viernes, 26 de diciembre de 2008

MONJAS Y CURAS (I)


Congregación de Hijas de María Madre de la Iglesia y Padres Agustinos. Dos comunidades religiosas vinculadas al devenir del Puerto de la Cruz. En este 2008 que termina ha habido conmemoraciones que han servido para ponderar su quehacer y su obra. Asistencia sociosanitaria y enseñanza, dos campos en los que la aportación de monjas y sacerdotes ha sido notable. Y que el pueblo, por cierto, ha sabido corresponder y agradecer.
En un caso, la continuidad; en el otro, la historia. El Hospital de la Inmaculada Concepción y el centro Madre Matilde Téllez son las pruebas de la perseverancia de las Hijas de María. El colegio San Agustín, decisivo en la formación de algunas generaciones de portuenses, cerró sus puertas pues sus responsables no pudieron o no supieron afrontar los planteamientos del nuevo sistema educativo. El cese de la actividad del colegio es otra prueba de cómo han ido desapareciendo los activos del municipio.
Las monjas llegaron, según está acreditado documentalmente, en los primeros días de 1908, siendo alcalde del municipio Melchor Luz y Lima. Una de las cuatro fundadoras era sor Sebastiana, de la que se cuentan excelencias de su generosidad y de su sacrificio.
Pero la más popular, el nombre más conocido y apreciado en todo el pueblo y en buena parte de la isla, es el de Pura Arencibia, sor Pura, natural de Telde (Gran Canaria). En 1972 fue nombrada hija adoptiva del Puerto de la Cruz, una de cuyas calles lleva su nombre.
Los recuerdos que uno conserva de sor Pura son los de una buena samaritana, de alguien que atendía y escuchaba a todo el mundo, que asistía puntualmente a las misas, que hacía de doctora… y sanaba. Sor Pura era el hospital mismo. Sin exageración. Había llegado destinada al Puerto en 1920 y fue superiora en dos trienios diferentes.
Bueno, el hospital también es Luis Espinosa García-Estrada, el médico perpetuo, el doctor de rostro bonachón, el infatigable caminante, el galeno vecino del diagnóstico exacto que siempre tuvo palabras de aliento para cualquiera que las necesitare.
El Hospital de la Inmaculada Concepción ha cumplido cien años. Es un centro entrañable que ha acogido centenares de enfermas, de personas desvalidas. Allí han vivido la recta final de su existencia personas de toda condición social que encontraron siempre el calor y la atención de las monjas. El pleno del Ayuntamiento galardonó al Hospital con la medalla de oro de la ciudad, su máxima distinción, en 1983, siendo alcalde Francisco Afonso Carrillo. En aquellos años, se acometió un importante proyecto de reacondicionamiento.
Para recordarlo, para dar las gracias, cada 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada, hay una misa cantada y un desayuno que sirven las propias monjas. El coro lo integran antiguas alumnas y componentes de otras agrupaciones que tienen así oportunidad de prolongar su afición por el género. Siempre terminan con el himno. Afonso dio el paso y aquello se hizo costumbre. Desde entonces, allí nos damos cita unas cuantas personas que apreciamos tan de cerca, siquiera una vez al año, la contribución de la congregación.
El espíritu de sor Pura está presente -¿verdad, doctor?- y por eso, el próximo mes de enero, cuando Teresa Umpiérrez, Bernarda Cabrera y Concepción Martínez celebren las bodas de oro en la congregación, habrá una nueva oportunidad de recordarla y de contrastar la inmensidad de la obra de las Hijas de María Madre de la Iglesia.
Una obra que tiene una dimensión social extraordinaria, desarrollada en el centro Madre Matilde Téllez, la fundadora de la congregación, ubicado en el antiguo cuartel de la Guardia Civil. Allí, en sus restauradas dependencias, han encontrado abrigo los niños que no pudieron tenerlo en sus hogares. Allí son educados, allí conviven, allí juegan y allí crecen hasta que las edades determinan su traslado.
Allí, ya con responsabilidades públicas municipalistas, nos reencontramos con sor María, una monja que había estado muchos años en un colegio de Tucupido, estado Guarico, en Venezuela, curiosamente nuestro primer colegio. María Vadillo está hoy destinada en Las Palmas de Gran Canaria. Se sorprendió, cuando casi al cabo de cuarenta años, le describimos el interior y los accesos del colegio, así como la celebración religiosa del día de la Inmaculada Concepción, al aire libre y por calles no asfaltadas. “Dios te conserve la memoria, hijo”, comentó con toda humildad.
En el hospital y en este centro de educación especial las monjas han hecho un trabajo encomiable, gozando siempre del respeto, del afecto y de la ayuda, solidaria, material y espiritual, que el pueblo ha sabido prestar. A sus respectivas superioras, sor Angeles Rubí y sor Rosa Rebellado, les ha correspondido el honor de preparar y vivir en primera fila las conmemoraciones. Cien años de presencia entre los portuenses, entre los tinerfeños, cien años de prestaciones, bien merecen el reconocimiento de todos.
(continuará)



2 comentarios:

manoli dijo...

Es un gozo encontrar personas que escriban y valoren la misión que realizan unas religiosas que simplemente están empeñadas en hacer visible el rostro de Dios, su ternura y su misericordia, a través de las obras que atienden y las actividades que realizan. Por otra parte es una alegría que la persona que escribe este vinculada, de alguna manera, a los Colegios de Venezuela, en mi caso crece la alegría ya que estuve bastantes años de mi vida religiosa entre Tucupido y Caracas.
Gracias y que Dios le bendiga en su vida y en su buen hacer.

gatoblanco dijo...

Con gran alegria le tengo que felicitar, muy hermoso sus recuerdos para quienes han hecho tanto por los pobres.
Pero al mismo tiempo tengo tambien que corregir,Sor pura,mi tia,y hermana de Anita y Mariquita arencibia son nacidas en la Villa Mariana de Teror.
Perdone usted esta correccion,pero, aunque Telde es muy bonito no fue la cuna de Sor PURA.
Gracias por todo.