sábado, 12 de septiembre de 2009

HERMANAMIENTOS

Ahora que los tiempos y las circunstancias no están para hermanamientos, bueno será recordar que fueron una interesante figura de acercamiento entre los pueblos una vez recuperados los ayuntamientos democráticos. Los franceses ya los habían puesto en marcha desde hace décadas. Fueron fortaleciéndose a medida que surgían nuevas instancias en las estructuras europeas y, en algunos casos, alcanzaron rango de intercontinentalidad.
Los hermanamientos sufrieron alguna crítica injusta. Como por ejemplo, que sólo servían para que políticos y algún séquito viajaran y se alojaran gratuitamente durante unas fechas. O que generaban un volumen de gastos considerables sin que se correspondieran con la proyección del nombre o la marca del municipio.
Sin embargo, algunos hechos que, en sí mismos, daban carta de naturaleza al hermanamiento -decidido libremente entre las corporaciones que daban el paso-, propiciaban la conveniencia de conocerse mejor y enriquecer, mediante intercambios o las fórmulas que se estimaran más adecuadas, los vínculos que estrecharan las relaciones entre los pueblos.
Por ejemplo, los modelos productivos de un municipio, la similitud de sus respectivas evoluciones históricas, las denominaciones, alguna manifestación sociocultural que con el paso del tiempo se consolidó y adquirió notorio relieve, presencia de núcleos de población, afinidades diversas…
Luego había que dar contenido a los hermanamientos, cómo plasmarlos, y, sobre todo, cómo no dejarlos reducidos a actos institucionales con palabras e intercambio de obsequios. Dependía, naturalmente, de los recursos económicos, de las distancias, de las opciones de viajes de grupos. Pero en casi todos los casos latía la voluntad de ampliar horizontes y ampliar participación, es decir, extender el hecho en sí para que la población conociera el por qué de un hermanamiento.
Si la memoria no es infiel, el Puerto de la Cruz se hermanó con Almunécar (Granada), una localidad costera con un clima similar y que quería abrirse al turismo fuera de la estacionalidad. También con San Bartolomé de Tiajana (Gran Canaria), cuando aún era regidor Francisco Araña del Toro. En aquella ocasión se habló por primera vez y con mucha seriedad del peso que soportaban las haciendas locales de los municipios turísticos que habrían de prestar servicios a una población -la denominaban flotante- muy superior a la de derecho.
Se materializó, asimismo, un hermanamiento con Puerto la Cruz (Venezuela), sin la preposición ‘de’, una preciosa localidad del oriente que, aparte de la casi idéntica denominación y de alguna presencia de paisanos, conservaba elementos geográficos y urbanos muy similares. Un nutrido grupo de portuenses viajó hasta aquella localidad mediados los años ochenta.
Con Düsseldorf, importante ciudad alemana de la Renania-Westfalia, había un intercambio carnavalero desde principios de los años setenta del pasado siglo. La promoción turística y la necesidad de captar cada año segmentos de mercado, más la fama y la promoción que las sucesivas ediciones fueron adquiriendo mediante importantes serias aportaciones personales, hicieron que se plasmara otro hermanamiento, sin duda el más positivo y el más beneficioso desde el punto de vista de interés colectivo.
Ya en pleno siglo XXI, los asesores de turismo de una bellísima ciudad del Adriático italiano, Martinsicuro, provincia de Téramo, descubrieron que algunos de sus pescadores que faenaron en aguas del Atlántico disfrutaban de temporadas de descanso en el Puerto de la Cruz. Además, querían desarrollar un modelo turístico similar. El programa de actos, como en casos anteriores, consignó una devolución de visitas de las respectivas representaciones institucionales.
Y con el municipio palmero de Breña Alta, por aquello de la imagen del Gran Poder de Dios en principio destinada para aquella localidad pero que, al final, según la leyenda, no pudo ser embarcada pues el mar se enfurecía -señal que fue interpretada por los portuenses como voluntad divina para quedarse- debe existir también algún acuerdo corporativo, reforzado con los adoptados por organizaciones religiosas, para que ese vínculo perdure.
En fin, independientemente de los casos señalados, los hermanamientos son útiles, acercan a los pueblos, cualifican las relaciones humanas y puede que hasta favorezcan alguna actividad socioeconómica.
Si se plantean con rigor y se hacen sin derroches, en épocas en las que el egoísmo y la insolidaridad predominan, han de servir como pruebas de que las personas todavía tienen razones para vivir con alicientes nobles y pacíficos.

