martes, 10 de diciembre de 2013

EXALTAR LA PALABRA

Unos escolares, espectadores de una sesión parlamentaria, preguntaban días pasados cómo era posible que allí se deslizara un error ortográfico hasta producir un reproche entre diputados. Otros se sorprendieron del uso equivocado de un vocablo y otros detectaron la falta de concordancia en los tiempos verbales de una intervención.
        La situación vale para redescubrir la importancia –mejor dicho: el valor- de las palabras, a menudo mal empleadas, no solo en una institución pública sino en los mismos medios de comunicación. He aquí lo grave, por lo que cabe insistir, sin ánimo de aparecer como un celoso guardián del lenguaje escrito. Errores los cometemos todos y cuando son advertidos, hay que corregir de inmediato. De modo que hay que agradecer a quienes los señalan y los hacen ver con el mejor ánimo. Se trata de no reincidir: hasta feo estaría.
        Abundan también las faltas, los términos inadecuados y no digamos la incoherencia de las formas verbales. Pero en ese universo, donde el corrector automático debe disfrutar de largas vacaciones, es muy difícil meterse a rectificador: es tan heterogéneo el universo de usuarios que más de uno se revuelve, no acepta la corrección –aunque esté hecha con pulcras formas, para no molestar, ¿entienden?- y encima replica con algún denuesto o te despide a cajas destempladas. No es que se disculpe lo de las redes dando por imposibles los mejores intentos pero admitamos que la abundancia de errores tenga una complicada solución.
        Volvamos al ámbito mediático, donde estriba el problema en un texto informativo, en una crónica enviada desde cualquier punto, en la moderación de una tertulia, en la conducción de un espacio o en una intervención improvisada después de que alguna circunstancia alterase el guión. Ahí los fallos son más visibles. Apenas caben disculpas cuando se registran en medio de conexiones de alcance para informar de situaciones críticas, emergencias o accidentes. Y ninguna cuando se supone que hay una introducción o unas notas previas para dar paso a un invitado o a la información propiamente dicha.
        Y es que una palabra mal dicha o mal empleada puede cambiar casi todo o echar a perder una buena información, por trabajada o por oportunidad. El periodista y catedrático colombiano Carlos Yarce llega a hablar de “la palabra humillada por el periodismo”. La palabra debe ser cuidada al máximo, con esmero. Los oyentes de un programa radiofónico se quejaban días pasados de la plétora de tacos, soeces, insultos y voces malsonantes en muchos espacios audiovisuales. Esa chabacanería es reprobada, por lo general. Alguna culpa tenemos locutores, comentaristas, colaboradores.
        “La prensa humilla la palabra –escribe Yarce- cuando la banaliza, la trivializa, la hace vehículo de la pasión, del odio, de la violencia o del consumismo”. La precipitación, el afán de salir antes, las ganas de figurar y, sobre todo, la falta de criterio y de análisis, tienen mucho que ver con lo que decimos. De ahí la necesidad de hablar y escribir con propiedad, de estar seguros en la utilización de los términos para informar u opinar con el máximo rigor. No dejemos que una palabra inadecuada eche a perder un texto, una crónica o una pieza. Hay que ser estrictos. Y ante la duda, consultar.

        El propio Carlos Yarce lo sentencia: “El compromiso de los medios con la palabra es exaltar la palabra, dignificarla… Lo que importa, en último término, es dejar a un lado los compromisos –de amistad, políticos, de conveniencia- que alejan de la verdad y luchar por lo que necesita la sociedad”.

1 comentario:

Salvador García LLanos dijo...

Reiteramos nuestro consuetudinario agradecimiento a los colegas de La Hoja del Lunes, que nos privilegian con la conexión semanal del gremio.
Felicito desde mi insignificancia de ostracismo al señor García Llanos por su comentario magistral, que afronta carencias familiares, escolares y universitarias en la formación idiomática de los colegas jóvenes, con resultados ostensibles de errores, omisiones y malentendidos que a veces desorientan, desinforman o malinforman al público, por desconocimiento de la herramienta fundamental del periodista, que es nuestra sabia y rica lengua.
Saludos muy cordiales
Farenga, ya de vuelta en Tenerife.