miércoles, 20 de abril de 2011

OBLIGADOS A REVISAR UN ESQUEMA

Hemos anticipado en una comparecencia televisiva el replanteamiento de la dedicación política en corporaciones locales después de las elecciones del próximo 22 de mayo. No se quiere aguar la fiesta a nadie ni arruinar las expectativas de quienes acceden a la representación pública porque quieren o pueden entregarse por completo a ello. Pero las circunstancias que concurren sugieren la necesidad de revisar un modelo que, con sus variables, quedó consolidado -e incluso, fortalecido desde el punto de vista legal- desde el segundo mandato municipalista (1983-87): las haciendas locales están muy depauperadas, los gastos de personal se han elevado considerablemente, los presupuestos siguen menguando, los ingresos están muy por debajo del nivel general de gastos… ¿Por dónde reducir? He ahí el gran dilema.
Los políticos deben ser conscientes de que están llamados a dar ejemplo. Y en este caso, deben tomar la iniciativa. Esos equipos de gobierno de diez o trece y más concejales ‘liberados’ o con dedicación exclusiva, fruto mayorías electorales o de alianzas postelectorales, no pueden seguir siendo norma. No es sólo su gasto retributivo, de cotización a la Seguridad Social e indemnizaciones o dietas sino el de asesores y personal de confianza que, por exceso, se ha convertido en un abuso durante los últimos años. Los márgenes se han desbordado.
Y como es el conjunto del sector público el que se lleva casi todos lo denuestos, el personal político no queda excluido, de ahí que se abogue por una racionalización. Así como en su momento hubo que ser reivindicativo y propiciar cobertura legal -como a cualquier otro colectivo laboral- a quienes decidieron encauzar sus pasos por los surcos políticos, ahora se plantea afrontar un nuevo marco de juego que comporte ahorro y disminución del gasto público.
Es cierto que en algunos casos se puede interpretar que el porcentaje de las retribuciones de los órganos de gobierno en un volumen global presupuestario resulta el célebre chocolate del loro. Y hasta habría que dar la razón a quienes defiendan la teoría de que por esa vía será cada vez más difícil encontrar a personas que se dediquen al ejercicio de responsabilidades públicas. Y tampoco estarían errados quienes de esa forma adviertan que será difícil evitar tentaciones extracorporativas y el fomento de las corruptelas.
Pero algo hay que hacer porque el nivel de gastos, en ese capítulo, se hace insostenible y la ciudadanía se muestra cada vez más crítica y quiere hechos, decisiones que permitan acabar con este estado de cosas y vislumbrar alternativas.
Que nadie se perjudique, desde luego, especialmente si ha de renunciar su trabajo, total o parcialmente; pero que no se prolongue una situación proclive a los abusos. Poner controles y topes, desde luego. Ponderar los niveles de endeudamiento. Ajustar los cálculos relativos cuando de estos gastos específicos se trate. Reestructurar organigramas, aglutinar áreas de gestión, funcionar con criterios más rígidos…
No se quiere tampoco restar capacidad política ni difuminar la representación pública ni renunciar a realizar programas… No. Se quiere revisar unos esquemas que, ahora mismo, no pueden seguir el mismo camino de los últimos tiempos.
Por eso, sería bueno estrujar la imaginación en busca de fórmulas y propiciar un gran acuerdo político, un pacto por la gobernabilidad sostenible de las instituciones sin pérdida de la dignidad pero con exigencias de reducción del gasto público. Al menos, hasta que se superen las estrecheces de la contracción.
Es la gran asignatura del próximo mandato y de los posteriores.
Que alguien, con coraje político, ponga el cascabel.

