Horas críticas para el socialismo español. La
imputación judicial de ayer al que fuera presidente del Gobierno, José Luis
Rodríguez Zapatero, es un golpe a la línea de flotación política. Normal que
buena parte de la sociedad quedara en estado de shock. Poca broma, presidente. Los síntomas del shock incluyen
malestar general, cansancio, mareo, cambios en el color y la tempretaura de la
piel, que se vuelven más fríos y pálidos, según una elemental y apresurada descripción médica. La
imputación de los delitos que se le atribuyen y su naturaleza es un hecho
delicado, ante el que hay que mantener, desde luego, la presunción de
inocencia.
Pero el daño ya está hecho y todas las
declaraciones a partir de ahora -las propias y las de la organización política
a la que pertenece- van a remolque y, lo que es peor, no gozarán de
credibilidad hasta que, blanco sobre negro, se demuestre que tal acusación, tal
comisión delictiva, es falsa. Mucho y bien tendrá que obrar, jurídica y
políticamente, para intentar equilibrar la situación. El objetivo entraña una
dificultad mayúscula. Tarea de titanes.
Por ahora, las imágenes no pueden ser más
desconsoladoras. Y si se escribe, traumatizantes, también vale. Siempre son
llamativas pero esas de la irrupción de fuerzas y cuerpos de seguridad en
oficinas y despachos, incluso en dependencias de empresas supuestamente
afectadas o vinculadas, impactan a gran escala.
A la espera de que la justicia haga su
trabajo, la política nacional, sus actores políticos, tienen que esforzarse en
adoptar medidas para una madurez que no alcanzarán hasta que se produzcan
cambios sustanciales en la mentalidad, en el comportamiento cívico y ético y en
el modus operandi. Por supuesto, en el partido hay que funcionar de otra
manera: la militancia, la gente rechaza no los liderazgos, sí el cesarismo, el
irrespeto a los órganos, las tendenciosidades que socavan los fundamentos
ideológicos, la progresiva pérdida de valores y la dependencia de factores
externos que desnaturalizan y desprestigian. La militancia y la gente quiere
sentirse útil y formar parte del equipo de una manera proactiva. Menos fotos,
menos postureo, menos exhibicionismo, menos sandeces, menos liviandad y menos
ligerezas; y más participación proactiva, más atención a inquietudes y
sensibilidades mínimamente dotadas.
“Cuidad ese partido, Carlos, que es un bien
de Estado”, le espetó Abril Martorell a Carlos Solchaga en un debate hace ya
muchos años, cuando la corrupción y las irregularidades sistemáticas eran males
de otros. Entonces, nunca se pensó que alcanzarían estas escalas.
El socialismo español seguía ayer tarde
aturdido. Se contrastaba en las primeras reacciones. Los poderes fácticos, los
de toda la vida, escarban y escarban sin cesar. Buscan el estado gangrenoso. Y
ansían (sin exagerar) la liquidación.
Tan difícil es liberarse de aquéllos como
regenerar el propio organismo.
Pero está obligado a intentarlo siquiera para
aprender de errores y superar tribulaciones.
El proceso está en marcha. En horas críticas.
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