situada en la
entrada del Puerto y el hotel ‘Martiánez’. En torno al regadío,
la guía sintetiza algunas cuestiones relacionadas con la venta del
agua, atendiendo a su distribución según un tiempo determinado,
controlando el suministro para cada propiedad. Asimismo, el autor
detiene su mirada en torno a la tenencia de la tierra, anotando las
actividades a desarrollar por el terrateniente y el campesino o
medianero en torno a la producción.
Tres aspectos cierran la primera parte de su guía, según resume
Lima Estévez. Por una parte, detiene su atención en torno al estado
del cultivo de la uva y la producción de vino en el Valle de La
Orotava, lamentándose de su descenso. En torno a la calidad, estima
su bajo potencial frente a otras etapas donde los afamados caldos
isleños eran exportados a otros mercados. Asimismo, sin pretender
realizar un análisis exhaustivo, manifiesta toda una serie de
características relacionadas con el estado de la botánica en el
lugar, destacando la presencia de ejemplares de drago en La Laguna,
el Realejo Alto e Icod de los Vinos, junto a ejemplares de euforbias,
hibiscos y otras especies en el ámbito de la geografía insular.
Tuvo
que ser una guía completísima para la época si tenemos en cuenta
que, cumpliendo además con una interesante función de guía, Osbert
Ward anota toda una serie de detalles en atención a las diferentes
líneas de los barcos de vapor, con la finalidad de ampliar la
información para llegar hasta Tenerife, señalando precios,
frecuencias y puntos de embarque desde el Reino Unido. Una vez en la
isla, siguiendo esta publicación, el lector podía conocer el coste
para desplazarse en carro a diferentes puntos de la isla.
Asimismo,
adjunta el coste del alquiler por caballos, mulas o burros. Para el
británico que llegaba hasta el núcleo, constituía una gran ayuda
conocer los servicios que podría obtener. En ese sentido, el trabajo
de Javier Lima alude a la información sobre los médicos, las
farmacias, las tiendas de fotografía, el servicio de correo, el
servicio de ómnibus, la tarifa para el envío de paquetes, las
tiendas en el Puerto de la Cruz, aspectos sobre el coste de vida
(destacando su menor importe frente a Inglaterra), las
características de la vestimenta, observaciones sobre el nombre de
los santos a las casas, el valor y la distribución del dinero
respecto a la oferta de servicios de transporte y un interesante
apunte en atención a la ausencia de reptiles venenosos a valorar
como característica para vivir con mayor seguridad en el
archipiélago.
El
detenido análisis, concluye Lima, “nos sitúa ante un interesante
documento que permite recrear las características de la comunidad
británica esencialmente en el Valle de La Orotava en el contexto
decimonónico. Su obra, conocida por diversos especialistas, no
aspira a las pretensiones de otras guías de viaje publicadas en
Canarias durante la centuria, pues son evidentes las limitaciones
geográficas y descriptivas en diversas materias. Sin embargo,
durante el momento de su publicación representó un interesante
documento para los ciudadanos británicos que llegaban hasta Tenerife
y que encontraban en el Valle de La Orotava un lugar ideal para su
descanso y reposo. Ward incluyó todos aquellos detalles que pudieran
ser de utilidad, ofreciendo una breve evolución de la historia,
botánica, deportes, actividades económicas, aspectos religiosos y
rutas a diferentes puntos de la isla de Tenerife”.
Vayamos
con el segundo aspecto. Un año antes
de la
guerra incivil española, en el invierno de 1935, visita el Puerto de
la Cruz Bertrand Russell (1872-1970), un destacado e influyente
intelectual. De su estancia se ha ocupado, en un interesantísimo
trabajo publicado en el
Bloc de las Islas Canarias,
el ex rector de la Universidad de La Laguna, profesor Antonio
Martinón Cejas.
Russell
había nacido en el seno de una familia británica y aristocrática,
de ideas avanzadas.