viernes, 11 de septiembre de 2009

EL DIA QUE ARDIO EL CEDRO

Se cumplen hoy veinticinco años del trágico incendió que se cobró la vida de veinte personas en las cumbres de la isla de La Gomera. Para todas ellas, un respetuoso y aún doloroso recuerdo. Entre las víctimas, un compañero, un amigo: Francisco Afonso Carrillo, quien fuera alcalde del Puerto de la Cruz y gobernador civil de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, cargo que ejercía el día del siniestro.
El que sigue es un relato breve de algunas vivencias de aquella tristísima jornada.
El timbre del teléfono -aún el modelo clásico, de disco- sonó muy temprano aquella mañana que despuntaba. Me despertó.
-Compadre, buenos días. Se nos está quemando el Cedro, en La Gomera. Estoy saliendo para allá. ¿Podrías darte prisa y enviarme un camión y los hombres que puedas para allá?
Fue la última vez que escuché la voz de Paco Afonso, quien aún no había cumplido dos meses al frente del entonces denominado Gobierno Civil.
-¿Tan grave es la cosa?-, balbuceé todavía somnoliento.
Paco lo confirmó, sin entrar en muchos detalles. El problema era la carencia de recursos.
Uno presidía entonces (septiembre, 1984) la Mancomunidad del Valle de La Orotava que disponía de un modesto parque de bomberos, útil para situaciones de emergencia pero a todas luces insuficiente como había quedado de manifiesto en otro incendio forestal ocurrido en los montes de Icod de los Vinos el año anterior.
Llamé en seguida a Jesús Hernández Mesa, el eterno bombero, quien salió raudo hacia Los Cristianos en compañía de José García Expósito, Pepe, para embarcar. No hizo falta repetir las indicaciones, él siempre estaba predispuesto.
Las informaciones que llegaban de La Gomera a través de la radio eran preocupantes pero en ningún momento vislumbramos aquel fatal desenlace, del que tuve primera noticia por Carmelo Martín que hacía el seguimiento desde los estudios de Radio Club Tenerife. Creo recordar que Carmelo, cuando telefoneó para confirmar si sabíamos la suerte del gobernador, se quedó bastante confundido ante mi incredulidad o ante mi ignorancia de los hechos.
Minutos después era Pedro Luis Cobiella quien llamaba al despacho del Ayuntamiento para anunciar lo peor.
A partir de ahí, todo se precipitó: contactos con la Guardia Civil de aquí y de allá, peticiones de información a la desesperada al hospital insular de La Gomera, transmitir la terrible, la durísima información a Félix Real, sucesor de Paco en la alcaldía, a los demás compañeros del Grupo Municipal Socialista... Nadie se lo creía, parecía imposible. Hasta la casa consistorial fueron llegando ciudadanos de toda condición a interesarse por el suceso. Subían las escaleras buscando un testimonio, algo, que les dijera que no era verdad, que se trataba de una confusión, que estaba herido... pero que seguía vivo. La cruda realidad, la confirmación de la muerte de Paco Afonso, sólo alimentaba las lágrimas y las manifestaciones de dolor.
Recuerdo a Loli, ya viuda, cuando llegó, cuando entró en la alcaldía y nos abrazamos entre sollozos.
-Pero, ¿cómo fue?-, se preguntaba reiteradamente mientras compañeras, funcionarias, familiares y numerosas personas trataban de consolarla. Recuerdo a sus cuñados, los hermanos Afonso, visiblemente emocionados.
Aquellas primeras horas fueron tremendas en el Puerto mientras en La Gomera se seguía luchando contra el fuego. Hube de atender telefónicamente a varios periodistas, en tanto que otros que habían acudido al Ayuntamiento movían el dial de la radio constantemente en busca de más noticias. Cuando alguien dijo que había unos veinte muertos, reparé en Jesús y Pepe, los dos bomberos. ¿Qué les habría pasado? En el parque de la Mancomunidad, donde la desazón era evidente, ya sabían que habían sido hospitalizados con quemaduras pero que estaban fuera de peligro.
(Hoy confieso que me sentí aliviado, que dí gracias a la divinidad. A fin de cuentas era yo quien había ordenado que acudieran a combatir el siniestro).