martes, 19 de abril de 2011

OTROS MÓVILES

La demora y el agotamiento de los plazos para formalizar la presentación de las candidaturas ante la Junta Electoral por la práctica totalidad de los partidos políticos traslucen serias dificultades para la confección de las mismas.
Todo da a entender que cada vez resulta más difícil ‘fichar’ a alguien, incorporar a personas que, con verdadera vocación política, desean participar activamente, además, en el primer escalón, es decir en el municipalista.
Empiezan a quedar lejos los tiempos -a principios de los noventa se quebró esa tendencia- en que la recluta era relativamente cómoda entre los afiliados de la propia organización y cuando la política local interesaba mucho más que en la actualidad. No digamos los primeros mandatos tras la restauración de la democracia, cuando un entusiasmo frenético se entremezclaba con las ganas de trabajar por el pueblo o por el barrio. Cierto que entonces primaba el voluntarismo: era lógico; no había gran cultura política y ésta comenzaba a fraguarse a base de concurrencias producidas por algún reclamo. En algunos casos, propiciaron la aparición de políticos que aprendieron al ritmo de los vertiginosos cambios que se iban operando en las corporaciones locales. Y algunos lo hicieron bien, francamente bien: se curtieron y progresaron; unos para especializarse y asumir altas responsabilidades, en tanto que otros para dar el salto a otras instituciones o a otras funciones.
La evolución de la política local -siempre respetando las diferencias entre las características de las ciudades- ha devenido en una exigencia mayor, es decir, ya no bastan el entusiasmo y conocimientos elementales del desempeño de quienes han de ejercer responsabilidades públicas. Se requiere ahora una capacitación técnica o profesional más completa. Siguen existiendo los líderes de barrios o de sectores, personas que se mueven con extraordinaria facilidad y tienen una cierta o gran ascendencia sobre el medio. Pero el desenvolvimiento en la actividad pública, los cauces legales y de todo tipo por los que la misma ha de discurrir, tienen ahora mismo otro significado. La vocación se evaporó.
Tal circunstancia que, teóricamente, debería favorecer un proceso de madurez social y política, sin embargo, no parece ser la única causa que va frenando la incorporación de personas a las listas electorales. El alejamiento -y en algunos caso, la aversión- se van produciendo por factores que tienen más que ver con el propio devenir de la política, con el deterioro que ha ido ganando esta noble actividad como consecuencia de una serie de factores que acentúan un rechazo que la misma clase política no ha acertado a ir despejando o mitigando.
Se juntan así la decepción, el desencanto y el desapego, caldo de cultivo del abstencionismo, hasta el punto de haberse convertido en un adversario común contra el que debían fijar algún tipo de estrategia para superarlo. Mucho es de temer que no figure entre las prioridades.
Y entonces se palpan las dificultades para convencer a personas, para invitar a éstas a sumarse a proyectos, para echar una mano a favor de los intereses generales o para colaborar con quienes han asumido las delicadas tareas de encabezar o dirigir alguna representación.
La política, así, interesa menos. O sólo interesa desde la perspectiva de una oportunidad para obtener unos ingresos estables, para lograr una ocupación más o menos bien retribuida. Para muchas personas que aún no han conocido un primer empleo, se convierte en la opción que no debe ser desperdiciada. Lo de menos es la ideología: se trata de ir con quien pueda anticipar el acceso a una dedicación ocupacional bien retribuida. Tal como están las cosas, con la recesión económica que, en algunos casos, se robustece, se trata de una oportunidad.
Y claro sin vocación ni ideología, con el materialismo y la necesidad como móviles principales, asistimos a una nueva fase de la participación política activa. Nada más lejos de frenarla con estas consideraciones que sólo pretenden plasmar, a grandes rasgos, la evolución y las diferencias que median entre aquel entusiasmo -y aquellas limitaciones- de principios de los ochenta y de la democracia municipalista y esta ola forzada de la segunda década del siglo XXI en que las ideas y los proyectos colectivos, empujados por las circunstancias, han ido dejando sitio a otros reclamos menos utópicos y menos vocacionales.

lunes, 18 de abril de 2011

EN EL BANQUILLO

Hace algo más de un año, escribimos que entre las aristas incomprensibles que suelen ofrecer algunos casos sometidos a la administración de justicia y de notable repercusión mediática, llama la atención que algún imputado entable acciones contra el magistrado que investiga, diligencia o instruye. Si el asunto es de naturaleza política, es normal que se quiera aumentar la revoltura desarrollando una estrategia con una finalidad muy clara: sembrar el proceso de todos los vicios y todas las dudas posibles y anularlo. Entonces, todos los recursos formales y tácticos al alcance son válidos, aunque uno de ellos sea denunciar al mismísimo juez que acusa. O sea, el acusado se convierte en acusador. La vuelta de tuerca que ha significado el reciente anuncio de ver al juez Baltasar Garzón en el banquillo chirría al contrastarse que este hecho sucederá antes de que sean enjuiciados los presuntos delincuentes a los que el juez imputa en el conocido caso Gürtel, de presunta corrupción política. Pero la siembra va dando frutos y hay personas y poderes que han arriesgado y han invertido lo suyo como para estar desatentos llegada la hora de la cosecha. Poco parece importar que la actuación de Garzón, ordenando, conforme a disposiciones legales, la grabación de las conversaciones de los imputados con sus abogados, haya sido avalada por su sustituto en la instrucción del citado caso y otras autoridades judiciales. Pero la interpretación de que las escuchas son una extralimitación procesal hasta meterse de lleno en las coordenadas de la prevaricación, hecha por mayoría en el seno del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, sitúa a Baltasar Garzón en el banquillo. Es probable (por no decir seguro) que con otros protagonistas, la suerte hubiera sido distinta pero para llegar a decir misión cumplida este paso era determinante. Que el juez comparezca desde el banquillo de los acusados por intentar conseguir más evidencias contra algunos imputados en la trama Gürtel, aún sin juzgar, es una de las más flagrantes paradojas que se recuerda, sobre todo en el ámbito judicial. En cualquier caso, pendientes ahora de la resolución, es la simbología lo que más importa a los enemigos del juez: verle en el banquillo, lo que eso significa. Y quienes eso pretendían y eso ensalzan, sin importarles la trascendencia ni el propio funcionamiento de la justicia, saben muy bien el valor que tal hecho encierra antes de que el caso principal y otros casos (el de la represión franquista, por ejemplo) sean juzgados. De héroe a villano no hay más que un paso. Garzón lo está experimentando en carne propia después de haber anticipado, él mismo, una implacable estrategia de “desprestigio, acoso y desautorización” de su tarea jurisdiccional. En ella han intervenido, directa o indirectamente, desde dentro o desde ciertos altavoces mediáticos, quienes en su día le subieron al olimpo de la persecución a quienes deducían -porque políticamente interesaba- detrás de actuaciones criminales al margen del Estado de derecho. Garzón, en sus horas más difíciles e inciertas, ha logrado concentrar notables afectos y simpatías populares pero debe ser consciente de que “la derecha española nunca pierde en los tribunales” (Federico Abascal dixit). Y cuando parece que cierta simbología es sacudida o se tambalea, todas las vueltas de tuerca que hagan falta. Faltaría más.

