lunes, 23 de diciembre de 2019

LA MULTA Y LA EDUCACIÓN VIAL


¿Quién no se ha incomodado por una multa de tráfico? Aunque haya sido impuesta con toda justicia. ¿No es cierto que hay una reacción incontrolada o a caja destempladas cuando la notificación se recibe sin esperarlo y se hace memoria hasta contrastar las circunstancias, lugar y hora de la comisión de la infracción?
Pero el fiscal Coordinador de Seguridad Vial, Bartolomé Vargas, ha lanzado un mensaje significativo y digno de ser entendido: “La educación vial triunfará cuando el ciudadano entienda que una multa salva vidas”, ha dicho advirtiendo de los efectos. Los sancionados suelen proceder así... con reflexión, con propósito de no volver a repetir... aunque agoten todos los medios a su alcance -alegaciones, recursos y demás- para no abonar el importe de la sanción, culpando a quien sea y justificándose de cualquier manera para tratar de convencer: todos culpables, menos él.
Pero, es así, independientemente de que duele el bolsillo. Las crecientes cifras de accidentes en las carreteras, el ascendente número de víctimas, obligan a campañas de sensibilización sostenibles, que no basta, según se ha comprobado, para reducir aquéllas y, sobre todo, para conducir mejor, lo cual equivale a prevenir los choques y los siniestros.
Vargas, que se confiesa “creyente de la educación como motor de transformación”, ha afirmado la necesidad de sensibilizar con las víctimas y su dolor como protagonistas. Por eso se muestra convencido del valor positivo de las multas para cambiar la mentalidad: “Una multa es digna de agradecimiento pues es un aviso que puede evitar la temida llamada que alerta de que la carretera se ha cobrado otra vida”, dijo el fiscal.
En su día, en el ejercicio de responsabilidades públicas, siempre defendimos el papel de la Guardia Civil de tráfico y de las policías locales, especialmente cuando eran acusadas de excesivo afán recaudatorio. Son esos cuerpos los que han de comportarse con ejemplar profesionalidad para concienciar en respeto, valores y tolerancia y para comportarse adecuadamente en lo público, en lo que es e todos.
Y admitamos que el papel de la local no acaba en la prevención pues desde su ángulo se vive y se asiste a la transformación constante de las ciudades. Ya no es un cambio de dirección de una calle o de la vigilancia para regular los aparcamientos con carácter excepcional en determinado sector sino la orientación y hasta la coparticipación en la implantación y evolución de esas medidas transformadoras que, según Bartolomé Vargas, son buenas “porque enriquecen la ciudad y ofrecen oportunidades de movilidad no contaminante”, pero que deben regularse “de acuerdo con las normas que son para ciclistas, patinadores, conductores... para todos”. En ese sentido, hay que recordar, por enésima vez, que “sin respeto a la norma, no hay convivencia”.
Por consiguiente, hay que esmerarse. Y asumir que para un buen desempeño en las carreteras, en las avenidas y en la vía pública, es imprescindible ser consecuentes con todo lo que la educación vial inspira. Que no es poco. Ese educación, en términos generales, no tiene plazos ni límites ni excepciones. Luego, si el objetivo es moverse con seguridad, en beneficio propio y en el de todos, hay que conducirse con las prescripciones de una educación apta para responder de manera eficiente.
Una sanción de tráfico, en fin, podrá incomodar pero que surte efectos positivos, sobre todo si se tiene en cuenta que salvó vidas o evitó colisiones, es un hecho. Mucho más si logra evitar reincidencias de preceptos infringidos del Código de Tráfico y Seguridad Vial. Y no digamos si hace reflexionar al conductor sobre incumplimientos, despistes y desmanes al volante.

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