viernes, 3 de mayo de 2013

PAÍS DE DOS MITADES

No era difícil predecir la encrucijada venezolana. Ahí queda el saldo de once heridos tras una riña en la sede de la Asamblea Nacional donde, teóricamente, se va a hablar, transar y producir. Pero prefirieron librar el parlamentarismo en un ring. Y la imagen que proyectan no puede ser más desgradante y más inquietante. La Venezuela de las dos mitades estaba allí escenificada, en la sampablera de la que habló el mismísimo presidente de la República. El de la cámara legislativa estaba a lo suyo, acentuando el cisma, radicalizando la causa.
Ya no se habla tanto de revolución, a pesar de que Nicolás Maduro sigue empeñado en practicar un Gobierno de calle -así lo llaman-, y mucho menos de la situación económica del país, bastante delicada, por cierto. Al cabo, la inseguridad ciudadana sigue galopando. Se empeñan en extremar la incertidumbre, a la espera de una resolución definitiva sobre los comicios cuestionados. Y ahí se complican las cosas: en esa tensión social que nos hace temer lo peor para el país hermano.
Si se pegan en el Parlamento y hay señales de desabastecimiento, ¿hacia dónde avanzan?

jueves, 2 de mayo de 2013

ESCEPTICISMO NATURAL


Cuentan que los rostros de la vicepresidenta del Gobierno y de los ministros de Economía y Hacienda en la rueda de prensa posterior al último consejo eran todo un  poema o hablaban por sí solos. Es natural. Como también lo es que cada vez haya más votantes o simpatizantes del Partido Popular desencantados o decepcionados; cuando no, a punto de desertar.
            Porque se hace difícil, en efecto, comunicar más medidas de sacrificio o intentar persuadir de que éstas son las políticas adecuadas para una recuperación cuyo horizonte temporal se ha convertido en un auténtico auto de fe. Harto dificultoso explicar el alcance de determinaciones cuando el peso de la losa de los desempleados es ya insoportable. Es lógico que haya caras serias y compungidas, de duelo, incapaces de transmitir otra cosa que no sea la resignación, como así parece desprenderse de algún titular periodístico derivado del “fuego amigo”.
            Y más complicado, naturalmente, es asumir esas medidas. Está la ciudadanía tan descreída que su espíritu no da para más que la crítica amarga y desconsolada. Lógico: depositó su confianza en quien anunciaba planes, proyectos y programas para acabar con aquella hecatombe de los socialistas, un chiste fácil, por cierto, si se la compara con la situación presente. Confirió tal en números mayoritarios para que no hubiera duda ni hubiera que recurrir a pactos ni quedar en situación de dependencia. Y sin embargo, casi año y medio después, no sólo han empeorado los datos de los problemas más acuciantes sino que los incumplimientos sistemáticos y los largos tentáculos de la corrupción política han hecho fruncir el ceño a quienes creyeron ver en el partido conservador, además de la alternativa en el poder político, la solución a los males de quienes no pudieron o no supieron lidiar la crisis.
            El Partido Popular, tampoco, desde luego. De ahí, tanto descontento y tanta desazón en las propias filas y en la masa de apoyo fraguada en las últimas convocatorias electorales, impulsada, sin duda, por el afán de castigo. Pero ya no hay palabras para tanto desempleado. Y los ilustrativos rostros de los responsables ministeriales son los de tanta gente que tampoco quiere saber nada de quienes, con encomiable lealtad ideológica y sacando de donde no hay, aún intentan desde foros, tertulias y otros soportes mediáticos, persuadir de que es el único camino posible, de que todo se andará, de que hay que frenar el retorno de los demonios socialistas… Todo lo más, efectos balsámicos. Y aun así, cabe dudarlo.
            O sea, que persisten las oscuras perspectivas, pese a las magnitudes macroeconómicas. El austericidio condujo al desmantelamiento del Estado de bienestar. Menos empleo, menos opciones, menos consumo, más pobreza, más rigores, más exclusión social… En definitiva, situación de color hormiga que, entre cifras millonarias y porcentajes crecientes, entre estancamientos y pensamientos como el la Delegada del Gobierno en Catalunya -¡se congratula de que haya ricos y pijos!-, extiende su manto de escepticismo y pesimismo hasta niveles insospechados.
           
