Ha venido Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), a advertir de los riesgos que corre el efecto protector para las mujeres de la Ley contra la Violencia de Género, en caso de que el Gobierno consume algunas medidas que pretende incluir en la reforma del Código Penal.
Algunos antecedentes de resoluciones judiciales y algunas manifestaciones de cargos públicos han suscitado la preocupación de la magistrada, hasta el punto de que en torno a la conmemoración del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, sus reflexiones son oportunísimas.
Y es que, en efecto, si las condenas por casos de violencia de género se pudieran saldar con una simple multa, como parece que se intenta establecer, estaríamos ante un preocupante retroceso, favorecedor de la propia acción violenta cuyo impacto se quiere minimizar.
La vigente ley, que sepamos, impide esa solución sancionadora y sólo consigna penas de prisión o realización de trabajos sociales. Los más críticos con esta revisión señalan que esta alternativa favorecerá la paradoja de que el hombre no pagaría la multa, de modo que fuese la propia mujer quien la abonase para evitar el embargo de bienes gananciales.
Montalbán apunta también el desacierto que supondría la introducción de la mediación familiar, cuando está especialmente contraindicado en los casos de maltrato y cuando en la misma ley está completamente prohibido. La desaparición de las vejaciones injustas como faltas sería otra de las modificaciones que, de plasmarse, representarían el inquietante retroceso en el efecto protector del que hablamos. Es natural que haya preocupación e inquietud no sólo en organizaciones y asociaciones de mujeres sino en agentes sociales y colectivos profesionales que constatan el carácter regresivo de medidas que, sobre el papel, empeorarían uno de los principales dramas sociales de nuestro tiempo.
Dirán que los principales objetivos de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la violencia de género (la primera que aprobó en el año 2004 el primer Gobierno de Rodríguez Zapatero) se mantienen.
Es decir, que se apoya a las víctimas, se persigue a los agresores y se alerta a la sociedad de la necesidad de combatirla sin desmayo; pero la reducción de recursos presupuestarios y la desaparición progresiva de programas de formación y empleo, unida a esas reformas legislativas, indican, precisamente, lo contrario, de modo que los fantasmas de la opresión, del temor ilimitado y los silencios cómplices hacen de nuevo su aparición.
País de pérdidas.
lunes, 26 de noviembre de 2012
sábado, 24 de noviembre de 2012
SUDANDO TINTA, EL LIBRO DE JAVI
No es muy atinado ni ortodoxo emplear un gerundio en el
título pero hasta eso termina convirtiéndose en un reclamo. Realizar un trabajo
con mucho esfuerzo es la significación académica de esta locución verbal
coloquial que todos hemos utilizado alguna vez y que de la lectura de los
cincuenta y dos relatos se desprende porque eso es lo que pretende el autor,
aún sin quererlo: indagar en el coste del ejercicio, de la prueba o del
rendimiento físico.
Sudando tinta (Idea Ediciones), que ese
es el título del primer libro del doctor Javier González Pérez, prologado con
destreza por Juan Moreno, es el reflejo de quien ha querido ver en el deporte
su cara interior, de quien ha buscado las respuestas a tantos porqués. El
deporte por dentro, el organismo humano a prueba, las reacciones, los
estímulos, los contrastes, los miedos, las dudas y las superaciones. No se
conforma el autor con las experiencias o los registros, con la evolución de una
lesión o con las reacciones del deportista. No se detiene, por tanto, en un
lado anecdótico ni en la narración de vivencias de quienes han sido sus
pacientes, practicantes o no, profesionales o machacas de amateur puro de todas
las edades sino que le echa imaginación a la descripción de horas de consulta y
de cuadros clínicos.
Sudando tinta es, a su modo, el
resultado de una profesión ejercida vocacionalmente, del compromiso con la
medicina deportiva y de la prestación de ayuda a quien vino a solicitarla.
Claro que el autor es un espécimen: el médico al que el espectáculo o el
negocio del deporte le trae sin cuidado. Prefirió siempre tratarlo en directo y
en el terreno más corto. Cara a cara, lidiando con pacientes de toda condición
social e intelectual. A todos trató igual. Con rigor científico. Lo que quería
era sanarles y estimularles. Sin alharacas, sin alardes propagandísticos ni
efectos estelares. Sus amigos del alma seguro que no se lo hubieran perdonado.