Escribe
Martinón que desarrolló una intensa actividad de escritor y dedicó
su obra a la Filosofía, las Matemáticas, la Educación, la
Literatura… que fue reconocida con el Premio Nobel en 1950. También
fue un activista de numerosas causas, como los derechos de las
mujeres y en defensa de la paz, lo que le costó la prisión durante
un tiempo. En su
Autobiografía,
define cuáles fueron las tres pasiones simples que inspiraron su
vida. Simples pero intensas: “El ansia de amor, la búsqueda del
conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la
humanidad”.
Tenía
sesenta y dos años cuando en los primeros meses de 1935, se alojó
en el hotel ‘Monopol’ que se ve así, en la órbita de los
ingleses. Una estancia de cinco o seis semanas. Su médico había
aconsejado el viaje a la vista de su estado físico. Desde aquí hubo
de comunicar la necesidad de aplazar la serie de conferencias que
había concertado con el Círculo de Viena, un célebre grupo de
filósofos y matemáticos cuyo principal referente era Moritz
Schlick. Pero Russell mejoró: otra vez los efectos terapéuticos de
un clima sin igual, el confort y el descanso influyeron
decisivamente. En la
Autobiografía
citada se alude, siquiera vagamente, a su estancia en el Puerto: se
sentía bien, lleno de energía pero “carente de impulsos creativos
–escribe- y sin saber qué hacer”.
En
el ‘Monopol’, por cierto, conoce a quien sería un brillante
cineasta, Richard Leacock, fallecido hace ahora diez años. Cuenta en
sus memorias que habló con él cuando tenía catorce años.
Pero
en el establecimiento queda registrado uno de los encuentros más
sustancioso que podemos imaginar, dada la estatura intelectual de los
presentes. Periódicos de la época, como
La Prensa y
La
Tarde, de
Tenerife; y
Diario de Las Palmas,
lo llevan a sus páginas. Los críticos y escritores Domingo Pérez
Minik y Eduardo Westerdhal Oramas quedan fotografiados en la terraza
del hotel por la cámara de Karl Drerup. La gráfica aparece en
“Bertrand Russell, maestro de la Europa joven”, según tituló
don Domingo en el diario La
Tarde, el
20 de marzo 1935.
Otro
testimonio para la Historia, con mayúscula, el del antropólogo,
etnógrafo, investigador y escritor, Luis Diego Cuscoy, quien firma
un artículo en La
Prensa, con
un párrafo muy ilustrativo:
“Acaba
de descansar en el Valle que supo de églogas y que sigue sabiendo a
maravilla, Bertrand Russell. Ya sabes: filosofía bajo el alboroto
blanco de su cabellera, pedagogía profunda en sus palabras,
habituales en todo sector preocupado por la cultura. Bertrand
Russell, encantado de la isla. Como tú, prometió volver. Recuerdo
de isla, hecho presencia en la mente del filósofo. Alguna palabra
empapada de isla entre el solemne caudal de palabras del hombre de
altura”.
Para
que nos hagamos idea de lo que era una avanzada conceptuación,
Cuscoy titula aquel trabajo, 21 de marzo de 1935, “Cartas a una
turista. Turismo de calidad en Tenerife”. Aún hoy, en nuestros
días, en el debate del sector se sigue hablando de turismo
de calidad.
Pérez
Minik le denomina “Russell, maestro de la Europa joven”, mientras
le describe: “Las aristas profundas de su cara se perfilan más y
más. Hasta que acusan todos los arcos del entrecejo que parece
irradiar sonrisas múltiples. Sus ojos de azul acero, siempre
alertas. Y la cabeza, con su amplia y profusa cabellera, mantenida
alta con una cierta gracia de adolescente”.
En
aquel singular encuentro, relata Antonio Martinón, se habla del
ambicioso proyecto de la creación de una residencia de invierno para
intelectuales y artistas europeos. De hacer coincidir sobre Tenerife
la atención de todo el mundo cultural de Occidente. Un turismo
enaltecedor y que nos prestigiaría”.
