miércoles, 21 de enero de 2026

La belleza revolucionaria era una entelequia

 

Habría que preguntarse ahora por qué el comandante Hugo Chávez Frías, presidente que fuera de la República de Venezuela, calificó a aquella revolución como bonita. Se refiere al proceso político iniciado a partir de 1999, caracterizado por su retórica inspirada en Bolívar, el libertador, la lucha contra la pobreza y el imperialismo, buscando una democracia participativa y la unidad latinoamericana, aunque su trayectoria ha sido posterior objeto de debates y controversias sobre su legado y resultados.

Los últimos acontecimientos el país hermano revelan que no era tan bonita. Es más, que el sustento revolucionario era más bien escaso. Una revolución presunta, pues. ¿Dónde habrán ido a parar aquellas milicias populares exhibidas en televisión en vísperas de aquel asalto incalificable con nocturnidad y alevosía que se liquidó con el secuestro del ex presidente Maduro y su esposa, la primera combatiente Cilia Flores? Bueno, con eso y la ‘dedocarcia’ omnipotente colocando a Delcy Rodíguez en la presidencia. Bueno, con eso y la humillante imagen de María Corina Machado postrando su premio Nobel en la mismísima Casa Blanca. Ilusos. Llegó el gringo y mandó a parar. Cierto que Chávez había consolidado un marcado carácter popular en las Fuerzas Armadas para defender ese proyecto revolucionario y cierto que había retomado los ideales de Simón Bolívar para construir una “patria bonita” y supuestamente socialista sustanciada en la independencia y unidad de América Latina, oponiéndose al capitalismo liberal y a la política exterior de Estados Unidos.

A lo que quedaba de revolución le dio por liberar presos políticos. ¿Por qué habían sido encarcelados? ¿Por pensar distinto, por no aceptar desmanes? Entre ellos había diecinueve periodistas y trabajadores de prensa. O sea, que habían accedido a un lugar privilegiado de la lista de enemigos del régimen. Seguro que había todo un plan para liquidar al ecosistema mediático. Para esa lección de periodismo que ha logrado sobrevivir en medio de tribulaciones y penurias que es el diario ‘El Nacional’, “la presunta revolución bolivariana es alérgica a la libertad, contraria al funcionamiento de medios independientes sin tutela del Estado”.

Y detalla: “Se usaron todos los resortes del aparato estatal para dictar leyes de persecución, para multar medios con penas exorbitantes, para expropiar empresas que pudieran dedicar recursos como anunciantes y, por tanto, financiar medios privados como ocurre en todo el mundo democrático, para comprar con fondos públicos y complicidades las voluntades de dueños de marcas periodistas de larga data y luego conducirlas a su virtual desaparición.

El resultado ha sido un cementerio de medios en un país en el que durante los 40 años de la maldecida democracia parida en 1958 los medios habían adquirido una presencia vigorosa en la vida nacional. Diarios, canales televisivos y emisoras radiales con voz propia que mantenían una vigilancia diaria de la salud política, social, cultural y económica de la nación”.

Es lógico que se hable de un proceso social, de una pretendida revolución, en términos de fracaso. Es lo que la nación ha padecido durante más de dos décadas y media de desorden, despilfarro, corrupción, vejación, burla y desdén. La presunta revolución ha sido un fraude aun mayor que el cometido el 28J.

 ‘El Nacional’ llega aún más lejos:

“La revolución insaciable no se conformó con la desaparición casi completa del sistema de medios que era el pulso del país. Un caso digno de estudio y análisis, nunca visto en ninguna de las terribles dictaduras que asolaron América Latina. Pero no les bastó. Se ensañaron contra las personas, contra venezolanos que decidieron ejercer el periodismo aún en condiciones tan desventajosas y hostiles”.

Como todavía quedan periodistas entre rejas, es lógico también que el siguiente paso sea una Ley de Amnistía. Pero la belleza de la revolución sigue siendo una entelequia.

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