Desde hoy
cantamos ‘ocho peñas’ en el himno de la Comunidad Autónoma, en el tercer verso
de la composición, un elemento más, alusivo a La Graciosa, en las señas de
identidad de las Islas Canarias. La modificación legislativa,
aprobada en su momento, no implica cambios en la música ni en la estructura de
la obra original, basada en el tradicional Arrorró (letra de Benito Cabrera) de
los Cantos Canarios de Teobaldo Power. Tampoco altera la normativa relativa al
resto de símbolos oficiales del archipiélago, como la bandera y el escudo
autonómico.
Canarias
prosigue su andadura, con altibajos. No hay mucho que celebrar, dirán unos
cuantos. Otros muchos se desentenderán de reflexiones más o menos
trascendentales y disfrutarán de lo de siempre: encantos naturales, paisaje,
mar y monte, tradición, creatividad, romerías, reconocimientos institucionales,
diversión callejera… Canarias, en su día comunitario, entraña sentimientos,
claro que sí, porque no es fácil haber llegado hasta aquí, en un incesante
proceso de búsqueda identitaria. Unos cuantos consensos de interés social se
han logrado, desde luego. Y es motivo de congratulación. Porque fortalecen los
sentimientos de apego a la tierra, con su diversidad, con sus pluriformas, con
sus caminos aún por descubrir y recorrer.
“La
vida en Canarias no se entiende sin la naturaleza”, escribió atinadamente días
pasados la periodista Natalia G. Vargas. Esa es la base, la base de todo,
también la de los avances y la de los procesos sociales que habremos de
afrontar.
La de
hoy, Día de Canarias, es una fecha para ser tenida en cuenta. En las ocho peñas
sobre el mismo mar, con un solo pulso. Aunque cueste mantenerlo.
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