            

miércoles, 1 de mayo de 2013

UNIDOS HACIA EL FUTURO


En la búsqueda de mensajes positivos, de estímulos para el ejercicio de la profesión, aparece este de Elsa González, presidenta de la federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE): “El futuro del periodismo no peligra si queremos conservar nuestra democracia”.
            Y cuantos sabemos apreciar los valores de la convivencia, cuantos conocemos la importancia de la libertad de expresión y del pluralismo en la sociedad de nuestros días, hallamos en esa frase de Elsa González otra razón más para seguir luchando por tales factores, ahora que hay que seguir soportando elusiones de responsables políticos, telecomparecencias, convocatorias sin preguntas, menosprecios, desplantes y hasta acciones judiciales orientadas claramente a menoscabar la moral y la capacidad de resistencia del periodista. Todo eso, por no contar los males inherentes al sector y a la profesión.
            Pero la democracia es cosa seria, más en los tiempos que corren, cuando se desmantela el estado de bienestar y cuando, por los motivos que sea, merman los derechos individuales o colectivos. Por ello es importante que el periodismo se mantenga vivo y dinámico de modo que sea decisivo en la plasmación de la libertad de prensa pues ésta “es un testimonio vivo de la sociedad pluralista y democrática”, tal como afirmó la presidenta de la FAPE, “pese a que los periodistas nos hallamos en busca de autor. Buscamos modelo mientras caminamos”.
            Y es que, en efecto, soplan vientos desfavorables. A la crisis traducida en cierre de empresas, desaparición de cabeceras y destrucción de empleo hay que unir la tremenda incertidumbre que envuelve una importante parte del sector: la prensa escrita, concretamente. ¿Resistirán las ediciones impresas? Es la gran pregunta que flota en todos los debates sobre las inagotables capacidades de las nuevas tecnologías, en los consejos de administración de editores que examinan con pavor las cuentas de resultados y en las mesas de trabajo de las firmas publicitarias que tienen cada vez más dificultades en la captación de nuevos recursos y nuevos mercados.
            De ahí que las palabras de Elsa González revistan una notable importancia. El periodismo tiene que seguir siendo útil a la democracia. Y la democracia habrá de valerse del periodismo para no sufrir sobresaltos intempestivos. O para no verse en peligro, sencillamente.
            Cierto que estamos ante un empobrecimiento galopante de la profesión, luego hay que hacer todos los esfuerzos posibles para reactivarla y robustecerla. Los propios periodistas siguen caminando y tendrán que cargar baterías y esmerarse en todo un ejercicio de imaginación, primero para lograr la excelencia en el desarrollo de sus aptitudes y habilidades; y después para incursionar las dos vías que traza el porvenir: el autoempleo y la especialización.
            La democracia espera respuestas claras del periodismo en ese sentido. A ambas partes les va el futuro en ello.



martes, 30 de abril de 2013

PIJAS Y RICAS


Lo ha dicho María de los Llanos de Luna, delegada del Gobierno en Catalunya: “Es importante que haya pijos y ricos porque son los que más gastan”. No escogió un buen momento para hacerlo: el mismo día en que eran conocidos los catastróficos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA). Y claro, entre la sesuda reflexión y la inoportunidad de su publicación, es consecuente que María de los Llanos, independientemente de algunos antecedentes poco gratificantes que su actuación pública ha meritado, haya elevado su cotización de reprobación, especialmente en redes sociales donde tal manifestación, desde luego, no podía pasar inadvertida.

            No están teniendo mucha fortuna algunos representantes del Gobierno o del Partido Popular con sus declaraciones públicas. Y eso que saben que se les está exigiendo. Entre otras causas, porque varios de los jefes eluden, literalmente, la comparecencia ante los medios de comunicación. Pero entre la falta de rigor y de cautela, entre los excesos de los sinceramientos y la incontinencia, salen ronchas que contribuyen a la erosión de lo gubernamental.