Seguro que prefieren el tratamiento destilado con esa sorna ácida que también
se adivina en numerosos pasajes de la escritura.
Buena parte
de esa trayectoria ha quedado plasmada en este volumen presentado días pasados
en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC), con lleno de los que
no se olvidan, con numerosos amigos y con emociones que no pudo contener, por
ejemplo, el presentador de la obra, Juan Carlos Castañeda, aún sacudido por
pérdidas familiares registradas en un brevísimo intervalo. Castañeda aprovechó
para hacer una reivindicación del periodista deportivo después de desgranar
episodios que reflejaban la personalidad del médico metido a escritor, porque
seguro que algo más tendrá en cartera, o al menos así lo dio a entender Juan
Moreno. El presentador conoce bien al autor: estudiaron juntos, compartieron
habitación en período universitario y hasta habrán jugado y corrido en esas
prácticas que más o menos son carne de añoranza, siquiera por los ratitos de
desconexión y por los reposos posteriores. No se resistieron, por supuesto, a
incursionar y pegarse a la Naturaleza, al medio, litoral o senderismo, en el
que pusieron a prueba, un suponer, su propia capacidad de resistencia.
Sudando tinta será bien recibido,
incluso entre quienes saben que no hay pretensiones literarias en sus páginas,
que se van a leer de un tirón en busca de más y nuevas sensaciones. El libro de
Javi, o el libro de Javi el Cura, que ese era el nombrete con que sus
compañeros le conocían cuando superaba a defensas y porteros rivales, se dirá
en una ciudad y en los círculos del deporte o de la medicina especializada. La
que con mucho altruismo, por cierto, también ha ejercido el doctor González
Pérez.
Alguien a
quien le gusta sudar tinta y penetrar en las interioridades del ser humano.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
EL OTRO LADO DE LA ALMOHADA
¡Ay Maruja, si fuera tan fácil!
Tan fácil
como esa inversión de la almohada, como ese movimiento buscando el lado fresco,
metáfora empleada para hablar del renacimiento del periodismo o de la esperanza
de un periodismo renovado, salvable, auto exigente y cualificado como lo hemos
soñado y deseado.
Pero se
antoja complicado, Maruja Torres, siempre respetada autora, porque las
circunstancias ensombrecen el horizonte hasta eclipsar las esperanzas, en forma
de digitales o de nuevos productos. Cierto que queda la capacidad de
resistencia y que los roqueros, los
últimos, aún siguen afinando como si de teloneros se tratare; pero la
precariedad y la incertidumbre son tan grandes que hasta el conservadurismo se
ha apoderado hasta de los medianamente optimistas.
Estará
fresco el otro lado de la almohada -y hay que agradecer el alentador mensaje,
especialmente por quienes no sólo tienen vocación sino convicciones- pero no
basta. La realidad caliente, la que se palpa en el desempleo, en la reducción
de retribuciones, en las condiciones precarias y en el riesgo constante de la
pérdida del puesto de trabajo, te echa por la borda, con muy escasas opciones
de rescate, casi todos los intentos del buen reportaje, de las alternativas y
las innovaciones en los tratamientos. Ciertamente, nos hemos vuelto escépticos,
hasta los más vocacionales.
Será que
venimos palpando el dolor de compañeras y compañeros cuyos afanes se han
llevado los vientos de la crisis imparable. Dolor e impotencia para hacer algo
más que la expresión de la solidaridad. Dolor y preocupación a poco que seamos
conscientes de lo que significa la degradación de los medios en el contexto de
una convivencia democrática que necesita de ellos para mantener unas bases
mínimas de libertad y pluralismo. Claro que se necesitan periodismo y
periodistas, un clásico ya entre los lemas del gremio y de las tribulaciones
que padece. Pero los hechos tozudos -¿te suena?- están en ese lado caliente.
Vemos caer gigantes, se tambalean otras poderosas estructuras, desaparecen
títulos de toda la vida, se multiplican las redes sociales y el debate sobre el
futuro se alarga y se alarga porque el nuevo modelo no cuaja, por muchos
multimedia que se tercien.
