Habíamos escrito en un despiece: “Molina siempre juega bien”. Y cuando,
para su revisión, pasamos la prueba al director, Alfonso García Ramos,
respondió con aquella imponente voz ronca que tronaba en la Redacción de ‘La
Tarde’:
-Cambia la frase esa,
porque alguna vez jugará mal o se equivocará y entonces no sabrás hacia dónde
despejar.
Pero es que
Alberto Molina Navarro, de verdad, tenía un rendimiento muy regular, de muy
alto nivel, era una constante de entrega y acierto. Y entonces escribimos
aquella apreciación que, en efecto, puede parecer maximalista. Hasta que el
sabio director nos hizo ver que si el fútbol no es una ciencia exacta, aquel
adverbio y aquella idea debían ser revisados.
Nos
acordamos del hecho -son de esos episodios que, ocurridos en la edad juvenil,
jamás se olvidan- en el curso del homenaje que hace algún tiempo le fue
tributado a Molina en el Puerto de la Cruz. Sus mentores pueden sentirse
satisfechos: difícilmente se logra aunar un sentimiento de respeto y afecto tan
notable como el que concentró el que fuera defensa central del Club Deportivo
Tenerife. Por eso reproducimos aquella grata impresión que conservamos en el
retrospecto.
Allí
estaban sus compañeros, presidentes y dirigentes del club, un entrenador como
Manuel Delgado Meco, la plana mayor de los veteranos de la U.D. Las Palmas y
del club albiazul, políticos como el entonces presidente del Gobierno canario,
Paulino Rivero; y la alcaldesa portuense, Sandra Rodríguez, quien vivía su
primer acto público como tal, y otros colegas suyos que quisieron acompañar a
Molina que, naturalmente, estuvo arropado por su familia.
Fue
el homenaje un canto a la memoria futbolística. Los recuerdos se desgranaban
solos en tanto que algunas imágenes de momentos históricos del equipo
suplementaron los testimonios. Alberto Molina pudo probar en carne propia lo
que se le quiere, lo que transmitió a la afición tinerfeña dentro y fuera de la
cancha. El central que siempre jugaba bien y lució los galones de capitán con
solvencia, tiene a gala, además, no haber sido expulsado jamás de un campo de
fútbol. En su brillante hoja de servicios, enriquecida desde que se incorporó a
la plantilla procedente de los filiales de la Unión Deportiva, figura aquella
célebre eliminatoria de Copa con el Real Madrid, feliz y sorprendentemente
resuelta para el Tenerife. Molina se las tuvo que ver con Santillana y con
Pirri, convertido, a la desesperada, en delantero centro.
Quedaba
por escribir esa página del homenaje que vivió como un juvenil debutante,
profesando su militancia tinerfeñista y su canariedad contrastada en cada
convocatoria que ha de comentar. Lo hizo con la modestia de siempre, como
cuando iba al cruce o sacaba de puerta o se anticipaba al atacante o despejaba
de cabeza. Hasta terminó aceptando el envite del presidente para una próxima
partida de pericón. Nunca supimos si llegaron a jugarla.
¡Quién
nos iba a decir que con el paso del tiempo coincidiríamos como comentaristas en
la tertulia deportiva de la Cope Tenerife conducida por Guillermo García
Saavedra! Ahí estuvimos cuatro o cinco temporadas compartiendo impresiones y
criterios. No jugó Molina, prudente y meticuloso, siempre guardaba un apunte
que desprendía de su experiencia y sabiduría futbolística. Discrepaba con
caballerosidad y recomendaba con nobleza, haciendo gala ante los micrófonos de
otro pundonor tan brillante como aquel que derrochaba en su etapa activa. En
aquellas sesiones de radio seguía jugando bien.
Molina
se convirtió en leyenda albiazul, claro que sí. Primero, porque ha sido el
jugador que más partidos oficiales ha disputado con el Club Deportivo Tenerife.
Y luego, porque atesoró los valores que le hicieron acreedor a la Insignia de
Oro y Brillantes de la entidad, otorgada en 1976 por la directiva que presidió
otro grande, Julio Santaella Benítez, Colo; y a la Medalla de Oro al Mérito
Deportivo, impuesta ese mismo año por el que fuera presidente de la Federación
Tinerfeña de Fútbol, Vicente Álvarez Pedreira.
Durante
trece años ininterrumpidos, efectivamente, pudo admirarse a aquel defensa
central recio, valiente, sobrio, seguro, eficaz y expeditivo que jamás se
arrugaba, que mereció la confianza de varios entrenadores y propició que
accediese a la capitanía de su formación. Que nunca fuera expulsado de una
cancha, lo dice todo.
No
actuó en Primera División, acaso su gran carencia. Pero él dijo, en más de una
ocasión, que jugar en el Tenerife había sido “como estar en el cielo… no había
salido de las islas en mi vida”.
Aquella
noche de octubre de 2014, junto a la frondosidad del Jardín Botánico, el
homenaje que fue un canto a la memoria futbolística exaltó también las
cualidades humanistas del deporte. Los aplausos reconocían la caballerosidad de
Molina, envuelto en un aura de modestia y humildad que le había acompañado
durante toda su carrera.
Aquella
noche, no es por casualidad, volvió a jugar bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario