lunes, 31 de octubre de 2011

COMPUTADORAS POR ARMAS

En Tuxtla, capital del esado mexicano de Chiapas, cambiaban este fin de semana computadoras por armas. La ciudad había sido declarada 'comunidad segura' y esta iniciativa viene a corroborar tal condición.
Entusiasmaban, de verdad, las imágenes. Hombres y mujeres en cola entregando pistolas y fusiles que militares uniformados examinaban en la calle, ante sus atentas miradas, y las personas llevándose empaquetado su ordenador portátil. Después de tantas noticias ngetaivas, después de tantos sucesos en ese país tan querido, resultaron gratificantes, muy gratificantes.
Que sirva de ejemplo, para los mejicanos y para todo el mundo, para todos aquellos sitios donde la violencia descandena un fenómeno social cada vez más difícil de controlar. Acabar con las armas y disponer de una herramienta tan imprescindible ya en nuestros días para formar parte, de facto, con todas las consecuencias, de la sociedad del conocimiento, es un hecho alentador.
Ordenadores por armás, qué bien. Cambiar cualquiera de los escenarios donde aquellas puedan funcionar por otros, al calor del hogar, de la escuela o del puesto de trabajo, donde aprender, informarse, ilustrarse y estrechar la amistad. Nada de culatas, gatillos, percutores y balas: se abre el ciberespacio, con su digitalización, con sus teclas, con sus inmensas opciones, con su mensaje soportado sin peligros ni riesgos ni rencores.
Los habitantes de Tuxtla pueden sentirse orgullosos. Los portátiles dan vida. La iniciativa proyecta el nombre de la ciudad por todo el mundo.
Aleccionador: computadoras por armas.

sábado, 29 de octubre de 2011

COSTUMBRISMO PORTUENSE (IV)

Si dar vueltas a la plaza, a la plaza del Charco, especialmente los domingos y festivos, se convirtió en una suerte de ritual para gente de todas las edades pues servía para saludar, enamorar, distraerse, conversar y hasta hacer ejercicio cuando no se era consciente de las propiedades terapéuticas, pasear por la avenida de Colón, recorrer Martiánez los días radiantes, los domingos después de misa, por ejemplo, fue también una costumbre que se extendió en plena eclosión turística.

Madres con sus hijos, abuelos con sus nietos, jóvenes en busca de extranjeras y personas que, simplemente, querían pasear junto al mar, recorrían aquella flamante avenida cuando el complejo turístico “Costa Martiánez” aún no estaba en las meninges de Manrique. Fotos junto a aquella valla metálica, el Atlántico de fondo, conversaciones en alguno de los bancos de piedra que llevaban las inscripciones de quienes los habían donado, un cigarrillo bajo la plácida sombra de los flamboyanes, la contemplación de las olas y de algún atrevido bikini, la curiosidad al paso de los camellos de Lázaro y la mirada a los balcones de los hoteles localizados prácticamente a pie de playa, desde la ermita de San Telmo hasta el hotel “Oro Negro”, ida y vuelta, en ocasiones dos veces, porque aún es temprano o porque interesaba ver nuevamente a alguien, todo eso, forma parte del costumbrismo de los portuenses.

Hacían casetas en Martiánez, la playa que nadie cantara como Sebastián Padrón Acosta. Hay fotos que son muy ilustrativas de este hábito. Unos palos, unos paragüas, unas sábanas: familias enteras a la sombra de aquellas casetas donde comían y dormían, donde se cambiaban de ropa, donde sentados vigilaban a niños y contemplaban el paso de turistas que sonreían ante la generosidad de los ocupantes que disfrutaban de una jornada de playa que, principalmente en verano, desde San Juan en junio, ya se convertía en un uso corriente.

Como también lo fue ir a ver los cuadros del cine, aquellos fotogramas junto a carteles anunciadores de películas que colgaban en las fachadas de las dos salas, comúnmente identificadas como el “cine de arriba” y el “cine de abajo”. Los portuenses siempre presumieron de entender de cinematografía, incluso la visualización de esos cuadros anticipaba análisis muy detallados. Durante décadas, posiblemente haya sido el único medio de manifestación cultural al que pudieron acceder.