Aún así, escépticos
por todas estas cosas, Maruja, seguiremos luchando, agradeciendo píldoras
estimulantes como las tuyas. Daremos, los que puedan y mientras puedan, vueltas
a la almohada, buscando ese lado fresco, los pliegues por incursionar,
intentando no desfallecer pero conscientes de que cada día es un auténtico más
difícil todavía.
martes, 20 de noviembre de 2012
PLEITOS TENGAS... Y LOS PAGUES
Se acusó al PSOE en su día, cuando los gobiernos de Felipe
González, de un abuso de su mayoría parlamentaria. De ésta derivaron
acusaciones de prepotencia y soberbia que fueron calando, vaya que sí, hasta
desvirtuar el comportamiento político de los socialistas. A duras penas, el
talante con que quiso adornar su gestión Rodríguez Zapatero, para contrarrestar
precisamente los tics autoritarios y aquellos mismos defectos que lució José
María Aznar en la segunda legislatura de su gobierno, sirvió para establecer
diferencias, el pretendido otro modo de hacer política. Ya se encargó el
derechío mediático de socavar, hasta la liquidación, un elemento de sintonía
del gobernante con la ciudadanía.
Quienes reprobaron
a González aquel abuso ahora se refugian en él para hablar de la legitimidad.
La legitimidad que nadie discute. Quienes entonces pedían consenso, para
equilibrar, para estabilizar el pacto social, para no incurrir en desvíos y
abusos de poder, ahora ignoran por completo esos conceptos. Así sobresale el
mando antes que el gobierno. Es lo que gusta a la derecha: que se note ese
poder, esa capacidad derivada de las urnas infalibles. Se siente y se sabe
cómoda. Y si tiene respaldo mediático, miel sobre hojuelas. Que la calle
protesta, ya se cansará. El ejemplo más reciente es cómo despachó Mariano Rajoy
la valoración sobre la huelga más las concentraciones de la semana pasada: como
si la cosa no fuera con él. Prosiga la hoja de ruta, por si alguien tiene
dudas.
De modo que
la mayoría absoluta se transfigura en mayoría absolutista. Ahí está la prueba
de la nueva Ley de Tasas Judiciales para acreditarlo: se hizo la norma, en
efecto, en el Senado, solo con los votos populares. Y es una norma a la que hay
que dedicar atención pues contribuye a la ampliación de la brecha de
desigualdad que divide desde el pasado año a la sociedad española. Los riesgos
de una justicia para ricos y poderosos, para quienes puedan pagarla, y otra
para quienes, sin recursos, no están en condiciones de afrontar la financiación
de sus procedimientos y contenciosos, son evidentes. Malo que esa brecha crezca
precisamente a costa de absolutismos parlamentarios.
En efecto,
la nueva Ley comporta un aumento de las tasas judiciales entre los 50 y los
1.250 euros iniciales que, aplicado a determinados procesos judiciales,
significará un notable incremento de miles de euros. Es decir, justicia que no
es igual para todos. Lo dice hasta el presidente del Consejo General de la
Abogacía: “Esta Ley va a consagrar una justicia para ricos y otra para pobres,
impidiendo el acceso a la justicia a jun gran número de ciudadanos”. A esta
disconformidad, habría que añadir las de la práctica totalidad de los
operadores jurídicos y de los grupos parlamentarios.
Este nuevo
incumplimiento del Partido Popular -¿cuántos en un año de gobierno?- claro que
supone una disuasión y una obstaculización para acceder a la justicia en
condiciones de igualdad, o lo que es lo mismo, dificulta sobremanera el derecho
constitucional a la tutela judicial efectiva. En la actual situación de
penurias y desventuras, las personas más desfavorecidas y más vulnerables
-aquéllas a las que alguien desde un escaño gritó: ¡que se jodan!- se verán
seriamente desprotegidas. Más de lo que estaban, desde luego.
A este paso,
con la nueva Ley, hasta el absolutismo de la mayoría popular terminará
cambiando el viejo dicho:
-Pleitos
tengas… y los puedas pagar.
lunes, 19 de noviembre de 2012
RECUPERAR LA SONRISA
Ha dicho Kike Sarasola, presidente de una cadena hotelera que
intenta aplicar una particular filosofía de su producto turístico desde la
utilización de las redes sociales, mediante la interacción y la introducción de
determinadas prácticas, que “se nos ha olvidado sonreír al cliente, agradarle,
pague un euro o pague trescientos”. Seguro que muchos empresarios y
profesionales veteranos, cuando lean esta afirmación, incidirán en la que fue
una cualidad distintiva de la atención en establecimientos hoteleros, restaurantes
y comercios en los momentos que el turismo empezaba a alcanzar su velocidad de
crucero y a consolidarse como medio de vida de tantas y tantas personas. Como
más de uno, al calor de su experiencia, la habrá reivindicado en algún momento
de la evolución del sector y de su propia trayectoria, dirán que Sarasola no
descubre nada pero que tampoco está de más esa apreciación, sobre todo en
tiempos de estrecheces.