A medida que avanzaban las horas, el dolor y la emoción eran incontenibles. El Ayuntamiento era un constante ir y venir de gentes. Alcaldes de otras localidades acudiron a expresar sus condolencias y a ofrecer lo que estuviera a su alcance. Me tocó avanzar en los preparativos del día después. Eligio Hernández, delegado del Gobierno, anticipó las primeras determinaciones sobre el traslado de los cadáveres del gobernador, de Bartolomé (Lito), su secretario, y de Brito, su conductor del parque móvil. También indicó algo el capitán Bonifacio, de la Guardia Civil, con quien Paco Afonso había entablado una sincera amistad durante su destino en el puesto del Puerto a raíz de su ejemplar comportamiento en la noche del 23-F.
La noticia era que los féretros serían trasladados en el primer barco que llegaría a Los Cristianos a eso de las ocho de la mañana. Organizamos de alguna manera el desplazamiento hasta el sur. Se aprovechó para concretar todo el operativo del día siguiente: había coincidencia, corporativa y familiar, en que habría una capilla ardiente en el Ayuntamiento. El tiempo que fuese. Pero también había que estar en la sede del Gobierno Civil. Así se hizo.
Varios concejales, familiares y amigos permanecimos hasta bien entrada la madrugada en la sede del consisorio. Los silencios empezaron a ser más prolongados, sólo interrumpidos por sollozos, por algún timbre telefónico y por alguna pregunta en voz baja.
Antes de retirarnos, repasamos y ultimamos detalles.
En Los Cristianos, durante la espera, leíamos los periódicos. Hay una escena patética: el desembarco de los cadáveres. La emoción se desbordó. Creo recordar algún momento de histeria. Los abrazos se sucedían. Guardia Civil y Policía Local organizaron con diligencia la caravana que ponía rumbo a Santa Cruz de Tenerife. Allí estaba Manolo Barrios, entonces alcalde, con un transmisor coordinando la salida.
Desde la autopista del sur, accedimos a la capital, rumbo al Gobierno Civil. No eran todavía las diez de la mañana y ya había grupos de gente en las aceras. Unos aplaudían y otros se persignaban al paso. En el exterior del palacete de Méndez Núñez se había concentrado un gentío. Cuando bajamos de los coches, pude palpar el llanto humano, el mismo que compartían Jerónimo Saavedra y Augusto Brito, fundidos en un abrazo en un lateral de la primera planta.
Allí, en medio de un calor sofocante, se concentraron autoridades, representaciones, cargos públicos y un montón de anónimos, personas a las que no conocíamos y que expresaban su solidaridad y sus condolencias.
En un momento de sosiego, Eligio Hernández nos comunica que Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno, y José Barrionuevo, ministro del Interior, viajaban desde Madrid para estar en el sepelio.
Sobre el mediodía, salimos ya hacia el Puerto. Quedaba el trance más difícil. En las calles santacruceras, la gente seguía aglomerándose. El trayecto no se hizo muy largo para la larga caravana. Ya en la ciudad, la multitud en el exterior del Ayuntamiento impresionaba. Al descender el ataúd de Paco Afonso, el dolor invadía cuerpos y mentes. Hubo momentos de desconcierto, de casi no saber qué hacer.
En el salón de plenos, donde tantas sesiones habiá presidido como alcalde apreciado por la población desde abril de 1979, quedó abierta la capilla ardiente. Centenares, miles de personas se acercaban para saludar a la familia, para decir el adiós postrero.
Alfonso Guerra consoló como pudo a Loli González. Diario 16 publicó al día siguiente, en la última página, una elocuente foto de ese momento.
Desde el Ayuntamiento hasta la parroquia de la Peña de Francia. Jamás hubo tanto calor en el templo. El oficio concelebrado fue muy emotivo. A su término, se inició el traslado, a pie, hasta el cementerio. Lentamente, miles de personas acompañaron a Paco hasta su última morada, expresando el afecto que le habían dispensado.
El imprevisible fuego de El Cedro se había cobrado su vida y las de otras diecinueve personas. El luctuoso suceso permanece en la memoria de los canarios. Como jamás se borrarán las últimas palabras que le escuché:
-Compadre, buenos días. Se nos está quemando El Cedro...
Qué premonición, ¿verdad


