martes, 28 de abril de 2020

HABITUARSE A... EN LOS HOTELES


Profesionales del sector hotelero coinciden en señalar la conveniencia de que las unidades alojativas (hoteles, apartamentos y residenciales) cuenten con una certificación sanitaria, denominada “COVID free”, que facilite la identificación de aquellos establecimientos “libres de coronavirus”.

Algunos destinos ya preparan algo al respecto. Consideran que es básico transmitir seguridad cuando se reanude la actividad. Se da por hecho que los clientes, de todas partes, van a ser exigentes y querrán alojarse en un lugar seguro. Salud, seguridad y empatía, en efecto, serán factores consustanciales a la oferta y, lo que es más, influirán poderosamente a la hora de escoger lugares vacacionales o de descanso. De hecho, ya hay algunos estudios de mercado que anticipan los países que, en mejores condiciones, van a afrontar las etapas del desconfinamiento, según las determinaciones de cada gobierno.

(Atentos en este sentido: cuando redactamos la presente entrada, el periódico El Día publica una información en la que se señala que tanto el Reino Unido como Alemania descartan Canarias como destino para el resto del año).

Habrá que habituarse a escenas tales como la toma de temperatura antes de cruzar la puerta de acceso al hotel, la realización de un test rápido para verificar si se es portador de coronavirus y la inspección del teléfono móvil que habrá de llevar una aplicación que revelará cuáles han sido los últimos desplazamientos. Una vez verificados los resultados de estas pruebas, se podrá acceder a la recepción con mascarilla y guantes. Las personas que atiendan estarán protegidas con una mampara de metacrilato. Si hay más clientes, tendrán que guardar una distancia mínima de dos metros, tomando como referencia unas marcas de seguridad que habrá en el suelo. El ascenso funcionará por voz, para no tener que apretar botones. Y hasta es probable que el buffet sea sustituido por un servicio de habitaciones que dejará las bandejas en el exterior de las puertas, en el pasillo. Por supuesto, todo el hotel será desinfectado a fondo periódicamente. Los clientes dispondrán de geles con hidroalcohol higienizante por todas partes. A la espera de vacunas y terapias, habrá que acostumbrarse a convivir con estas medidas y con estos métodos. Un cambio sustancial, desde luego. A ver cómo se adaptan la industria… y los visitantes.

Pero habrá que tener en cuenta fundamentos uniformados de coordinación. Se supone que la eficacia de las medidas dependerá mucho de ellos. De ahí que la Confederación Española de Hoteles y Alojamientos Turísticos (CEHAT) haya advertido de la necesidad de no dispersar, o lo que es igual, si cada destino, cada territorio o cada asociación empresarial actúan a su aire o de forma unilateral, los pretendidos resultados no serán beneficiosos sino, probablemente, todo lo contrario.

De modo que orden y concierto. Bastantes dificultades hay ya como para no cumplir con requisitos que son esenciales para la convivencia del futuro.

Día 44 de la alarma

La valoración de la jornada dominical sirve para arrancar la semana con ganas de avanzar. La valoración es desigual: unos defienden la medida, la dan por buena, positiva; otros muchos creen que se contrastó la irresponsabilidad pues en pocos lugares se respetaron las indicaciones de las autoridades. Algunas imágenes lo atestiguan. Ni distancias ni nada. Y eso que no había cafeterías ni terrazas abiertas.

Un dron sobrevuela la plaza del Charco cuando andamos en busca de una impresora para obtener un documento. Otros vecinos que habitualmente aplauden cada tarde creen que nos están controlando demasiado.

A las doce del mediodía, conexión puntual para una reunión telemática con los componentes del grupo de conocimiento turístico, Calínico, coordinado por Eduardo Solís. Participan diecisiete profesionales, algunos de ellos en activo. Aportaciones valiosas a partir de las experiencias vividas desde dentro, de las previsiones sobre escenarios y de los anhelos comunes: que la pesadilla acabe cuanto antes. Hay coincidencia en señalar que no están despejadas algunas dudas para poner en marcha la maquinaria: el proceso de recuperación será lento. Medidas sanitarias, por supuesto: certificaciones y demás. Ayudas para las líneas aéreas: parecen indispensables. Promociones intensas, escogiendo bien los mercados. Por nuestra parte decimos que el conjunto de iniciativas e impresiones sea incorporado a los procesos que están en marcha para contar con un plan de choque específico para la industria turística, sustentando en inversión pública y privada; con un proyecto nacional de Especificaciones Técnicas y Sello de Garantía para la prevención de la COVID-19 que está elaborando el Instituto de Calidad Turística Española y el catálogo que se ha propuesto la Asociación de Municipios Turísticos para llevar a cabo, de forma racional y secuenciada, el desescalado de las actuales medidas de confinamiento en el que habrá de ser incluida la reapertura de los destinos turísticos.

Dura tres horas la sesión. Aprendimos, como siempre. Como también de una entrevista con el historiador estadounidense Timothy Snyder, publicada en El País, con un extracto en primera página. Le confiesa a Juan Cruz Ruiz que el autoritarismo está perdiendo atractivo. Habla de las instituciones como guardianes de la decencia, una decencia que está en peligro. Snyder denunció en un libro “la tiranía de la mentira”. Por eso ahora, en plena pandemia, pondera el papel de los medios de comunicación, especialmente a partir de la transparencia en el tratamiento que concedan a las enfermedades.

Los datos de empleo en Canarias para acabar la primera jornada de la semana: la tasa de paro juvenil se acerca al 40 % (es muy oscuro del panorama, desde luego); y el planteamiento de Comisiones Obreras para prorrogar los Expedientes de Regulación Temporada de Empleo (ERTEs) por fuerza mayor hasta seis meses en el sector turístico, una vez sea levantado el estado de alarma.

En las última veinticuatro horas, tres fallecidos más en Canarias por COVID-19. El virus que no cesa.


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