Llama la
atención, desde luego, que hable de ello quien, según se ha sabido, se esmera
en innovar y modular una oferta a base de aplicaciones tecnológicas
vanguardistas, sin olvidar, eso sí, el trato personalizado. El negocio está
cambiando, se impone la cualificación, las tendencias son cada vez más
determinantes y de ellas derivan exigencias a las que las empresas deben dar
adecuadas respuestas para ser competitivas y contribuir a una oferta de
conjunto mucho más atractiva. El ‘no’ no existe es uno de los principios
funcionales de este promotor que demuestra ser consciente de la importancia de
los métodos a aplicar con tal de fidelizar clientes.
En cualquier
caso, ese olvido de la sonrisa como expresión de la amabilidad, cualidad del
carácter del isleño que ha trabajado en el turismo, es corregible, a base de
formación y de programas específicos que favorezcan la recuperación o el
cultivo de un factor primordial. La amabilidad, sinónimo de nobleza cuando se
emplea sin falsedades o cuando no se interpreta un papel, permitió suplir las
carencias profesionales durante una larga época. Los conocimientos idiomáticos,
por ejemplo, eran limitados o inexistentes. Pero existían las sonrisas, los
gestos, la predisposición y la prontitud para prestar el servicio que se pedía
en una lengua distinta. Todo un capital. Era cuestión de talante y el isleño
acreditó el suyo hasta que, por múltiples razones, se desvirtuó o se evaporó,
como ha venido a recordar Kike Sarasola haciendo una invitación para que el personal,
el que trabaja cara a cara con el cliente, y para que la población, la que
convive, la que comparte inquietudes y sensibilidades con el visitante, se
conduzca con la amabilidad que tan poco cuesta pero que tantos beneficios puede
reportar porque al otro lado siempre habrá alguien que lo valore. Seguro.
sábado, 17 de noviembre de 2012
SIEMPRE NOS QUEDARÁ LA ESQUINA DE "EL CAPITÁN"
Era como ‘Hyde Park corner’, en Londres, en donde podías subirte a un
cajón y lanzar una perorata o un mitin, en el idioma que fuese, ante un
babélico auditorio en el que unos sonreían, otros aplaudían, unos cuantos
ponían atención y otros seguían su camino por las vías de la capital británica.
‘Hyde Park corner’ era un peculiar lugar de encuentro y de paso en la urbe
londinense, una posada de la multiculturalidad, uno de los puntos clave para
tomar el pulso de la ciudad, acaso donde la libertad de expresión alcanzaba su
cenit.
La esquina del bar “El Capitán” fue el particular ‘Hyde Park corner’ de los portuenses. Fue el mentidero por antonomasia, tan cerca de la plaza del Charco y del cine y del muelle. Allí había una cita diaria. Para hablar de fútbol, pero también de otras cosas que acontecían en la ciudad. Allí fue donde los chicos empezaron a congeniar con los grandes, rompiendo esquemas de cuando no se podía interferir ni participar en las conversaciones de los hombres o de los mayores.
En la esquina, de pie, o en las mesas que suplementaban los locales del bar, se tomaba nota de la quiniela colgada en una pizarra publicitaria gigante donde figuraban los resultados de la jornada. O se formaban corros junto a un transistor para conocer la última hora del partido televisado o los resultados del fútbol regional. Y se discutía largo y tendido después del encuentro disputado en El Peñón, cuando el Puerto Cruz lucía un fútbol que parecía de otra categoría. En aquella esquina desembocaban los vehículos que con aficionados habían acompañado al equipo en el desplazamiento de ese día. Y bajo el balcón o en el zaguán o en una sala de billares próxima a la entrada se refugiaba el personal los días de lluvia.
La esquina del bar “El Capitán” fue el particular ‘Hyde Park corner’ de los portuenses. Fue el mentidero por antonomasia, tan cerca de la plaza del Charco y del cine y del muelle. Allí había una cita diaria. Para hablar de fútbol, pero también de otras cosas que acontecían en la ciudad. Allí fue donde los chicos empezaron a congeniar con los grandes, rompiendo esquemas de cuando no se podía interferir ni participar en las conversaciones de los hombres o de los mayores.