            Aquí, la señora delegada identifica a personas ricas y pijas. Nada se tiene en contra de las mismas. Allá cada quien con su rol y sus circunstancias. Pero que considere de Luna que es importante su existencia en función de su capacidad de gasto, ya es más discutible, porque el prejuicio expone una distinción clasista y seguro que eso no va a gustar ni a quienes teóricamente, por fas o por nefas, en ella se encuentran. Y luego, porque da pie a las siempre delicadas exclusiones, en este caso del consumo cotidiano, en el que cabe situar a las clases medias sobre la que recaen, ya se sabe, casi todos los males de la fiscalidad y las frestricciones, especialmente en tiempos de crisis. Si la clase media no consume, pasa lo que está pasando. Y si los más pudientes no contribuyen de otra manera, los desequilibrios serán aún mayores.

            El acento en la estigmatización de las personas ricas y pijas que ha puesto María de los Llanos de Luna da pie a preguntarse si todo ese gasto que se presume lo hace en España. Pero bueno, el caso es que su afirmación constata los frutos de ciertas políticas: seguro que hay ricos y pijos porque al disminuir el poder adquisitivo de las clases medias y bajas, derivado de la reducción de costes salariales o de puestos de trabajo, sencillamente, estos segmentos sólo han podido mantener su capacidad de gasto mediante el crédito, en tanto que los intereses de las grandes fortunas o los beneficios empresariales, en vez de ser reinvertidos, han desembocado en la economía especulativa o han escapado del fisco hacia paraísos fiscales.

            Seguirá distinguiendo la señora delegada. Y se le tolerará, no pasa nada. Faltaría más. Pero que luego no se queje de fractura ni de reivindicaciones o de apremios sociales, siquiera el derecho al pataleo que resta a quienes no son pijos ni ricos.

 

 

 

lunes, 29 de abril de 2013

POR SIEMPRE BEATLES

“Antes de Los Beatles, todo era distinto; después de Los Beatles, nada fue igual”.

Lo dijo en cierta ocasión John Lennon y hoy que estamos aquí para conmemorar el cincuenta aniversario de la estancia de tres componentes del grupo en la isla (Paul, George y Ringo), contrastamos el valor de esa apreciación, incluso si la ceñimos a los ámbitos más cercanos.

Lo podrán corroborar, desde luego, Klaus Voormann, que no es Jojo, sino amigo personal de los músicos y presidente de honor del comité organizador de esta iniciativa conmemorativa, pero igual nos sirve el título Get back! (Vuelve!) para congratularnos de este reencuentro; Adrian McGrath, guía oficial del Magical Mistery Tour (Mágica y Misteriosa Gira) y Nicolás González Lemus, gracias a cuyo trabajo investigador y a su incesante afán emprendedor ha sido posible conocer casi todos los pormenores de aquellos diez inolvidables días en Tenerife, los últimos de pleno descanso juntos, de auténtica vacación, antes de que el enorme manto de la celebridad les envolviera y ya no fuera posible disfrutar como lo hicieron.

“Los Beatles salvaron al mundo del aburrimiento”, vendría a decir George Harrison. Nada fue igual, en efecto, después de aquella primavera de 1963, cuando Please, please me (Por favor, compláceme), recién grabado, el primer elepé de la banda, causaba furor y consolidaba a quienes hasta poco antes se debatían en los ambientes del ‘Kaiserkeller’ y del ‘Top Ten’, los clubes de Hamburgo donde con toda seguridad se fraguó la visita a la isla, mientras en ellos aparecía, por cierto, el gran músico británico Tony Sheridan.

¡Cómo iba a ser igual si llegaron a inspirar al mismísimo Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura!

“Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre, donde cae la nieve, con más de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quién soy ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que The Beatles comenzaron a cantar”, escribió el autor colombiano.

Esas canciones, esa creatividad, esa extraordinaria producción musical, calaron universalmente, revolucionaron nuestras vidas y nuestro quehacer, impulsaron la Historia, sin exageración, hasta el punto de que “ni The Beatles desaparecieron cuando el grupo se deshizo ni John Lennon murió cuando las balas de Chapman destrozaron su cuerpo en el frío asfalto de New York. Las ausencias físicas jamás son capaces de impedir el recuerdo permanente. Es el gran y mejor privilegio de los mitos”, según un editorial de la revista ‘Penthouse’.