La
respuesta de Russell es indicativa de un respaldo sin reservas:
“Ciertamente,
un interesante proyecto. Vale la pena trabajar en esta dirección
para hacer aquí, en este bella isla, un lugar de reposo para la
inteligencia europea. Una fina manera de incorporar las islas al
mundo, la literatura y el arte. No puedo precisar la magnífica
resonancia que tendría todo esto”.
Las
conclusiones que se desprenden de la investigación de los pormenores
de la estancia del filósofo e intelectual inglés son, por un lado,
que su estancia tuvo importancia para su salud, aunque no se precisa
que la haya tenido para su obra. Y por otro, la conversación
mantenida en el ‘Monopol’ una tarde de domingo evidencia el
conocimiento e interés de los dos escritores y críticos, Pérez
Minik y Westerdhal Oramas, por la cultura y las ideas europeas de
aquella época. “Tenían que aprovechar –relata el ex rector
lagunero- la inesperada e importante oportunidad de hablar con un
destacado pensador sobre la situación en Europa. La conversación
que mantuvieron muestra el deseo intenso de conocer la opinión de
Russell, quien produjo gran impacto entre los jóvenes canarios,
especialmente en Pérez Minik”.
Terminemos
con una fecha porque hoy, 6 de julio, se cumplen ochenta y seis años
de la elección de la tinerfeña Alicia Navarro Cambronero, Miss
Europa 1935. Fue elegida en Torquay, una localidad de la costa sur de
Inglaterra perteneciente al condado de Devon. En el siglo XIX fue
conocida como la Reviera inglesa, por su clima saludable. En Torquay
nacieron, por cierto, Agatha Christie, el explorador Percy Fawcett,
el comediante Peter Cook y Richard Francis Burton, cónsul británico,
explorador, traductor y orientalista. Otro célebre escritor, Oscar
Wilde, aseguró haber escrito su relato A
woman of no importance (Una mujer sin importancia) durante
un viaje a la región.
Cuentan
las crónicas que Alicia Navarro fue elegida “en una noche sombría
y fría y que la belleza canaria deslumbró con toda la luz que trajo
de su patria”. Apenas dos años antes, en septiembre de 1933, fue
agasajada en el hotel ‘Martiánez’, entonces propiedad de un
componente de la familia Trenkel. La guapa tinerfeña, recordemos,
también fue Miss España, elegida en mayo de 1935 en el Teatro La
Zarzuela, de Madrid, en una gala en la que estuvo presente el
presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora.
Hasta
aquí llegamos en
la órbita de los ingleses, un
repaso apretado de lo que ha significado la impronta en nuestro
territorio de quienes los vientos de la historia impulsaron para
trazar algo más que unos perfiles muy apreciables. Por supuesto, los
historiadores, investigadores y estudiosos dirían cosas más
sustanciosas y seguirían profundizando en hechos, episodios,
anécdotas y personajes que caracterizaron distintas épocas de un
proceso duradero hasta nuestros días.
La
nuestra es una modesta, modestísima aportación a la historia local
que escribe nuevos capítulos cada vez que llega julio al calendario.
La
historia es presente y futuro. Frente a los tiempos líquidos y
vertiginosos que nos ha tocado vivir, tiempos en los que sobreabundan
la perplejidad y la reinvención permanente, la Historia parece ser
la única capaz de darnos luces de lo que sucede, de cómo llegamos
hasta aquí y del porvenir que vislumbramos.
El
profesor de Pedagogía Media en Historia y Geografía de la
Universidad de San Sebastián, Aldo Fredes, escribió: “Hablar de
nuestro pasado es un acto propio y natural de la condición humana,
donde la memoria, la temporalidad y el relato son sus piezas
instrumentales. Surge de la necesidad de revelar a otros quiénes
somos y de cómo nos vemos como sociedad en el tiempo”.
La
Historia, tiene razón Fredes, “es la más humana de las
disciplinas”.