Prácticas habituales, por cierto, ligadas al cine: muchos entraban a la sala después del NO-DO, aquel noticiario documental que se proyectaba con notable retraso antes de la película; y otros muchos, provistos de una contraseña que distribuían los acomodadores, salían al descanso a tomar café -o lo que fuese- y ver la segunda parte mejor predispuestos.


A mediados de los años sesenta del pasado siglo, se hizo uso acercarse hasta los escaparates de un comercio local, el de Francisco Gómez Baeza, donde exhibían los resultados de un programa radiofónico que se emitía en “La Voz del Valle” titulado “Las 3 Columnas”, un espacio benéfico de notable participación -sin los reclamos o facilidades de hoy en día- en el que se donaban pequeñas cantidades de pesetas destinadas a financiar la Navidad de los humildes. Semanalmente, aparecían los resultados de la recaudación al pie de las columnas que crecían representando las aportaciones de los donantes para cada una de las localidades del valle.

Ir a echarse unas perras de vino fue, desde luego, uno de los usos sociales más consolidados. Había quien lo practicaba todos los días en alguno de los bochinches repartidos en el municipio y que tenían, como rasgo común, su resistencia a dejar su espacio al imparable avance del turismo en todos los órdenes. Acudir a un sepelio, por ejemplo, cuando no había tanatorios y se esperaba en los domicilios de los fallecidos o en la iglesia, era un pretexto fijo para luego disfrutar de una cuarta o medio litro con queso, manises, burgados o pulpos (Continuará)

jueves, 27 de octubre de 2011

ESPUMA DE SODERO

So de sonetos, de de décimas y ro de romances. Sin más, escribe el autor con una precisión en la página de dedicatoria: Una aclaración impertinente. Ý así se lanza a una nueva aventura editorial Jesús Hernández García quien esta noche, a partir de las ocho, en la Casa de la Cultura de Los Realejos, presenta un poemario titulado de forma tan original como para meterse de lleno en su lectura: Sodero. Para los más puntillosos, en la misma entrega, otra definición: Sodero es el que vende y reparte soda.
En diez composiciones utilizando el soneto, sesenta y tres poemas en décimas y dos romances, Hernández acredita su vena poética, que era como una suerte de espina ahí clavada -bueno, en canciones y tenderetes, entre improvisadas y cultivadas estrofas, coplas y cuartetas- hasta verlas ahoira, legibles, en un nuevo libro cuyos lectores entenderán perfectamente, al menos los que conocen bien la personalidad del escritor, siempre tan pegado al territorio, al costumbrismo y a la realidad más próxima.
Se le ve tan suelto que parece jugar con las palabras y con las figuras poéticas. "El divertido ejercicio de escandir", recuperando, en efecto, metros y patrones. El autor ya ha acreditado en anteriores entregas su predilección por un lenguaje bien empleado, por construcciones que revelan el cuidado necesario a la hora de emplear las palabras adecuadas. En eso, la poesía obliga mucho más, de ahí que resulten llamativas las estrofas y toda la secuencia poética.
Para esta nueva criatura, Sodero, Jesús Hernández se acompaña un prologuista de lujo, Alvaro Hernández Díaz, quien proclama y comparte "la esperanza de que el poemario se expanda indefinidamente", acaso el anuncio de algo tan ambicioso como musicalizar, ya en una segunda compilación, los poemas contenidos en las páginas de la obra.
Y se rodea de las atrayentes ilustraciones que aporta Marianella Aguirre, suplementadas de forma muy dinámica y vitalista por esa excelente pianista que es Cristina Coronado Alvarez.
Seguro que la espuma gaseosa de Sodero llenará de lirismo cercano y ocurrente la sensibilidad cultural realejera. Y confirmará la escritura del autor, un docente que, tras acceder a la jubilación, ha hecho de todo menos aburrirse. Tan sólo con mantener vivos diariamente a Pepillo y Juanillo, su blog, ya engrosa los reconocimientos.