sábado, 16 de abril de 2011

PRECURSORES DEL FÚTBOL-SALA

Un amigo de los que habitan en las redes sociales –porque, dado su auge, habrá que decir eso: que ya son un espacio ineludible de convivencia- nos pide que rememoremos aquel rincón donde tantos portuenses, de todas las edades y condiciones, jugamos al fútbol en precarias condiciones: el Penitente. Ya glosamos en el blog sus singulares características, incluso las multiusos. Pero es la de cancha balompédica la que interesan. En un municipio donde no había instalaciones deportivas, aquel lugar se convirtió en un recurso de primera utilidad para practicar y competir. El fútbol-sala estaba aún bastante lejos de ser conceptuado como tal, de modo que quienes allí evolucionaron pueden ser considerados como precursores de una modalidad de la que España ha llegado a ser campeona del mundo. Rescatemos pues un fragmento de lo escrito entonces: “…Una de las plataformas [en referencia a las encintadas con roca basáltica concebidas en su día para albergar carga o mercancía] tenía trazos poligonales. Allí se jugaron formidables partidos de fútbol. El municipio no tenía instalaciones deportivas y había que jugar donde fuera. El Penitente era el lugar preferido de grandes y chicos. Se jugaba con pelotas de trapo o de papel, sucedáneo de balones o pelotas que llegaron años después. Las hacían los propios contendientes, con un arte y un esmero dignos de encomio. La demanda de la cancha llegó a ser tal que hubo que hacer sorteos y turnos. Los más chicos jugábamos en horas y fechas que no importunasen a los mayores. En un largo banco, junto a la trasera del empaquetado, quedaban libros, enseres o ropa de baño. Porque los más atrevidos se lanzaban desde el borde del antiguo desembarcadero para seguir nadando hasta San Telmo. En aquella plataforma poligonal acreditaban su clase balompédica don Jesús “El maestro”, Pepe Torrents, Antonio Galindo, Celestino Padrón, Salvador González, Gilberto Hernández, Boro Acosta, Alvaro Figueroa, Julio Rodríguez, Tomás Real y tantos otros que regateaban de manera inverosímil en una superficie reducidísima. Algunos jugaban hasta descalzos. Eran los antecedentes del fútbol-sala, practicados al aire libre, junto al Atlántico. La pelota caía al mar des vez en cuando, consecuencia de algún despeje ‘in extremis’: suerte dispar, en ocasiones se perdía definitivamente y en otras, el valiente de turno se lanzaba y la recuperaba para seguir jugando. Había temporadas en blanco para esa cancha, quiere decirse que no se podía jugar porque el espacio era ocupado para otras finalidades. Allí quedaba instalada una carpa del denominado Teatro Popular Español, en donde llegó a actuar, si la memoria no es infiel, la mismísima Mary Carrillo, a quien Dios guarde. Los bachilleres íbamos a los ensayos, por las tardes, y nos colábamos por una rendija de las paredes de lona…”. Por supuesto que a los nombres citados se podrían añadir otros muchos. Es más: era frecuente ver a grandes y chicos, jóvenes y mayores, con equipos más o menos equilibrados. Y las anécdotas. Como aquella ocasión en la que una pelota recién estrenada cayó al mar y se lanzó ‘Chiquín’ Torrents a buscarla. No se sabe por qué pero empezó a nadar a tal velocidad hacia San Telmo que no se detuvo y dejó la pelota atrás. Y otra: a Francisco Pérez Yanes le regalaron desde Venezuela una pequeña cinta magnetofónica –aún no se conocía el casette- y con ella grabamos la transmisión de uno de los juegos que después escuchamos con fruición en la plaza de la Iglesia. Y otra: un balón que iba rumbo al mar mientras Alberto corría para impedirlo. En su afán, casi tira al pescador que faenaba en el borde y hubo de agarrarle. Y otra: un partido de escolares del Gran Poder de Dios a doce goles que no terminó porque se hizo de noche y el marcador señalaba 7-6. En el Penitente, en fin, estarían los antecedentes del fútbol-sala. Seguro que fue el más popular de los espacios que en otros barrios portuenses –incluso, calles casi completas- eran empleados para jugar y para hacer el poco deporte que se podía y se sabía hacer.