jueves, 10 de septiembre de 2009

DIEZ AÑOS SIN EL

Se cumplen diez años del fallecimiento en Madrid de Alfredo Kraus. Diez años sin él, aunque su pensamiento sigue latente. Diez años para contrastar la magnitud de su obra, su aportación a la música y a la ópera. Una voz singular. Kraus, la Voz.
En las vísperas de este aniversario, el Cabildo Insular de Gran Canaria ha anunciado la puesta en marcha de una fundación que llevará su nombre. Los restos mortales de Alfredo Kraus y su esposa, según se ha sabido, descansarán en un cementerio de Las Palmas de Gran Canaria, en un panteón que contará con una obra escultórica de Lourdes Umérez.
Un amigo, Manuel Torres, le recibió en su casa de Caracas donde contrastó la sencillez y la sensibilidad de su personalidad. Cuentan también que en ciudades italianas como Florencia no le dejaban reservar hotel: los amigos y los melómanos rivalizaban para que se alojara en sus domicilios.
Guillermo García Alcalde escribe en el periódico "La Provincia" una extraordinaria glosa sobre la vida y obra de Kraus: "La indesviable admiración del artista corre pareja en mi estima con la certeza de haber tratado a una persona en la más amplia acepción". El crítico Jorge Balbás Peña le define como "el último caballero del 'bel canto'" y Jerónimo Saavedra, amigo personal del extraordinario cantante, hace una definición concluyente: "Sentó de cátedra de musicalidad, estilo y fraseo".
Diez años sin él. Una ausencia física pero una voz que sigue enamorando cada vez que se escucha.
Por ejemplo, esta interpretación suya en Santiago de Chile. Pone los pelos de punta. Pinchar en:

miércoles, 9 de septiembre de 2009

ANALFABETISMO

Cuando aparecen datos estadísticos referidos a la educación en Canarias, nos ponemos a temblar. Los últimos, desde luego, son escalofriantes. Fuente: Instituto Canario de Estadística (ISTAC). Veamos:


Hay en las islas 53.430 analfabetos, un 5,9% de los cuales tienen entre 16 y 31 años, lo que supone 2.981 jóvenes. El registro del ISTAC data de 2007 y señala que un 2,8% del total de la población canaria de entonces (un millón setecientas mil personas en números redondos) no sabe leer ni escribir. Por islas, Tenerife y Gran Canaria se sitúan a la cabeza en el número de personas analfabetas, con 26.574 y 19.448, respectivamente. El Hierro figura en el último lugar de esta lista con 283 personas que no han aprendido a leer ni escribir.


Estos datos, contrastados con los del Instituto Nacional de Estadística que recogió recientemente el diario Público, sitúan a Canarias en el duodécimo lugar en la clasificación de mayor número de analfabetos, en una media nacional colocada en un 2,4% y 915.300 españoles que no saben leer ni escribir.


Cuando estamos en plenos preparativos de un nuevo curso escolar, estos datos son los que deben
sustanciar un debate serio en la comunidad educativa. Un debate para diagnosticar y aportar alternativas, pero sobre todo para sensibilizar a quienes están involucrados en la formación de los educandos. Que en las islas, haya casi tres mil jóvenes entre 16 y 31 años que no saben leer ni escribir, es un dato escalofriante.
De presente y de futuro.

martes, 8 de septiembre de 2009

AQUEL IMPONENTE SILENCIO

Dicen que hay muy pocos momentos de silencio que impresionen e impacten más que los precedentes al disparo de salida de la carrera de los cien metros de longitud.

Lo pudimos contrastar nuevamente en ocasión de los pasados campeonatos del mundo de atletismo en Berlín. El estadio olímpico abarrotado; el público expectante; en la pista, los mejores corredores. Hacía muy poco que habían competido en una Olimpíada, habían establecido sus mejores marcas. El inmenso desafío de superarlas estaba planteado para seguir aumentando la gloria.

