jueves, 9 de abril de 2020

APLAUSO, APENAS UN SONIDO


¿Por qué molestará a algunos el aplauso de las siete, una hora más en la península, desde ventanas y balcones? No se entiende bien, la verdad. Ni siquiera confiriéndole el sesgo ideológico para expresar la contrariedad. ¿Por qué esa manía persecutoria de lo que no es más que un gesto espontáneo, una expresión de desahogo de las circunstancias que concurren y que afectan a la práctica totalidad de la población?
Y lo que es más: aplaudir es un ejercicio libre, voluntario, no impuesto. Aplaude quien quiere y puede, quien solo quiere premiar o corresponder a quienes se esmeran en la pandemia para atender a los demás, a quienes trabajan sin desmayo (a veces con escasos medios y recursos) para salvar vidas, para trasladar a personas, para llevar enseres y comida, para propiciar seguridad y hacer cumplir las disposiciones indispensables con tal de contener la pandemia.
Aplaudir es un acto de desprendimiento y generosidad. A esa hora se sale para manifestar ánimo y solidaridad con profesionales y colectivos que impulsan, a su manera, las ganas de que esto acabe. No son palmeros contratados. Ni mucho menos los que están respondiendo a una convocatoria de algo o alguien en concreto. No hay otro móvil que el muy noble de de seguir estimulando el quehacer y la entrega de quienes trabajan de forma abnegada, fortaleciendo el sistema público sanitario y poniendo a prueba la prestación de los servidores públicos en sus respectivos ámbitos y cometidos.
¿Qué hay de malo en aplaudir? ¿Por qué ese incomprensible reproche a quienes lo hacen? Sobre todo, si ello va acompañado, como se ha visto, de alguna recomendación torticera o con tintes de antipatía, por decirlo de forma benevolente. Esa sí que es una instrumentalización. Se aplaude para expresar gratitud.
Se ha hecho casi desde el primer día de la alarma. Como ha sucedido en el exterior de hospitales, donde se concentra el personal sanitario, que se emociona cuando despide, por ejemplo, a quien ha causado alta médica. Y cuando se junta con soldados, policías o bomberos, unos frente a otros. Si por ellos fuera, se fundirían en un abrazo para animarse, para recordar que hay que estar así de unidos con el fin de atender el denso trabajo que aún queda hasta que acabe la pesadilla. Particularmente emocionantes han sido los aplausos proferidos para decir adiós a algún compañero caído en acto de servicio, nunca mejor empleado el tópico. Porque los sentimientos existen y cuando llega la hora de desahogarlos, se hace con motivación y sin otras estridencias que las dictadas por el corazón y por la razón. Sin esperar nada, sin aguardar otra cosa que la suma de más personas, de más vecinos y de más compañeros.
Aplaudir porque sí, bastaría decir. O quizá moleste porque es sano y noble. Se suma quien quiere, quien se adhiere para ser uno más, para saludar a los de enfrente y a los de al lado. A quienes también siguen el ‘aplausómetro’ desde las calles o desde las plazas cercanas que ni siquiera así son los patios de vecindad de los que tanto se ha hablado en episodios y relatos. El horno está para chismografía, para contar, al modo de cada quien, lo que han dicho en la radio o lo que se ha visto en la tele, para contar el fallecimiento reciente de alguien o para saludar simplemente después de merendar o antes de cenar.
¿A quién se molesta con el aplauso sencillo? Pero si es un flash, un sonido, un momento de alegría y catarsis en medio de tanta penuria.
Día 25 de la alarma

Hoy no saldrá el Gran Poder de Dios. Para muchos portuenses, era el Viejito el que marcaba el comienzo de la Semana Santa. Su procesión fue siempre muy concurrida, incluso en los años que menguó considerablemente la asistencia a estos cultos. Vienen a la memoria tantos cofrades, tantos componentes de la hermandad, impecablemente trajeados, y tantos fieles acompañando a la imagen que hoy, por mor de las circunstancias, no procesionará. El redoble seco del tambor tendrá que esperar.

Han vaciado la pila de la ñamera de la plaza y las palomas se quedan en el bordillo sin poder beber. Algunas, las muy atrevidas, apuran la humedad de los hoyuelos y de los pequeños charcos que restan. Los pájaros, desde las copas de los árboles, amenizan el amanecer. Pero no hay problema: ya han adaptado el nuevo refranero: “No por mucho madrugar vas a salir a desayunar”.

Pendientes seguimos de la confirmación del Cabildo. A partir del lunes se podrá pasear por zonas abiertas y avenidas marítimas, siempre provistos de de DNI o tarjeta de residente. Se supone que tendrán que coordinarse, si es que al final se decide la autorización. Cuidado, no sea que la ansiedad por salir eche a perder todo el esfuerzo de confinamiento realizado hasta ahora. Así lo expresamos en la tertulia de COPE Tenerife, reducida unos minutos porque comparecía el obispo.

Las escenas de los mayores abandonando su internamiento hospitalario emocionan. Qué ejemplo de entereza y de voluntad, mentes preclaras que ya han vivido tantos reveses, tantas tribulaciones, que este trance lo resisten y lo superan. Unos salen de pie y otros en silla de ruedas. Despiden a su enfermero o a su médico y hablan a través de la mascarilla mientras sus familiares y vecinos les aclaman al llegar a los exteriores de su domicilio.

Planetacanario.com, de Vicente Pérez, publica un trabajo del fotoperiodista Moisés Pérez en el que plasma cómo los vecinos del bloque de viviendas ‘Isla Lanzarote’, en La Vera, agradecen, con pancartas y carteles que cuelgan de balcones y ventanas, las aportaciones de los sectores y colectivos que se esmeran para que nade falte. Es una expresión de gratitud y solidaridad que refleja la idiosincrasia de los portuenses. Por la tarde, circulan mensajes e imágenes de ese barrio que preocupan. Algún incidente, alguna conflictividad en la convivencia que ojalá no pase a mayores.

La consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias registra en esta fecha mil setecientos veinticinco casos acumulados de coronavirus (hasta el término es desagradable de escribir). Por municipios, el Puerto de la Cruz tiene treinta positivos y un fallecido.

En algún lado leemos que la poco sospechosa OCDE pone de ejemplo a España en la lucha contra COVID 19 y Aday Ruiz, ex concejal del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, hace una pregunta muy seria en su muro de facebook: “Los medios de comunicación, habiendo sido declarados servicios esencial, ¿se puede acoger a los ERTEs?”.

Hay mensajes, en las redes y en la mensajería móvil, difíciles de digerir. No solo por injustos y por deformaciones de la realidad sino por absolutamente inapropiados. Resolvemos no atenderlos ni contestarlos, aunque no se diluyan del todo en ese tráfago incesante de la política mal entendida.

Soñar la recuperación”, llamativo título del texto que publica el eurodiputado canario Juan Fernando López Aguilar en el Huffington Post. Síntesis: la Unión Europea se juega su crédito ante el COVID 19. Cualquier alternativa a la solidaridad tendría un coste inasumible.

Se aplazan las Jornadas Cervantinas de La Orotava. Quedan para otoño. Tan buen trabajo bien merece una celebración que las consolide.

La luna llena que ilumina la noche silenciosa (parece que está ahí mismo) augura el éxito.



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