lunes, 11 de abril de 2011

SIN PARTITURA

Cuando se supo lo de Portugal -es curioso que las exigencias del rescate sean superiores a las del plan de ajuste que, rechazado en el Parlamento, forzó la caída del gobierno luso en otra prueba de que, para la derecha, cuanto peor, mejor-, se reeditaron en España los ecos del apocalipsis, una suerte de paradójico anhelo en igualar y padecer las penurias de terceros que certificaría la incompetencia y el desastre de gestión como nunca antes habían sido exaltados en este país. Pero ese paroxismo tendrá que esperar. O al menos así lo han transmitido el Banco Central Europeo, los todavía poderosos financieros americanos, la poco sospechosa Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), representantes de la Comisión Europea y ejecutivos de otros organismos internacionales que coincidían en que la crisis portuguesa no contagiará a España, lo cual no significa que el Gobierno se relaje y deje de cumplir los ajustes que ha marcado para evitar un colapso económico y del propio sistema financiero. Porque si se advierten las primeras señales de crecimiento, es evidente que hay que perseverar como factor indispensable para generar empleo y para confirmar la previsión de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) cifrada en un 1,3% para el presente año. Algunos expertos han señalado que, además de mantenerse inalterable el objetivo de reducción del déficit, este crecimiento económico será más sano y derivará de una mayor aportación del sector exterior, o sea, las exportaciones, que impulsarán la inversión productiva privada y será progresivamente complementada por la demanda nacional. El caso es que los primeros datos de la recuperación de la economía española -sólo falta la generación de empleo para corroborarla y hacerla llanamente creíble más allá de los registros estadísticos- están siendo muy apreciados en el extranjero. También es curioso que mientras en España, cercanía electoral aparte, adversarios políticos y mediáticos del Gobierno sigan haciendo sonar los clarines del catastrofismo, las valoraciones procedentes del exterior sean de signo contrario. Un editorial de Financial Times, por ejemplo, habla de éxitos duramente conseguidos y destaca las “valientes reformas estructurales y de otro tipo destinadas a recortar el déficit público”. La revista Time tampoco escatima elogios y tras preguntarse si Zapatero puede hacer de héroe, responde que está haciendo progresos en la solución de los problemas “y todavía más, en estabilizar al menos el sentimiento de los inversores hacia su país”. El pasado mes de marzo, mientras el Fondo Monetario Internacional (FMI) concluyó “medidas rotundas” en el ámbito fiscal y en el mercado laboral para estabilizar las previsiones financieras y mejorar la productividad económica, el informe de la OCDE sobre el futuro de las pensiones remarcaba la significativa mejora de la sostenibilidad financiera del sistema a largo plazo. El todo es que, después de haber tocado fondo, estos indicadores y estos testimonios revelan una recuperación, o lo que es igual, España avanza en la dirección correcta pero debe continuar esforzándose para acreditar la solvencia de unas reformas y de unas medidas así como la solidez de algunos de sus pilares económico-financieros que empiezan a ser apreciados por analistas e inversores. Positivo, si es beneficio colectivo. Al menos, las trompetas apocalípticas, agotadas y sin partitura, siguen desafinando.

