Habría que preguntarse ahora por qué el comandante Hugo Chávez
Frías, presidente que fuera de la República de Venezuela, calificó a aquella
revolución como bonita. Se refiere al proceso político iniciado a partir de 1999, caracterizado por su
retórica inspirada en Bolívar, el libertador, la lucha contra la pobreza y el
imperialismo, buscando una democracia participativa y la unidad
latinoamericana, aunque su trayectoria ha sido posterior objeto de debates y
controversias sobre su legado y resultados.
Los últimos acontecimientos el país hermano
revelan que no era tan bonita. Es más, que el sustento revolucionario era más
bien escaso. Una revolución presunta, pues. ¿Dónde habrán ido a parar aquellas
milicias populares exhibidas en televisión en vísperas de aquel asalto
incalificable con nocturnidad y alevosía que se liquidó con el secuestro del ex
presidente Maduro y su esposa, la primera combatiente Cilia Flores? Bueno, con
eso y la ‘dedocarcia’ omnipotente colocando a Delcy Rodíguez en la presidencia.
Bueno, con eso y la humillante imagen de María Corina Machado postrando su
premio Nobel en la mismísima Casa Blanca. Ilusos. Llegó el gringo y mandó a
parar. Cierto que Chávez había consolidado un marcado carácter popular en las
Fuerzas Armadas para defender ese proyecto revolucionario y cierto que había
retomado los ideales de Simón Bolívar para construir una “patria bonita” y
supuestamente socialista sustanciada en la independencia y unidad de América
Latina, oponiéndose al capitalismo liberal y a la política exterior de Estados
Unidos.
A lo que quedaba de revolución le dio por
liberar presos políticos. ¿Por qué habían sido encarcelados? ¿Por pensar
distinto, por no aceptar desmanes? Entre ellos había diecinueve periodistas y
trabajadores de prensa. O sea, que habían accedido a un lugar privilegiado de
la lista de enemigos del régimen. Seguro que había todo un plan para liquidar
al ecosistema mediático. Para esa lección de periodismo que ha logrado
sobrevivir en medio de tribulaciones y penurias que es el diario ‘El Nacional’,
“la presunta revolución bolivariana es alérgica a la libertad, contraria al
funcionamiento de medios independientes sin tutela del Estado”.
Y detalla: “Se usaron todos los resortes del aparato estatal
para dictar leyes de persecución, para multar medios con penas
exorbitantes, para expropiar empresas que pudieran dedicar recursos como
anunciantes y, por tanto, financiar medios privados como ocurre en todo el
mundo democrático, para comprar con fondos públicos y complicidades las
voluntades de dueños de marcas periodistas de larga data y luego
conducirlas a su virtual desaparición.
El resultado ha sido un cementerio de medios en un país en el que
durante los 40 años de la maldecida democracia parida en 1958 los medios
habían adquirido una presencia vigorosa en la vida nacional. Diarios,
canales televisivos y emisoras radiales con voz propia que mantenían una
vigilancia diaria de la salud política, social, cultural y económica de la
nación”.
Es lógico que se hable de un proceso social, de una pretendida
revolución, en términos de fracaso. Es lo que la nación ha padecido durante más
de dos décadas y media de desorden, despilfarro, corrupción, vejación, burla y
desdén. La presunta revolución ha sido un fraude aun mayor que el cometido
el 28J.
‘El Nacional’ llega aún más lejos:
“La revolución insaciable no se conformó con la desaparición casi completa del sistema de medios que era el pulso del país. Un caso digno de estudio y análisis, nunca visto en ninguna de las terribles dictaduras que asolaron América Latina. Pero no les bastó. Se ensañaron contra las personas, contra venezolanos que decidieron ejercer el periodismo aún en condiciones tan desventajosas y hostiles”.
Como todavía quedan
periodistas entre rejas, es lógico también que el siguiente paso sea una Ley de
Amnistía. Pero la belleza de la revolución sigue siendo una entelequia.
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