La gloria de los cien metros. La gloria de los nueve segundos y pico.

Casi todas las televisiones del mundo están transmitiendo o han interrumpido su programación habitual para ofrecer la carrera por antonomasia.

Las imágenes son estimulantes. Los atletas, concentrados, ensimismados, todos al mismo nivel. Se nota cuando les van presentando, cuando anuncian su calle, su dorsal y su nacionalidad. Los más distendidos hacen un guiño, un leve gesto. Su mirada a la cámara es la de alguien que, ahora mismo, tiene un crono en la mente. El público ruge.

Los prolegómenos del desafío se agotan. Un último estiramiento antes de colocar la planta de los pies sobre los tacos o estribos de salida, a la espera del disparo. ¿Para qué o para quién ese último pensamiento antes de salir?

Cualquiera que sea se diluye en el espeso silencio. Porque, de pronto, todos callan. El rugido se ha ido al limbo. No hay sonido, nada se siente. Dura unos segundos, unas centésimas. Pero es el silencio más impresionante, el más elocuente, el que concentra toda la expectación, el que desahogará todas las ansias, toda la emoción, todo el esfuerzo atlético.

Cuando la detonación de la pistola se materializa y la salida se da por buena, vuelve el rugido. Hasta ensordecer. Es como si los corredores se sintieran empujados por ese factor que proviene de ochenta o noventa mil gargantas. El camino a la gloria está expedito. Sólo para los elegidos.

Uno, dos, tres… Las zancadas. Cuatro, cinco, seis… El despegue, la sincronía de los movimientos, el poderío sobre la pista… Siete, ocho, nueve…

Ahí surge su figura inmensa, su distancia, su superioridad insultante… Una mirada al crono para empezar a festejar. El rugido de la marabunta tiene ya niveles de éxtasis incontrolado.

Ha ganado Usain Bolt, el jamaicano. Delante del norteamericano Tyson Gay y del paisano Asafa Powell. Empieza el show del indiscutible triunfador. La marca se confirma: 9.58, la mejor de todos los tiempos.

Ha durado eso el camino a la gloria: nueve segundos y cincuenta y ocho centésimas.

Pero uno se queda, como registro indeleble con ganas de volverlo a experimentar, con aquel imponente silencio. El que antecede a la gloria. Si alguien lo grabó, le invito a que reproduzca y palpe esa sensación.

Espectacular.