sábado, 9 de abril de 2011

ABSTENCIÓN, ADVERSARIO COMÚN

Un adversario común tienen los partidos políticos que concurren en las próximas elecciones municipales en el Puerto de la Cruz del próximo 22 de mayo: la abstención. Se advierte tal grado de desencanto, de desmotivación, de pérdida de ilusión o interés por la vida política municipal -por lo demás, tan degradada últimamente- que si ello se traduce en una deserción ante las urnas, estaríamos ante un preocupante retroceso democrático. Ojalá nos equivoquemos: el Puerto siempre presumió de altos registros de participación, superiores al setenta por ciento. Pero ahora… O sea, que la primera tarea que deberían marcarse los supuestos departamentos de estrategia electoral es la de producir iniciativas para reclamar el interés de los electores, para motivarles, para hacerles ver que unos comicios son decisivos para mantener vivo y con buen funcionamiento el sistema democrático. No parece, por lo que trasciende, que sea esa la asignatura prioritaria. La prueba es que a punto de expirar el plazo para la presentación ante la Junta Electoral de la composición formal de las candidaturas, sólo el PSOE -más tarde de lo habitual y deseable, por cierto- ha dado el primer paso en el trámite de su aprobación orgánica. Ello revela, entonces, que todos andan con dificultades no ya para ordenar numéricamente la lista sino para convencer de la continuidad a quienes ya ejercen cargo edilicio o para reclutar personas que deseen incorporarse a tareas de responsabilidad pública. No atrae la política. Al menos como otrora. Parece haberse agotado el entusiasmo que caracterizó determinados ciclos, cuando había vocación y cuando se desbordaban las ganas de participar en tareas municipalistas. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué ese distanciamiento? ¿Por qué ese desapego? Un poco de todo. La política municipal ha dejado de atraer. Veamos algunos de los factores: penurias económico-financieras que hacen difícilmente sostenible cualquier plan o iniciativa, déficit estructural en la institución que presupone quebraderos y múltiples impedimentos, reedición de debates muy poco productivos y de bajo nivel, anquilosamiento en las perspectivas de hallar alternativas o nuevos horizontes en el propio modelo socieconómico, escasa eficacia, exceso de politización en asuntos que no la requieren, clima de convivencia muy alejado de lo que en otro tiempo fueron virtudes de respeto y tolerancia, personalismos inconmensurables, frustraciones, desprestigio… Y bronca, demasiada bronca frente a la progresiva pérdida de credibilidad. Unos contribuyen más que otros y otros se han dejado arrastrar por los efectos perniciosos de aquélla hasta convertirse en un círculo vicioso Así es muy difícil que la política atraiga. Con todos esos considerandos, los partidos políticos, a poco que ausculten la realidad social, deben olfatear que el abstencionismo es caldo de cultivo, de ahí que arrancáramos con la idea de combatir esa potencialidad creciente. Deben saberlo, lo saben: si la gente no acude a las urnas, será un fracaso colectivo. Pero hasta la fecha, salvo algún tímido intento de incursionar en redes sociales, muy poco. Se necesitan ideas y proyectos. Nuevos discursos, otra forma de entender la política. Queda muy poco tiempo, desde luego, para un trabajo de esta magnitud. Pero los portuenses que se han cansado de los factores reseñados -y de algunos otros, seguro- precisan de incentivos. Especialmente, aquéllos más desencantados y cada vez más tentados de engrosar las filas del abstencionismo. Lo suyo era precisamente lo contrario: dar lecciones de participación. Nada nos gustaría más que volverla a palpar el próximo 22M.

