jueves, 12 de marzo de 2026

Casa Iriarte, una triste lápida

 

Una vecina intercepta el paseo vespertino en pleno casco de la ciudad para que nos acerquemos a comprobar su apreciación:

-¿Es posible que el recuerdo de dos hijos ilustres portuenses quede reducido a esto, aquí por donde pasa tanta gente?

Y es que la placa, en forma de lápida de color blanco, aparece allí, como perdida en un lateral de la antigua edificación conocida por Casa Iriarte, en la calle del mismo nombre confluencia con la de San Juan. Es como si acompañara o fuera el último testimonio a la vivienda languideciente, cerrada al público desde hace muchos años tras haber acogido un pequeño museo naval y de antigüedades y los locales de unos almacenes textiles, muy dignos por cierto.

La visión de la placa, por muy fugaz que sea, deja entrever una inscripción -apenas legible por el desgaste y el paso de los años- que teóricamente identifica el lugar. Y la importancia de quienes nacieron o habitaron en él.

Alastair F. Robertson publica en el  número 571 de Tenerife News, con traducción de Emilio Abad, un texto reproducido en el sitio web de la Tertulia de Amigos del 25 de julio muy esclarecedor. Habla de figuras destacadas en la España del siglo XVIII, durante el renado de Carlos III. Y dice de la familia Iriarte:


La familia Iriarte llegó a Tenerife procedente de las Vascongadas, en el norte de España, a finales del siglo XVII, probablemente como consecuencia de un destino a un puesto diplomático. En consecuencia, era una familia bien acomodada y culta.

Debajo se presenta un sencillo resumen genealógico en el que sólo aparecen los hijos. Es penoso constatar que en aquellos tiempos, y como sucedía en Inglaterra, las hijas apenas contaban más que para negociar con ellas ventajosos matrimonios que ligaran a las familias social y económicamente. Ni siquiera he podido encontrar sus nombres. 

Del matrimonio que formaron el primer Iriarte en las Islas, llamado Juan con una dama para mí desconocida, nacieron Juan (1702-1771) y Bernardo (1705-?). Éste casó con doña Bárbara de las Nieves Oropesa (1713-?) y tuvieron cinco hijos varones:  Bernardo (1735-1814), los mellizos José Gabriel (1739-1809) y Domingo (1739-1795), Juan Tomás (?) y Tomás (1750-1791).

La historia comienza con los hermanos Juan (1702-1771) y Bernardo (1705-1814), que nacieron en el Puerto de la Orotava, hoy Puerto de la Cruz. En 1724 Juan dejó la isla para trasladarse a Madrid, como a menudo hacían los jóvenes para completar sus estudios y convertirse en caballeros, bajo la protección de un pariente que le envió a París y Londres. A su regreso a España, Juan se convirtió en tutor de varias familias de la nobleza española, pero en 1729, debido a sus dotes literarias y lingüísticas, fue nombrado director de la Biblioteca Real.  Hacia 1742 era el traductor oficial de la Secretaría de Estado, cargo en el que permaneció hasta su muerte, en 1771. Fue un prolífico escritor y diplomático, cuyo patronazgo tuvo una gran influencia en tres de sus sobrinos.

Volviendo a Tenerife, he sido incapaz -relata Robertson-  de descubrir lo que hizo su hermano Bernardo, pero obviamente se las arregló para mantener la riqueza de la familia y sus estatus social. En su obra Vida de Tomás Iriarte,  R. Merrit Cox* escribe: “De los cinco hijos nacidos del matrimonio de Bernardo de Iriarte y Bárbara de las Nieves Oropesa, tres (Bernardo, Domingo y Tomás) se dedicaron a la diplomacia o a las letras. Los dos que se quedaron en su tierra no hicieron nada destacable.”

El comentario de Cox sobre los dos hijos que permanecieron en Canarias, me parece injusto por lo que se refiere a Juan Tomás. Había ingresado en la Orden de Predicadores, o de frailes dominicos, en su convento de La Orotava, y por tanto no tuvo más  ambición que la de servir a Dios. Sin embargo, no lo es en cuanto el anonimato de José.

El hijo mayor de Bernardo, llamado como su padre, fue el primero que marchó a Madrid a vivir con su tío Juan. Los primeros años de su carrera los desarrolló en estrecha asociación con su tío, que le proporcionó todo tipo de oportunidades, pero pronto Bernardo destacó por sí mismo. Formó parte de la oficina diplomática de España en Parma, y en 1760, con tan solo 25 años de edad, llegó a ser el Secretario de la Embajada española en Londres. A su regreso a España, trabajó en la Secretaría de Estado y, por afición, fue adquiriendo trabajos pictóricos, con lo que, andando el tiempo, reunió una colección importante. Reconocía enseguida el talento artístico y fue uno de los que impulsó la carrera de Francisco de Goya. Bernardo fue también lo suficientemente generoso como para percatarse de las virtudes literarias del más joven de sus hermanos, Tomás, sobre quien ejerció una notable influencia, llegando casi a convertirse en su figura paterna. Por desgracia, años después, un cambio de personal en la Corte tras la muerte de Carlos III llevó a Bernardo a perder el favor real y tuvo que trasladarse a Francia, donde murió en 1814. 