Por eso, la Antología (Ediciones B), las publicaciones de Ulf Krüger y del propio Voormann, la obra de Hunter Davies, el libro Diario de Los Beatles, de Jordi Sierra y Fabra, y los mismos trabajos de Nicolás González Lemus, reflejo de una búsqueda concienzuda, testimonian, mejor dicho, perpetúan las vivencias en nuestro alrededor más próximo de quienes, en opinión del escritor Ramón Súrio, “fueron los artífices en la música de la mejor orfebrería ‘pop’ de todos los tiempos”.

“I’ll remember all the litlle things we’ve done” (Recordaré todas las pequeñas cosas que hicimos”, cantaron Lennon y McCartney en Misery (Desgracia), al piano George Martin, compuesta originariamente por Helen Shapiro, uno de los siete temas que complementaban al Please, please me, el primer álbum grabado en la maratoniana sesión de 585 minutos en los estudios EMI de Abbey Road y editado en marzo de 1963, pocos días antes de emprender el vuelo a Tenerife. Había que tener el disco cuanto antes. Cobraron por aquella grabación siete libras con diez chelines cada uno. El fotógrafo Angus McBean se encargó de la portada del disco.

El crítico Julián Ruiz no puede evitar la emoción que embarga el repaso de todas las circunstancias que concurrieron. “Es imposible describir -afirma- la frescura, la belleza, el divino misterio de este primer álbum de Los Beatles de hace ahora cincuenta años. Fue como si todos los dioses se hubieran unido el mismo día para dar el primer soplo mágico al grupo más impresionante de toda la historia de la música”.

Pequeñas cosas que hicieron. Casi todos las saben y seguro que las vamos a recordar, de una u otra manera, durante esta conmemoración. Carmelo Martín hizo un delicioso texto, en 2010, cuando vio la luz el libro Los Beatles en Tenerife. Estancia y beatlemanía (Editorial Nivaria), de Nicolás González Lemus: “…Esa añoranza de los días sin historia ni histeria en que no fueron noticia pudo manifestarse en ellos [los Beatles] en más de una ocasión…”, una vez que se lee la reconstrucción de los hechos.

Sin querer, es decir, sin conocerlo, Lennon había compuesto y cantado en el elepé, There´s a place (Hay un lugar), where I can go, when I feel low (donde puedo ir, cuando me siento deprimido), de modo que él, que prefirió tierra andaluza en aquellas fechas de asueto, se perdió la oportunidad de hacer efectivas sus estrofas. Menos mal que cantó un pronóstico: There’ll be no sad tomorrow (No habrá un triste mañana).

Claro que no. Lo mejor para el grupo estaba por llegar. Hasta aquellas pequeñas cosas: alojarse en el chalet de La Montañeta -desde donde tuvieron otra visión del entonces idílico valle-, conducir vehículos deportivos como si en un circuito estuvieran, sufrir en propia dermis los rigores del sol isleño primaveral, creer que en Martiánez se podía nadar sin riesgos, hacerlo en las coquetas piscinas que antecedieron al más formidable tratamiento del litoral por el ingenio y la mano del hombre, comprar en el mercado sombreros andaluces, seguir por Las Lonjas hasta el muelle e interesarse por los utensilios de pesca a la espera de unos mariscos en La Marquesina, tomar café en el Dinámico sin ser molestados ni que pidieran autógrafos, ligar con alguna dependienta y chocar con la barrera idiomática, asistir a una corrida de toros en la capital y tratar de actuar gratis, en el mejor local de la ciudad, cuyo regente, acaso celoso de las formas y de la clientela, correspondió con una negativa no sea que esos melenudos o greñudos estropeasen la fama del establecimiento. Una decisión, desde luego, para arrepentirse eternamente.

Como le traducirán a Adrian McGrath, ésta sí que era una jugosa fuente de inspiración para un Magical Mistery Tour (Mágica Misteriosa Gira).

La fama era la que Los Beatles estaban cosechando y eclosionaría después de aquellas vacaciones en Tenerife, de la mano de Klaus Voormann, amigo también del manager omnipresente, Brian Epstein; y Astrid Kirchherr, la viuda del bajista Stuart Sutcliffe, el quinto componente de la banda, decisiva en la adopción del celebérrimo corte de pelo beatle, quienes desde Hamburgo, en Alemania, ya la olfateaban, con aquellos sonidos novedosos y aquellas letras llenas de mensajes y sugerencias. Un año después, efectivamente, hubo un momento en que los éxitos de Los Beatles ocupaban catorce de los cien primeros lugares del ‘ranking’ británico, acaparando los cuatro primeros puestos consecutivos durante tres semanas.

