martes, 27 de octubre de 2026

Alberto Molina, capitán y caballero

 

Habíamos escrito en un despiece: “Molina siempre juega bien”. Y cuando, para su revisión, pasamos la prueba al director, Alfonso García Ramos, respondió con aquella imponente voz ronca que tronaba en la Redacción de ‘La Tarde’:

        -Cambia la frase esa, porque alguna vez jugará mal o se equivocará y entonces no sabrás hacia dónde despejar.

        Pero es que Alberto Molina Navarro, de verdad, tenía un rendimiento muy regular, de muy alto nivel, era una constante de entrega y acierto. Y entonces escribimos aquella apreciación que, en efecto, puede parecer maximalista. Hasta que el sabio director nos hizo ver que si el fútbol no es una ciencia exacta, aquel adverbio y aquella idea debían ser revisados.

        Nos acordamos del hecho -son de esos episodios que, ocurridos en la edad juvenil, jamás se olvidan- en el curso del homenaje que hace algún tiempo le fue tributado a Molina en el Puerto de la Cruz. Sus mentores pueden sentirse satisfechos: difícilmente se logra aunar un sentimiento de respeto y afecto tan notable como el que concentró el que fuera defensa central del Club Deportivo Tenerife. Por eso reproducimos aquella grata impresión que conservamos en el retrospecto.

        Allí estaban sus compañeros, presidentes y dirigentes del club, un entrenador como Manuel Delgado Meco, la plana mayor de los veteranos de la U.D. Las Palmas y del club albiazul, políticos como el entonces presidente del Gobierno canario, Paulino Rivero; y la alcaldesa portuense, Sandra Rodríguez, quien vivía su primer acto público como tal, y otros colegas suyos que quisieron acompañar a Molina que, naturalmente, estuvo arropado por su familia.

        Fue el homenaje un canto a la memoria futbolística. Los recuerdos se desgranaban solos en tanto que algunas imágenes de momentos históricos del equipo suplementaron los testimonios. Alberto Molina pudo probar en carne propia lo que se le quiere, lo que transmitió a la afición tinerfeña dentro y fuera de la cancha. El central que siempre jugaba bien y lució los galones de capitán con solvencia, tiene a gala, además, no haber sido expulsado jamás de un campo de fútbol. En su brillante hoja de servicios, enriquecida desde que se incorporó a la plantilla procedente de los filiales de la Unión Deportiva, figura aquella célebre eliminatoria de Copa con el Real Madrid, feliz y sorprendentemente resuelta para el Tenerife. Molina se las tuvo que ver con Santillana y con Pirri, convertido, a la desesperada, en delantero centro.

        Quedaba por escribir esa página del homenaje que vivió como un juvenil debutante, profesando su militancia tinerfeñista y su canariedad contrastada en cada convocatoria que ha de comentar. Lo hizo con la modestia de siempre, como cuando iba al cruce o sacaba de puerta o se anticipaba al atacante o despejaba de cabeza. Hasta terminó aceptando el envite del presidente para una próxima partida de pericón. Nunca supimos si llegaron a jugarla.

        ¡Quién nos iba a decir que con el paso del tiempo coincidiríamos como comentaristas en la tertulia deportiva de la Cope Tenerife conducida por Guillermo García Saavedra! Ahí estuvimos cuatro o cinco temporadas compartiendo impresiones y criterios. No jugó Molina, prudente y meticuloso, siempre guardaba un apunte que desprendía de su experiencia y sabiduría futbolística. Discrepaba con caballerosidad y recomendaba con nobleza, haciendo gala ante los micrófonos de otro pundonor tan brillante como aquel que derrochaba en su etapa activa. En aquellas sesiones de radio seguía jugando bien.

        Molina se convirtió en leyenda albiazul, claro que sí. Primero, porque ha sido el jugador que más partidos oficiales ha disputado con el Club Deportivo Tenerife. Y luego, porque atesoró los valores que le hicieron acreedor a la Insignia de Oro y Brillantes de la entidad, otorgada en 1976 por la directiva que presidió otro grande, Julio Santaella Benítez, Colo; y a la Medalla de Oro al Mérito Deportivo, impuesta ese mismo año por el que fuera presidente de la Federación Tinerfeña de Fútbol, Vicente Álvarez Pedreira.

        Durante trece años ininterrumpidos, efectivamente, pudo admirarse a aquel defensa central recio, valiente, sobrio, seguro, eficaz y expeditivo que jamás se arrugaba, que mereció la confianza de varios entrenadores y propició que accediese a la capitanía de su formación. Que nunca fuera expulsado de una cancha, lo dice todo.

        No actuó en Primera División, acaso su gran carencia. Pero él dijo, en más de una ocasión, que jugar en el Tenerife había sido “como estar en el cielo… no había salido de las islas en mi vida”.

        Aquella noche de octubre de 2014, junto a la frondosidad del Jardín Botánico, el homenaje que fue un canto a la memoria futbolística exaltó también las cualidades humanistas del deporte. Los aplausos reconocían la caballerosidad de Molina, envuelto en un aura de modestia y humildad que le había acompañado durante toda su carrera.

        Aquella noche, no es por casualidad, volvió a jugar bien.

 

 

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