En la esquina, de pie, o en las mesas que suplementaban los locales del bar, se tomaba nota de la quiniela colgada en una pizarra publicitaria gigante donde figuraban los resultados de la jornada. O se formaban corros junto a un transistor para conocer la última hora del partido televisado o los resultados del fútbol regional. Y se discutía largo y tendido después del encuentro disputado en El Peñón, cuando el Puerto Cruz lucía un fútbol que parecía de otra categoría. En aquella esquina desembocaban los vehículos que con aficionados habían acompañado al equipo en el desplazamiento de ese día. Y bajo el balcón o en el zaguán o en una sala de billares próxima a la entrada se refugiaba el personal los días de lluvia.
Un ex árbitro llegó a decir públicamente que él se sentaba allí a
escuchar las conversaciones “porque allí aprendía”. Había quien alardeaba de
conocimientos balompédicos mientras otro piropeaba a cualquier extranjera que
pasaba extrañada ante el vocerío. Los periódicos y las publicaciones circulaban
con facilidad. Hasta que durante años se impuso la costumbre de hacer allí la
sobremesa escuchando el programa deportivo de moda.
La esquina del bar “El Capitán” fue escenario de abrazos y
reconciliaciones, de alegrías post-partidos y de discusiones que se zanjaban
sin miramientos. El propietario se asomaba de vez en cuando y se asombraba,
casi siempre contrariado pero muy respetuoso. Los camareros actuaban según las
peticiones.
Fue el particular ‘Hyde Park corner’ de los portuenses que, como otras muchas cosas, desaparecería con el paso del tiempo. Pero aquella, en cierta medida, fue una de las primeras redes sociales. El bar cerró sus puertas. Los habituales siguieron sus respectivos caminos. Y los modos de concentración o de discusión fueron otros. Brotaron otros mentideros. El edificio fue restaurado y albergó uno de esos establecimientos de comida rápida. Pero ya nada fue igual. Ni el ambiente ni las personas.
Fue el particular ‘Hyde Park corner’ de los portuenses que, como otras muchas cosas, desaparecería con el paso del tiempo. Pero aquella, en cierta medida, fue una de las primeras redes sociales. El bar cerró sus puertas. Los habituales siguieron sus respectivos caminos. Y los modos de concentración o de discusión fueron otros. Brotaron otros mentideros. El edificio fue restaurado y albergó uno de esos establecimientos de comida rápida. Pero ya nada fue igual. Ni el ambiente ni las personas.
Todo tiene su ciclo. Aunque a muchos portuenses siempre nos quedará la
esquina de “El Capitán”.
lunes, 12 de noviembre de 2012
LA COLISIÓN NO FUE TAN NIMIA
Se dicen, se escriben, se afirman, se leen, se escuchan, se
oyen tantas cosas a cualquier hora, en cualquier sitio del panorama mediático y
de las redes sociales, que parece hasta ridículo el episodio de la suspensión
de la Televisión Canaria de un programa de humor original del grupo
“Abubukaka”.
Que la madre
del cordero haya sido una frase o titular (sic) relativo al choque de dos magos
como origen de Colisión Canaria, resulta,
cuando máximo, chistoso. Con la cantidad de falsedades que circulan como
información, y de opiniones sustanciadas sin el más mínimo fundamento o sobre
tales falsedades; con el volumen de insultos y descalificaciones que se vierte
sin pudor y en la casi absoluta impunidad; con todos los sesgos informativos habidos
y por haber, que formara parte de un programa de humor un dicho como el aludido
es de lo más natural y hasta un gag o
un golpe malo, si nos apuran, que no todos los espectadores hubieran “pillado”
y seguro que no hubiera molestado a los propios dirigentes de esa formación
política que deben tener ya las espaldas bien adaptadas al aluvión de críticas
que por si mismo genera tantos años de ejercicio en el poder político.
El episodio
es tan burdo que los responsables de la RadioTelevisión Canaria deben estar
lamentándose no solo de haber tomado la decisión inicial de no emitir, sino la
posterior de hacerlo, mediando un comunicado que desborda lo insólito y pone de
relieve que toda mala situación tiende a empeorar, sobre todo si se intenta
revisarla o corregirla cuando se va a remolque y no hay gasolina argumental.