De modo que el hecho de comprobar por sí mismos que no eran ni medianamente populares, más no haber podido actuar como había sido su deseo y el mal rato que pasó Paul, a punto de ahogarse, puede que dejaran un sabor agridulce de aquellos días comprendidos entre el 28 de abril y el 9 de mayo de 1963. Los estudiosos, a la luz de sus investigaciones y de los testimonios contrastados, hacen esa interpretación.

Ese año, el Puerto de la Cruz contaba con 13.177 habitantes y seis mil camas hoteleras. El Ministerio de Información y Turismo había declarado a Canarias Zona de Interés Turístico. España se había convertido en el destino vacacional preferido de los británicos. Y en el Daily Express de la época se leían cosas como esta: ”España ya ha alcanzado la cima más alta de popularidad debido a que las autoridades turísticas españolas mantienen muy bajos los precios de los hoteles, cuya calidad y amplia gama para seleccionar contribuyen también poderosamente a atraer a los turistas británicos”.

Bien. Pues de todo esto, y de muchas cosas más, de la literatura de Los Beatles, de su filmografía, de su trayectoria, de su fabulosa capacidad de composición, de sus conciertos, de su versatilidad, del cambio de conciencia generacional, de su evolución y de sus fuentes de inspiración, se va a hablar a partir de hoy en esta ciudad, merced a una convocatoria que proyecta su nombre y que enmienda la plana, si se nos permite la expresión, de haber dejado pasar aquella oportunidad de sus vacaciones siquiera para haber registrado una actuación atípica en un local entonces de alto standing, hoy casino de juego.

Los mentores se han esmerado y bien merecen ser correspondidos, con la participación y el apoyo. Ha transcurrido medio siglo y nos parece, niños de calzón corto, estar viendo por las angostas calles portuenses, aquel Austin Healey descapotable con matrícula de Gran Canaria, propiedad de Ángel Gómez, en el que se pasearon los genios de Liverpool.

Han pasado cincuenta años -nada fue igual desde entonces, ciertamente- y es un buen momento para rendir tributo. Beatles forever (Por siempre Beatles).

Que para eso ya dijo Paul McCartney que “dentro de cien años la gente va a escuchar a Los Beatles como oye a Beethoven”.



sábado, 27 de abril de 2013

NO ES LO MÁS EDIFICANTE


Llama la atención que la disparidad de criterios y aún más, la disconformidad con algún proceder, y hasta la crítica que por alguna causa se pudiera ejercer, se libre entre responsables de una misma institución o de un organismo público en los medios de comunicación. Que se utilice a éstos para intercambiar mensajes o emitir señales de discrepancia con métodos de trabajo o decisiones que revelan, en sí mismas, prioridades, no parece la fórmula más idónea. Da que pensar, proyecta inestabilidad, anticipa descontento, genera desconfianza…

            Es lo que ha pasado últimamente con el Consorcio Urbanístico de Rehabilitación Turística, encargado de planificar, canalizar y empezar a ejecutar, junto a otras instituciones públicas, el futuro del Puerto de la Cruz. Miembros del gobierno municipal, entre ellos, el propio alcalde, han cuestionado hasta la diligencia o la agilidad de la gerencia en determinados asuntos.

            Y eso es difícilmente digerible. Porque, vale que no se crea en el Consorcio, que se mantengan los recelos de la etapa en que fue creado; y vale que la actuación profesional sea imperfecta hasta el punto de producir insatisfacciones. Pero de ahí a expresarlo en medios de comunicación media un trecho. Y miren que siempre ponderaremos la autocrítica pero partiendo de que ésta hay que hacerla y ejercerla en el seno que debe hacerse y luego, si se quiere, procesarla adecuadamente para su proyección pública.

            Quizá sea la incredulidad donde estribe el pecado original y esa sea una señal que no sólo no se borre sino que se va extendiendo. Únicamente serán pruebas documentadas y materialización física o palpable de gestiones los soportes con los que superar la incredulidad. Se supone que estando en el mismo barco, todos navegarán en la misma dirección, asumido el reparto de papeles. Y cuando se advierta desvío de rumbo, o disfunciones a bordo, a corregirlo desde el puente de mando -donde por fortuna tampoco hay excesivo personal- discutiendo y ensamblando las determinaciones si es necesario.