lunes, 7 de septiembre de 2009

MAS POSITIVOS

Aquel viejo principio, toda mala situación tiende a empeorar, parece cumplirse al leer unas apreciaciones del presidente de Ashotel, José Fernando Cabrera, relativas a la necesaria transformación de un destino turístico (Puerto de la Cruz) para seguir captando segmentos de mercados emisores como puede ser el británico.
No son nuevas las quejas de algunos sectores empresariales. Si aún en período de vacas gordas, si aún con índices de ocupación al noventa por ciento, podía constatarse malestar, contrariedad o manifestaciones de disgusto, es bastante lógico que, en plena recesión, se acentúen ese estado de ánimo y esos testimonios.
Ni siquiera el relevo generacional alteró esa proclividad de aquel empresariado dado a diagnósticos pesimistas y a críticas escasamente productivas. Estimular la iniciativa privada en busca de un papel más emprendedor, como nos ocupó durante años aún en el ejercicio de responsabilidades públicas, tratando de hacer ver, al mismo tiempo, que la pasividad o la excesiva supeditación al favor de las administraciones públicas para llevar a cabo, por ejemplo, acciones promocionales, podía resultar, a la larga, discutible y poco rentable, se convirtió en una dualidad mal entendida, hasta el punto de que se nos consideró -creemos que injusta y equivocadamente- poco menos que enemigos.
Admitidos, en coordenadas de recíproco respeto, los enfoques diferentes sobre las aristas de un mismo problema, estas recientes afirmaciones del presidente de Ashotel, ceñidas al ámbito concreto del Puerto de la Cruz, refrescan aquella idea expuesta a la misma organización en la segunda mitad de la década de los noventa y tratada de materializar en los primeros años del presente siglo: innovar y cualificar el producto turístico.
Eramos todos conscientes de la obsolescencia de la planta alojativa, de los destinos emergentes -aún en el mismo espacio geográfico- y hasta de la mala fama climática que, paradójicamente, los actores de la zona eran los primeros en publicitar. Se imponía, por tanto, una acción conjunta, pública y privada, orientada a la consecución de nuevas dotaciones y a la sostenibilidad de prestaciones y servicios que constituyeran, de por sí, el principal sostén de la fidelización, algo, por cierto, que ya no parece querer ser alentado con apreciaciones como las que nos ocupan.
De algún modo, este timbre de alarma que ha sonado desde la presidencia de la patronal hotelera confirma que no andábamos errados. Pero, acierto en el diagnóstico al margen y comoquiera que no ha habido grandes avances, se trata ahora de producir mensajes menos pesimistas (que den pie, incluso, a interpretaciones sesgadas de favorecimiento de intereses de otros polos turísticos) sobre la base de actuaciones fehacientes que reflejen una clara voluntad de mejorar, o si se quiere el original, de innovar y cualificar el producto turístico.
Máxime cuando el Puerto de la Cruz es un destino diferenciado, con una historia -equivalente a experiencia-, con unas peculiaridades y con unas potencialidades merecedoras de atención y hasta de mimo. Es difícil a estas alturas encontrar un modelo productivo alternativo, por lo que conviene no andarse con muchas discusiones más sino trabajar con denuedo en pos de aquellas consecuciones que revitalicen el destino.
Mensajes menos escépticos: fijarse que el mismo presidente de Ashotel, en su habitual línea de disconformidad, duda de las bondades del Plan FuturE de renovación turística. Pese a las insuficiencias, pudo aparecer más positivo y señalar, por ejemplo, que las aplicaciones deberían servir a este destino turístico como otro paso más en la tarea que se viene realizando para mantener o ganar cuotas de mercado, en definitiva, para hacerlo más competitivo.
Porque éste es el objetivo en una actividad cada vez más compleja, en la que no bastan las acciones promocionales -cada vez más costosas, incluso en originalidad- y en la que, en tiempos de recesión, requiere de imaginación y energías en búsqueda de oportunidades que favorezcan una recuperación.
Queremos pensar que en esas se está. A pesar del escepticismo y de la crónica disconformidad.

sábado, 5 de septiembre de 2009

LA PIEDRA QUE ENCANDILO A DON PACO

Juan Cruz Ruiz retrata en su blog, Mira que te lo tengo dicho, vivencias, episodios y acontecimientos de su existencia. Hace gala de su prodigiosa memoria, incursiona en ese territorio que tanto le apasiona y que caracteriza buena parte de su obra periodística y literaria.
Días pasados, cuando declinaba agosto, Cruz Ruiz refirió aquel empeño de su padre sobre una piedra de considerables dimensiones que semejaba un meteorito y que había descubierto en el barrio de Santa Catalina, en la carretera desde la que se accede al casco de La Guancha.
Juan fue un buen hijo que atendió la solicitud de su padre: aquello, aquella piedra gigantesca era noticia, había que sacarla en el periódico, de modo que el maestro me endosó aquel trabajo, afectuosamente encargado.
Convencí a Enrique Serrano, el fotógrafo, de que podía ser un reportaje interesante, así que nos fuimos en la mañana de un domingo hacia La Guancha, donde nos esperaba don Paco, el padre de Juan. En las cercanías había estacionado el camión que aún conducía. Apenas concedió respiro: empezó a hablar de la piedra como si fuera suya, como si la hubiese adquirido en algún mercado y quisiera exhibirla o acreditarla.
La nota aparecería publicada pocos días después en Diario de Avisos. Don Paco al lado de la piedra, faltaría más, en la mejor pose que captó Serrano entre cuyos incontables negativos, dispersos y desordenados, puede que esté ese documento que Juan ha pedido tantas veces con resultado infructuoso.
En agosto volvió al lugar de los hechos, a reencontrarse con la piedra de don Paco, con el meteorito (sic) de su padre. Hube de guiarle pues no se acordaba. No descubre en su blog, en aquella huella pétrea, si la inmortalizó con esa pequeña cámara fotográfica que suele utilizar en sus salidas, excursiones y momentos íntimos. Pero sí trasluce la emoción que debió significar la admiración que su padre sintió por aquel probable resto volcánico que las máquinas hacedoras de la carretera afloraron y asentaron allí como mudo testigo, vayan ustedes a saber, de alguna eclosión.
Escribe Juan que ya tiene menos brillo el meteorito que su padre lucía y que se había empeñado en publicitarlo para la posteridad. Da igual, maestro, sigue encandilando. Lo importante ha sido redescubrirla, revivir aquel episodio y haber hecho de algo aparentemente tan irrelevante como una piedra grande al borde una carretera de pueblo una vivencia cargada de sentimientos.
La piedra sigue allí, Juanillo. Es probable que nunca encontremos la foto que Serrano le hizo, tu padre junto a ella. Pero sigue allí, indeleble testimonio de que el periodismo también se fabrica con elementos como los descritos y que más de veinte años después aún están vigentes.
Para los que nos apasiona este oficio, al menos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