Llevada al pie de la letra la explicación de que “los programas no deben
atentar o menospreciar los valores históricos, culturales o lingüísticos”, sólo
cabe preguntarse si se aplica el mismo criterio en el resto de la programación
del canal autonómico donde hemos visto y escuchado auténticos dislates. Ese
respeto y buen gusto exigido a los promotores del espacio, pensando en el
espectador, of course, debería ser el
norte práctico de todas las producciones y de todas las realizaciones, propias
o contratadas. ¿Ha sido un valor permanente? El humor es cosa seria, lo hemos
dicho en infinidad de ocasiones, pero frases más gruesas que esa, en todos los
órdenes, se han colado sin la más mínima complicación. Y nadie se acuerda de
ellas cuando se evaporaron.
Ahora no.
Ahora el canal se ha hecho un flaco favor. Quedará marcado, sin necesidad
ninguna, que diría el respetable mago, como un medio donde todo es posible,
incluidas la tendenciosidad y la censura.
A estas
alturas…
MANRIQUE, EL ECO
Es cierto que el Puerto de la Cruz le concedió su dorado
galardón y que uno de los centros escolares de la ciudad lleva su nombre pero
su inmensa obra, especialmente el complejo turístico “Costa Martiánez” (Lago) y
playa Jardín, merece un permanente tratamiento de cuidado y mantenimiento si es
que queremos entender de verdad lo que es la sostenibilidad, vocablo que cuando
César Manrique eclosionaba aún andaba en pañales, y si es que queremos identificarnos
con el patrimonio que confiere una personalidad o presumir de él como lo harían
en cualquier ciudad del mundo. Eso y la dotación de un museo o similar que
recoja hitos y testimonios secuenciados de la creación manriqueña en el
municipio. El Consorcio de Rehabilitación Turística, a propósito, tiene
recogidas entre sus actuaciones futuras la apertura de un espacio subterráneo
en la avenida Colón, en el interior del complejo y sólo hay que congratularse
de la iniciativa que promovimos hace ahora diez años.
Esa es una
de las conclusiones obtenidas sobre la marcha del coloquio posterior a la
proyección de la película “Taro, el eco de Manrique”, acto convocado por
“VecinosxelPuerto” con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento en
jun desgraciado accidente de circulación. Acompañamos a Rafael Díaz, director
pedagógico de la Fundación que lleva el nombre del artista lanzaroteño; José
Luis Olcina, ingeniero que, junto a Juan Alfredo Amigó, interpretaba sus sueños y los plasmaba sobre
la realidad física; y Juan José Sánchez, profesor universitario comprometido
con las causas del ecologismo y el medio ambiente. Intercambiamos criterios en
torno a la presión y los límites del territorio, la actitud ética y el abrazo
estético, la búsqueda de la excelencia a partir de la intervención apropiada y
el respeto sublime a los moldes naturalistas, el rechazo a los especuladores y
la destrucción…
En medio de
todo eso estaba Manrique. El eco nos llega ahora, con el largometraje
documental cuyo visionado tuvo algunas anomalías técnicas que no mermaron, en
todo caso, el excelente acabado de Miguel García Morales y su equipo. Que no se
preocupe el director por la amargura: la filmación hubiera hecho honor a
cualquiera de la sección oficial de las ediciones del Festival Internacional de
Cine Ecológico y de la Naturaleza que contó con carteles anunciadores de César
y con sus aportaciones contrastadas con Petra Kelly, la líder de los Verdes
alemanes que recaló también en aquella malograda cita cinematográfica.
En la
película queda claro que la de César fue una revolución artística y cultural.
En el caso del Puerto de la Cruz transformó una ciudad y dejó un sello
indeleble. La otra revolución, la medioambiental, quedó sin completar. A los
seguidores faltó el entusiasmo que él lució y puede que mayor compromiso. Rebelde, díscolo,
inconforme, valiente, osado, creador revolucionario… su eco, veinte años
después, sigue retumbando.
sábado, 10 de noviembre de 2012
EL HOMBRE QUE SIEMPRE QUISO SABER MÁS
Su aparente estado de seriedad permanente apenas disfrazaba
el talante desprendido y generoso que acreditaba su personalidad. No digamos el
humor, la sorna con que adornaba muchas conversaciones y vivencias. Observador,
servicial, atento, humanista… procuraba que nada a su alrededor le fuera ajeno.
