Isabel Díaz
Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, había solicitado medidas
cautelares con el fin de paralizar el traslado desde Canarias y Ceuta de doce
-está bien escrito, doce- menores extranjeros no acompañados. Pero llegó el
Tribunal Supremo y mandó a parar. Ha tenido que recordar esta misma instancia
judicial que es ella la que ha obligado al Gobierno de España a hacerse cargo
de menores solicitantes de asilo en Canarias dadas las circunstancias de
considerable hacinamiento en que se encuentran. Frenar su traslado a Madrid,
siquiera por la vía de urgencia, sería incurrir en una flagrante contradicción.
Es lo que
tiene la política de bandazos. Y aunque Ayuso y su PP, también el canario, se
hayan empeñado en despejar balones fuera, esa obstaculización permanente
implica una incomprensión que acentúa las críticas que siguen recibiendo. El
Supremo ya había rechazado una petición de medidas cautelarísimas en las que no
se da audiencia a las partes y hace lo mismo con las cautelares después que
tanto Ceuta -donde gobierna el PP, por cierto- como Canarias y la misma
Abogacía del Estado se opusieran a la petición de Ayuso. El alto tribunal
entiende que lo que ha ocurrido es un mero trámite y no una vía de hecho
impugnable por ese mismo proceder. Además, añade el Supremo, los juzgados de
Canarias también han rechazado dictar uns suspensión en estos términos; en
otras palabras, paralizar el traslado de estos menores, tal y como pide la
presidenta madrileña, les generaría graves daños. El propio Supremo y su sala
Tercera han establecido en sus últimos autos que el Gobierno es responsable de
prestar atención a los que solicitan asilo. La contradicción y lo dañino para
los afectados -¿pero no habíamos quedado, también el mismo PP, que debía
prevalecer el interés superior del menor?- son evidentes.
Los reveses en
los tribunales deberían hacer reflexionar a los populares. Primero, porque aún
desconociendo lo que pretenden ganar, resulta claro que es una cuestión de
humanidad y de justicia. Y luego, si hay una norma que regula la extranjería en
sus sucesivos y variados campos, hay que cumplirla.
Los registros
oficiales del pasado mes de diciembre cifraban en cuatro mil quinientos menores
migrantes los que viven en Canarias. El Gobierno de España, a través del
ministerio de Juventud e Infancia, aprobó ese mes una transferencia
extraordinaria de cien millones de euros para atenderles. Es decir, una
dotación orientada a mejorar los dispositivos de acogida, los cuidados, la
inclusión y los mecanismos de acompañamiento. Hay que seguir enriqueciendo las
posibilidades de atención y alojamiento de estos menores pues necesitan
vivienda, alimentación, atención sanitaria, servicios educativos y jurídicos y apoyo
psicosocial, además de políticas de inclusión y transición al ámbito laboral.
Fuentes del citado ministerio indicaron que Canarias “deberá
someterse a los procedimientos de seguimiento y comprobación que determine el ejecutivo,
así como al control de otros organismos como la Intervención General del Estado
y el Tribunal de Cuentas”. Supone un “incremento de un 140 % respecto al año
anterior y un 3.802 % más que en 2021”, señaló la ministra Rego. “El esfuerzo”,
dicen, “supone aproximadamente el 90 % del gasto total asumido este año por
Canarias”.
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