No nos
olvidamos de Mauro Pérez, futbolista pprofesional del Club Deportivo Tenerife,
fallecido el pasado sábado a los 80 años. Jugaba preferentemente de
centrocampista, aunque también aparecía de extremo derecha en el Arenas,
Toscal, el juvenil del reresentativo, Nivaria y Canarias, dos equipos
venezolanos en los que militó durante su estancia en el país sudamericano.
Probó, sin fortuna,en el Real Madrid y jugó en el Recreativo de Huelva,
Hércules y Celta de Vigo antes de lucir los colores albiazules repescado por el
presidente José González Carrillo cuando el Tenerife militaba en Tercera
División. Acumuló casi ciento cincuenta partidos y fue autor de treinta y cinco
goles. Fue, junto a Juanito, Jorge, Cabrera, Molina y Manolo Ramos, un jugador
determinante en el ascenso de categoría de 1971.
A Mauro le
decían <el Patanga>. Era bravo, temperamental, a veces genial.
Pundonoroso. Un poco anárquico en su desempeño. Le conocimos en aquellos años,
cuando frecuentábamos hasta los entrenamientos en el maltrecho “Rodríguez
López” y empezamos a transmitir en Radio Popular de Tenerife, junto a los
involvidables César Fernández Trujillo y Álvaro Castañeda.
Precisamente,
en una de esas transmisiones (Tenerife-Barakaldo, temporada 1973-74), se
produjo el lance por el que Mauro será recordado toda la vida. José Miguel
Galarza lo ha evocado con detalle en su semblanza del jugador. Aún recordamos
la carcajada de César y la reacción destemplada de los espectadores cuando
Esteban falló el célebre penalty.
Este es el
relato de Galarza: “Recuerdo que atacábamos hacia la puerta de Herradura y que
Cabrera me envió un pase en profundidad, algo bombeado, a la espalda de la
defensa”, contó Mauro en el libro Centenario de una pasión, conmemorativo
del primer siglo del CD Tenerife. “Yo entré en velocidad para ganarle medio
metro al central, por lo que dejé picar el balón para controlarlo con el pecho
[…], luego intenté acomodármela con la mano para rematar, pero él me cargaba
hombro con hombro […], así que seguí corriendo unos metros con el balón
agarrado, como si fuera un jugador de rugby”.
Sigue:
“Entonces, miré de reojo a la banda y vi que el juez de línea estaba
descolocado; y el árbitro venía veinte metros atrás”, explicaba Mauro, a quien
en ese momento le salió su vena de futbolista callejero.
Agrega
Mauro: “Le puso el balón en las manos a Madariaga —“toma, cógelo”, le dijo— y,
tras frenar en seco y separarse de su defensor, se giró hacia Fernández Quirós
con los brazos en alto. “Árbitro, penalti”, reclamó. El colegiado, que llegaba
exhausto a la carrera, observó una imagen que no admitía dudas y señaló el
penalti.
“El central
me dijo de todo, me quería matar”, recordaba el jugador, que no le confesó su
pecado a Esteban, el lanzador de la pena máxima, que mandó el balón “a las
nubes”.
Aún sentimos
la carcajada de César. Y conservamos en la memoria la habilidad de aquel
futbolista que luego entrenaría al legendario Juventud Concepción y a los
sureños Unión Isora, San Lorenzo y Chío. En cierta ocasión, cuando nos
reencontramos, en un I’Gara-Puerto Cruz en Cabo Blanco, nos dijo:
-Antes de
que me lo preguntes, ¿te acuerdas cuando le puse el balón en las manos a aquel
vasco y el árbitro concedió penalti?
Sí, fue un
lance inolvidable. Hasta siempre Mauro.
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