MACCANTI, SIEMPRE ARTURO

La voz de Arturo, su cadencia, la poesía de Arturo Maccanti se desgranó de nuevo anoche en La Laguna, en el Ciclo de Poesía Viva que promueve el Centro de la Cultura Popular Canaria.
Arturo es alguien especial en el mundo de la literatura canaria. Esa bondad, esa sensibilidad, esa mirada a la búsqueda de sentimientos y sensaciones...
Aún recuerdo sus lágrimas, nuestras lágrimas, cuando falleció Adrián Alemán y compartimos las primeras horas de aquella geografía lagunera sin él.
Y permanecen frescas todas sus descripciones del paisaje insular, contadas con la franqueza de quien lo ha visto evolucionar, de quien conoce los orígenes y de quien sabe la importancia que tiene para un turista llevarse una grata impresión de lo que visualiza mientras le cuentan.
No fue posible acompañarle anoche pero en la ausencia y en la distancia nos parece que su voz inunda los rincones. Los sentimientos de Arturo, el dolor de la lejanía y del aislamiento, la sutileza a la hora de desencadenar versos y figuras poéticas están donde siempre ha gustado leer y escuchar: "No hay más/ en este mundo/ que isla, cielo y mar".
Pero Maccanti ha ido más allá porque su escritura revela el ansia de universalidad, como así lo ha revelado en cada entrega, en cada lectura de poemas que ha protagonizado este "Viajero insomne", título de una de sus principales obras.
Arturo, su voz, su cadencia "no es más que sombra". En su Laguna del alma. Otra vez el compromiso hondo con sus ejes poéticos y el reflejo de una personalidad tan sensible en "La tierra sola":
"Si he sido un hijo de tus soledades/ si sufrí como míos tus yugos y abandonos/ si amparaste a mis muertos, si das luz a mis vivos/ si nada te pedí a cambio del amor, mira, al menos/ cuando sea ceniza/ que no me esparza el viento más allá de tu orilla".

jueves, 3 de septiembre de 2009

TRAS LA CAÍDA

El despacho de agencia, fechado en Barcelona, daba cuenta de una de esas noticias curiosas: un peatón fallece tras caerle encima el cuerpo de una mujer suicida que se había arrojado desde un octavo piso. La mujer falleció en el acto, mientras que el peatón, de origen ucranio, resultó malherido y moriría poco después en el hospital donde fue ingresado.
Ya es mala suerte, ya: ir tranquilamente por la vía pública y recibir un impacto mortal. Estamos expuestos a cualquier accidente. Es tremendo.
El despacho refrescó un episodio similar ocurrido en el Puerto de la Cruz hace unos cuantos años. En las inmediaciones del refugio pesquero, dos amigos, sentados en banco, protegidos a su vez por un laurel de indias, hacían lo que habitualmente: disfrutar de la brisa marina mientras fumaban sus últimos cigarros del día.
De pronto, les cayó encima el cuerpo de una mujer. La caída, parece que desde una quinta planta, quedó amortiguada por las ramas del laurel. Pero ellos sufrieron las consecuencias, tal es así que fueron ingresados durante un tiempo en establecimientos clínicos y sufrieron heridas que dejaron secuelas. Pero Julián y Gilberto, los perjudicados, pudieron contarlo: lo hacían con humor variable, según la intensidad de los dolores que les ocasionó el impacto. Es más, hasta eludiendo las connotaciones de las causas de la caída de la mujer que resultó ilesa.
Pero el suceso les marcó y hoy, ya con Gilberto ausente, es recordado, con más gracia y desenfado que otra cosa.
Todo lo contrario de lo ocurrido en Barcelona. Lamentablemente, allí, en el lugar de los hechos, no había árbol que amortiguara.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