Domingo de Iriarte, el hermano mellizo del anónimo José, fue lingüista, estudioso de los clásicos y diplomático. También estuvo en Madrid bajo el amparo de su tío Juan. Al entrar en el mundo de la diplomacia del siglo XVIII, Domingo ocupó puestos en las Embajadas de Viena y París antes de ser nombrado Embajador de España en Polonia. Como Bernardo también tenía buen ojo para el arte y añadió algunos cuadros a la colección de su hermano.

Como si tres destacados Iriarte no fueran suficientes, sus méritos fueron oscurecidos por los del más joven de los hermanos, Tomás. Cuando contaba diez años de edad dejó el hogar familiar en el Puerto de la Orotava para vivir en el convento dominicano de la Villa, donde fue educado por su hermano Juan Tomás. Éste se dio cuenta pronto del talento de su joven hermano y probablemente animó a la familia a enviarle con sus hermanos mayores y su tío, y así en 1764, a la temprana edad de 13 años,  también Tomás viajó a Madrid. Una vez allí, enseguida demostró sus dotes en la composición de poesías y “fábulas”, obras teatrales y traducciones, así como destacó por sus conocimientos musicales. Vio publicado su primer libro cuando tenía 20 años.

Tras la muerte de su tío en 1771, Tomás se convirtió en el Traductor Oficial de la Secretaría de Estado y fue nombrado Archivero General del Supremo Consejo de Guerra. Contaba sólo 21 años. Durante toda su vida fue un prolífico escritor y como dramaturgo podía ser ferozmente satírico. Como consecuencia de que su obra era muy crítica sobre los valores de las clases superiores y de la “sociedad”, hizo tantos enemigos como amigos. Pero su salud no era muy buena y murió muy cerca de su cuadragésimo cuarto cumpleaños de una variante de gota.

Tomás de Iriarte es conocido como un  “poeta – fabulista”, famoso por sus setenta y seis fábulas, “en las que hace hablar a muchos animales contra los enemigos del autor.

 

La Casa Iriarte

 

Cuando la vi por primera vez -sigue el relato de Robertson- o mejor cuando la visité, la Casa Iriarte era una especie de Museo marítimo. Uno entraba por una tienda de encajes y subía por unas escaleras en la que, en ciertos lugares, los escalones eran tan finos y estaban tan desgastados que a su través se podía ver el piso inferior; el techo se sustentaba mediante unas pilares que se levantaban aquí y allí, y la luz del día se filtraba por los espacios existentes entre las tejas. Pero era un lugar maravilloso, una colección personal repleta de sorpresas: dioramas, maquetas y planos de barcos, banderas de todo tipo, cuerdas con diferentes nudos marineros que rodeaban los marcos de las puertas, había fotografías antiguas del Puerto de la Cruz, y colgada de la pared, dominándolo todo, una piel de oso comida por la polilla. Era una locura total y una delicia absoluta. Pero ya no queda nada. La tienda está vacía, el edifico lo mismo, y la atractiva entrada posterior se parece cada vez más a una jungla en miniatura tras su puerta de rejas de hierro.

La casa es un tesoro, no solo por ser un edificio tradicional que se conserva intacto, sino también por haber sido el hogar de una familia española famosa a nivel nacional, la familia Iriarte. Si estuviera en Inglaterra, esta histórica casa estaría bien calificada para formar parte del Patrimonio Nacional, un monumento inventariado con cuatro placas azules adornando sus paredes.

El último y merecido reconocimiento que su ciudad natal ha rendido a Tomás de Iriarte ha sido el de dar su nombre a la nueva Biblioteca, ¿Y si ahora se hiciera algo con la casa para honrar a toda la familia?”.

La pregunta está formulada mientras la casa agoniza. Y una triste lápida nos recuerda a quién o quienes perteneció. En otras latitudes, es probable que esto no sucedería. Dicho llanamente: muy descuidados, muy negligentes y muy insensibles hemos sido los portuenses con nuestro acervo y con muchos ilustres personajes que ganaron por derecho y méritos propios un lugar en la historia. En la pequeña gran historia.

 

 

2 comentarios:

Conchibel Padrón Rodríguez dijo...

Magnífica semblanza del ilustre portuense y de su familia. Me apena que no se le dé más importancia, además escribió un poema muy elegante , al Puerto de la Cruz

Margalida Figueroa Hdez dijo...

!Muchas gracias por este artículo dedicado a la familia y Casa Iriarte tan relevante!
Especialmente me resulta fascinante la intervención de Domingo de Iriarte en el Tratado de Paz de Basilea entre la primera República Francesa y la España de Carlos IV.