Julio del presente año
quedó atrás, ya es historia. Entre las hojas del almanaque, hay que consignar
que el jueves 30 se conmemoró
se conmemoró el Día Mundial contra la Trata de Personas. Pero la
trata no espera a que llegue una fecha señalada para seguir captando,
trasladando, explotando y destruyendo vidas. Desde el 24 de junio,
Venezuela volvía a ocupar titulares por un terremoto que ha dejado a miles
de personas enfrentándose, una vez más, a la incertidumbre, a la pérdida y
a la ru.ina.
Y mientras la mayoría
observamos esas imágenes con tristeza, una organización respetable, Cáritas
Diocesana de Canarias, afontó las consecuencias de la tragedia que, como otras,
acapara la atención informativa los primeros días hasta que se va diluyendo. Lo
escribe Idaira Alemán Afonso, coordinadora del Centro Lugo de Cáritas Diocesana
de Canarias: “Cuando una familia pierde su casa, su trabajo o la posibilidad
de alimentar a sus hijos e hijas, la desesperación deja de ser splo una
emoción para convertirse en una oportunidad de negocio para quienes viven
de explotar a otras personas. Las redes de trata conocen perfectamente ese
momento. Saben que una falsa oferta de empleo resulta mucho más creíble
cuando alguien siente que no tiene nada que perder. Saben que una madre
hará casi cualquier cosa si cree que así podrá sacar adelante a sus hijos
e hijas. Saben que el hambre, las deudas o la necesidad de enviar dinero a
quienes lo han perdido todo reducen el margen para decir que no. Y saben
también que muchas mujeres que ya están siendo explotadas asumirán todavía
más violencia para poder continuar enviando más dinero a casa. Las
catástrofes no sólo destruyen hogares. También multiplican
la vulnerabilidad de quienes ya vivían al límite. Y la vulnerabilidad es
el lugar donde la trata encuentra su mejor aliado”.
Desde el citado Centro
Lugo llevan treinta y ocho años acompañando a mujeres en contextos de
prostitución y víctimas de trata, 655 mujeres en el pasado 2025. Mujeres
que un día salieron de su país creyendo que emprendían un viaje hacia una
vida mejor. Mujeres que solo querían trabajar, cuidar de sus familias,
ofrecer un futuro diferente a sus hijas e hijos o, simplemente,
sobrevivir. Hoy, muchas de ellas son venezolanas. En los últimos años
hemos visto, en efecto, cómo su presencia ha aumentado de forma constante.
Es la nacionalidad más numerosa por detrás de la colombiana y solo en el
primer semestre de este año se ha atendido el 89 % del número total de
mujeres venezolanas atendidas en todo 2025.
Hemos conocido historias
atravesadas por la pobreza, la violencia, la inestabilidad política, el
hambre, la desesperanza y la ausencia de oportunidades. Y después de
tantos años caminando junto a ellas, hemos aprendido algo esencial: la trata
empieza mucho antes de la explotación, empieza cuando una mujer deja de
tener alternativas. “Pero también hemos aprendido otra cosa -escribe
Idaira Alemán-: la trata no existe únicamente porque existan
tratantes, existe porque persiste un mercado dispuesto a comprar aquello
que ellos venden. Mientras haya hombres que paguen por acceder al
cuerpo de una mujer, el negocio seguirá siendo rentable. Mientras sigamos
creyendo que la prostitución ocurre lejos de nuestra vida cotidiana,
continuaremos alimentando el silencio que protege a quienes se enriquecen
explotando a otras personas. Nos incomoda hablar de prostitución. Nos
incomoda hablar de demanda. Nos incomoda reconocer que detrás de muchas
puertas hay hombres integrados en nuestra sociedad sosteniendo una
industria que mueve miles de millones de euros. Pero lo
verdaderamente incómodo debe ser aceptar esa realidad sin hacer nada. A
menudo escuchamos frases como ellas están ahí porque quieren, es el
trabajo más antiguo del mundo o ¿por qué no se marchan? Y siempre
nos hacemos la misma pregunta: ¿Cómo hemos conseguido construir un relato
en el que resulta más fácil cuestionar a una mujer explotada que a quien
obtiene beneficios de su explotación? Porque detrás de cada anuncio
hay una historia que casi nunca vemos. Hay una deuda. Hay una amenaza. Hay
una familia a la que mantener. Hay una frontera cruzada con la promesa de
una vida mejor. Hay miedo. Hay violencia. Hay trauma. Hay una persona
intentando sobrevivir”.
La dirigente de Cáritas
afirma que seguirán tocando puertas y compartiendo un café alrededor de una
mesa. “Seguiremos creyendo en las mujeres incluso cuando ellas hayan
dejado de creer en sí mismas. Pero ojalá llegue el día en que nuestro
trabajo deje de ser necesario. Ojalá llegue el día en que ningún
terremoto, ninguna guerra, ninguna crisis económica y ninguna frontera
vuelvan a convertirse en una oportunidad para quienes hacen negocio con la
desesperación humana. Porque ese será el día en que habremos entendido que
ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente libre, mientras exista una
sola mujer cuya libertad pueda comprarse por horas”, concluye.