'PINEO', EL ETERNO SUPLENTE

El sábado envió a un amigo suyo a casa con la caja de duraznos. Cumplió. Vaya que sí. De manera que ahora, aún aturdido por la noticia de su fallecimiento, es el motivo de la despedida que nunca hubiésemos querido escribir.

Los duraznos, la broma recurrente de cada año. Los que, puntualmente, cada verano, traía desde San Juan de la Rambla para una selección de amigos. Hace unos pocos días, en la clínica, la última vez que hablamos, volvió el sarcasmo afrutado en la peculiar forma de su declinante trabalenguas:

-Espero comerme pronto esos duraznos, ¿eh?

Apenas tardó cuarenta y ocho horas en cumplir con lo que ya era un ritual del estío. Pero, evidentemente, ahora, los frutos no sabrán igual, han quedado amargos con el fallecimiento de quien los proporcionaba: Justiniano González Alvarez, más conocido por ‘Pineo’ (hay quien también le identificaba como ‘Guti’), un portuense de pro, futbolista, empleado ya jubilado del servicio eléctrico municipal y militante activo del Partido Socialista Obrero Español.

Esposo y padre ejemplar, era una personalidad sin par la suya. Receloso, irónico, cascarrabias pero menos, mordaz, atento, servicial, informado a su manera… En el fondo, un personaje popular del Puerto de la Cruz que será recordado por su paso, siquiera de eterna suplencia, en el equipo de fútbol representativo, al que había accedido desde el juvenil Juventud Portuense.

Era portero. Y fue componente de aquel célebre equipo que conquistó el ascenso a la primera categoría de entonces, bajo la dirección de Ramón Mesa Fariña, años después llamado el “pequeño Real Madrid”. ‘Pineo’ siempre fue suplente: tuvo la mala suerte de tener delante a ‘Tito’ Rodríguez Mesa, titular indiscutible hasta su lamentable lesión. En las fotos de la época, siempre con El Peñón al fondo, puede verse a ‘Pineo’, en un lateral, con su cara de bonachón, con su suéter de pico y las rodilleras, inequívocas señales de los cancerberos de los años sesenta.

Célebre es la anécdota que protagonizó en San Andrés, cuando Mesa le encargó la defensa de la portería. El balón caía con demasiada frecuencia a la zona de playa y era rápidamente sustituido. En esto, que lo lanzan sobre el área de Puerto Cruz y sale ‘Pineo’ a despejar de puños. Pero también envían el que había caído a la playa y el singular portero aleja éste precisamente, en medio de la rechifla general. Mesa casi le desintegra. El meta nunca, pero nunca, aclaró si el árbitro dio por válido el gol que había encajado. Hace unos meses, por cierto, se encontró en la plaza del Charco con Nené, arquero valiente que fuera del San Andrés y del Tenerife. Habían cumplido juntos el servicio militar y no se habían vuelto a ver desde entonces.

La plaza, el muelle, San Telmo, Las Cabezas, El Peñón… eran sus sitios preferidos. Allí bromeaba y se enfadaba. Allí vendía lotería y aguantaba todo tipo de dichos, ciertos o no. Como los que coleccionaba jugando al dominó. Y como los que administraba a la espera de una resolución sobre la interpretación de un convenio colectivo. ‘Pineo’ encabezó la acción judicial solventada a favor de los trabajadores.

Muy pocos como él para sobrellevar una campaña electoral. Allí estaba, en cada acto, para montar el tinglado y ultimar la instalación eléctrica. Una noticia o un comentario desfavorable eran encajados como una contrariedad. Aún recuerdo sus lágrimas en la noche de la derrota histórica del 2003. Su socialismo era de convicción ideológica a toda prueba. Cabal y consecuente.

Descanse en paz un buen amigo, el eterno suplente: ‘Pineo’.