lunes, 24 de octubre de 2011

OTRA CONTROVERSIA


Ha reaparecido la ampliación del horario de apertura del aeropuerto Tenerife Norte- Los Rodeos como catalizador de la captación de mercados turísticos para el Puerto de la Cruz y otros destinos norteños. La demanda no es nueva: en el pasado ya se materializó en forma de mociones y acuerdos institucionales que luego, por diversas razones -entre ellas la falta de constancia- se iban diluyendo.
Es legítima y comprensible la aspiración, máxime en tiempos de penurias o de fortísima competencia entre polos de distintas franjas, según se mire, por lo que merece esfuerzos y energías para satisfacerla a sabiendas de que hay vientos que no soplan favorablemente.
La cercanía, o lo que es igual, un tiempo más breve de desplazamiento interior terrestre es el factor principal que alimenta la demanda. No es que el tiempo actual invertido desde el aeropuerto Tenerife Sur-Reina Sofía suponga quebranto pero a cualquier turista le gusta llegar antes a su alojamiento o salir de él en horas menos intempestivas. A propósito: que se tenga en cuenta el problema de la incapacidad de la actual autopista del norte para absorber todo el tráfico rodado -ya prácticamente en los dos sentidos- que circula en determinados horarios.
La cuestión es que se amplíe el tiempo que actualmente está abierto Tenerife Norte. Es razonable y seguro que viable, bien es verdad que deberán resolverse previamente asuntos tales como el desplazamiento de la actual pista de rodadura con el fin de facilitar la seguridad de las operaciones y la disponibilidad de espacio de aparcamiento para las aeronaves.
También hay que consignar la voluntad o el interés de las compañías aéreas que respondería, en todo caso, a sus propias previsiones supeditadas, a su vez, a la demanda que pudiera provenir de turoperadores y de la industria turística local. De hecho, en un pasado relativamente reciente, había vuelos con determinada frecuencia semanal que unían este punto de la isla con ciudades de Alemania y Reino Unido. Otra cosa es la posterior cuenta de resultados, o sea, si la promoción fue lo suficientemente atractiva como para que haya cobrado cierta sostenibilidad o, por el contrario, fue una nube en noche de verano.
Sobre las compañías aéreas, pues, habría que insistir. Muy bien lo de los acuerdos institucionales pero es el sector privado el que, teniendo éstos como soporte, está llamado a persuadir con las ideas o las expectativas de un negocio positivo y rentable para las partes. También para Aena, en la parte que le pueda concernir. Si se quiere aumentar el número de visitantes y se quiere facilitar su desplazamiento, en todos los sentidos, habrá que exponer con claridad las ventajas, incluso si en algún debate se convirtiera en un argumento de defensa del interés general.
Porque no falta, ya se dijo, vientos en contra. Ya se ha visto que hay vecinos que se oponen al desplazamiento de la pista apuntado. Y como los habrá si se amplía el horario de operabilidad de los aviones -téngase en cuenta aquí los incrementos de costes- por aquello de las molestias (ruidos, principalmente) que va a ocasionar.
En fin, habrá que moverse y negociar para obtener un resultado equilibrado y plenamente satisfactorio. La controversia es una más de las que abundan en el territorio, donde cada vez es más dificil un avance con tal de beneficiar, en este caso, la industria turística. Por eso, debe haber generosidad y amplitud de miras para superar los obstáculos pero también seguimiento y perseverancia para convencer de que no se está pidiendo un imposible.

sábado, 22 de octubre de 2011

COSTUMBRISMO PORTUENSE (III)

Había temporadas para juegos y distracciones. Duraban lo que quisieran los chicos y chicas. Los primeros, por ejemplo, disfrutaban del tiempo del boliche, algunos de ellos hechos de barro, otros traídos de Venezuela, donde se llamaban metras, aquí vidriolas y que se guardaban en los bolsillos. Hacían hoyos en la zona interior de la plaza del Charco por donde los viandantes se cuidaban de no pasar so pena de tropezar y caer. El juego, naturalmente, era meter el mayor número de unidades y arrebatárselas al adversario. Una de las vairables más conocidas era la piche y palmo, cuatro, consistente en abonar cuatro boliches o vidriolas si, además de chocarlas, podían alcanzar o tocar ambas con los dedos de una mano extendidos.

También jugaban los chicos al trompo. Los compraban en los carritos. Lo primero que hacían eran pintar o rasgar una cruz en el cabezal, en la creencia de que ya estaba apto para afrontar cualquier competencia sin que su ovoide estructura de madera sufriera daños o se descompusiera. Se ataba una cuerda para bailar el trompo y se lanzaba al suelo con un giro de muñeca y cierta fuerza para que girara como una peonza. Luego, suavemente lo subían a la palma de la mano. Más allá de las habilidades y de la diversión, había una opción: tratar de impactar con su suerte de clavo acerado o púa en otro trompo. Si eso sucedía y, además, se rompía el trompo, el perdedor, además de quedarse con el suyo, debía abonar el importe de un helado o una golosina.