viernes, 8 de abril de 2011

ECONOMÍA SUMERGIDA

Un estudio de cuatro profesores de la Universidad Rey Juan Carlos, publicado en el último número de “Cuadernos de Información Económica”, de la Fundación de la Cajas de Ahorros (Funcas), arrojaba un dato revelador: la economía sumergida en España significa en torno al 17% del Producto Interior Bruto (PIB). Si se tiene en cuenta que en el período 1989-2008 el volumen de la economía oficial medida por el PIB se ha más que duplicado y que la economía sumergida, en el mismo cómputo de tiempo, se ha multiplicado por cuatro, está claro que los niveles de esta economía en nuestro país son preocupantes dados sus efectos en principios básicos de la productividad como la equidad, la eficiencia y la competencia. Entendamos la economía sumergida como la que escapa al control de Hacienda. Desde el momento en que el Estado no recaude todo lo que podría, ya estamos hablando de un lastre. Y el problema es que crece para dar pie a una disyuntiva: atajar el fraude fiscal o atacar, hasta su erradicación, las posibles causas de esa economía que no se registra o que no aflora. Independientemente de las connotaciones sociológicas, es evidente que hay una cultura que propende a aprovecharse de vacíos legales en determinadas actividades, de otras que siendo legales no se declaran, de la evasión de impuestos, de la doble contabilidad y de los trabajos sin facturar. Todo eso, unido a la percepción de que se pagan demasiados impuestos o que éstos se administran mal (cuántas veces hemos escuchado la frase “para que lo malgaste el Estado o el Ayuntamiento, yo no pago”) desemboca en amplísimas lagunas donde predomina la oscuridad y a donde se quiere llegar amparándose, además, en el hecho de que todo el mundo lo practica en el marco de una notable impunidad. El estudio de Funcas señala que en nuestro país, durante el período aludido, la economía sumergida genera una merma de ingresos fiscales que llegó a superar los treinta y dos mil millones de euros anuales de media, lo que supone entre el 5,4 y el 5,6% del PIB oficial. Estas cantidades ponen al descubierto los efectos a los que hicimos referencia: por un lado, en el supuesto de que todas las actividades económicas estuvieran sometidas a fiscalidad y asumiendo que la recaudación fiscal no experimentase variación, la presión fiscal bajaría casi cinco puntos porcentuales, nada menos. Y por otra parte, el empleo. Sea cual sea el procedimiento de estimación de la economía sumergida que se utilice, los autores de este trabajo destacan que el empleo sumergido ha crecido de forma espectacular, situándose en unos cuatro millones al término de los datos computados. Los autores, por cierto, explican que esta cifra no implica que exista otra equivalente de personas que realizan su actividad laboral al margen de la economía oficial ya que puede ocurrir que algunas o muchas de ellas trabajen tanto en el ámbito de la economía sumergida como de la oficial. El caso es que el Gobierno tiene que afrontar con valentía y coraje política la solución de este problema y sus derivados, incluso para dar consistencia a sus medidas de ajuste, tan bien ponderadas en el extranjero. El ministro de Trabajo llegó a hablar de un plan para aflorar este dañino tipo de economía. La flexibilización de la cotización a trabajadores autónomos, la simplificación de las declaraciones a Hacienda, poner negro sobre blanco los réditos de actividades alegales e incluso delictivas (no puede ocurrir que los ingresos por prostitución o tráfico y comercialización de estupefacientes sigan siendo opacos) y agilizar los procedimientos de cruce de datos derivados de información financiera, información fiscal e información laboral de los declarantes, deben ser tenidos en cuenta a la hora de aprobarse ese plan que sirva, al menos, para mitigar los perniciosos efectos sobre el corpus económico de un país al que aún quedan por experimentar cambios sustanciosos si es que quiere mejorar su competitividad. En otras palabras, o se corrige y se emerge o seguirán ahondando las profundidades hasta que se produzca el cataclismo.

(Publicado en Tangentes, número 34, abril 2011)

lunes, 4 de abril de 2011

LA LEY PÓSTUMA

Quienes creíamos haberlo experimentado todo en la Comunidad Autónoma de Canarias (“los que fuimos a Vietnam ya vimos estallar todas las bombas”, solemos decir cuando se produce alguno de esos hechos insólitos) ya tenemos otro episodio para la colección de surrealismos políticos: el Parlamento se reabre para intentar dar carta legislativa a la bancarización. Se habían despedido sus señorías. Hasta hicieron acto de contrición en la sesión de cierre de una legislatura poco productiva. Pero un día antes del último pleno tuvo entrada en la cámara el proyecto de ley que el Gobierno había remitido para adaptarse al Real Decreto Ley que regula la nueva dimensión de las cajas de ahorro. Había un plazo, el de enero, pero el ejecutivo, empeñado en que hubiera otra materia para lucir el dudoso honor de ser los últimos de la clasificación, no lo tuvo en cuenta: dejar hacer, dejar pasar. La inhibición es de las que hacen época, agravada por la pretensión de tratar media docena de artículos, no más, y cuatro disposiciones transitorias, en un intento de salir del trance, cuanto menos se note mejor, quede el grueso para la próxima legislatura y lo que te rondaré morena. No es que parezca, es poco serio. Endosar el pasotismo del ejecutivo a una asamblea legislativa que ya había dado por terminado su ejercicio activo era, además, una faena, sobre todo si se la quería despachar con un aliño en los que sólo reparan los tres o cuatro de siempre. Menos mal que el portavoz socialista, Francisco Hernández Spínola, planteó con sensatez y valentía el tratamiento de la norma al completo, esto es, el texto articulado en su conjunto, en una prueba clara de dignificar la institución parlamentaria, obligada a reabrir sus puertas para aprobar una norma de indudable importancia en un singular proceso contextualizado en el marco de una contracción económico-financiera que ha obligado a un redimensionamiento de estas entidades con tal de poder seguir compitiendo. La alternativa de la oposición mereció la unanimidad -la responsabilidad, siempre ese sentido de los socialistas en los momentos más delicados- y el papelón será solventado con un trámite procedimental mucho más presentable: una ponencia y un pleno durante el presente mes para elaborar y aprobar el texto articulado de las cajas canarias, sobre todo para que nuestra comunidad no fuera la única que quedara sin regulación específica en una nueva realidad del sistema financiero. La norma, recordemos, incidirá en la diferenciación básica para seguir funcionando: el negocio, la actividad financiera estará en los bancos resultantes de la fusión promovida; en tanto que la obra social, monte de piedad y la sede serán las materias que tendrán el adecuado tratamiento jurídico y la defensa de los intereses generales, argumento que sirve para eclipsar el planteamiento, más o menos verosímil, de superar el inconveniente de la edad de jubilación del presidente de la antigua CajaCanarias, cuyos órganos, por cierto, aún siguen pendientes de la segregación del negocio financiero a Banca Cívica. Y es así cómo las puertas de la sede de Teobaldo Power volverán a abrirse para que un proyecto de ley de esta naturaleza -¿es que no importa el dinero de los impositores, es que se pueden tratar estos asuntos con tanta ligereza?- sea elaborado, debatido y aprobado como se merece. Con sentido global y no estilo compadre, además de luz y taquígrafos. Menos mal que alguien salvó la dignidad de la institución para aprobar la ley póstuma de la legislatura.