            Pero que se diga públicamente que “el Consorcio no ha actuado con rapidez en la gestión de determinados asuntos”, o que “debería plantearse una nueva priorización en los proyectos debido a la situación económica”, o la necesidad de “una mayor premura para la puesta en marcha y culminación de algunas obras fundamentales”, revela, cuando menos, un grado de insatisfacción que, si por un lado, sirve para no incurrir en la autocomplacencia -y eso no parece malo si se tuviera para todo la misma vara de medir-; por otro, desnuda la natural preocupación que significa airear en los medios la disparidad o la diferencia de criterios.

            Porque eso, claro, proyecta una sensación de disconformidad y descoordinación muy inquietante. Si la gente está cansada de controversias entre políticos, mucho más desazonada se sentirá si comprueba que quienes están en el mismo barco también se dedican a recelar y a exponer puntos de vista contrarios.

            No es lo más edificante.

 

viernes, 26 de abril de 2013

EL CABALLERO DEL RING

Más hormiga que cigarra… siempre distinguido por su honradez y laboriosidad (Antonio Salgado dixit), hoy hacen Hijo Ilustre de la Isla en el Cabildo de Tenerife, y a propuesta de su presidente, a Miguel Velázquez Torres, boxeador profesional tinerfeño que se ganó a pulso su condición de legendario, no en vano se proclamó dos veces campeón del mundo (una de ellas, militar) en los pesos ligeros.
Define bien Salgado el carácter y la trayectoria de Velázquez. La hormiga que desde sus inicios, en Taco, fue acumulando de forma tesonera las cualidades técnicas que le caracterizaron y le impulsaron al cenit pugilístico. Además, honrado y constante, dentro y fuera de los cuadriláteros.
Su estrella brilló desde los años sesenta del pasado siglo, coincidiendo con una etapa gloriosa del boxeo tinerfeño, robustecida con gran entusiasmo de los aficionados. La leyenda de Miguel se inició en los Juegos Olímpicos de Tokio (1964). La medalla de oro conquistada en Alemania, en el campeonato del mundo militar, antecedió su salto al profesionalismo. Un año después ya era campeón de España de los ligeros. Ya destacaba el estilista, ya era digna de admiración su técnica depurada.
Y llegaron los hitos. Uno, aquel mítico combate con el titulo europeo en juego frente a Pedro Carrasco. Pelea terrible y encarnizada. La controversia en todo lo alto pues el veredicto de los jueces, favorable a Carrasco, fue muy contestado.
Otro, la conquista de ese mismo título, en 1970, frente al británico Ken Buchanan, a quien superó por puntos. Retuvo la corona dos veces, ante los italianos Carmelo Coscia y Antonio Puddu.
Y el tercero, la oportunidad de su vida, ya en 1976, cuando parecía que su estrella declinaba. En Madrid, Miguel Velázquez se proclamó campeón del mundo de los superligeros, versión Consejo, al derrotar en el quinto asalto, por descalificación, al tailandés Sansak Muangsurin, (apodado “La sombra del diablo”) que le había arrebatado el título al español Perico Fernández.
Meses después, en octubre, el púgil tinerfeño, por decisión del Consejo Mundial, tiene que defender su título. Lo hace en Segovia -¡en el pabellón polideportivo de un colegio religioso!- donde tuvo que inclinarse ante el tailandés que, con una pegada demoledora, le derriba en el segundo asalto.
De este combate, recordamos un titular (Diario de Avisos, 29 de octubre de 1976) con cierto sabor anecdótico, pues ese día, la competencia no se enteró de que un tinerfeño disputaba un campeonato del mundo: “Mis ánimos, de Las Cañadas para arriba”. El campeón, en una distendida conversación telefónica, fue así de gráfico en las vísperas, convencido de que podría retener su corona. En la misma edición, en un comentario de opinión, titulado “¡Ánimo, Miguel!”, escribimos:
“…Hay algo más importante que eso: la defensa de tu título. Tú no has rehuido. Has aceptado volver a medirte con el mismo hombre al que descalificaron. El gesto, Miguel, es propio de un caballero del ring, de un señor del deporte, de esos que pocos quedan. Y afrontas -ya lo veo- este nuevo combate con el espíritu juvenil que siempre te caracterizó. Piensas ganar y piensas seguir siendo campeón…”.
No pudo ser. Pero Miguel Velázquez Torres ya era leyenda, la que fue reconocida en el curso del homenaje tributado en febrero de 2006 y la que hoy se contrasta con la distinción de Hijo Ilustre de Tenerife. Ya saben: más hormiga que cigarra…

