sábado, 25 de julio de 2009

EL FESTIVAL DE GILBERTO

Aviones y avionetas que sobrevuelan el término municipal y la franja norte del litoral de la isla anticipan una nueva edición del Festival Internacional de Aeronáutica y Aeromodelismo que lleva el nombre de la ciudad.
El padre de la criatura es Gilberto Hernández Linares, un popular personaje que sobresalió por hechos insólitos y por un peculiar talante que le hizo desafiar no pocas situaciones comprometedoras de las que salía airoso con un desenfado singular.
Algo hemos escrito de él y seguro que no faltarán ocasiones para rescatar alguna de sus vivencias, convertidas en anécdotas, algunas deformadas por la leyenda popular y otras permanentemente vigentes en conversaciones donde predominan la nostalgia y los recuerdos de un Puerto que jamás volverá.
Pero, lo dicho: fue Gilberto, junto con algunos colaboradores (Paco Jordán, Zenón Pérez, Manolo Tavío, Miguel Angel Torres, uno mismo), quien promovió una convocatoria pública que, con carácter anual y coincidiendo con las Fiestas de Julio, sirviera para fomentar el aeromodelismo, en aquellos años, finales de los setenta, muy constreñido a vuelo circular y primeros aparatos de control remoto.
Gilberto Hernández, más conocido por “Orejas”, fue siempre un aviador en potencia. Le apasionaba ese mundo. Protagonizó verdaderas “hazañas” (y no queda más remedio que entrecomillar el término) como cuando al mando de una avioneta “Piper” sobrevoló el campo “El Peñón” e hizo arrojarse a algún futbolista a la cancha de tierra en tanto un espectador que gozaba de una privilegiada atalaya en una vivienda cercana también cayó al suelo. En otra ocasión, mientras distintas autoridades inspeccionaban unas obras en la playa de Martiánez, descendió tanto que algún alto cargo se lanzó sobre la arena (Cuentan que fue este episodio el que motivó que le retiraran la licencia, pero no está comprobado).
Le apasionaba la aviación, de lo que derivó su interés por el aeromodelismo. En el garaje del desaparecido chalé de la calle Valois, guardaba una admirable colección de aparatos, motores y adminículos. Nos la enseñaba pero apenas nos dejaba tocar las piezas, “porque las contaminan con esas manos”, llegó a decir.
Sus conocimientos le permitieron enseñar trucos y maniobras a quienes se iniciaban en ese mundo, no exento de cierto carácter autoritario. En cierta oportunidad, probando modelos en el parque San Francisco, le dio una bofetada a Francisco González Yanes -décadas después, propietario de una compañía de aviación- por haber estrellado un aparato recién compuesto contra una escalera.
Con experiencias como ésa, y otras muchas, basadas en entrenos en descampados y visitas a la “Casa Portuguesa”, un establecimiento santacrucero donde le ponían al tanto de todas las novedades, fraguó Gilberto Hernández el Festival, cuyas primeras ediciones tuvieron como escenario el campo El Peñón, donde se congregaban centenares de personas que allí pudieron ver las habilidades de los “hombres-pájaro”, tal como él les llamaba, antes de que las denominaciones “Ala Delta” y parapente terminaran imponiéndose.
Hernández se llevó el festival luego a los terrenos del futuro parque marítimo, una explanada que despejaban en la víspera para los ensayos y para alguna exposición de material militar. El certamen fue creciendo. Nadie se lo explica pero lo cierto es que logró involucrar a las autoridades militares, especialmente al Mando Aéreo de Canarias (Macan), que facilitaban la disponibilidad de aparatos y unidades que participaban en aquella convocatoria que terminó siendo uno de los números principales del programa de las fiestas.
Gilberto tenía también una cierta predilección por las formas y se inventaba una cierta liturgia que procuraba desarrollar casi de forma escrupulosa. Siempre buscaba un pregonero que actuara como presentador de la edición correspondiente. Gestionó un año la presencia de la prestigiosa “Patrulla Aguila”. Se las arregló para que los aparatos F-5 y F-18 lucieran todas sus potencialidades sobre el cielo portuense. Logró que paracaidistas se lanzaran sin reservas. Hizo que avionetas del Aeroclub se ejercitaran en los alrededores del refugio pesquero portuense. Consiguió también que Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil, Policía Local y efectivos de las unidades de sanidad, seguridad emergencias del Gobierno de Canarias coordinasen sus acciones para llevar a cabo ejercicios tácticos y reales.
Vivía todo el año pensando en el Festival. Era la motivación principal de su vida. Nunca pensó en beneficio propio. Siempre antepuso el Puerto de la Cruz y su proyección a cualquier otro interés. Mentía y engañaba con simpatía. Lidiaba a autoridades militares como si de un consumado experto se tratare. El se las ingeniaba para que, al final, hubiera cóctel y placas para todos: participantes, invitados y autoridades. Y encima, se permitía comentar, en tono crítico y sarcástico, con memoria fotográfica, algunas secuencias del Festival y sus preparativos.
Un gran tipo, Gilberto, a quien evocamos cuando la ciudad se abre para una nueva fiesta del aire y de las alas. La fiesta que él parió y que algunos, con mucho mérito y pensando en su memoria, han tenido la dicha de continuar.

1 comentario:

emilio dijo...

Siempre recordaré la imagen de Gilberto unida a la del Festival de Aeromodelismo. En Julio no se podía hablar con él de otro tema, pero lo que más me admiraba era la actitud del amigo Paco Jordán que emulando a Job lo "aguantaba" durante todo el año.
Gracias por esta evocación.
Emilio Zamora