sábado, 2 de abril de 2011

80 AÑOS DE ROBERTO

Ha cumplido ochenta años Roberto Hernández Illada. Sus hijos, familiares, amigos y allegados le tributaron una celebración por sorpresa. Cuando llegó al lugar, creyendo que asistía al cumpleaños de uno de sus hijos, y se encontró con la asistencia de más de setenta personas que, puestas en pie, entonaban la versión española del “Happy birthday”, el hombre no pudo reprimir la emoción. Lógico. Después, cuando recuperó la normalidad, se sintió feliz y comprendió el valor de la amistad sincera. No es el primer homenaje que le tributan a Roberto pero éste posiblemente haya sido el más cercano, el más entrañable, el más espontáneo, el que más se acerca a su personalidad. El ha sabido ganarse en vida el respeto y el afecto de los demás, con un sentido de la rectitud y de la responsabilidad que pocas personas pueden lucir. Y se ha granjeado la admiración, esa que no requiere de expresiones grandilocuentes, de quienes conocen de su mesura, de su tesón y de su amor al deporte. “No se es consciente siempre de tener tan buenos amigos”, acertó a decir a la hora de dar las gracias. En esta ocasión, antiguos jugadores de aquellos equipos de fútbol que dieron lustre al deporte portuense le acompañaron como lo hicieron entonces. Memorizamos alineaciones y lamentamos la pérdida de los ausentes. Calculamos edades y comentamos episodios de fichajes y ascensos. El papel de Roberto Hernández Illada fue decisivo para muchos deportistas. El legendario Juvenil Once Piratas y el primer ascenso del Club Deportivo Puerto Cruz son hitos entremezclados con la rehabilitación de El Peñón y algún otro obstáculo federativo. Hernández, como le llamamos de vez en cuando, era todo: cuidador del campo, el que tramitaba las fichas, el que iba para Santa Cruz, el que compraba los equipajes, el que hablaba con los padres del jugador… En una época de penurias, cuando la proyección futbolística era dificilísima, Roberto se empeñaba en que los jugadores jóvenes no fumaran y en que no se fueran de verbena en las vísperas de los partidos. Si alguno era sorprendido infringiendo este sencillo particular código de conducta, ya sabe lo que le esperaba. Al cabo de los años retornó a la actividad directiva con el Atlético Puerto Cruz. Pero ya no era igual. Las costumbres y los usos tanto sociales como futbolísticos habían cambiado sustancialmente. Aún así, su labor era respetada. Como también lo fue la que desarrolló a posteriori en el Club Natación Martiánez, especialmente con el equipo de waterpolo, al que ascendió a la División de Honor, la máxima que ha alcanzado -junto al Marlins, de béisbol- una representación deportiva del Puerto de la Cruz. La presencia de José Antonio Marrero, quien le sucedió en la presidencia, y una sentida carta que Jesús Cuartero, el técnico, envió desde París, probaron que en esta disciplina Roberto Hernández Illada también dejó huella. Un álbum de fotografías de época, otro familiar y unos cuantos regalos más -entre los que destaca el reloj del Atlético de Madrid, su equipo del alma, entregado por Manuel Torres- testimoniaron la satisfacción de una jornada obsequiosa. Nos quedamos con las ganas, por cierto, de ver los resultados del trabajo digital de Juan Antonio Acevedo quien preparó un DVD con momentos estelares de la vida deportiva del cumpleañero. Quizá en otra ocasión. Hago esfuerzos para no repetir la definición de Roberto Hernández Illada en su faceta de dirigente deportivo, cuando este concepto aún estaba lejos de su materialización más avanzada. En su momento escribimos, y así lo hemos empleado a posteriori, que él es el último romántico del deporte. Pero los esfuerzos -ya ves, estimado Roberto- son baldíos. No hay mejor definición. Así que permite que, de nuevo, lo emplee y te distingamos con esa cualidad que debe enorgullecerte, como así ocurre con todos los que han sido tus discípulos y siguen siendo tus amigos.