jueves, 25 de abril de 2013

ENFOQUE SOBRE LOS ESCRACHES


Hasta dónde habrá llegado el estupor, y puede que la indignación, de quienes han sido despiadadamente críticos con los escraches, término que escribimos por primera vez, por cierto, al escuchar las manifestaciones del presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Gonzalo Moliner. Para quienes aún desconozcan el significado de la palabra, digamos que son las protestas que se efectúan ante el lugar de trabajo o el domicilio de políticos a los que, de algún modo, hacen responsables de algunas medidas, en este caso no haber promovido ya una solución estable para los desahucios.

Su Señoría ha dicho que “son un ejemplo de la libertad de manifestación, en tanto no sean violentos”, añadiendo que son “rechazables si afectan a la libertad individual de las personas”. Moliner ha precisado que “no se pueden condenar de manera general”  ya que depende de las circunstancias en que se desarrolle cada uno.

Y claro, para quienes han hablado de nazismo, para quienes han secundado de alguna manera -equivocada, por cierto- ese planteamiento, para quienes se han apresurado a condenar tan reprobables métodos, las palabras del presidente del Tribunal Supremo habrán producido urticaria. Han sido, además, lo suficientemente precisas como para dejar bien sentado que se trata de un derecho y que, por tanto, debe ser respetado.

No es que Moliner bendiga las protestas pero al menos su apreciación es válida para encontrar ese punto de sensatez y de equilibrio que tanto se echa en falta en toda tendencia social radicalizada. Quienes vienen interpretando los escraches como fórmula que debe ser reprimida sin ambages -seguro que callaron o miraron para otro lado cuando había personas que se concentraban o manifestaban a favor de una ley de interrupción voluntaria del embarazo o cuando comunidades y colectivos han reivindicado trabajo o mejores condiciones laborales-, han encontrado en los razonamientos del magistrado un freno a sus pretensiones que, de alguna forma, riñen con el Estado de derecho.

Eso sí, han hallado también un aliado inesperado: con Moliner en juego, ya hay otra razón, otro factor para hablar menos de lo que daña y de lo que indigna. Encima, tienen suerte.

 

miércoles, 24 de abril de 2013

SERVICIOS SOCIALES AMENAZADOS

Si el próximo viernes se adivina fatídico, con un nuevo paquete de medidas gubernamentales que contiene, según se anuncia, más restricciones en los órdenes laboral y fiscal, en los mercados internos de bienes y servicios y hasta en las pensiones, esperemos que no lo sea más si también tuviera luz verde la nueva Ley para la Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local. De esa reforma sigue muy pendiente el municipalismo que ya ha expresado su disconformidad -incluso el sector conservador- sustanciada en el caso canario por la incomprensible y reprobable omisión inicial del hecho diferencial y de los cabildos.

Pero el flanco más delicado de esta pretendida y necesaria reforma del régimen local español estriba en los servicios sociales. Privatización o desaparición: esa es la disyuntiva a la que parecen abocados quienes desde los ayuntamientos vislumbran un panorama desolador. Según la Memoria del Plan Concertado de Prestaciones Básicas de Servicios Sociales en Corporaciones Locales, en cuya elaboración interviene el ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, el 98% de la ciudadanía española tiene acceso a los servicios sociales que prestan los ayuntamientos. Unos siete millones de personas se benefician anualmente de estos servicios que canalizan y prestan unas cincuenta mil personas. La nueva norma propiciará la eliminación de los servicios sociales en los municipios con menos de veinte mil habitantes, en tanto que serán las Diputaciones provinciales las que asumirán la competencia de esta materia en aquellos casos donde no desaparezca. La destrucción de empleo, pues, parece inevitable. Aunque, eso sí, la consiguiente privatización en forma de concesión administrativa conllevará afirmaciones en sentido contrario: al revés, se dirá, se crearán tantos puestos de trabajo directos o indirectos.