Y alrededor de los laureles de indias y de las palmeras de la plaza jugaban a policías y ladrones. Aunque mucho más llamativa era la práctica de montalachica, teóricamente ujna prueba de resistencia: mientras uno, apoyado en el árbol o en la pared, soportaba sobre su abdomen el peso de cuatro o cinco, y a veces más, que se agachaban y colocaban su cabeza sobre los glúteos del que estaba delante en tanto otros saltaban sobre la espaldas. Debían caber todos sin caerse. “¿Arriba o abajo?”, se preguntaba periódicamente como prueba de la resistencia. Al cabo de un tiempo que se controlaba sin mucho rigor, si los que estaban subidos caían, a la siguiente mano tendrían que asumir el papel de agachados

Similar era el juego denominado sintoquelis, diez pruebas que habrían de afrontar uno ligeramente inclinado y los demás tratando de sortearlas entre saltos, toques y empleo de las extremidades.

“¡A jugar a virgo!”, se escuchaba el grito de alquien que, por sorteo, se quedaba con los ojos tapados a la espera de que los demás se ocultasen. El juego consistía en descubrirles y traerles al punto base. Por eso también era denominado “la escondidilla.

Inolvidables son, asimismo, los carritos o camiones de verga, verdaderas joyas artesanales que, con elementos rudimentarios, semejaban formas, en distintos tamaños, de vehículos de motor. Algunos, con componentes y complementos, estaban muy logrados. Conducirlos por calles y plazas era siempre objeto de atención.

Las chicas jugaban al tejo, con distintos niveles de dificultad, aunque el más común era el de lanzar una hoja, una flor o un elemento vegetal sobre una pista de diez pasos que era dibujada previamente sobre el suelo. Se trataba de completar el trayecto, ida y vuelta, saltando a veces sobre un solo pie.

También saltaban a la soga, en solitario o sobre la que sostenían otras dos en sus extremos. Podían pasar horas practicando, posiblemente ignorando los beneficios físicos que comportaba.

Ellas, igualmente, disfrutaban de temporadas como, por ejemplo, la del pañuelo. En un lateral del hipotético centro de una cancha se colocaba una persona neutral con un pañuelo en la mano. Cuando cantaba el número de las jugadoras, salían corriendo hacia la que sostenía la prenda. Quien primero se hacía con ella y volvía al límite de su franja sin ser alcanzada ganaba el lance.

Otra fue la del brilé, o balón-tiro, practicado corrientemente en la calle o en el exterior de los colegios, hasta que se avergonzaban y dejaban de hacerlo. Dos equipos con un número de jugadores variable. El juego consistía en lanzar una pelota -cuando las había, de tenis- sobre el cuerpo de alguna rival. Si era alcanzada, quedaba eliminada. Y así, hasta que hubiera una vencedora o se aceptaba el empate una a una.

Si los chicos tuvieron boliches y trompo, ellas disfrutaron con el diábolo, un juguete de circo, para malabaristas, una especie de carrete elaborada con dos semiesferas huecas unidas por su parte convexa por medio de un eje metálico. Con una cuerda atada a dos palillos, había que bailarlo y lanzarlo al aire para volver a recogerlo. Cuando se fallaba, naturalmente, se perdía. Aunque las disputas surgían cuando la competición se establecía para determinar quién lo aventaba más alto.

Por terminar este fragmento de juegos, bueno será evocar la madrugada o las primeras horas del 6 de enero, festividad de la Epifanía. La ilusión y la ansiedad se desbordaban, después de colocar los zapatos en ventanas y balcones. La costumbre era ir muy temprano a la casa de los abuelos o de los tíos “a recoger los Reyes”. A veces solos, según las edades o la proximidad, y otras acompañados por algún familiar, todos iban en busca de los juguetes o regalos que a menudo se lucían de inmediato en la plaza. Los mayores, durante muchos años, especialmente en la posguerra, se conformaban con una naranja, una bolsita de higos, unos calzoncillos o un par de calcetines. Después, vendría la época de los perfumes, los anillos, los libros y otros presentes (Continuará).

viernes, 21 de octubre de 2011

CONGRATULÉMONOS

Estaba tan contento, quería compartir la alegría con alguien de modo que poco antes de la medianoche del 20 de octubre propuse un brindis virtual en la red. La respuesta ha sido significativa y hay más razones para congratularse.



