jueves, 23 de enero de 2020

SUSPENSIÓN EN UNA RED SOCIAL


La red social Twitter suspendió la cuenta del partido de la ultraderecha española que encabeza Santiago Abascal por incitación al odio. Una respuesta a la portavoz socialista en el Congreso, Adriana Lastra, determinó la resolución de la citada red: “Somos una compañía imparcial y no participamos en prejuicios o sesgo político de ningún tipo. Aplicamos las reglas de Twitter de manera desapasionada e igual para todos los usuarios, independientemente de su 'background' o afiliación política”.
Hay que repasar las reglas de esta red para entender las razones de tal suspensión. En su contenido, en efecto, hay un apartado dedicado a “categorías protegidas” que señala una limitación: “Prohibimos dirigir a las personas contenido destinado a incitar al miedo o a difundir estereotipos de temor sobre una categoría protegida, lo que incluye afirmar que los miembros que los miembros de una categoría protegida tienen más probabilidades de participar en actividades ilegales o peligrosas, por ejemplo, “Todos los [miembros de un grupo religioso] son terroristas”.
El partido ultraderechista se defiende y habla de censura de Twitter. Lo que hay que leer: censura. Pero bueno, es su argumento. Lo cierto es que el episodio pone de relieve que los mensajes y contenidos de las redes sociales son, en alguna medida, el sustrato de una situación cada vez más tensa, cada vez más insostenible y que, por algún lado, habría de romperse. Los partidos políticos son conscientes de que en el universo de las redes se libra la batalla de las diferencias políticas o ideológicas de nuestros días. Y se ha demostrado que es un escenario propenso a hacer de la libertad de expresión lo que a los desaprensivos, 'trollers', incontrolados y demás antropofauna les dé la gana. Aprovechan sin límite el margen de impunidad.
Ya lo escribimos en su momento: dependía de las propias plataformas, de los titulares de las redes, establecer las reglas del juego y ser rígidos en su aplicación. Eso no significa limitar la libertad de expresión, o censurar, como se queja el partido ultraderechista en este caso. Lo que está claro es que las redes deben tener otras funciones más constructivas y ser espacios donde se expresen algo más que insultos, bulos y descalificaciones.
Será interesante seguir la evolución de este caso por si marca un punto de inflexión, por si sirve para ilustrar un debate que parece lejos de su final o por si agrava la situación que igual conduce a un laberinto judicial de muy incierto final. Pero es triste que el poder de las redes sociales se palpe en episodios como el que nos ocupa.
Lo que subyace, no lo olvidemos, es una tipificación delictiva: el odio. Partidos, dirigentes, militantes, simpatizantes y allegados deberían ser conscientes de ello, no se quiera que la política siga creciendo en rechazos difícilmente contenibles. Y con estos métodos, con escenarios que amparan, mucho más.


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