Así era
Ignacio Torrents González, un portuense afincado en la Villa de La Orotava,
donde casó, funcionario del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, fallecido
hace pocas fechas y a quien debemos estas líneas. Pese a esos factores de
distancia, Ignacio jamás perdió su condición de portuense. La lucía donde
podía, donde le dejaban, donde con orgullo la proclamaba sobre todo a la hora
de recordar situaciones y personajes.
Sin presumir
de ella, tenía buena memoria. En ella almacenaba claves de humor local, como
heredero de aquel estilo que caracterizó la convivencia durante décadas de un
pueblo, con “un mal Círculo de Iriarte, donde cuatro ranilleros hablan de
ciencias y arte”. En la posguerra y hasta bien entrados los años cincuenta, en
el Puerto de la Cruz de las lenguas, viperinas y de las otras, cuando los celos
y las rivalidades personales se libraban a base de versos anónimos que
circulaban clandestinamente y cuando el uso de mensajes e indirectas para
criticar sustanciaba agudas interpretaciones, Torrents debió añadir a sus
asignaturas del peritaje industrial y de la profesión que ejercería el espíritu
y el imaginario de un pueblo que abría paso a la modernidad resistiéndose a
perder su costumbrismo y sus señas de identidad.
Ignacio, con
el tiempo, se haría periodista, mejor dicho, licenciado en Ciencias de la
Información. Su afán por ampliar conocimientos era evidente. Hizo bueno desde
luego lo del saber no ocupa lugar. Del peritaje industrial dio el salto,
organizado metódicamente como le gustaban las cosas, al mundo de las letras y
las ciencias sociales. Y es que tenía vena de escritor. Le apasionaban los
medios de comunicación y la lectura. No quedaba acto social, conferencia,
exposición o sepelio al que asistiera en el que no comentara una publicación
reciente. Y no fue de los que se ancló o refugió en el pasado, precisamente. Lo
demostró en varias ocasiones, cuando apareció en las versiones televisivas de
la Tertulia Villera que coordinaba
Bruno Álvarez. O cuando leyó el pregón de una Semana Santa portuense en el que
expuso no sólo creencias sino convicciones de su filosofía de la vida y del
mundo.
Ignacio
Torrents González, probo y respetado funcionario municipal, vivió con
entusiasmo el retorno y la consolidación de la democracia. Buen conversador y
atento a lo que decían terceros, siempre preguntaba por antecedentes familiares
de alguien que le presentaban o no conocía lo suficiente. Su vida, a caballo
entre La Orotava, el Puerto y Santa Cruz, fue modelo de inquietud social y
rectitud familiar.
Un hombre
que siempre quiso saber más. Así será recordado.
viernes, 9 de noviembre de 2012
EN BUSCA DEL DEBATE PERDIDO
Érase una vez un pueblo en el que todo se debatía. Cuando se consumó la reinstauración de la democracia, los hábitos de contrastar ideas, criterios y opiniones -con otros esquemas y otros cauces, naturalmente- hicieron pensar que se avanzaba a buen ritmo y que se maduraba como era deseable. No importaba el desnivel intelectual o de formación e información que lógicamente se daba entre muchos sujetos activos: casi todos expresaban su parecer o rebatían el de terceros. La política, naturalmente, influía poderosamente: eran nuevos tiempos en los que, de alguna forma, se ponía a prueba la inquietud y la sensibilidad ante los problemas del pueblo.
Se debatía, por ejemplo, sobre la presencia en las calles de la policía local, especialmente los fines de semana. Que si era insuficiente, que si no atendía adecuadamente las demandas de la población. Se polemizaba en torno al horario de los espacios polideportivos. Que si no cubría las necesidades de los usuarios. Rompieron el cristal de un colegio y aún no lo han arreglado, fíjate tú, con los riesgos que comporta para el alumnado. Que si el asunto termina siendo objeto de tratamiento en el pleno de la corporación. Y así sucesivamente…
El caso es que esa efervescencia, ese espíritu debatiente, han ido menguando hasta casi desaparecer. Es como, si por ensalmo, se hubieran evaporado las ganas, el ánimo… y, sobre todo, las ideas. Más que otra víctima de la crisis, pues ya se advertían síntomas antes de que ésta se llevara por delante tantas cosas, el debate feneció desvalido, sin que nadie le echara una mano, sin que hubiera un cataplasma de última hora para auxiliarlo y revitalizarlo. Es como si ese pueblo estuviera anestesiado y toda su jovialidad, su dinámica social, su tradicional tolerancia y sus ganas quedaran adormecidas, a la espera no se sabe muy bien si de algún revulsivo para reverdecer laureles o para seguir latiendo con el auge de otrora.