Había hasta emoción, ganas de perpetuar de alguna manera esa fecha. Si algún día nos preguntan qué hacía usted en la tarde-noche de aquel día memorable, contestaremos que interveníamos en una tertulia radiofónica donde expusimos algunas consideraciones que luego coincidían con otros criterios y que trasladábamos a los internautas nuestros sentimientos.



Nos acordamos de las víctimas, claro que sí. Del sufrimiento de sus familiares y allegados. Y de los policías que han luchado sin desmayo. Y de los esfuerzos titánicos para mantener cierta unidad política. La intervención del presidente del Gobierno revela una estatura política extraordinaria.



"La primera condición para la paz es la voluntad de lograrla", escribió el filósofo español Juan Luis Vives. Esto no lo entiende, claro, ese periodismo inefable de caverna fundamentalista y ultraconservadora a la que sólo queda poder emborronar algo así como "Contra ETA vivíamos mejor". La de adjetivos insultantes que han dedicado a algunos intervinientes en la Conferencia de Paz de San Sebastián forma parte ya de la historia más negra y antipática de la profesión.



Que repasen las estrofas de Jhon Lennon: "All we are saying is give peace a chance".



Porque el 20 de octubre ha sido un gran día donde se nos permite descubrir la paz, donde se exaltan los valores de la convivencia pacífica y de la libertad.



Razones para congratularse.




jueves, 20 de octubre de 2011

MONZÓN, RUMBERO

Manolo Monzón convocó al dios de la lluvia para su despedida a ritmo de batucada. El fundador de Los Rumberos, el padre de las comparsas, le llamaban. Un siempre joven Monzón en cada cita carnavalera ya formaba parte de la historia de la gran fiesta. Ahora será recordado eternamente como uno de los grandes baluartes: el hombre que hacía vibrar en las calles, que transmitía, en cada desfile, en cada actuación, los valores indispensables del Carnaval. Javier Zerolo ha escrito una glosa formidable, a la espera de encontrarse en La Habana, donde, mamá, él quería ir para bailar al son de allí.


Monzón fue también decisivo en el esplendor del Caraval portuense, a donde llegó de la mano del sin par Pepín Castilla que, junto a concejales y otros colaboradores, visitaba con frecuencia el local de ensayo. Allí le pedía "algo especial" para el Puerto, un paso, una estrofa, un saludo... La entrada de Los Rumberos en el parque San Francisco fue siempre apoteósica: les presentamos en varias ocasiones, con Monzón al frente. Sobra decir que su aparición en los cosos de Martiánez era la más aplaudida. La de fotos que debe haber de él en esa Europa exportadora de turistas.


En el Puerto de la Cruz, por supuesto, Monzón y Los Rumberos dejaron su sello porque luego intervenían en galas y fiestas organizadas por hoteles y operadores turísticos. El suyo fue un liderazgo natural: sus venas llevaban la sangre del tirmo para tumbar caña, la que hiciera falta. En cierta ocasión, en los camerinos del parque San Francisco, antes de salir a actuar, le espetó con su desparpajo habitual a un periodista peninsular, a propósito de la estrofa final de su ínterpretación más popular: "No se dice 'molimientos' sino movimientos, pero ahora que lo apunta, tampoco está mal esa palabra".


Ese era el Monzón carnavalero al que ayer despidieron en Santa Cruz de Tenerife, con dolor, naturalmente. Y también con emotividad. Hasta el cielo echó unas lágrimas.


Con sus 'molimientos'.



miércoles, 19 de octubre de 2011

LOS HÁBITOS EN LA CRISIS

Propensión al ahorro. Inevitable. Claro que la demuestran quienes pueden. Y eso repercute en los hábitos y comportamientos de la ciudadanía. La depresión, la gran depresión, transforma, vaya que sí.

Sólo basta echar un vistazo a las conclusiones del undécimo Observatorio del Ahorro elaborado por Inverco, la patronal de fondos de inversión. Una de ellas: el porcentaje de españoles que ahorran "para prevenir posibles gastos imprevistos ante una situación de crisis" se ha doblado en los últimos dos años, pasando del 14 al 31 por ciento.

