sábado, 4 de octubre de 2008

DE SELLOS Y MONEDAS

Sitúense en la segunda mitad de la década de los sesenta. Plaza del Charco, cercanías del antiguo “Dinámico” y proximidad a la pila de la ñamera, domingos y festivos por la mañana. Unas mesas rudimentarias, mejor, unos tableros reconvertidos. Sobre los mismos, álbumes y cajas de sobres, sellos y monedas. Unos cuantos curiosos del país. Numerosos extranjeros que pronto hicieron del lugar un punto de encuentro e intercambio.
Allí surgió una suerte de mercadillo de sellos y monedas. Allí, en aquel punto neurálgico del municipio rendido al desarrollismo turístico, se fraguaba una cita permanente que era también una puerta abierta a la cultura, la gran olvidada -y hasta penalizada- de aquel desarrollismo. Allí estaba el significado de dos términos, filatelia y numismática, que sonaban así de raros y distantes, pero que los teníamos al alcance, tan cerca que casi no le dábamos importancia.
Juan Cruz Ruiz llevó el mercadillo y a sus promotores, y a los habituales de cada domingo y festivo, a las páginas del periódico ‘El Día’ y la cosa cobró carta de seriedad y hasta de consolidación. Creo recordar que el periodista escribió que por aquella nota, acompañada de foto, los mentores y algunos coleccionistas quisieron gratificarle con quinientas pesetas de entonces pero Juan se negó cordialmente. La noticia o la información, por elemental o muy localista que sea, no tiene precio.
En el mercadillo, impregnado de un ambiente sano y de unos incansables afanes de búsqueda, adquisición e intercambios, sobresalía Angel Pérez, un numismático tan meticuloso como apasionado que quería hacer en España lo que en algunos planes o foros universitarios de Estados Unidos: considerar la numismática como ciencia auxiliar de la Historia.

Pero también, movidos por su afición, pululaban Pedro Montes de Oca, Peri Real, Arístides Hernández, José Antonio Marrero, Antonio Galindo padre e hijo, Masot, Agustín Carballo y Klaudius Heck, uno de los mejores profesionales de la hostelería que uno ha conocido, poseedor de unas colecciones extraordinarias.
Fueron modestos pero atinados emprendedores. Entre todos ellos y con la aportación constante de otros muchos aficionados y coleccionistas -perdón por la siempre injusta omisión- materializaron, ya en la década de los ochenta, una convocatoria anual, EXPOFIL, con sede en el hotel “Semíramis”. Deben haber quedado matasellos conmemorativos de la cita, que nació con vocación de reclamo turístico-cultural. A fe que lo lograron pues al cabo de unas cuatro o cinco ediciones no sólo reunieron valiosas y admirables colecciones sino testimonios de destacados expertos que ofrecieron y lucieron sus conocimientos y parte de su bagaje. Revistas y publicaciones especializadas dejaron constancia de las actividades y proyectaron el nombre del Puerto de la Cruz, como siempre, pionero o avanzado en tantas cosas vinculadas a la cultura y al arte pero también inconstante o incapaz de prolongar y renovar sus propias iniciativas.
Alguno de ellos, que no ha perdido la motivación y sigue buscando esas piezas con las que completar alguna colección personal o algún ejemplar insólito, cuenta, no sin desconsuelo, que el mercadillo de la plaza del Charco ya sólo se hace el primer domingo de cada mes. Que los jóvenes no se interesan por estas cosas. Que Internet también ha cambiado los hábitos y las opciones de los coleccionistas. Que aquel romanticismo ha dejado paso a otros afanes. Y que los precios, para variar, se han disparado.
Una lástima. Otro hecho que se pierde y que no se recupera sólo con nostalgia. Para los que han resistido, al menos, un reconocimiento.

P.S.- En la mañana del domingo, muy temprano, he visitado el mercadillo. Para saludar y refrescar nombres. Allí estaban Ascanio e Hilario, ¿los últimos de estas 'filipininas' filatélicas?, acreedores de ese reconocimiento. Recordamos a Julián y su familia, que venían de Santa Cruz y pedían permiso para acercar el coche y recoger las maletas. A Paco Purriños, a Kay, a Fischer, a Kalery y a un comisario de policía, ya jubilado, Gustavo Fernández de Terán. Y rescatamos a Matías, el taxista, siempre tan atento. Seguro que hay más. Perdón, de nuevo, pues, por las omisiones.

2 comentarios:

JJ dijo...

Nostalgias de un pasado unas veces añorado y otras muchas mitificado. Sobre todo cuando leemos las secciones de cultura de algunos periódicos y los temas que consideran "dignos" de estar en esas secciones.

Estampas de un Puerto de La Cruz muchas veces adelantado y abierto culturalmente y que lucha por no desaparecer, abandonado por el centralismo tinerfeño.

Un saludo Salvador

Jesús

Enrique dijo...

Querido maestro, que placer leer estas nostalgias pero mucho más placentero ha sido descubrir aquí tus escritos de los que soy ya seguidor incondicional. Te invito a visitar mis apuntes en http://rodriguezcoello.blogspot.com y te envío un fuerte abrazo.

Quique