Es que ni siquiera los agentes sociales más llamados a interpretar un papel en ese contexto estaban por la labor. En sentido contrario al de las situaciones reseñadas anteriormente, ahora podía hablarse de incremento de tasas y tributos sin que las voces de rechazo o protesta pudieran ser percibidas con nitidez de lo bajas y distorsionadas que emitían. Ni siquiera la anarquía palpable en la ocupación de la vía pública suscitaba una polémica de esas de andar por la plaza. El colmo, seguramente, quedaba establecido en que la Administración cobraba una tasa por un servicio que no prestaba y apenas un colectivo vecinal era el que se quejaba públicamente.
Claro que el pueblo empezó a perder su identidad. Resignarse, conformarse sin más, era una mala y preocupante señal. Se quebrantaba uno de los factores que le distinguían y reflejaban su estado de salud. Empezó a dejar de ser un pueblo socialmente avanzado, pese a que las redes sociales y su imparable desarrollo, merced al empleo de nuevas tecnologías de comunicación, sembraron semillas de nuevos modos de opinar.
El caso es que las nuevas generaciones aún tienen que demostrar que pueden restaurar, a su modo y en el espacio virtual, el debate perdido. Se han lanzado en su busca pero como que no terminan de encontrar el camino adecuado. Aunque suene a obviedad aplastante, es esencial para la democracia, el pluralismo y la libertad de expresión.
(Publicado en Tangentes, número 52, noviembre 2012)
Se debatía, por ejemplo, sobre la presencia en las calles de la policía local, especialmente los fines de semana. Que si era insuficiente, que si no atendía adecuadamente las demandas de la población. Se polemizaba en torno al horario de los espacios polideportivos. Que si no cubría las necesidades de los usuarios. Rompieron el cristal de un colegio y aún no lo han arreglado, fíjate tú, con los riesgos que comporta para el alumnado. Que si el asunto termina siendo objeto de tratamiento en el pleno de la corporación. Y así sucesivamente…
El caso es que esa efervescencia, ese espíritu debatiente, han ido menguando hasta casi desaparecer. Es como, si por ensalmo, se hubieran evaporado las ganas, el ánimo… y, sobre todo, las ideas. Más que otra víctima de la crisis, pues ya se advertían síntomas antes de que ésta se llevara por delante tantas cosas, el debate feneció desvalido, sin que nadie le echara una mano, sin que hubiera un cataplasma de última hora para auxiliarlo y revitalizarlo. Es como si ese pueblo estuviera anestesiado y toda su jovialidad, su dinámica social, su tradicional tolerancia y sus ganas quedaran adormecidas, a la espera no se sabe muy bien si de algún revulsivo para reverdecer laureles o para seguir latiendo con el auge de otrora.
Es que ni siquiera los agentes sociales más llamados a interpretar un papel en ese contexto estaban por la labor. En sentido contrario al de las situaciones reseñadas anteriormente, ahora podía hablarse de incremento de tasas y tributos sin que las voces de rechazo o protesta pudieran ser percibidas con nitidez de lo bajas y distorsionadas que emitían. Ni siquiera la anarquía palpable en la ocupación de la vía pública suscitaba una polémica de esas de andar por la plaza. El colmo, seguramente, quedaba establecido en que la Administración cobraba una tasa por un servicio que no prestaba y apenas un colectivo vecinal era el que se quejaba públicamente.
Claro que el pueblo empezó a perder su identidad. Resignarse, conformarse sin más, era una mala y preocupante señal. Se quebrantaba uno de los factores que le distinguían y reflejaban su estado de salud. Empezó a dejar de ser un pueblo socialmente avanzado, pese a que las redes sociales y su imparable desarrollo, merced al empleo de nuevas tecnologías de comunicación, sembraron semillas de nuevos modos de opinar.
El caso es que las nuevas generaciones aún tienen que demostrar que pueden restaurar, a su modo y en el espacio virtual, el debate perdido. Se han lanzado en su busca pero como que no terminan de encontrar el camino adecuado. Aunque suene a obviedad aplastante, es esencial para la democracia, el pluralismo y la libertad de expresión.
(Publicado en Tangentes, número 52, noviembre 2012)
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