Otra: el perfil de los ahorradores, que se va haciendo cada vez más conservador. A la hora de invertir, incluso en la modalidad de la deuda pública, en un ambiente generalizado de riesgo, en el presente año un 55% de los ahorradores se autodefine como conservador y el 40% como moderado, cuando en 2009 el número de ahorradores de perfil conservador apenas alcanzaba el 25%.

Y una tercera conclusión: un 31% de los que pueden ahorrar busca cubrir imprevistos; un 25% mejorar su jubilación; y un 22% conseguier beneficios fiscales.

Los porcentajes son los suficientemente altos como para deducir que, en efecto, los hábitos de quienes menos sufren la crisis están modificándose sensiblemente. De ahí que se acentúe esa tónica de conservadurismo: entre noticias diarias (a veces horarias) negativas, entre sombras e incertidumbres que se alargan y entre carencia de alternativas o soluciones, hay que prevenir. Menos consumo: los depósitos bancarios, los planes de pensiones y los fondos de inversión se llevan la palma. Son la prueba de que los hábitos se van transformando y empiezan a ser otros.

Y es que las orejas del lobo, por lo que se ve, mejor dicho: por lo que se ahorra, obligan.

martes, 18 de octubre de 2011

CLAMOR CÍVICO

Sí, sabido es que el capitalismo no tiene escrúpulos y que estas protestas, por todos los hemisferios y por todos los continentes, les traerá sin cuidado. Pero la corriente se va agrandando, adquiere dimensiones transoceánicas y se convierte en un fenómeno que reclama sin reservas ni ambages un cambio global. Los que con toda razón enarbolaron la bandera del fracaso del comunismo, hoy tienen que ir guardando la del capitalismo, incapaz éste, con su voracidad insaciable y con su egoismo insolidario, de propiciar soluciones equilibradas o de hallar, en tiempos como los que corren, alternativas a las artificialidades, al consumismo incontrolado, a los vicios y a las desigualdades. No sabe, no supo qué hacer con la crisis desbocada. Qué fracaso, aún contando con la complicidad de poderes políticos débiles y sumisos, de muy frágiles liderazgos individuales o colectivos, que han ido cediendo y cediendo hasta verse completamente a los pies de quienes galopan ya ni se sabe hacia qué meta.

La abreviatura del 15-0 se incorpora al siglario de fechas con las que se simboliza o condensa un acontecimiento, un suceso o el espíritu y las secuelas de lo ocurrido. Este 15 de octubre apenas será una bofetada o un golpe de tos para quienes aprietan en las coordenadas de la recesión hasta comprobar que Estados Unidos y Europa se hunden juntos pero han palpado que las sociedades de aquí, de allá y de acullá están hartas. Esa reivindicación de un cambio global para acabar con los privilegios elitistas y poner punto final a los recortes se ha extendido y va más allá de una protesta localizada más o menos numerosa. Tienen tanta suerte, por cierto, que cuentan con la espontánea, ¿espontánea?, alianza de unos desalmados que, en Roma, echan a perder la convocatoria y desvirtúan por completo el sentido de la protesta con sus acciones agresivas y violentas. Tal como sucediera con los indignados de la Puerta del Sol, en Madrid, la acción vandálica de unos cuantos bastó para que cargaran sobre aquéllos los poderes políticos y los medios más conservadores hasta acentuar el cansancio, aumentar el descrédito y predisponer a una parte de la población que se cansó de aquella “revolución cívica y pacífica”.

La gente se ha cansado y alza la voz en las mismísimas barbas del capitalismo y los poderes financieros de la City londinense, de Bruselas y de Wall Street. Allí, y en otras importantes ciudades de los cinco continentes, los profesionales, los trabajadores, los desempleados, los médicos y sus pacientes, los pensionistas que sólo quieren estabilidad después de haberlo dado todo, los médicos y sus pacientes, los profesores y sus alumnos, o sea, quienes no han sido responsables directos del hundimiento de la economía pero sí quienes están sufriendo las consecuencias del mismo y las están pagando con enormes sacrificios, han exclamado que no se resignan y que tienen derecho a decir sanseacabó.