Hablamos de ayuda a domicilio para dependientes, transporte escolar, teleasistencia, acogimiento a personas en riesgo o situación de exclusión social, talleres ocupacionales, asistencia intermedia… Esos son, entre otros, servicios sociales. Habrá que preguntarse qué será de los profesionales y de las redes que los han ideado y los gestionan. También los grandes municipios se verán afectados pues, además de la supresión de buena parte de las competencias, el Estado se reserva la capacidad de fijar el coste estándar de los servicios que puedan seguir prestando, sin atender, claro, las especificidades de los municipios, lo cual se traduce en una disminución considerable de los recursos que las instituciones locales dedicarán a las prestaciones sociales.

A la espera de los resultados finales de la tramitación de la norma -ojalá no veamos otra demostración de la mayoría absolutista- el municipalismo debe ser consciente del vuelco que significará esta nueva modalidad. Ese debe ser el temor de los propios alcaldes del Partido Popular que han experimentado -y experimentan- lo que significa la atención a los administrados en aquellos casos de apremiante o acuciante necesidad. Ahí duele: cuando hay que dar una solución desde la proximidad sin color político sino con intención clara de resolver un problema. Cuando el economicismo y el negocio priman sobre la sensibilidad y las personas, es que la sociedad se derrumba.

martes, 23 de abril de 2013

DE LA CALIDAD DE LA ESCRITURA DEPENDE


Hay que escribir mejor para que los lectores superen el titular de la noticia, ha venido a decir el escritor Juan José Millás, tan preocupado como el que más con las ediciones impresas de los periódicos, cada vez más condenadas, entre los avances de las nuevas tecnologías y la infinidad de aplicaciones, la pérdida de suscripciones y la reducción del poder adquisitivo de los lectores habituales de la prensa convencional.

            Superar el titular, he ahí la cuestión. Porque a menudo nos quedamos en eso, en la frase más o menos corta, y con ella nos damos por enterados. Es más, no solo contrastamos apriorísticamente la tendencia del medio o del redactor sino que hasta casi adivinamos, según el género, el contenido de la información o del artículo.

            Pero eso induce al error. Cuántas veces, después de leer el texto, comprobamos que el titulo no se corresponde con el contenido. O lo que es igual, que el título va por un lado en tanto que la información ha tomado otro.

            Por eso es interesante la apreciación de Millás. Escribir mejor, hacerlo con más calidad, ensamblar un texto periodístico con rigor -y con los recursos de que se disponga para enriquecerlo- y con la claridad necesaria para que el lector obtenga la mejor impresión. Se dirá que muchas veces eso es imposible: entre la prontitud, el apremio de los cierres y otras circunstancias, las dificultades condicionan el ejercicio del autor. Al final, tampoco está exigiendo demasiado: es como retrotraerse al viejo principio del sujeto, verbo y predicado para luego desarrollar -con lujo de detalles, si se quiere- la oración del hecho noticioso o digno de ser comentado.

            El escritor valenciano llega más lejos cuando aboga por textos bien escritos para que el periodismo sobreviva en el vértigo o en la jungla de la sociedad mediática de nuestros días. Defiende una “relación de hechos bien encajados con un matiz literario en el que se detalle un relato y no un cuento”. Eso se logra, en nuestra opinión, con una buena técnica, con unas dotes de escritura bien armadas y un afán de superación que permitan abonar con solvencia los enfoques informativos por encima de cualquier tendenciosidad.

            “A escribir también se aprende”, concluye Juan José Millás. Todos debemos ser receptores de ese mensaje. Se trata de cultivarse y, en  definitiva, de mejorar la capacidad o las habilidades para redactar. Porque estamos ante otro problema de la profesión que sólo se puede resolver con el propio esfuerzo individual y teniendo en cuenta enseñanzas como la comentada.

            No basta con un título original o atrevido. Hay que elaborar un buen texto para atraer o incentivar el interés del lector, sobre todo el de ediciones impresas que sigue prefiriendo ese soporte al clic de las digitales.