viernes, 1 de abril de 2011

ABUSAR DE LA PALABRA

Aprender a escuchar. Respetar. Aunque parezcan infinitivos de la obviedad aplastante, hay que ponerlos en práctica. Porque en cualquier 'zapeo' o búsqueda del dial, las cosas siguen igual o de mal en peor: los programas con la fórmula tertuliana o de debate, con moderador y más de dos intervinientes, son el espejo de lo mal que congeniamos a la hora de exponer criterios o de defender ideas. No es una mera cuestión de formas. Se puede y se debe discrepar. Es muy saludable. Pero hay que saber hacerlo. Y en algunos espacios televisivos o radiofónicos se registra la antítesis. A ver quién habla más alto -a veces gritando-, a ver quién interrumpe con más frecuencia, a ver quién luce mayor vehemencia dialéctica... Díganme ustedes cuando se pisan o hablan varios -y todos- a la vez sin que se entienda nada. Un auténtico guirigay, absurdo, ininteligible, en las antípodas de una conversación plural y amena. Para qué hablar cuando la misma registra alguna conexión telefónica. Inaudible. El efecto es inmediato: a cambiar de canal o de emisora. Y a albergar un rechazo para próximas entregas o ediciones. Los espectadores o los oyentes se cansan y, de paso, forjan una idea del carácter o del temperamento de quienes hablan, gritan, interrumpen, apostillan... muy poco favorable. En el fondo, no hay que extrañarse. Si apenas sabemos conversar, si dialogar se hace a menudo inviable, cuando hay más voces resulta prácticamente imposible sacar algo en claro. Con lo sencillo que es dejar hablar, considerar los turnos, interrumpir delicadamente y manifestar luego el propio parecer. Así los mayores se asustan. En serio, les disuaden tantas discusiones vergonzosas y tabernarias. Y se acuerdan de que, en el pasado, hasta con el campo de la libertad de expresión más acotado, y con menos fuentes de información, el género tenía otra clase: no estaban exentos los riesgos de grandilocuencia, redichos y hasta cursilería, pero como que la tolerancia se demostraba hablando, haciendo uso de la palabra de forma más apropiada. Sobre todo, en público. Ahora, no. Hasta el punto de que, en los tiempos más recientes, los moderadores se ven literalmente desbordados, incapaces de poner orden, arbitrar o dilucidar nada. De ahí que algunos de estos espacios hayan desaparecido o que quienes ejercían esa función hayan optado por otras vías menos procelosas. A fin de cuentas, ellos también se “queman”. Por activa o por pasiva. Y como ponen la cara o la voz, su responsabilidad es más directa. Que nadie se queje, en cualquier caso, si, legitimados como están, actúan retirando palabra o no concediéndola simplemente con el ánimo de poner orden y concierto donde se han perdido. Por otro lado, en algún hecho televisivo, se ha podido comprobar que, hablando todos al unísono, el realizador no sabía a quien enfocar. Otro que también sufre las consecuencias y tiene menos defensas, por cierto. Y no vale eso de que hay que echarle salsa o pimienta al pote para que haya más interés o para ganar audiencia. Si esa es la consigna del medio, flaco favor se hace a la comunicación participativa y a la audiencia hacia la que se dirige. De alguna forma sería fomentar el encono y la crispación, cuando no la radicalización, precisamente aquello que se reprocha a los políticos o cargos públicos en general. No hay canal ni emisora radiofónica que escapen a este fenómeno tan contrastado a lo largo de los últimos tiempos, de modo que, con frecuencia, constituye hecho noticioso. Hay que saber usar la palabra. Decir lo que se quiera pero decirlo bien. En el marco adecuado, en el turno concedido y en el tiempo debido. La palabra podrá ser más o menos benévola pero su empleo ha de cumplir unas formas y ha de seguir unos cursos que, cuando se alteran, trascienden intolerancia e intransigencia. A estas alturas, con la madurez que se supone ganamos todos, con la experiencia acumulada y con la plétora de oportunidades que se aprecia en el universo mediático, podía creerse que el personal ya estaba más impuesto en estas lides y acudía a estos espacios sin necesidad de revalidar en cada momento su educación, primera regla. Pero no: venga a abusar. De las palabras y de la paciencia. Así surgen los malos modos, las deformaciones, las incomprensiones y las enemistades. Así se demuestra la intolerancia y que aún queda un largo trecho que recorrer hasta ganarse la atención y el respeto de quienes realmente padecen estos comportamientos, todos reprobables, por cierto, pero mucho más de quienes estando en ciertos niveles de formación y experiencia, en los campos que sea, acreditan que no respetan las formas y abusan de la palabra.