Es un momento histórico, claro que sí, al que asistimos con altas dosis de incertidumbre, sin saber cómo terminará todo esto. Hemos palpado que el 15-0 ha sido un clamor cívico. Y que el mundo, la ciudadanía, gira o quiere girar superando ciertas pasividades y notables resignaciones. Porque mientras Europa sigue sin forjar una sólida unión ni política ni fiscal, en Estados Unidos, “se abre una brecha en el consenso sobre que el capitalismo es la única vía al paraíso”, según ha escrito Norman Birnbaum, catedrático emérito de la Universidad de Georgetown.

Un momento histórico lo protagonizan los pueblos. Esa es la lección que hay que seguir dando a los poderosos y a sus injusticias inescrupulosas. Al menos, mientras quede la palabra para que sepan que la indignación crece.

domingo, 16 de octubre de 2011

DESPENDOLE DE UN ALCALDE

Es imposible sustraerse a una interpretación crítica de las palabras del alcalde de La Orotava, Isaac Valencia, en su intervención durante la apertura de las XII Jornadas de Administración Local que, por cierto, contribuimos a promover y consolidar durante nuestra dedicación municipalista. Hacemos esa interpretación desde los principios de la lealtad amistosa, la que recíprocamente nos hemos profesado. No se trata de ser valiente sino cortés y ecuánime en una obligada expresión ética sobre un hecho que ha cobrado trascendencia.

Y es que un alcalde, representante de la soberanía popular, no puede hacer caso omiso o ignorar olímpicamente lo elemental del Estado de derecho: eso de tirar cuatro o cinco leyes a la basura es inaceptable. Mucho menos, cuando esas manifestaciones están hechas ante quienes (secretarios de ayuntamientos, interventores y depositarios) están obligados a velar por el cumplimiento de las leyes. ¿Qué impresión pudieron sacar cuando escucharon afirmaciones como esa? ¿De qué valen los juramentos o las promesas hechas en el momento de asumir el cargo en el sentido de “cumplir y hacer cumplir la Constitución como norma fundamental del Estadfo”?

Es posible que tuviera un mal día o que no empleó el lenguaje apropiado para reprobar (un suponer) el exceso de burocracia. Pero recordemos que no es la primera vez: en el pasado, en cierta ocasión, hizo una declaración sobre determinado impacto ambiental que sirvió de texto publicitario que su partido se apresuró a retirar, eso, comprobado el otro impacto. El regidor no se quedó atrás y en otro momento llegó a amenazar con marcharse y alumbrar una formación política de ámbito local.

El caso es que IsaacValencia siempre fue así de espontáneo. No le hace falta presumir de campechanía porque la encarna. Y al alcalde, que lo es desde 1983, difícilmente puede pedírsele que cambie a estas alturas de su trayectoria política. Cuando ha largado así, estilo compadre, sus compañeros y hasta sus propios adversarios políticos han dicho “¡Las cosas de Isaac!”, que es una exclamación con la que restar importancia a sus propios dichos.

La pena es que esa trayectoria pueda tener un final así de sobresaltos, de impertinencias, majaderías o chambonadas. Y hasta de advertencias judiciales, por lo que ha podido leerse. La historia dirá si los logros del haber, que los tiene, se verán superados o capitidisminuidos por manifestaciones de esta tónica que, si fueran traducidas a la práctica, revelarían un proceder muy discutible. Lástima que un compromiso y una dedicación -a su modo, a su estilo, pero es la cabeza visible de una obra política- se vean desvirtuados por una incontinencia estrafalaria que se pudo haber evitado. No es bueno el desdén con que se ha referido a otras situaciones ni la ligereza con que ha aludido a ciertas prácticas en otros municipios. Esas circunstancias, respetado y estimado alcalde, no favorecen en absoluto: al revés, dejan entrever que aquí la impunidad ha sido predominante.
Por eso, lo grave de esta vez es que estos dichos los soltó ante funcionarios de los cuerpos nacionales, ante quienes también han probado la dureza de la ley pero saben que es la ley. Antes quienes han de cumplir con su deber y ante quienes han de ejercer su profesión, como no puede ser de otra manera, respetando y cumpliendo las normas. No se puede animar ni motivar a servidores públicos pidiéndoles valentía y que no sean tan negativos: esa es una apelación inconsecuente. ¿Les estaba solicitando laxitud jurídica o legalista, mirar a otro lado, en una palabra: saltarse la norma? Habrá quien condescienda, le perdone o le defienda pero...

De sus otros asertos, mejor dejarlos en materia opinable de un mal día de un gobernante municipalista traicionado, quién sabe, por su propia personalidad.