viernes, 11 de enero de 2019

REDES, DÓNDE EL LÍMITE

Arrecian las críticas por el mal uso y determinados contenidos de las redes sociales. Hay un debate que abarca desde la proliferación de troles (personas que publican mensajes provocadores, exabruptos o fuera de contexto con ánimo de molestar), a la difusión de bulos y paparruchas pasando por el abandono de usuarios que se cansan del mismo sesgo y de las ofensas o insultos que proliferan, amparándose en la sufrida libertad de expresión y en una vasta impunidad. Los responsables de las redes dicen haber tomado medidas o siguen estudiándolas a fondo para impedir o disuadir la circulación de especies adulteradas, descalificaciones a tutiplén y afirmaciones de finalidad perversa.
En el seguimiento que prestamos regularmente a este fenómeno de la comunicación de nuestro tiempo, descubrimos trabajos e investigaciones que contribuyen a una clarificación de la complejidad que caracteriza el funcionamiento de las plataformas, concebidas para acercar, para estar más próximos unos de otros, para intercomunicar a velocidad de vértigo y para suplir carencias de todo tipo. Lástima que, en el ámbito concreto de los periodistas y profesionales de la información, los que pudieran ser instrumentos o canales útiles y válidos para llevar a cabo sus tareas se vean desvirtuados y hasta degeneren, de forma que propicien la confusión -incluso en el ámbito personal o privado- terminen volviéndose en contra y mermando su propia credibilidad.
De uno de esos trabajos, en efecto, se extrae la siguiente cuestión: ¿cuál es el límite personal en las redes? Las mujeres parecen llevar la peor parte. Según un informe reciente de Amnistía Internacional, “las mujeres corren mayores riesgos de ser humilladas, intimidadas, menospreciadas, degradadas o silenciadas”, en tanto que un estudio de la International Women's Media Foundation (IWMF), organización que trabaja para elevar el estatus de las mujeres en los medios de comunicación, concluyó que “cerca de un tercio de las mujeres periodistas ha considerado abandonar la profesión debido a las agresiones on line”.
El testimonio al respecto de dos profesionales muy activas en redes es muy significativo. Una de ellas, Anna Codrea-Rado, freelancer especializada en cultura y tecnología, señala que “la violencia y el abuso nunca deberían ser tolerados ni aceptados como parte del trabajo”. Y aconseja: “Si te han agredido como resultado de un artículo que publicaste, envíale esos mensajes a tu editor”. La otra, Dodai Stewart, editora del popular Metro en el New York Times y una de las fundadoras del sitio para mujeres Jezebel, con más de cuarenta mil seguidores en Twitter, advierte que todos deben tener cuidado con lo que comparten on line, pues incluso la información personal aparentemente inocente o inofensiva, podría ser usada con malvados propósitos. Stewart fue víctima de acoso, de ahí que suela no publicar su ubicación en el momento que está en activo. Por eso revela que es myt rápida bloqueando y silenciando personas: “En mi configuración solo veo respuestas de las personas a las que sigo en Twitter. Eso es muy útil”.
Las dos periodistas coinciden en la utilidad del trabajo en redes: buscar fuentes e indagar en historias, interactuar con los lectores, seguir acontecimientos en vivo y proyectar el propio trabajo. Sugieren presentarse, exponer los puntos de vista y explicar los intereses, de modo que así sea posible trazar la línea divisoria entre lo estrictamente profesional y lo personal, el límite personal en las redes. Eso obliga a un ejercicio de máximos en la aplicación de las buenas prácticas periodísticas, más allá de los lógicos y exigibles cuidados que hay que tener cada vez que se compartan contenidos. Pensemos en que ese fondo de marketing o de autopromoción requiere diligencia para saber diferenciar, para poner cada cosa o cada objetivo en los lados adecuados separados por esa todavía delgada línea separadora.

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