martes, 19 de mayo de 2015

LA TERTULIA, CUESTIONADA

Quienes participamos en tertulias radiofónicas o televisivas debemos ser conscientes de lo que significa opinar con propiedad, o lo que es igual, hablar sabiendo lo que se dice, principalmente de materias en las que no se es experto o de asuntos específicos de los que se tiene un conocimiento superficial o, simplemente, no se tiene conocimiento.
         Nos ocurrió días pasados en el curso de un espacio al que acudimos semanalmente con otros profesionales. Minutos antes se había tratado la controversia entre un político gomero y un socio con el que había emprendido un negocio privado, a la larga complicado como consecuencia de interpretaciones dispares sobre los intereses. Durante el programa, emitieron la grabación de una conversación entre ambos, probablemente aportada como prueba en la derivación judicializada del caso. Era la primera vez que la escuchábamos y dijimos con toda claridad, cuando nos preguntaron, que no estábamos en condiciones de evaluar ni emitir un juicio de opinión sobre el particular. Entendimos que era lo más consecuente: cuando no se conoce a fondo un asunto -máxime si versa sobre un conflicto entre partes-, lo procedente es andarse con mucha cautela, llegar hasta los límites de la información que se disponga, no especular o decir con toda humildad y claridad que, por desconocimiento, no se está en condiciones de opinar o interpretar. Que el asunto estuviese residenciado en vía judicial, razón de más para actuar en consecuencia. Es lo honesto y lo sensato.
         El género casi se ha convertido en indispensable pero, en algunos casos, ha terminado cansando. En un principio, era una suerte de apertura, estimuló la participación y enriqueció contenidos, sobre todo teniendo en cuenta los perfiles de los intervinientes. Con el paso del tiempo, acaso por la repetición de los mismos, o por múltiples causas, la tertulia -salvo casos muy contados, dado el nivel de prestigio adquirido- ha ido perdiendo peso en los espacios de los que forma parte o en el conjunto de la programación general en la que está incluida.
         El director del Máster en Comunicación Científica, Médica y Ambiental del Instituto de Educación Continua de la Universidad Pompeu Fabra y ex subdirector del periódico La Vanguardia, Vladimir de Semir,  escribía recientemente que, sin querer condenar el formato, la tertulia “en la actualidad se ha convertido en un sálvese quien pueda, donde los tertulianos de turno se  atreven a opinar e interpretar más allá de lo que haría cualquier experto”. El académico advierte que se han dado casos, ante un suceso grave por ejemplo, en que los contertulios “se lanzan a la piscina” antes que los mismos expertos y sin disponer de datos precisos, generando así prejuicios en la audiencia. Para el medio, seguro que es importante contar con testimonios supuesta o teóricamente valiosos pero proclives a arriesgan el sesgo, cuando la realidad quizá evolucione o sea de forma diferente.

         De Semir lo tiene claro: “Si se quiere hablar de temas delicados o que requieran de conocimientos específicos, se tendría que acudir a voces expertas”. Y señala a científicos, técnicos y médicos como los grandes ausentes de las tertulias, considerada por el mismo autor como otra manifestación de la “deriva comunicativa” que, en buena medida, parece afectar a parte del periodismo de nuestros días.  

3 comentarios:

jose antonio pardellas casas dijo...

Pues tienen razón los dos. Salvador hay mucho osado hablando de todo, un TODÓLOGO, experto en ciencias, letras, política, economía...todo, todo. Y da vergüenza oírlos.
un abrazo

jose antonio pardellas casas dijo...

Pues tienen razón los dos. Salvador hay mucho osado hablando de todo, un TODÓLOGO, experto en ciencias, letras, política, economía...todo, todo. Y da vergüenza oírlos.
un abrazo

jose antonio pardellas casas dijo...

Pues tienen razón los dos. Salvador hay mucho osado hablando de todo, un TODÓLOGO, experto en ciencias, letras, política, economía...todo, todo. Y da vergüenza oírlos.
un abrazo